‘El muertero Zabaletta’, de Agrimbau y Ginevra. El título no dice todo, apenas nada
¡Qué espléndido cómic! ¡Cómo luce! ¡Qué lindo! Lo bien cierto es que el viernes pasado, lluvioso por la mañana y ventoso por la tarde, me dejé gobernar por mi olfato. Buscaba una sorpresa, algo distinto con lo que regodear mis ojos y mis meninges, bien alejado de todo lo que las listas especializadas del universo comiquero anunciaban como piezas más cotizadas del Salón Internacional del Cómic de Barcelona. No albergaba ideas preconcebidas, aunque los parámetros de mi subconsciente, evidentemente, se mantenían alerta, latentes, despiertos bajo una apariencia de sueño engañoso. Zabaletta, el muertero, me asaltó solo. Primero, en forma de pasquín propagandístico, no más grande que una postal de esas que enviábamos durante las vacaciones para decir "llegué bien" o "tuve buen viaje" o "esto es precioso, chata". Después de la escaramuza preliminar, vino la conquista verdadera, el ataque abierto, frontal, franco, con forma de tapa dura y 48 páginas de espesor, magníficas, gozosas: las medidas canónicas del cómic franco-belga. Para disfrutar, porque el título no decía todo, apenas nada de lo que había dentro.
