«Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban y, como si de grillos se tratara, intentó ubicar a cada hombre dentro de los límites del olivar» (Jesús Carrasco, Intemperie)
Mostrando entradas con la etiqueta Ariel Dorfman. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ariel Dorfman. Mostrar todas las entradas

sábado, 7 de octubre de 2023

Ariel Dorfman: «Esta novela ha obrado como una verdadera terapia para mí. Ha sido la manera de perdonarme a mí mismo por sobrevivir al golpe de estado de 1973»

Copywright: Sergio Parra.
Fotografía cedida por la editorial
Nº 672.- De joven, Ariel Dorfman fue asesor del presidente chileno Salvador Allende. Compartió sus últimos años con él y únicamente un fortuito cambio de turno laboral evitó que falleciese en el asalto que el ejército golpista, dirigido por el general Pinochet, efectuó al Palacio de la Moneda, sede del presidente de la República de Chile. Las acometidas y bombardeos se sucedieron hasta que los insurgentes penetraron en el interior del edificio. Y alli, muerto, estaba Salvador Allende. ¿Asesinato? ¿Suicidio? Esta cuestión, los recuerdos y una innegable necesidad por dejar constancia de todo lo que entonces acaeció, fue lo que movió a Dorfman a escribir ‘Allende y el museo del suicidio’, editado por Galaxia Gutenberg, un texto que ha permanecido en su mente, callado, latente, vivo, a lo largo de buena parte de su vida. Y el libro aparece justo ahora, en la conmemoración del luctuoso cincuentenario de aquel trascendental momento. Allende, en contra de lo que había sucedido en otros países latinoamericanos, había accedido al poder a través de la vía pacífica y democrática de unas elecciones. Ningún sobresalto violento en su proclamación como presidente. Nada. Había ganado su derecho a presidenciar de forma canónica, a través de las urnas. Durante los tres años que permaneció en el gobierno acometió reformas para transformar la realidad chilena. Sin embargo, no le permitieron concluir la tarea recién iniciada. Y el once de septiembre de 1973 Salvador Allende falleció, armado con una subametralladora, durante el ya mencionado ataque al Palacio de la Moneda. El golpe de estado se había consumado. Ariel Dorfman (Buenos Aires, 1942), se instaló de muy joven en Chile. Tras haber colaborado con el presidente depuesto, huyó del país y se convirtió en voz referente para luchar por la defensa de los derechos humanos. Su obra de teatro ‘La muerte y la doncella’ (1990), estrenada en Santiago de Chile en el año 1991 y llevada al cine por Roman Polansky poco después, constituye una buena muestra de ello. Desde el otro lado del charco, a través de un cuestionario, Ariel Dorfman tuvo la amabilidad de contestar a mis preguntas. No guardaré el recuerdo de su voz, pero sí el de sus respuestas escritas. Fueron estas.

P: Ariel, después de llevar casi toda la vida haciéndolo, ¿qué significa para Vd. la escritura en la actualidad?

AD: Desde que comencé a escribir a la improbable edad de nueve años, sentí que estaba llenando un vacío, tanto en mi interior como en el mundo, supliendo con mi imaginación los límites que la realidad y la historia me imponían. Y que ese ejercicio literario era una manera fascinante de derrotar la soledad, porque siempre supuse que iba compartiendo la belleza que descubría con otros seres humanos, nos hacíamos compañía mutuamente sin estar presentes físicamente. Nada de ello, ni mi obsesión personal ni mis deseos de un colectivo redentor, ha cambiado en más de siete décadas. Sigo pensando que no hay mejor antídoto contra la muerte – o por lo menos nos ofrece la ilusión de que persistimos más allá de nuestra restringida existencia.

P: Se acaba de conmemorar el cincuentenario de la muerte de Salvador Allende, lo que constituye una magnífica oportunidad para escribir sobre el  presidente chileno, pero ¿cómo surge en su cabeza la idea de escribir ‘Allende y el museo del suicidio’?

AD: A mí siempre me están rondando cantidad de ideas que esperan un momento propicio para expresarse (en ficción, teatro, poesía, ensayo o hasta ópera o épica musical). Hacía años que quería escribir sobre un exiliado que retorna a Chile para investigar la muerte de Allende, si era cierto que se había suicidado como anunció la dictadura o había combatido hasta ser asesinado como proclamó Fidel Castro junto a tantos otros. Pero se me escapaba la identidad del “detective” hasta que, hacia fines del 2019 se me ocurrió que podía yo mandarme a mí mismo, bueno, un personaje que cargaba con mi nombre, cronología, amigos. Yo era ideal para esa pesquisa, porque tenía, en la vida real, una motivación muy especial para llevarla a cabo: había estado trabajando en La Moneda los últimos meses del gobierno de la Unidad Popular, había jurado estar al lado de Allende hasta el final, pero por una serie de casualidades que mi libro despliega no llegué a estar allí (entre ellas, cambié de turno con Claudio Jimeno, al que capturaron y ejecutaron los militares, mientras que yo sobreviví). Pero descubrir que era posible sobreponer esa secuencia ficticia a mi vida real no fue suficiente para dar comienzo a la escritura. Si se trataba de explorar porqué alguien puede (o no) suicidarse, lo que Camus llama la decisión que tomamos (o no tomamos) cada día al despertar, era necesario cruzar esta búsqueda con otra obsesión mía sobre el suicidio: el de la humanidad, que se está auto-destruyendo, básicamente debido al apocalipsis climático.

P: ¿Este libro tiene algo de saldar deudas consigo mismo? ¿Tenía Vd. que escribir este libro sí o sí?

AD: Todos los libros los tengo que escribir sí o sí, Y por eso, creo que los lectores sienten la urgencia de lo que voy hilando, que se me va la vida si no logro expresar aquello que me impulsa y obsesiona. En este caso, adicionalmente, había, en efecto, una deuda con Allende y también conmigo mismo. Aunque no lo supe cuando comencé a trabajar el tema, la novela obró como una verdadera terapia, una manera de perdonarme a mí mismo por haber sobrevivido el golpe. De hecho, uno de los personajes que invento convence a mi alter ego Ariel de que no se debe sentirse culpable por no morir junto a Allende el 11 de septiembre de 1973. Un caso extraño, digno de Pirandello.

P: Hablemos un poco sobre el género literario de ‘Allende y el museo del suicidio’. ¿Estamos ante una novela o un ensayo? ¿Una novela, de tintes detectivescos, dentro de otra cargada de autoficción? ¿Quizá un thriller político?

AD: Javier Cercas (que ha sido muy generoso conmigo y con el libro, escribiendo un elogio que me honra) me ha permitido, además, usar una frase suya como uno de mis epígrafes: “Épica, historia, poesía, ensayo, memorias: esos son algunos de los géneros literarios que la novela ha fagocitado a lo largo de su historia.” He intentado que “Allende y el museo del suicidio” se inserte en esa tradición. Se suele pensar que, debido a que muchos temas en que me detengo (atrocidades, catástrofes, injusticias, traiciones, abusos), mi obra debe ser necesariamente sombría, pesada y sin gracia. Pero hay siempre en mis escritos un elemento juguetón, el deseo de entretener y darle placer al lector. Esta estrategia lúdica y pícara recorre toda la nueva novela, inundando y subvirtiendo incluso los agradecimientos finales, que suelen ser tan solemnes. Y quienes leen, se preguntan: ¿Será cierto, será falso? Todo es ficticio y todo es real en este thriller político (me gusta su definición) que rompe y subvierte las categorías usuales de los géneros.

P: ¿Cuánto de real tienen los personajes de Ariel y Angélica?

AD: La decisión de utilizar el itinerario histórico de mi vida efectiva y fehaciente (y la de mi querida esposa Angélica) para sobreponerle esta búsqueda de la verdad sobre la muerte de Allende, significaba que todos los personajes fueran tratados como si fueran de ficción, con mucha libertad. Por ejemplo, nosotros retornamos a Chile a mediados de 1990 y decidimos expatriarnos a fines de ese año, pero no hubo la investigación que me atribuyo durante esos meses. Y es cierto – otro ejemplo – de que escribí “La muerte y la doncella” en algún momento de esa estadía, pero la manera en que esa obra teatral se inserta en el argumento es algo que armé en función de la necesidad de los personajes y su evolución. Quise, claro, aprovechar mi íntimo conocimiento de la personalidad de mi propia familia y de algunos grandes amigos para ir construyendo una versión que tenía visos de verosimilitud.