«Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban y, como si de grillos se tratara, intentó ubicar a cada hombre dentro de los límites del olivar» (Jesús Carrasco, Intemperie)

domingo, 27 de septiembre de 2009

Federico Fernández Giordano, escritor: "Los escritores exorcizamos nuestros fantasmas en los personajes"


Herme Cerezo/SIGLO XXI, 21/03/2008

Por un instante imaginen, mis improbables lectores, que ustedes son escritores. Un día alguien llama a su puerta para contratar sus servicios y escribir su biografía. Además, ese alguien les entrega un libro que se actualiza continuamente, que se reescribe "ad infinitum". Sugerente, ¿no? Pues de eso va ‘El Libro de Nobac’, la novela con la que Federico Fernández Giordano (Uruguay, 1977) ha ganado el Premio Minotauro de literatura fantástica 2008. Este joven autor, de formación completamente autodidacta, se maneja por varios territorios: la música, el cine y la literatura. Y es, además, un lector empedernido: novela, ensayo, pensamiento, arte, prensa ... Lo suyo es asimilar el máximo conocimiento posible. No es este el primer premio que consigue, pero sí es el primero con el que hace promoción, algo que no todos los escritores llevan bien.

Cuando gané el Premio de novela ‘El Andén Exprés’ no hice promoción y esta primera experiencia está resultando positiva. He pasado ya por Madrid y Barcelona. Me queda Sevilla y Bilbao y hoy estoy aquí en Valencia. Todavía no he perdido el norte, pero no necesito mucho para perderlo — risas.

Fernández Giordano escribe desde los ocho años y a los diez ya había acabado su primera novela. Desde entonces no ha parado de darle a la tecla.
Supongo que escribo por algún tipo de necesidad o de pulsión muy primaria, relacionada con el hecho de comenzar a pensar, a leer. Es algo que me viene desde la infancia.

Y no sólo novelas, también trabaja otros géneros literarios.
Escribo ensayos, artículos, guiones de cine y relatos cortos. El relato corto es un género importante. Ambroise Bierce o Borges lo cultivaron y el escritor argentino nunca escribió novelas, sólo cuentos.

Corto o largo, mayoritariamente se ha movido dentro del relato fantástico, aunque ‘El Libro de Nobac’ algunos lo adscriben a la ciencia ficción.
Siempre he escrito género fantástico y el ‘Libro de Nobac’ es literatura fantástica, no es ciencia ficción. Está más cerca de Borges, Lovecraft o Poe que de Tolkien o de las ucronías de Orwell y este tipo de cosas.

En lugar de rodar su novela por diversas editoriales, Federico Fernández Giordano optó por presentar su novela al premio literario Minotauro. Y la cosa no le ha ido nada mal.
La presenté pensando en un concurso apropiado para ella, que se encuadrara dentro del género fantástico. Y la envié al Premio Minotauro para ver qué ocurría.

Valdemar: en la séptima línea de la primera página de ‘El Libro de Nobac’ surge este nombre mítico de la literatura fantástica o de misterio, el extraño personaje, sometido a prácticas de mesmerismo, creado por Edgar Allan Poe. Parece evidente que captar pronto al lector era tu objetivo ¿no?
Me interesa mucho, si es posible, atrapar al lector desde la primera frase, como ocurre en el famoso inicio de la metamorfosis de Kafka: "Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto". Ese efecto me parece maravilloso, perfecto para conseguir mi objetivo. Y claro Valdemar y el propio nombre del protagonista, Edgar Pym, son acrónimos extraídos de Poe. Lo que ocurre es que puse estos nombres por pura pereza, porque no se me ocurría como llamar a los personajes. Pero al final de la novela tiene un sentido, es una de las subtramas que existen.

También parece evidente que rindes un homenaje a Poe, ¿no?
El tema del homenaje a Poe se ha salido de madre. Al principio era un pequeño guiño sin mayor importancia, como te he dicho, pero desde el momento en que la novela presenta una estructura claramente policiaca, también es un homenaje a la literatura negra, a la de intriga, a la de misterio tradicional. Yo quería obtener provecho de todos estos recursos, reciclándolos.

En ‘El Libro de Arena’, Borges escribe: "Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin". El Libro de Nobac tiene principio ¿y fin?
Es una buena comparación la de ‘El Libro de Arena’ que también es un libro vivo. El espíritu de mi novela va por ahí, es una idea muy borgiana, aunque recuerdo que cuando leí el relato de Borges ya había comenzado a escribirla. Ambos textos comparten el sedimento del libro como un objeto vivo, pero en este caso el romanticismo que puede tener un libro activo, animado, se convierte en algo negativo, de fatalidad, un auténtico infierno para sus protagonistas.

El factor de la autoescritura es muy interesante para un escritor ¿no?
Sí, eso me proporcionaba un matiz entretenido e interesante, el juego de los espejos de la narración y de lo que se refleja en el libro. En realidad, me sorprende que mi libro haya subido tanto. Fui afinando el estilo, pero al principio mi novela no la entendía ni yo. Me pasaba un poco como a Dashiell Hammet cuando le preguntaron, a propósito de su novela ‘El halcón maltés’, ¿quién había matado al chófer? Y él respondió que ni él mismo lo sabía.

En toda novela, especialmente las ganadoras de un concurso literario, el título es importante. ¿De dónde proviene ‘El Libro de Nobac’?
En realidad, es un segundo título. Durante mucho tiempo se tituló ‘El anónimo’, porque ‘El Libro de Nobac’ es anónimo. Y me gustaba esa idea del libro que no ha escrito nadie, que no es de nadie, el concepto de la identidad. Pero claro ese título no me llevaba a ninguna parte y opté por otro mucho más convencional. En esto decidí atenerme al criterio de Humberto Eco cuando dijo que un título debe decir tanto como esconder.

Observo un contraste curioso entre el tema central del libro que se reescribe continuamente, una idea mágica, misteriosa, evidentemente romántica, y la época en la que se desarrolla, donde los protagonistas se manejan entre ordenadores de última tecnología, móviles, magnetofones...
Yo concebí mi novela como una historia actual. Me han dicho alguna vez que es una historia gótica contemporánea, que no digo que no sea verdad porque he utilizado recursos de novela gótica clásica. Pero lo que más me interesaba era centrarme en un retrato de nuestro tiempo, un marco que reflejase las inquietudes de la gente de hoy.

Más contrastes: Lisa Lynch y Edgar Pym no pueden ser más opuestos.
Ese contraste da un juego tremendo. Son el racionalismo y el escepticismo enfrentados. Lisa es racional y Edgar caótico, disperso. A partir de ahí, inevitablemente, surgen preguntas, conflictos, dudas ...

Todo autor deja su impronta en sus personajes. Es una verdad literaria indudable y contrastada. ¿Qué tiene Edgar Pym de Federico Fernández Giordano?
Me parece que tiene bastante. Los escritores exorcizamos nuestros fantasmas en los personajes, a los que hacemos padecer las truculencias más fuertes y colocamos en los infiernos más profundos, hasta la perdición. Es como una venganza sobre nuestras propias criaturas.

Antes hemos hablado de que tocas todos los palos literarios que se te ponen a tiro, pero además, también haces música y con otro nombre, Mad Wilson. ¿En qué faceta te sientes más a gusto y por qué ese cambio de nombre?
Lo de la música lo he llevado siempre parejo con la escritura. Mi interés es muy diverso, me interesan muchas cosas. A veces no sé si soy un músico que escribe o un escritor que toca música. Es difícil de saber. Es una ambivalencia y ambas facetas me resultan muy satisfactorias. El cambio de nombre no es nada serio. Fue algo que salió a partir de un chiste y que pensé que no trascendería, pero mira, al final ahí está presente.

Terminamos, ¿qué preparas ahora?
Tengo una tercera novela terminada, que no es de género fantástico, y además trabajo en otras dos que sí lo son. Ando también metido en un ensayo y en un montón de relatos cortos.

Y hasta aquí la entrevista con Federico Fernández Giordano, realizada una vez más en el Hotel Astoria de Valencia. No obstante, de vez en cuando, échenle un vistazo, mis improbables, así podrán comprobar si crece, se autoescribe o se actualiza al más puro estilo Nobac. Que nunca se sabe.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Alejandro Palomas, escritor: "El silencio es una bendición, sin duda. Es lo máximo".


Herme Cerezo/SIGLO XXI, 10 de marzo de 2008.

Es alto y extremadamente delgado, enchaquetado y con aspecto venerable a pesar de que apenas roza los cuarenta. Habla pausadamente, como si quisiera aliarse con los silencios que enlazan las palabras. Alejandro Palomas (Barcelona, 1967) desterró la prisa de su vida hace tiempo. La sustituyó por la pausa y la soledad. Reflexiona y mide las respuestas. Usa vocablos precisos y matiza poco, sólo para ampliar conceptos, para aclarar dudas, para abrir la entana de la reflexión. Ha publicado recientemente ‘El cuaderno del mago’, subtitulado ‘Donde aguarda la felicidad’, un libro que muchos califican de autoayuda – término denostado donde los haya –, pero que esconde aspectos muy interesantes. Ésta es la conversación que mantuve con él en la cafetería del Hotel Astoria de Valencia, una de las entrevistas más peculiares que he realizado hasta ahora. Empecé a preguntar yo, pero la cosa derivó en intercambio de opiniones y percepciones y, por un momento, llegué a pensar que habíamos trocado los roles.


¿Qué es para ti un mago?
Un mago es el que tiene la capacidad o la libertad de escoger en todo momento quien quiere ser. Eso es ser un mago, algo difícil, muy difícil.

Una definición muy alejada de la imagen tradicional del mago que saca conejos de las chisteras.
laro porque eso, más que un mago, es un ilusionista. Lo del ilusionismo no acaba de convencerme – risas.

¿‘El cuaderno del mago’ es un libro de autoayuda?
Creo que es un libro de reflexión más que de autoayuda. Yo no soy lector de libros de autoayuda, ni de este tipo de literatura. Leo sobre todo ficción y poesía. Al escribirlo no pretendía dar una clase de nada. Prefería plantearme el libro como un acompañamiento para la reflexión.

Observo un cierto tono aleccionador en ‘El cuaderno del mago’.
¿Tú crees?

Sí, los cuentos que hay en su interior suenan a ficción, sin embargo, cuando narras experiencias personales tuyas es cuando se extrae mejor jugo al texto.
Bueno, soy un escritor de ficción, todo lo que he escrito anteriormente es novela o relato. Vengo de ahí y no lo puedo evitar. También es cierto que este es un libro en el que hablo yo directamente, en que me dirijo al lector sin ningún tipo de cortina por medio. Hay mucho de mí en él. Y era lo que buscaba, un ejercicio de sinceridad, porque había muchas cosas que quería comunicar directamente y no puedo mantener un tú a tú con cada lector. Al leerlo después de haberlo escrito, me di cuenta de que hay muchas cosas personales, contadas desde el yo, algo que no sé si quería hacer o no. Me he mostrado de una manera completa y no me arrepiento, pero esto que he hecho es muy arriesgado.

Y ¿por qué este cambio de género literario?
No es una consecuencia directa y lógica de lo que hago, porque tras ‘El cuaderno del mago’ he publicado otra novela de nuevo. Es otra cosa. Yo percibía una voz que me faltaba y que tenía que salir al exterior. Y es algo muy curioso que en unas librerías esté en la sección de literatura, como un libro de relatos, y en otras en la de filosofía.

Usas un lenguaje muy directo, ligeramente imperativo: "escucha, levántate, abre la puerta..." ¿Por qué?
Eso me encanta. Escribo siempre así, soy enemigo acérrimo de la pasamanería. En mis lecturas tampoco encontrarás nunca escritores que se vayan por las ramas. No pretendo dar órdenes, pretendo acompañamiento: venga, vamos, acompáñame... Busco complicidad: estamos en el mismo barco, vamos los dos... Hay cosas que no son fáciles porque hay mucho enfrentamiento, que yo he ido limando a medida que lo escribía.

¿De dónde surge la idea del tren?
Seré sincero: viene porque empecé a escribirlo en un tren. Me puse a pensar por qué uno se sube a un vagón y no a otro, qué hace que subamos al primer vagón y no el segundo y viceversa. Piensas que estará menos lleno o no, o que son dos trenes pegados y que si se estrellan a lo mejor no me toca a mí. Yo elijo y a ver qué pasa. Que la suerte nos acompañe. Vamos a jugar un poco. Por eso pensé estructurarlo como un tren, dividido en vagones, vagones independientes e interdependientes a la vez.

Tu obra desprende tranquilidad y alguien me explicó una vez que el vaivén del tren es algo muy parecido al acunamiento materno, un momento placentero y tranquilo. Pensé que la idea venía de ahí.
La verdad es que no lo había pensado, pero lo cierto es que en el subconsciente hay muchas cosas que no controlamos. Ahora que lo dices, yo duermo mucho en el tren. Subo a uno y me duermo con gran facilidad, tanta que han llegado a robarme mientras dormía.

‘El cuaderno del mago’ es un libro muy didáctico, repleto de cuadros recordatorios.
No fue que la editorial me lo sugiriera, pero yo pensé que había que facilitar las cosas al lector, porque hay unos lectores más perezosos que otros. Hay quien lee un capítulo y hasta dos días después no retoma el libro. Así que está bien que se encuentre con un recordatorio de lo que leyó dos días antes. Es una cuestión formal para propiciar la reflexión.

Y también pienso que es un libro de cabecera, para leerlo por tramos.
Me gusta su estructura porque puedes entrar en cualquier vagón y en cualquier momento. Y es posible que leas un capítulo y que hasta dentro de un tiempo no necesites volver al libro para leer otro. Y cuando regreses tal vez te preguntes ¿qué habrá en los capítulos que no leí? Busco dar libertad al lector, que llegue un momento que quiera regresar a su lectura para ver qué le dice hoy, para jugar con él. Y que, de repente, le aparezca una leyenda, por ejemplo, tempus fugit, y que el lector se cuestione: ¿por qué me sale esto a mí ahora?

Los ejemplos de ficción que cuentas, ¿están basados en la realidad?
Sí - su afirmación es muy firme -. Hay varios que la historia es completamente real y hay otros que, partiendo de un punto verdadero, yo los he ficcionado. Y hay algunos más completamente inventados.

Aparece mucho en ‘El cuaderno del mago’ el concepto de vacío. Por ejemplo: "el silencio es el vacío del sonido, el vacío es la plenitud de lo posible", pero el vacío ¿no da un poco de miedo?
El vacío es uno de los mayores focos de miedo que existe. Sin ir más lejos la soledad es un "vacío de", o el silencio es un "vacío de". Hay muchas cosas que "vistas desde" son "vacíos desde". Para mí el vacío es una oportunidad, de llenar, es una aventura. Es la magia del mago. El vacío: vamos a crear desde donde, aparentemente, no hay nada.

¿Y el silencio?
Para mí es una bendición, sin duda. Es lo máximo.

¿Necesitas escribir en silencio?
Escribo en silencio porque leo en voz alta lo que voy escribiendo, sobre todo si es ficción. Y hay un motivo: lo que yo escribo para mí posee una musicalidad y si lo leo y veo que no suena, es que algo falla. Mi escritura es auditiva. Para mí es muy importante encapsularme en un vacío de ruido para poder oírme, porque sino yo no me escucho.

¿El silencio es una oportunidad para conocernos a nosotros mismos, para escucharnos?
El silencio es una oportunidad para enfrentarnos con nuestra voz más íntima, con nuestra verdad más verdad. El silencio es muy difícil
.
Todos los capítulos intentan hacernos pensar. El recurso del espejo me parece espléndido: ¿un espejo es una incitación a la reflexión personal?
Creo que el espejo es uno de los mayores riesgos – risas – que hay. Para mí el espejo es muy importante en todo lo que escribo, pienso y hago. Yo necesito verme porque sino creo que me estoy perdiendo, me da mucho miedo perderme, me da mucho miedo dejar de vivir conscientemente, necesito sentir que estoy vivo.

¿Vivir es decidir?
Sí y decidir es prescindir. Es responsabilizarnos de las consecuencias de las decisiones. Es una prueba de ser libres.

Volvamos a la soledad: mucha gente que recorre el Camino de Santiago sin compañía, regresa comentando que quiere repetir esta experiencia.
Ya. Para mí la soledad ha sido algo muy importante porque he aprendido a conocerme, a baremar la vida gracias a ella. No hay nada más bendito que eso. Es muy duro y atrevido pero creo que ése es el principio de la gran aventura. ¿Qué buscamos en la compañía del otro? Buscamos la atención, el vacío de soledad, llenar una carencia. Yo estoy continuamente preguntándome ¿qué es lo opuesto a la soledad? Y no me vale la compañía porque se queda un poco cojo.

La compañía es el reconocimiento de que existimos, de que le importamos algo a alguien.
¿Tú crees que el hecho de importarle algo a alguien es la prueba de que existimos?

No, pero sí es la prueba de que le importamos a alguien, de que alguien, además de nosotros mismos, nos quiere.
Es muy gratificante sentir que te quieren, pero el hecho de tener gente que me quiera no me proporciona más información sobre mí. Me da información complementaria pero no vital, podría vivir sin ella. Para saber quién soy necesito espejos. Es un proceso muy lento.

Concluimos, Alejandro, ¿qué es la felicidad para ti? ¿Conocerte a ti mismo a través de ti mismo?
No. La felicidad es poder elegir todos los días y saber que puedo cambiar mi elección en cualquier momento. Si yo no fuera consciente de que puedo cambiar mi elección no sería feliz.
Y ahí lo dejamos. Si quieren saber más cosas, si tienen inquietud por profundizar en el pensamiento de Alejandro Palomas tendrán que recurrir a "El cuaderno del mago", editado por Martínez Roca a finales del pasado año. Échenle un tiento y a ver qué ocurre, mis improbables.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Rafael Blanquer, director del València Terra i Mar: "El gran atleta se crece ante las adversidades"

Herme Cerezo / SIGLO XXI, 3 de marzo de 2008



Rafael Blanquer trabaja intensamente en la preparación del XII Mundial de Atletismo en pista cubierta que, del 7 al 9 de marzo próximos, se va a celebrar en el velódromo Luis Puig de nuestra ciudad. A pocas fechas del inicio de la competición, Blanquer multiplica su tiempo entre los entrenamientos y el despacho. En la sede de su València Terra i Mar conversamos con él sobre el Mundial y algunas otras cosas.

Rafael, acostumbrado al trabajo de pista, ¿cómo llevas esta otra faceta deportiva?
Hace muchos años, jamás hubiera pensado que estar en un despacho sirviera para algo útil, porque lo mío siempre fue la pista, el campo. Pero las circunstancias mandan y ahora paso muchas horas en mi despacho para programar entrenamientos y dirigir el club y nuestra escuela, que cuenta con más de 500 alumnos y 800 fichas federativas. Respecto al Mundial, nos encargamos directamente del área de promoción y ahí sí tengo que desdoblarme. Ya llevamos año y medio con ello, pero ahora estamos en la recta final y tenemos que hilar muy fino, ultimar detalles y continuar el trabajo con los atletas porque el entrenamiento no lo podemos dejar de lado.

El ciudadano valenciano ¿es consciente del acontecimiento tan importante que se le avecina?
Tiene que serlo porque hemos forrado la ciudad y el aeropuerto con atletismo: banderolas, muppis, vallas publicitarias, relojes, marquesinas, bocas de metro, tranvías, autobuses de EMT, instalaciones deportivas ... Toda Valencia habla de este Mundial que, junto a las Olimpiadas, constituyen las dos citas atléticas más importantes que tendrán lugar en 2008.

¿Cómo está funcionando la taquilla?
El apartado de las entradas va muy bien. Realmente han salido a la venta muy pocas localidades. Sólo con la gente del atletismo teníamos ya cubierto el noventa por ciento del aforo del Luis Puig. Es normal, hay mucha gente que practica el atletismo en Valencia aunque no pertenezca a ningún club.

¿Está ya todo ultimado?
Está todo listo, incluidas las reformas del velódromo. Es cierto que es el mayor evento que hemos organizado porque participan 140 países, pero anteriormente hemos preparado campeonatos españoles y europeos y tenemos ya cierta experiencia. Además recientemente hemos vivido la Copa de la Reina, que es la competición española de atletismo más importante, el Campeonato de España de Atletismo Absoluto y la Reunión Internacional que nos han ayudado a perfeccionar detalles y pulir defectos.

Como tú mismo has dicho, éste es el evento de mayor envergadura que se os ha presentado, ¿qué sentís vosotros, el València Terra i Mar, como club, al albergar en vuestra propia casa un Campeonato del Mundo?
Para el València Terra i Mar es muy importante traer un acontecimiento de este tipo a nuestra ciudad, porque hay gran cantidad de atletas que nunca van a un campeonato y ahora podrán asistir. Todo el mundo está entusiasmado porque tenemos el campeonato en casa y porque verlo en directo no es lo mismo que en televisión. Como club llevamos siete años siendo subcampeones de Europa y estamos habituados a participar en competiciones importantes, pero un evento de este calibre supera todo lo hecho hasta ahora. Además, para nuestro club supone un doble reto, ya que tenemos atletas que participan en la organización y otros que van a competir.

¿Disponéis de suficientes voluntarios?
Sí, sí, hay muchos. Como dato curioso te diré que en las ceremonias de entrega de las medallas intervendrán falleras de las comisiones de la zona del velódromo. Tenemos las Fallas encima y queremos integrar la fiesta con el atletismo y viceversa.

¿Se precisa "una villa olímpica" para alojar a los atletas?
No es necesaria porque esto no es una olimpiada que dura muchos días, donde participan muchos más países y hay más rondas eliminatorias. En la pista cubierta, algunas disciplinas como el lanzamiento de martillo o de jabalina no entran porque no caben en la instalación. Tampoco hay maratón y en lugar de cien metros lisos se corren sesenta. Aquí se inscriben dos atletas por prueba y país, mientras que en una olimpiada se permiten tres. Todo ello limita el número de participantes, que será de unos ochocientos en total. Valencia ha crecido muchísimo en los últimos años y tenemos suficiente con los hoteles que hay. Albergaremos con comodidad a todas las selecciones nacionales, a la prensa, a la familia IAAF y a los VIPS.

Rafa, tú que de esto sabes mucho, explícanos ¿cómo se fabrica un atleta campeón?
Es una pregunta muy compleja porque intervienen muchos factores. El atleta debe encontrarse a gusto donde entrena, tener buena temperatura, buenas instalaciones, un buen cuadro médico y técnico, que cuide todos los detalles: dietas, suplementos alimenticios, aportes vitamínicos, masajes preventivos y de alivio, correcta distribución de las cargas de trabajo, descanso suficiente. Los atletas son esclavos de esto, ser campeón del mundo es algo muy importante a lo que llega sólo una persona. Pero merece la pena el sacrificio para conseguirlo.

Sigamos con los atletas, ¿cuáles son las figuras más importantes que desfilarán por el Luis Puig?
Entre los más conocidos estarán Vlasic, Meseret Defar, Reese Hoffa, Bungei, Rybakov, Alleyne Francique, Yuliya Fomenko, Maria Mutola, Slesarenko, Lyudmila Blonska, Levina, Nazarova, Isinbayeba, Savigne, Vili ..., sin olvidar a nuestros representantes. Pero hay muchos más. La lista es larga y en total veremos competir en Valencia a 21 campeones del mundo actuales.

Durante los días del mundial, si los atletas quieren entrenar, ¿dónde lo harán?
En el mismo Luis Puig, en la pista del río o en la de la Universidad. Disponemos de varias pistas alternativas preparadas para entrenar.

¿Se tomarán fuertes medidas de seguridad?
Sí, claro, serán tremendas. Desde hace un año y medio las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado vienen trabajando en ello.

Rusia, EE.UU. y España serán las delegaciones más numerosas, ¿China no tiene suficiente nivel todavía?
Sí que lo tiene y más lo va a tener. Con su enorme población, en cuanto cacen la onda serán de los más fuertes. Ya comienzan a dominar algunas especialidades y en el futuro creo que marcarán una nueva época en el atletismo.

Participar en nuestro país, ¿es una ventaja o un hándicap para nuestros atletas?
Sin duda una ventaja. Los atletas que participan en un Mundial son gente experimentada, acostumbrada a los grandes retos. Y el gran atleta se crece ante las adversidades. Lo que a priori parecería una presión añadida, es todo lo contrario. El aliento del público es muy importante porque va a ayudarles a hacerlo mejor.

¿Qué posibilidades ves de conseguir medallas?
Del València Terra i Mar creo que por lo menos tocaremos metal en dos o tres especialidades.

¿Habrá un antes y un después del Mundial en el atletismo valenciano?
Yo espero que, finalizado el Mundial, además de aumentar el número de adeptos, el poso que quede sea un buen caldo de cultivo para que salgan más deportistas e incluso podamos mejorar nuestras instalaciones. Desde esa óptica, el campeonato es un bien social.

Para concluir, Rafa ¿cuál será tu siguiente meta?
Después del Mundial vendrá la Liga, que deberemos ganar para disputar la Copa de Europa de clubes, en la que llevamos siete subcampeonatos y en la que quisiéramos dar el salto de una vez y ganar a las rusas, toda una selección nacional. La Copa de Europa es lo que nos falta para completar nuestros anhelos. Nosotros no podemos flaquear nunca, tenemos que ir al máximo y esperar su fallo.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Carlos Giménez, autor de cómics: "Siempre he tomado partido pero no voy a cambiar la realidad de la Guerra, ni voy a mentir. Busco objetividad, no neutralidad"

Herme Cerezo/SIGLO XXI, 28 de febrero de 2008.


Hace muchos años, el que suscribe no podía imaginar que, una húmeda tarde de febrero de 2008, se encontraría leyendo tranquilamente un cómic (o tebeo) en el edificio estudiantil más emblemático de la capital del Turia: el de la Universidad de Valencia, ése que muchos conocemos simplemente como la Universidad de la calle de la Nave o la Universidad vieja. Esto, lo de la lectura comiquera, cuando yo estudiaba, hubiera sido considerado casi una irreverencia académica lindante con la herejía. ¡Un tebeo en un claustro universitario, qué horror! ¡A dónde vamos a parar! ¡Perdona a tu pueblo, Señor!, etcétera. Hoy, afortunadamente, leer tebeos es algo normal en cualquier parte aunque, por desgracia, todavía minoritario.

Y, a todo esto, ¿qué demonios hacía yo disfrutando con un cómic en el templo del saber? Pues sencillamente esperaba al autor de "36-39. Malos tiempos", el álbum que sostenían mis manos. A estas alturas resulta completamente superfluo presentar a Carlos Giménez, probablemente el dibujante español más importante de los últimos cincuenta años, sin menospreciar a la nómina de enormes profesionales que pueblan la historia del cómic hispano. El madrileño venía a nuestra ciudad para presentar su última obra, la que yo leía, dentro del Ciclo de Conferencias "València, Capital de la República 1936-39", organizado por el Fòrum de Debats del Vicerrectorado de Cultura de la universidad valenciana.

Giménez llegó puntual, acompañado por ese incansable crítico-ensayista-escritor y, sobre todo, lector de cómics que se llama Álvaro Pons. Los tres nos sentamos alrededor de una mesa cafetera, mientras Nacho Marín disparaba su cámara digital a diestro y siniestro y la grabadora oficiaba como testigo mudo (su turno de palabra llegaría más tarde). Y ya que la memoria nos había reunido allí, comenzamos a conjurarla para recordar cosas del pasado más lejano.

Carlos, ¿de dónde arranca tu pasión por dibujar tebeos?
En mi época, al igual que las demás profesiones, lo de dibujar tebeos era algo muy vocacional y comenzó muy pronto. Cuando a los cinco años entré en el colegio y a pesar de que mi casa era muy humilde, yo ya confeccionaba mis tebeos. Hacía los dibujos propios de un chaval de esa edad, camiones y cosas así. Y no creas que en los colegios había estatuas o cuadros que estimulasen la imaginación artística, como tampoco había juguetes. Nada de eso. Sin embargo y curiosamente sí entraban tebeos, que entonces eran algo muy popular y barato y, en consecuencia, algunas madres y padres se los llevaban a sus hijos. Yo los leía y eso constituía el caldo de cultivo más adecuado para mi vocación.

Pero para dibujar hacen falta unos materiales mínimos: papel, lápiz, goma ... en aquellos tiempos de escasez, ¿cómo los conseguías?
La procedencia era la misma que los tebeos: los padres y madres que llevaban cosas a sus hijos, que terminaban siempre en manos de quien más las deseaba. Yo las cambiaba por cromos o por cualquier otro objeto. A mí nunca me faltó papel ni tebeos, que guardaba en el interior de una carpeta.

Quédense con el detalle de la carpeta, mis improbables lectores. Volverá a salir más adelante. Giménez exprimía al máximo su ingenio para conseguir tebeos. No llegó a robarlos, los mendigaba, los pedía o los cambiaba por comida. Y construía sus propios formatos para dibujarlos.

¿Cómo los hacías?
Con cuartillas de papel. Las partía por la mitad, las doblaba después en dos y de ahí salía un cuadernito de cuatro hojas y ocho páginas – Giménez escenifica con sus dedos sobre la mesa, como si fuera entonces, el plegado de las hojas – . La primera era para la portada y en la última ponía siempre: "próximo número titulado equis. Compradlo, adquiridlo" – risas –.

Carlos conserva la misma sonrisa pilla que uno encuentra en las fotografías de su web o en las contraportadas de sus primeros álbumes. Sus ojos, ahora protegidos por el cristal de las gafas, se le iluminan vívidos y aunque sin duda conoció tiempos duros y difíciles, los recuerda con agrado.

Es evidente que tu formación fue completamente autodidacta.
Casi todos los dibujantes de entonces somos autodidactas. Muy pocos pasaron por academias. Te pones a dibujar y luego la misma profesión te va formando. Trabajar mucho es la mejor escuela. Empiezas copiando hasta que consigues soltarte y crear tus propios dibujos. Si además has tenido la suerte de trabajar como ayudante de alguien, como fue mi caso, aprendes otras cosas.

Pero los años del colegio pasan, se esfuman y vuelve la vida afuera, la posguerra de las calles de Madrid. Hay que trabajar para vivir, para ayudar en casa.

¿Cómo conseguiste tu primer empleo de dibujante?
Mi primer trabajo lo conseguí a través de un amigo del barrio, cuyo padre trabajaba en la Editorial Rollán, que además de novelas editaba los tebeos del "F.B.I." Este hombre llevó allí mis dibujos y les gustaron. Yo tendría entonces diecisiete o dieciocho años. Un día me entrevisté con Manuel Rollán, que era el dueño, y me presentó al dibujante López Blanco. López Blanco pensó que yo le podía servir de ayudante y me tomó a su cargo. Comencé dibujando pequeñas cosas: los arbolitos del fondo, las esquinas de las casas, los rellenos. Con este hombre yo aprendí mucho, no sólo del dibujo sino también de la vida, de las Humanidades. Él fue para mí un maestro en el sentido griego del término. Le recuerdo con mucho cariño. Era respetuoso y respetable y muy culto también.

Tú, desde hace años, trabajas solo pero durante un tiempo colaboraste con guionistas, ¿qué prefieres: hacer todo el trabajo por ti mismo o en comandita?
Prefiero trabajar solo y eso que he colaborado con guionistas de la talla de Ivá, Medina o Víctor Mora. Construir tus propios guiones tiene de complicado que haces las dos funciones, pero al firmar te responsabilizas de lo tuyo. Porque no siempre estás de acuerdo con lo que ha preparado el otro. Hasta que yo no hice mis propias historietas completas, no me sentí totalmente satisfecho con mi trabajo. Es mi estilo, mi sello. Cuento lo que quiero contar y como quiero contarlo.

Las etapas de Carlos Giménez como dibujante se consumen rápidamente: cómics de Guerra, de romance, "Buck Jones", "Tom Berry", "Kiko 2000", "Jerry Ley y su caballo Coronel", "Iris de Andrómeda", "Drake & Drake", "Ulysses", "Gringo", "Ray 25", "Delta 99", "Dani Futuro" y llega un día crucial: comienza a dibujar en "El Papus" que, al revés quiere decir "El Pupas", una revista satírica y neurasténica.

¿Cómo llegaste a "El Papus"?
Había enviado dibujos para "Muchas gracias" y entonces me encargaron una historieta sobre el caso de la Lockheed. Querían algo gracioso sobre aquel escándalo de aviones, pero no se me ocurría nada. Después de pasar una semana sin resultados, llegó la fecha tope: al día siguiente tenía que entregar mi trabajo y la página seguía en blanco. Pasé toda la noche dibujando y así nació la primera historieta de "Paracuellos". La llevé y se quedaron desconcertados porque en lugar de algo cómico encontraron unas páginas trágicas, llenas de niños tristes. Pero la revista entraba ya en máquinas y las incluyeron. Ni corto ni perezoso, a la semana siguiente repetí, pero a la tercera entrega me dijeron que no dibujase más para ellos. Como yo tenía un amigo que trabajaba en "El Papus", acudí a la redacción con la idea de publicar "Paracuellos". No les interesó, pero pasé a formar parte de la revista y comencé a trabajar sobre temas de actualidad.

Es posible que entonces no se valorase la situación con exactitud. La inmediatez del momento nunca permite analizar las cosas con claridad. Pero ahora, con la perspectiva de la memoria, con el tiempo pasado a cuestas, las historietas de Carlos Giménez publicadas en "El Papus", esas citas semanales de dos páginas en blanco y negro, reunidas posteriormente en los álbumes "España, Una", "España, Grande" y "España, Libre", le asignan un papel muy especial en los albores democráticos de nuestro país, un papel relevante por el modelo narrativo que utilizó para mostrarnos aquella época: el tebeo.

Tus historietas de "El Papus" te convirtieron en el cronista gráfico de la Transición.
Bueno, yo colaboraba en una revista política, que comentaba las cosas que iban ocurriendo. Inevitablemente cuando transcurre un año y pico dibujando historietas durante una época concreta que, además, es la Transición, al echar la vista atrás es cuando te das cuenta de que te has convertido en el reportero de aquella etapa histórica.

¿No sufriste amenazas por tu trabajo en "El Papus"?
Los Guerrilleros de Cristo Rey personalmente no me atacaron, pero no hay que olvidar que dinamitaron El Papus. Y a mí no me ocurrió nada porque no me pilló dentro.

Y en plena vorágine publicas "Paracuellos", el niño de la trompeta, los hogares del Auxilio Social, los instructores de dudosa pedagogía, peor reputación e indudable ideología, los zapatillas, la leche en polvo, los mendrugos de pan, el yugo y las flechas... "Paracuellos" un álbum distinto, retrospectivo e introspectivo.

¿Carlos, este álbum marcó un hito en tu carrera?
Cuando empecé a dibujar "Paracuellos" no lo quiso nadie: ni "Muchas Gracias", ni "El Papus", como ya te he dicho, ni el editor Toutain que, sin mirarlo siquiera me preguntó si no traía nada más. Por fin, Amaika editó el primer álbum pero sin demasiado interés y un ejemplar cayó en manos del editor de Fluid Glacial que estaba en España. Lo leyó y me localizó para decirme que quería publicarlo. Al editarse en Francia aquí alcanzó cierta repercusión y, enseguida, ya querían comprarlo todas las editoriales españolas.

Cuando allá por el pasado mes de abril reseñé para SIGLO XXI "Todo Paracuellos", el recopilatorio de Random House Mondadori, donde se recogen los seis álbumes de la serie en un solo tomo (colección "DeBolsillo"), hubo algo que se me pegó a mi conciencia: los ojos tristes de los chavales de los hogares.

Carlos, ¿existen realmente niños con esas miradas?
No lo sé. Imagino que no hay niños así porque de existir serían monstruos de feria, ¿no? Pero lo que se llama el expresionismo, la forma de caricaturizar aquellas miradas me sirvió para subrayar y expresar algo que, de otro modo más realista, no hubiera podido llevar a cabo.

Después de "Paracuellos" llegó "Barrio", el punto y seguido de "Paracuellos", la España de la posguerra, tiempo de hambre y escasez, del aprendizaje de la calle, del estraperlo, de las chabolas, de los pistoleros, de las prostitutas, de la OJE, de Francisco Franco Pérez y de don Herminio, de Poli, La Pepi, Bernardo y tantos otros.

"Barrio", como "Paracuellos", es autobiográfico, tú has sido un pionero en esto de utilizar el cómic como un medio para la autobiografía, algo que está muy de moda ahora.
Yo he hecho la Memoria Histórica antes de que nadie pensase que se iba a llamar de ese modo. Utilicé la mía para recordar las cosas recientes de la historia de España. Así nacieron estos dos álbumes. Y allí ya no sólo aparecía Carlos Giménez y su calle, sino otras personas que también vivieron aquello. Y aparecen porque yo he mendigado historias, le he pedido a mucha gente que me contara su vida de entonces. Es mi forma de trabajo. Cuando tengo un tema busco información directa. Con "Los profesionales" me ocurrió igual. Junté a cuatro amigos en una mesa, alrededor de una botella de whisky y unas almendras, y empecé a preguntarles, a tirarles de la lengua para que hablasen.

Y lo consigues, porque tu información es de primera mano, testimonial, "in situ".
Me gusta mucho cuando alguien me pregunta si lo que cuento es verdad. Les respondo que no, que me lo he inventado. Pero ellos no me creen. Y eso es porque lo que yo digo rezuma autenticidad por todas partes. Siempre he huido de las historietas con las que yo me crié y que me gustaron mucho cuando era niño, como por ejemplo las de la Policía Montada del Canadá. Pero son tebeos que no leería de adulto porque cuentan situaciones inverosímiles, como por ejemplo, el cuchillo que el héroe lleva en el pecho mientras un oso le abraza o el palo que coloca el explorador en la boca de un cocodrilo cuando le va a devorar. Narro las cosas tal y como me han sucedido a mí o como me las han contado. Mis historietas tienen que ser ciertas. Ahí está la diferencia. También me gustaría hacer una historia divertida, del tipo del camionero que llega a casa y encuentra a la mujer con su primo en la cama. Pero eso no le interesa a nadie. Sin embargo, si eso te lo cuenta alguien que lo ha vivido, la cosa cambia. Si lo hago yo es inventado, pero si escribo lo que me dicen es verosímil porque yo me lo creo también y lo dibujo. Así resulta convincente.

Y ahora, en un salto atrás en el tiempo, pero que a la vez es hacia delante, te descuelgas nada menos que con una tetralogía, cuatro álbumes sobre la Guerra Civil Española.

¿Cuál ha sido la génesis de "36-39. Malos tiempos"?
Tengo repartida mi vida y voy guardando las cosas que me han sucedido en carpetillas – ya les advertí que volverían a salir –. De este modo manejo pequeños dossieres que pueden convertirse en alguna serie. El tema de la Guerra Civil quería haberlo hecho al cumplirse los cuarenta años. Incluso empecé a dibujar una historieta, pero claro yo no viví la Guerra, no la conozco y carecía de material propio. Necesitaba que alguien me la contase, pero que me la contase bien, con suficiencia, para que sonase a verdad. Y hablando con un amigo hace poco, me di cuenta él sí la había vivido. Y empezó a contármela desde el punto de vista del niño que él era entonces. A partir de ahí, junto con otras historias colaterales que me llegaron y con libros que consulté, vi que ya disponía de suficiente material para trabajar.

Pero ¿por qué precisamente cerrar el círculo abierto con "Paracuellos" y "Barrio" con la Guerra Civil y no con algún acontecimiento histórico posterior?
Mi interés por ir hacia atrás es muy sencillo: si yo he retratado la posguerrra con esas dos obras, que son resultado o producto del Franquismo, por qué no hablar del origen de todo ello que era la Guerra. Porque no podemos olvidar que venimos de ahí y que el Franquismo se inventó durante la contienda. Por eso decidí añadir una pieza más al puzzle, conectándolo con algún personaje que aparece en "Barrio", haciéndome un autoguiño.

Has preferido contar la historia de los de a pie, de los de la calle, de la gente gris, sin un protagonista fijo, con pinceladas sueltas.
Lo bueno que tiene el relato corto, en contra del relato río, es que cuentas una cosa y ya está, o sea, picas y te vas. La novela río te obliga a incluir muchos espacios de situación: el verano, el invierno, etcétera. Narro las anécdotas por separado tal y como me las contaron, porque a mí la información me llegó también cronológicamente desordenada. No buscaba la Guerra de fechas, de batallas, de personajes, de políticos, me interesaba explicar cómo duele la bomba cuando te cae en la cabeza, cómo te sientes cuando tu hijo se está muriendo de hambre, cómo pican los sabañones, todas esas cosas sencillas pero reales y ciertas.

Cada español tiene su Guerra Civil particular, "36-30. Malos tiempos" es tu visión de la Guerra o es algo más?
Nunca he sido neutral. Siempre he tomado partido pero no voy a cambiar la realidad de la Guerra, ni voy a mentir. Busco objetividad, no neutralidad. Soy quien soy y cuento lo que sé. Me interesa la Guerra desde el punto de vista de la puta Guerra, de la mierda de la Guerra, de lo injusta que fue. Y fue injusta porque los que tenían las pistolas para defender a la población la usaron contra los que no tenían armas. ¡Qué fácil fue ese golpe de estado! Y además utilizaron pistolas pagadas por el pueblo. Dieron el golpe porque no les interesaba que las cosas cambiasen. Si te fijas en los carteles de la República, muchos fueron hechos para invitar a que la gente aprendiese a leer. Ellos no querían que la gente supiera leer porque una persona que lee piensa, analiza y toma decisiones. Pretendían que todo continuase igual. Un obrero que no sabe leer es mucho más fácil de manejar. Por eso quemaban bibliotecas y mataban maestros.

Pero la Guerra, no sólo la española, es una situación propicia para la barbarie, también hablas de eso en tu obra.
Indudablemente, en la Guerra se levanta la veda y cuando eso ocurre, aflora el criminal que todos llevamos dentro. Individualmente somos buenos, pero en manada, terribles. Y eso ocurrió, con matices, en ambos lados de las trincheras.

Hablemos de anécdotas, ¿has escuchado alguna que te haya llamado la atención particularmente?
Una cuñada mía me dijo que había visto a un tipo correr sin cabeza durante un bombardeo de los nacionales. Sobre esto mismo, otra persona me contó que, mientras las bombas volaban muy rasantes sobre la glorieta de Atocha y la gente corría, al entrar en el metro un obús le arrancó la cabeza a un hombre. Después explotó en el subterráneo, mientras el cuerpo decapitado terminaba de bajar los escalones.

El segundo álbum de la tetralogía mantendrá el título del primero incorporando el siguiente ordinal romano (II) y se publicará pronto. Probablemente en el próximo mes de marzo.

Y ¿qué vendrá después, Carlos?
Pues, mira, ahora tengo un problema. Una vez finalizado todo lo de la Guerra, cualquier tema que me planteo me suena baladí. Así que, de momento, no sé qué vendrá después.

Todavía intercambiamos algunas frases más of the record sobre cómics y otras cosas. Me dedicó los álbumes que le había llevado, "dame, dame, que llevo un lápiz muy bueno para estas cosas", y, acompañado por el Carcelero de Papel, se dirigió al aula donde un montón de incondicionales suyos, de la cultura y de la Guerra Civil, le aguardaban impacientes por escucharle. Cuando salió de la cafetería y mientras plegaba bártulos, dos palabras acudieron a mi mente: profesionalidad y sinceridad. Gracias, Carlos, y hasta la otra.

Antonio Gómez Rufo, escritor: "Creo en la fortuna, no en el destino"



Herme Cerezo / SIGLO XXI, 20 de febrero de 2008

"Uno de los hombres más ricos de la Tierra se enfrenta a la mayor encrucijada que el destino y la ciencia sometieran a ningún mortal. ¿Salvaría la vida de su hijo a costa de la muerte de otros niños? Síndrome de Morris, ¿puede la belleza matar? ¿Puede el dinero comprar más tiempo de vida? Cambio climático ¿qué nos depara el futuro en la Tierra? ¿Por qué los gobiernos no permiten a la Ciencia avanzar en la curación de enfermedades mortales? ¿Sigue siendo el amor el mejor refugio del ser humano? ‘La noche del tamarindo’, una novela que responde a éstas y a otras preguntas. Un thriller apasionante, fundamentado en investigaciones sobre los últimos avances en biología genética, repleto de acción que recorre los escenarios más lujosos y exóticos del mundo. Una novela de gran magnetismo que no dejará indiferente al lector. ‘La noche del tamarindo’, la nueva novela de Antonio Gómez Rufo".

Todo lo que antecede es lo que reza el vídeo promocional con el que la editorial Planeta acompaña las presentaciones de la última novela de Antonio Gómez Rufo, Madrid, sin fecha de nacimiento (otro escritor que escapó a los tentáculos del Registro Civil), en la que ha invertido los tres últimos años.

¿Qué te movió a escribir ‘La noche del tamarindo’?
El origen de mi novela está en esa pregunta que nos hacemos todos al llegar a los cuarenta: si a los veinte años hubiera sabido todo lo que sé ahora, ¿mi vida habría sido la misma? Mientras rumiaba la respuesta, me daba cuenta que mis amigos comenzaban a sentir temor al paso del tiempo, a envejecer, a las primeras arrugas, a los michelines. Todo eso junto me incitó a reflexionar y a escribir.

¿Crees que los españoles nos preocupamos tanto por esos temas?
Sin duda. Mira, en España, hace dos años, se efectuaron medio millón de operaciones de cirugía estética. Parece que la apariencia externa se está convirtiendo en algo esencial y que nos estamos olvidando de las cosas realmente importantes.

Pero el protagonista de tu historia, Vinicio Salazar, que acaba de ver morir a su hija, no utiliza la cirugía con fines estéticos, sino con otros objetivos: prolongar su vida, variar su destino.
Mi protagonista tiene muchisimo dinero y, efectivamente, decide emplearlo en eso que dices. Para lo cual no duda ni un instante en fingir su muerte, desaparecer y crearse una nueva identidad, sin reparar en medios e introduciéndose en una espiral de asesinatos y locura. La ciencia actualmente dispone de muchos medios para este tipo de cosas. Y eso únicamente está al alcance de la gente con dinero.

El destino, siempre presente en tus novelas.
En general, en toda mi obra literaria el destino siempre está presente. Y es porque yo no creo en él, sino en la fortuna. Para los griegos el destino es algo inevitable y que no se puede combatir. Para los latinos, sin embargo, la fortuna se la labra cada cual por sí mismo. Es lo que uno puede trastocar, aunque parezca inevitable que vaya a suceder. Si tú pones algo de tu parte, puedes variar el resultado, cambiar tu fortuna. Yo me siento más latino que griego en esto.

Pero el destino acaba imponiendo su ley, ¿no?
El protagonista de la novela cree que el destino le va conduciendo y yo pienso que el individuo siempre ha de luchar contra lo que presume inevitable. Otra cosa es que venza o que sepa que va a salir derrotado por lo que le rodea: por el amor, por la muerte, por lo que sea ... Pero el valor principal del ser humano es la lucha. Que consiga vencer o no es otro tema, entre otras cosas porque muchas veces ello depende de factores externos a nosotros.

Y tu protagonista termina rindiéndose.
Vinicio Salazar llega un momento, el momento de la verdad, cuando está solo en su habitación, en que arroja la toalla porque sabe que no va a vencer. Es rico y lo tiene todo, pero se da cuenta de que en el fondo es infeliz, porque no se encuentra a gusto consigo mismo. Y entonces piensa que es como un tamarindo, cuyas hojas por la noche se cierran y dejan desnudo el tronco que es la verdad, la cruda realidad.

Por lo que cuentas, Vinizio Salazar se antoja un personaje tremendamente humano.
Sí, claro, él siente lo mismo que nosotros, que no somos capaces de pararnos a pensar que en el mundo donde vivimos a casi ninguno nos falta nada de lo básico. Y nos sentimos infelices porque no conseguimos aquello que es suntuario: un coche más potente, un pantalón de marca, una casa más grande. La insatisfacción nos la provoca la carencia de cosas superfluas.

‘La noche del tamarindo’ está construida con una estructura que nunca decae: el thriller.
Llámalo thriller o como prefieras, pero yo he intentado contar mi historia construyendo una trama de acción, de amor, de aventuras, de viajes, de lujos y otras muchas cosas más. Creo que mi novela tiene muchos valores añadidos y pienso que es mi mejor obra hasta el momento.

Pero también tiene otros valores.
Yo no soy un escritor de mensaje, pero escribir ‘La noche del tamarindo’ sí me ha servido para mi vida personal. Y si consigo que le sirva a algún lector, a uno solo, mi objetivo estará cumplido. Repito que los seres humanos somos capaces de cambiar nuestro destino, siempre y cuando estemos reconciliados con nosotros mismos. En mi novela están las preguntas que yo me formulé antes de escribirla y que espero que los lectores se formulen a sí mismos durante su lectura.

Habrás tenido que documentarte lo tuyo ¿no?
Me ha llevado tres años escribirla y el primero estuvo íntegramente dedicado a documentarme. Toda novela del siglo XXI que se precie, debe contener cosas actuales: el cambio climático, biogenética, los avances de la ciencia, transplantes de órganos, etcétera. Son cosas con las que nos desayunamos todos los días. Yo he tenido la fortuna de tropezarme con gente que me ha ayudado y explicado muchas cosas para mi libro.

Tus personajes, a lo largo de la novela, experimentan sensaciones fuertes, de alto voltaje, ¿cómo has podido relatarlas con tanta precisión?
Mientras la escribía, sentí la necesidad de sugestionarme, utilizando el Método Stanislawski, y meterme en la piel de los personajes. Por ejemplo, en mi casa tengo una pistola de juguete y como en la novela hay una escena de suicidio, me la introduje en la boca para ver qué se sentía. Así descubrí que, entre otras cosas, la boca percibe el frío
del cañón y que la lengua se retrae. Después me senté al ordenador y escribí estas sensaciones.

Pero eso es llevar las cosas al último extremo.
Puede ser, pero es por el bien de la novela. A veces, los escritores llegamos a un estadio casi de manicomio y por eso hacemos estas cosas. Además yo intento que el lector que va a leer la novela comprenda que lo hay dentro es verdad, aunque sea ficción. Las emociones hay que transmitirlas con un verismo total.

Destacan también algunas frases muy interesantes en el libro, como: "la mirada no tiene cirugía" o "morir es el único cóctel verdaderamente exclusivo, nadie puede beber ese brebaje por otro", Antonio, ¿cómo consigues estas frases tan rotundas?
Escribo desde las once de la noche hasta las cinco de la mañana. Luego duermo y después salgo. Y cuando salgo, cuando convivo con otros, cuando viajo, yo aplico el oído. Creo que soy un buen escuchador. Por las conversaciones de los demás me entero de qué cosas les preocupan e interesan y de cómo piensan. Y de ahí salen esas frases. Luego me limito a transcribirlas al teclado. Soy un poco cotilla, lo reconozco, pero es que yo creo que ése es mi trabajo como escritor.

Terminamos, Antonio, realmente ¿te sientes recompensado o no con ‘La noche del tamarindo’?
Creo que jamás escribiré otra novela como ésta. Me lo he pasado muy bien y muy mal mientras la escribía. Después de ella no debería volver a escribir nada más, pero sé que dentro de unos cuantos meses empezaré otra. Seguro.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Mark Billingham, escritor: "Escogí el género policial porque era lo que siempre había leído y lo que más me gustaba"

Herme Cerezo/SIGLO XXI. 18 de febrero de 2008

Para la realización de esta entrevista, que tuvo lugar en la cafetería del Hotel Astoria de Valencia, conté con la inestimable ayuda de la traductora Laura Stripp. Mi dominio del inglés apenas supera el good morning, el thank you y poco más. Así que imagínense si no llega a estar ella presente.
Antes de escribir, Vd. era humorista, ¿en qué consistía su trabajo?
Bueno, yo actuaba en los clubes de la comedia que hacían en la televisión o la radio. Mi trabajo en directo se emitía los viernes o sábados por la noche. Y muchas veces tenía que salir corriendo en un taxi para cambiar de un estudio a otro. He actuado en muchos países: China, Hong-Kong, Singapur, Dubai. Era divertido pero yo carecía de vida social y no veía a mi familia por ello.

¿Por qué decidió ponerse a escribir?
Para ver más a mi familia. Siempre he estado escribiendo: guiones para la televisión o para humoristas, y pensaba que, como un libro era tan grueso, nunca podría escribir uno. Pero lo hice. Y me lo publicaron.

Y se decantó por el género policial.
Escogí el género policial porque era lo que siempre había leído y lo que más me gustaba.

¿La novela policial es una buena herramienta para analizar la realidad?
Sí, este género me permite contar una buena historia y profundizar a la vez en cualquier otro tema que me interese.

Detrás de un escritor de novelas policiales ¿qué hay: un asesino potencial o un policía frustrado?
Ahora que conozco bien a varios policías, estoy seguro que no podría desarrollar su trabajo. Creo que preferiría ser un asesino ― risas ―. Nunca he querido ser policía, pero sí he querido matar a alguien.

‘Bajo tierra’ no es una novela negra pura, ni una novela problema ¿qué es entonces?
No importa cómo se le llame lo que escribo. Mi agente, al ir a publicarla me preguntó si me importaba que dijese que era un thriller. Y yo le contesté que en absoluto. Por mí como si quería decir que era un libro de cocina. Lo que yo deseaba era que se publicara. Eso era lo importante realmente.

¿Le ha resultado fácil ponerse en los distintos papeles en que está escrita la novela: policía, secuestradores, secuestrado...?
No, no ha sido fácil. Hubiera sido más sencillo escribirla sólo desde el punto de vista de Thorne, el policía protagonista. Pero al hacerlo así era como si yo me retase a mí mismo y, además, resulta mucho más atractiva para el lector.

¿De dónde sale Tom Thorne? ¿Cómo es su protagonista?
No lo sé. No quiero que Thom Thorne sea de una manera u otra. Prefiero que no sea predecible, que me sorprenda, descubrir cosas nuevas suyas cada vez. Aprendo algo distinto sobre él en cada novela que escribo y me gusta que sea así.

Lleva escritas siete novelas sobre Thorne, ¿se tropieza ya con él en pasillo de su casa?
No ― nuevas risas ―. Thorne está en mi mente todo el tiempo, pero tampoco estoy obsesionado con él. Como ya he dicho lo descubro continuamente. Es como alguien que me mira de reojo, que está próximo a mí.

En mi opinión, ‘Bajo tierra’ es algo lento, ¿escribir despacio, ralentizando la acción, es su secreto para captar al lector?
Es muy importante cambiar el ritmo y el tono durante la narración. No puede haber acción durante todo el rato, ni tampoco lentitud perpetua. Hay capítulos de ritmo más rápido y otros mucho más lentos.

¿La novela está basada en algún hecho real?
No, es completamente inventada, pura ficción.

Aparece un grupo de jubilados policiales muy curiosos, una especie de "consejo de ancianos", usted, humorísticamente, lo llama la "brigada de las arrugas", ¿existe realmente esa brigada?
Existe algo parecido en la policía británica, pero relacionado con temas forenses, y sí, le he puesto un nombre un poco despectivo en mi libro.

¿Cómo documenta sus novelas?
Hablo con policías para obtener información, pero para unir lo que ellos me dicen realizo otras averiguaciones complementarias: estudios médicos, balísticos, etcétera. Pero la verdad es que cada vez investigo menos.

¿Cuál es su momento de escritura?
No trabajo todos los días, pero sí pienso todos los días. Me pongo a ello cuando sé exactamente qué voy a escribir. Y lo hago de noche, soy escritor nocturno.

¿Tiene alguna manía para escribir?
Al principio ― más risas ―, intenté escribir con música. Pero me descentraba y lo dejé. También fumaba, pero eso era antes, ahora ya no. No escribo desnudo, pero muy a menudo estoy en pijama. La vida del escritor es así.

¿Se llevará al cine alguna de sus novelas?
De momento, no. Quizá un libro que he escrito, independiente de la serie, sí se ruede. Donde casi seguro que se grabará es para la televisión.

¿Siente curiosidad por conocer la cara "real" del Tom Thorne que usted ha creado?
Yo no le veo la cara y cada lector tendrá su propia imagen de Thorne. Cuando se vea en televisión ya todo el mundo tendrá una referencia concreta.

Por último, sus novelas se han publicado en EE.UU., ¿cómo van sus ventas por allí?
Van bien. Para los escritores británicos es una gran suerte poder publicar nuestras novelas en aquel país.

Mercedes Castro, escritora: "Mi novela es un soplo de aire fresco"

Herme Cerezo. Publicado en SIGLO XXI, 28 de enero de 2008.

Mercedes Castro, natural de El Ferrol, escritora intemporal (su fecha de nacimiento no figura en la solapa del libro), al terminar la carrera de Derecho pasó unos años trabajando en el sector editorial, en el que desarrolló multitud de funciones y del que conserva un grato recuerdo. Ella, Mercedes, lo guardaba en secreto, pero desde bien joven escribía: relatos cortos, poesía... hasta que se planteó el reto de publicar una novela que le había ocupado los últimos nueve años de su vida. Rechazando cualquier posible favoritismo, decidió enviarla "a pelo", como ella misma dice, y la novela comenzó su calvario editorial como una ópera prima más. Transcurridos varios meses, recibió respuesta afirmativa a su envío.

Recién publicada por Alfaguara, las palabras todavía danzan húmedas por el papel, ‘Y punto’ es el resultado de aquel peregrinaje. Y ahora comienza su otro periplo, el de la opinión pública, el de críticos y lectores, el definitivo.
‘Y punto’ es una novela aparentemente policiaca, donde la escritora gallega analiza la vida laboral de una subinspectora del cuerpo nacional de policía, que trabaja rodeada de hombres. La realidad es férrea y Clara Deza, a la vez fuerte y frágil, se debatirá entre la dureza con que debe afrontar la calle cada día y la sensibilidad que toda mujer, que toda persona, esconde en su vida personal, en sus adentros más recónditos.
Si hay algún rasgo que caracteriza a esta novela es la intensidad con que está escrita. ‘Y punto’ es un libro que cuesta de coger pero que todavía cuesta más de soltar. El ritmo narrativo es tal que, cuando lo cierras para echar una siesta, cenar o ver la televisión, lo echas de menos. ‘Y punto’ es una buena excusa para poner en práctica el viejo aforismo del "apague y lea".
Mercedes Castro mezcla narración y pensamiento, tercera persona y primera persona, sin transiciones ni anestesia, directamente. Lo que requiere del lector una buena dosis de concentración, estado que se alcanza con suma facilidad por la frescura, descaro e ironía con que ‘Y punto’ está escrito. Por cierto, y con esto acabo, la escritora ferrolana ha descubierto (y explotado) con notable rendimiento en su prosa el uso de la conjunción y a principio de párrafo (en el título, por ejemplo), algo que ya experimentó en su momento, con igual éxito, el portugués Lobo Antunes.Y no les digo más.

Comenzamos a hablar con Mercedes Castro acerca de su novela.Y de algunas otras cosas.

Mercedes, ¿cómo se te ocurrió saltar la barrera y pasar de editora a escritora?
Es a la inversa, yo escribía desde antes, desde siempre, desde pequeña con mis concursos juveniles y demás. ‘Y punto’ comencé a escribirla en mi último año de carrera. Al acabar Derecho, pensé en buscar un trabajo que cuadrase con lo que a mí me gustaría hacer y encontré uno donde me pagaban por leer. Muchos escritores y agentes literarios no sabían que yo escribía y ahora mismo están muy sorprendidos.

¿Eras dura con los escritores?
Para nada, para nada, siempre me he llevado fenomenalmente con ellos. Lo que ocurre es que yo les he dado caña porque, en un momento dado, los autores necesitan que alguien les ponga las pilas. A los escritores cuando más famosos son, más se les miente.

Una curiosidad: ¿quién corrigió tu novela?
Mi pareja, que es corrector de estilo y que actuaba de látigo permanente. Y ya en Alfaguara, una editora muy buena y entusiasta.

¿Y sigues con tu quehacer editorial?
No, ya no, porque mi vida ha dado muchas vueltas últimamente. He tenido una niña y estoy volcada en las dos criaturas que parí en el año 2007: mi hija y la novela.

¿Cuál es tu momento para escribir?
‘Y punto’ está escrita de noche, en vacaciones, en horas robadas al sueño porque yo trabajaba y tenía mi vida organizada. Es una novela de desvelos.

Al publicar, ¿no has sentido el miedo de desnudarte ante el público?
En mi blog ‘Y punto’ digo que me he hecho el harakiri, que me he abierto las tripas para enseñarlas y para que, si alguien las admira, que las compre. Lo que ocurre es que la gente piensa que yo soy Clara Deza, la protagonista, y hacen la comparación obvia. Pero esto no es así, porque mis tripas y mis pensamientos están repartidos en muchos otros personajes y no en Clara. El único personaje real de la novela es mi gata. Ella es auténtica al cien por cien. Los gatos son, no se pueden inventar.

¿Son parientes Cara Deza y Jacobo Deza, el protagonista de ‘Tu rostro mañana’, la última obra de Javier Marías?
No, Clara Deza es hija de Clara Aldán y Carlos Deza y tiene que ver con ‘Los Gozos y las Sombras’ de Torrente Ballester. Es ahí donde está mi homenaje a este escritor que, además, es de El Ferrol como yo. Él había dado clase en el Instituto donde yo estudié y venía de vez en cuando a dar charlas. A los quince años leí su gran novela y me dije que yo también quería escribir una así. Creo que soy escritora por emulación y porque adoro leer.

También has escrito relatos cortos, ¿en qué distancia te encuentras más cómoda?
Creo que todo depende de la historia que quieras contar, porque también he escrito poemas y me he sentido bien. Lo que ocurre es que en un momento determinado quise contar una historia larga que me ha ocupado seiscientas páginas.

¿Has roto mucho?
No me he cargado muchas páginas, pero he pulido intensamente cada capítulo. Mi sistema de trabajo se basa en reducir al máximo el número de palabras que empleo.

¿Qué tiene tu novela que no tengan otras?
Yo voy a cara descubierta y me expongo. Me puedo llevar muchos golpes pero asumo el riesgo. Y en la novela se nota. He tratado de ser muy sincera, directa y humilde. Se puede tomar como chulería pero en mi caso es humildad. Esto es lo que sé hacer: si se entiende bien, pues me encantará, y si me pule la crítica, pues bueno, yo voy a seguir escribiendo porque para mí escribir es necesario.

Cuesta ponerse a leer ‘Y punto’, pero cuando estás en plena lectura, cuesta mucho más cerrar la tapa, es absorbente.
Sé que el primer capítulo es una apuesta arriesgada y que la voz de Clara puede resultar absorbente. Pero también sé que ‘Y punto’ es un soplo de aire fresco, algo muy original con relación a lo que se escribe por ahí. La novela me ha salido algo caprichosa, porque en ella he metido ciertas digresiones que he querido contar aunque no suela hacerse. Ya sé que el mercado funciona así, pero yo me he querido saltar esas normas. Y no ha sido por chulería, repito: si sale bien, bien y si no, pues también. Necesitaba asumir estos riesgos y que la protagonista fuera atípica y no porque yo sea mejor que nadie o para impresionar. Es un punto de vista más naíf, como cuando un niño se pone a pintar una pared y, de repente, dice ¿qué hago yo pintando aquí? Tenía concebida la historia de ese modo y así la he escrito.

La estructura de ‘thriller’ es algo accidental, ‘Y punto’ tiene otras lecturas intrínsecas ¿no?
En efecto, mi novela es un análisis bastante crítico de la sociedad. Hay mucha crítica social, me interesaba particularmente este aspecto. Si yo hiciera una novela en la que ningún jefe llamase "chata" a Clara Deza, no sería una novela realista sino utópica. En España, desengañémonos, todavía hay hombres que siguen ladrando o jadeando delante de una mujer, aunque no todos son igual. También hay buenos tíos y cada pendeja que no veas.

¿Cómo has conseguido mantener la intensidad a lo largo de todo el libro?
He intentado que el final no desmerezca el principio. Como editora aprendí mucho sobre el estilo y la técnica, pero vi también muchos originales que comenzaban fenomenal y que, de repente, perdían fuelle o, al revés, la narración iba bien y el autor, de golpe, se precipitaba, le entraba la prisa y acababa en un pispás. Eso me producía una desazón que no me gustaba y que he tratado de evitar en mi novela.

La portada es un poco ambigua, ¿no?
Me ofrecieron dieciocho o veinte portadas y me cargué todas menos dos. Quería una portada en blanco y negro, con una mujer a la que no se le viera bien la cara, porque yo no describo el rostro de Clara en mi novela. Quizá sea la causa de esa ambigüedad que dices.

Habiendo sido editora, has jugado a probar suerte. En un país como España, donde se editan 70.000 libros al año, ¿tan difícil es publicar?
Publicar es como ‘Operación Triunfo’. Las novelas atraviesan por un vía crucis que desespera a cualquiera. Mira, César Vidal acapara el cuatro por ciento de la publicación él solo. Con eso está dicho todo. En mis varios años de trabajo editorial, sólo conseguí publicar un original espontáneo. Mi pareja leía mi novela y decía que estaba fenomenal, pero claro una no se puede fiar de la persona con quien se acuesta. Necesitaba una cura de objetividad y por eso la mandé a pelo a varias editoriales. Después de un tiempo, al final me respondieron tres. Y escogí una.

Pero ha valido la pena, porque el respaldo editorial está siendo bueno.
Es que a las novelas espontáneas que consiguen salir adelante, las editoriales las tratan con mimo y se vuelcan mucho con ellas.

Acabamos con la pregunta obligada, después de ‘Y punto’, ¿has vuelto a escribir?
He empezado otra novela para desengrasarme de Clara, en la que me he propuesto que la protagonista no diga ni un solo taco. A ver si lo consigo. Si clara es una heroína, esta nueva protagonista será una villana terrible, malvada, pérfida.
Y punto... final, claro.


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Paco Roca, autor de cómics: "El cómic es mi forma natural de narrar"


Herme Cerezo. Publicado en SIGLO XXI, el 21 de enero de 2008.

Cuando uno intenta escribir, imagina. Si no imagina, para qué escribe. Al imaginar, vislumbra imágenes propias, muy personales, que sólo él comprende. Pero en ocasiones también desarrolla estereotipos. Uno de esos estereotipos, que me ha acompañado toda mi vida, se derrumbó sin estrépito una tarde de este mes de enero, cuando visité en su casa a Paco Roca, autor de cómics o tebeos. Siempre creí que los dibujantes trabajaban en comandita, en una sala más o menos amplia, penumbrosa, con rácanas bombillas colgadas sobre sus mesas de dibujo, hostigados por el humo interminable de sus cigarrillos. Los veía gastándose bromas, eternos gamberros, proyectando aviones de papel unos contra otros, quitándose el bocadillo o escondiendo en el rincón más insospechado, una nevera por ejemplo, la página de sus últimas viñetas. Pues bien, todo eso se vino abajo como les decía, mis improbables lectores, aquella tarde.


Paco Roca (Valencia, 1969), autor además de otras muchas historietas de los álbumes "El juego lúgubre", "Hijos de la Alhambra" , "El Faro" o "Arrugas", trabaja en solitario en su casa-estudio. Como un anacoreta o un farero de la imagen y el texto. La soledad y el silencio, interrumpido a veces por una música de fondo, son sus principales aliados y, me temo, que también sus máximos enemigos. Precisamente "Arrugas", su última obra, ha sido elegida cómic del año en Francia y España por la crítica de ambos países.

Paco, ¿cómo se dice: dibujante, autor o artista de cómics?
Creo que si haces tú solo todo el trabajo, guión y dibujo, autor sería el término más adecuado.

¿Qué es el cómic?
El cómic es un medio expresivo en sí mismo, no es una mezcla de cosas, aunque como cualquier otro medio bebe de muchas fuentes. Hay temas que sólo pueden abordarse con el cómic y eso lo convierte en un medio dotado de un montón de posibilidades. Un ejemplo claro lo tenemos con "Maus", que fue Premio Pulitzer en 1992. La técnica narrativa de este cómic consigue meter en tu cabeza que unos ratoncitos y un gato son judíos y nazis e inspirarte unos sentimientos muy crueles. Eso sólo puede lograrse a través del cómic. En cine sería otra cosa y en animación tampoco funcionaría. "Arrugas", mi último trabajo, en película quizá resultase demasiado dura. Sin embargo, el cómic consigue que los ancianos resulten entrañables y te permite crear imágenes abstractas, fundidos en blanco o jugar con el tiempo de un modo imposible para otros medios.

¿Cuándo se despertó en ti la pasión por el cómic?
Mira, yo he tenido la suerte de haber convertido en realidad mi sueño. De siempre me gustó dibujar y contar mis relatos. De pequeño ilustraba mis tebeítos, mis historias, y aunque he tenido momentos de desconexión, creo que es mi forma natural de narrar porque en el fondo quizá soy más guionista que dibujante.

¿Cómo te introdujiste en este mundo?
De pequeño leía a Astérix, Tintín y Blueberry. Después pasé a Carlos Giménez, a Corben, a "1984" y a muchos más. Fue difícil al principio porque no tuve mucha etapa de fanzine. Estudié Bellas Artes y comencé a trabajar en publicidad. Mucho más tarde volví al cómic.

Diste tus primeros pasos en "Kiss Cómix", ¿no?
Sí. Tenía un amigo, Rafa Fonteriz, que dibujaba para esta revista, que en aquella época era uno de los pocos caminos para acceder a este mundo. Trabajar en "Kiss Cómix" significaba comenzar por el porno, pero La Cúpula era una editorial muy importante. Me planté en Barcelona y me recibió el propio editor, José María Berenguer, un hombre venerable. Se puso a mirar con sus gafitas de vista corta las páginas que le había llevado. Al acabar me dijo: "Todo bien, pero las pollas tienen que ser más venosas y los coños tremendamente húmedos". Mientras yo alucinaba, añadió que si cambiaba eso pues que adelante. Y así empecé en "Kiss Comix", con historias de cuatro a siete páginas cargadas de sexo duro y sin muchos más matices. Era algo muy limitado, lo que hacía difícil contar un relato que es lo que a mí me gustaba. Pero trabajar allí me permitió pasar después a "El Víbora", sin duda una de las revistas más importantes del momento.

Con sólo veinte años, tomaste una decisión arriesgada como era la de dedicarte al cómic.
Sí porque al principio, el dibujo es una afición pero luego, si te gusta, se convierte en un trabajo. Y ése es el salto que has de dar. En cuanto te dedicas a esto ya no eres un aficionado, eres uno más que tiene competir con los otros artistas. Y en cierta forma te deprimes al ver lo buenos que son los demás y lo que son capaces de hacer.

Y ¿cómo veían en tu casa tu vocación?
Mis padres se oponían a que dibujara, claro. De hecho, ahora que ya son mayores, siguen sin saber muy bien cómo se gana la vida su hijo. Mi padre era electricista y quería que yo continuase la tradición familiar. "Electricista es lo que tienes que ser, ¿dibujar, pero dónde vas tú a dibujar?", me decía.

¿Siempre has trabajado en solitario?
No, hubo un tiempo que trabajé con Juan Manuel Aguilera, un escritor de novela histórica que es muy bueno y sabe cómo contar una historia. Ilustrando sus guiones te enriqueces enormemente, aprendes muchas cosas, a estructurar una historia por ejemplo.

Dibujo o guión, ¿qué es más importante?
Lo importante es el guión, que te atrape la historia. Luego el dibujo y el ritmo que tú le imprimas a la narración te sirven de mucho, pero lo importante es el núcleo inicial.

¿Qué herramientas auxiliares utilizas en tu trabajo?
Para algunas cosas muy realistas, sobre todo portadas o para alguna pose complicada, utilizo la máquina de fotografiar, pero en la mayoría de casos no te da tiempo. También trabajo con ordenador, que me ayuda a colorear mis historietas. Es una herramienta muy útil porque permite hacer ampliaciones y travellings. Primero dibujo a mano, luego escaneo y, por último doy color. Hasta hace poco colorear era algo mecánico, que carecía de creatividad. Fue Corben quien empezó a darle importancia y en Francia, por ejemplo, el colorista ya aparece como una parte relevante del álbum.

Y tú ¿qué prefieres color o blanco y negro?
Depende. Creo que hay historias a las que el color no les afecta para nada. "Arrugas", por ejemplo, hubiese funcionado igual con color o sin él. Lo que ocurre es que el color la vuelve más comercial. Primero pensé en hacerla en blanco y negro, incluso con más páginas, pero el editor francés, Delcourt, que la publicó primero prefirió el color. Sin embargo, "Hijos de la Alhambra" es un relato de aventuras donde el color es muy importante para ambientar las escenas, para cambiar localizaciones.

Pues, a pesar de tu opinión, pienso que en "Arrugas" el color desempeña un papel esencial porque arropa y da vida al argumento.
En "Arrugas" lo difícil era hacer una historia sobre el aburrimiento. Con el color intenté imprimirle un poco de dinamismo a la narración. El escenario siempre era el mismo y únicamente podía jugar con los cambios horarios y el color me sirvió para crear sensaciones de día, noche, frío o calor. La verdad es que he empleado unos tonos muy distintos a los que venía utilizando hasta ahora, planos y muy suaves.

También sobresale la ambientación porque, como explicas en el propio álbum, visitaste una residencia de ancianos.
La doble página del reloj sería el resumen de la vida en una residencia. Un día allí se hace duro, de una monotonía increíble. Y hay gente que llega a vivir veinte años en uno de estos centros. Estuve como espectador y pude analizar las cosas desde fuera y pienso que todos deberíamos pasar un tiempo en una de ellas, como una especie de trabajo social o algo así, porque esa experiencia te permite valorar y comprender una serie de situaciones que antes ni te planteabas. La sociedad da de lado a la vejez y a las residencias, mientras no nos afecten, ni las mira.

Viendo los comportamientos de los personajes que se mueven por "Arrugas", ¿reproducimos nuestros roles infantiles cuando llegamos a la vejez?
Cuando era niño pensaba que en el año dos mil tendría treinta años, que sería un viejo y quería saber qué pensaría entonces. Al llegar a esa edad, me di cuenta que seguía pensando igual que a los catorce. Eso significa que cuando sea más viejo tampoco habrá muchos cambios. Cela decía que de pequeño, cuando regresaba a su casa, se encontraba con un banquito cerca del Retiro. Y siempre tenía que saltarlo. Y lo hacía, hasta que cumplió los sesenta y, aunque la cabeza le decía que lo saltase, ya no lo saltaba. Por eso me he atrevido a hacer una historia sobre ancianos porque, con matices, sabemos cómo piensa una persona mayor. Nuestra personalidad se forma muy pronto y, desde ese momento, pensamos así.

¿Por cierto cómo se te ocurrió "Arrugas"?
"Arrugas" está basada en la historia del padre de mi amigo MacDiego, al que conozco desde hace muchos años. Cuando iba a casa de mi amigo siempre lo encontraba encerrado en su biblioteca, leyendo. Personificaba un poco lo que a mí me gustaría hacer de mayor. Un día MacDiego me dijo que su padre tenía Alzheimer. Su decadencia fue muy rápida, muy fuerte. Me contaba los síntomas de la enfermedad, por ejemplo que de madrugada se levantaba y se vestía para ir a trabajar y que, cuando volvía a la realidad, se producía un choque brutal porque sentía miedo. Y se enfadaba, porque no asumía que se le iba la cabeza. Yo quise reflejar eso en mi libro.

¿"Arrugas" es álbum o novela gráfica?
Por su formato y número de páginas "Arrugas" sería una novela gráfica corta, es un trabajo más de guionista que de dibujante.

Gráficamente, en "Arrugas" yo encuentro huellas de Tintín.
Puede ser. A mí me gusta mucho Tintín, sobre todo sus fondos que son auténticos decorados. Parece que los personajes no estén allí y eso le otorga un aspecto mágico a las viñetas. La verdad es que creo que tengo un estilo franco-belga, muy de línea clara. Me gusta así. También me gusta que las viñetas sean secuenciales, que los personajes actúen, que sea como una cámara fija.

¿"Arrugas" se está vendiendo bien?
En Francia la tirada inicial fue de diez mil ejemplares y ya va por la segunda edición. Eso es importante porque allí se publicó en una colección minoritaria, de cómic de autor. En España todavía estamos con la primera, que es de tres mil ejemplares.

Entonces ¿podemos hablar de éxito?
El éxito es relativo porque cualquier cosa creativa, más que una bendición, es un castigo. No disfrutas de las cosas, porque cuando ves una película o un cómic que te apasiona dices "esto podría haberlo hecho yo" . Y si encuentra algo que no te gusta piensas qué harías para mejorarlo. Además, después de todo el trabajo que lleva un álbum, sólo está un mes en la mesa de novedades de las librerías. Luego pasa a la estantería con los demás libros y te entra la "decepción postparto", que es muy dura, y juras no hacer nada nuevo nunca más.

Trabajas para el extranjero y tu caso no es el único, ¿no hay suficiente mercado en España para nuestros autores?
Dibujo para el extranjero, en concreto para Francia porque allí, por tradición y cultura, el cómic es algo consubstancial. Las familias leen tebeos en sus casas sin ningún pudor y han asumido que cada edad tiene su cómic. Por tanto, su mercado es enorme y por eso los editores franceses pueden pagar mucho más que los españoles. Si quieres dedicarte exclusivamente al cómic tienes que publicar en Francia o en Estados Unidos. En España se sigue pensando que el cómic es "Mortadelo y Filemón" y que es algo infantil, aunque gracias a FNAC, el tebeo ha salido ya de las tiendas especializadas. Vamos mejorando poco a poco, pero el proceso todavía es lento.

Pero tú no vives sólo del cómic.
No, no, gracias a que publico en Francia puedo dedicar media jornada a mi estudio de ilustración y la otra media a los cómics. Mi faceta publicitaria también me gusta. Hago de todo: trabajo para agencias, editoriales, empresas. Cualquiera que me pida una ilustración yo se la hago. Mis amigos que se dedican sólo al cómic se quejan de su soledad y están un poco aburridos porque, excepto el momento de entregar las páginas, no tienen mucho contacto con la gente. A mí la publicidad me permite relacionarme con otras personas. Además, la ilustración publicitaria es un reto constante, cada día tienes un trabajo distinto, visitas a clientes, etcétera. Es como trabajar con un guionista: te obligas a adaptarte a situaciones diferentes.

En los años cincuenta y posteriores, Valencia fue un foco importante de creación y difusión del tebe, ¿seguimos la misma tónica o aquello desapareció ya?
En Valencia, ahora comienza a hablarse de la creación del un Salón del Cómic. Hay muchos dibujantes y guionistas pero les ocurre lo mismo que a mí: todos trabajan para fuera. Daniel Torres para Estados Unidos; Salvador Larroca para la Márvel; Francisco Ortiz para una editorial francesa, igual que Sergio Bleda. Sergio Córdoba, por su parte, publica en Astiberri. Ahora, en España los focos principales del cómic son Bilbao, Barcelona o Palma de Mallorca. Valencia necesita una editorial importante o una revista con urgencia porque de todo lo anterior no queda nada.

¿Has trabajado alguna vez para las Fallas?
Yo no, aunque otros dibujantes, por ejemplo Sento, sí lo han hecho. Participé en una exposición de caballos de Jaime I, que se celebró para conmemorar el XXV aniversario de Nuevo Centro. Eso es lo más parecido a una Falla que he hecho. Lo que sí tengo claro es que a los valencianos las Fallas nos influyen. Quizá por eso hay tantos dibujantes. Desde pequeños durante esos días contemplamos monumentos llenos de colorido y de dibujo. La pena es que sólo unas cuantas son verdaderas obras de arte, pero incluso las malas te hacen observar las cosas desde otro punto de vista.

Terminamos, después de "Arrugas", ¿qué llevas entre manos?
Al terminar "Arrugas" sentí un poco de temor, porque no tenía muy claro por donde tirar. Pero, superado ese miedo inicial, ahora ando metido en varios proyectos. Mi siguiente álbum, que se editará por Delcourt, titulado "Las calles de arena", es una historia un poco kafkiana sobre si podemos cambiar el mundo o no. También ando recopilando las historietas que hice para "Humo" sobre relaciones de pareja, añadiendo algunas nuevas que publicaré en Astiberri. Por último, el siguiente cedé de Iván Ferreiro del grupo "Los Piratas" incorpora un cómic que incluye una historieta para cada tema. Yo hago una de esas historietas.