El escritor madrileño habla sobre su nueva novela, titulada
‘El amo’, donde prosiguen las peripecias de Jotadé, su policía gitano.
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nº 718. Antes del mediodía. Es un
caluroso lunes de mayo, tengo a Santiago Díaz a mi izquierda, con un ejemplar
de su nueva novela, ‘El amo’, publicada por Alfaguara, en la que continúan las
andanzas y desandanzas de Jotadé, ese peculiar inspector de policía, gitano de
nacimiento, visto con recelo en la comisaría, visto con recelo entre los suyos,
que no terminan de tener claro qué pinta un policía calé, rodeado por tanto
payo. ‘El amo’, no lo olvidemos, se enmarca en una trilogía y continúa la
historia que dejó entrever en el desenlace de su anterior entrega. Con un
arranque impactante, marca de la casa, asistimos al hallazgo del cadáver de una
adolescente en una parada de autobús del extrarradio madrileño, desaparecida
misteriosamente años atrás, y asesinada tras dar a luz. Es la última de una
larga lista de secuestradas a las que han matado justo después de ser madres.
Bajo ese planteamiento, Santiago Díaz da rienda suelta a su imaginación a lo
largo de cien capítulos cortos, que prometen una lectura ágil, puesto que los
zarandeos a los que somete al lector cautivan su interés por seguir leyendo,
una página tras otra. Es otra marca de la casa, la misma que esperan sus
incondicionales, que en esta ocasión agotaron la primera edición en preventa,
antes de llegar a las librerías, un fenómeno poco habitual. València, Hotel
Meliá de la Plaça de l’Ajuntament. Cierto trasiego de huéspedes y ruido de
trolleys. Es lo suyo. Una mesa cuadrada, Papel y bolígrafo, dos aguas minerales
y la grabadora echando humo, con el piloto rojo encendido.
Santiago, es lógico que
aspires a vender muchos libros. Eres escritor y vives de ello, pero que la
primera edición se agote antes de que una novela pise la calle, no es muy
frecuente.
Fue una sorpresa. Cuando me
llamaron para decírmelo, no lo entendía, porque aún faltaban once días para ponerla
a la venta. Y ocurrió porque las reservas en las librerías fueron enormes,
tanto que, para cubrir la demanda, tuvieron que sacar una segunda edición. Te
puedes imaginar la alegría. Pero eso no significa que llegues más tranquilo a
la fecha de publicación, porque luego te entran otras dudas como preguntarte
si, realmente, estás a la altura de la expectación despertada.
Pienso que, si ocurre eso, es porque los lectores confían
en ti a ciegas.
Exacto, y ese creo que es un poco
el problema, lo que te hace sentir esa presión: están confiando en mí sin haber
leído una palabra, con lo cual las expectativas son muy altas. Y me siento muy
afortunado, porque parece que la gente está satisfecha con el libro. De hecho,
hay una frase muy puñetera que leo en algunas reseñas, que dice: «Acabo de leer
la última novela de Santiago Díaz y no me ha decepcionado»… Esas palabras
significan más presión sobre el escritor, porque presupone que el crítico
esperaba decepcionarse, cosa que no ha sucedido afortunadamente. En todo caso,
es una presión que a los escritores nos encanta.
Un buen guion, capítulos
cortos y acción trepidante: ¿esas son tus señas de identidad literaria?
Es el sello de lo que aprendí en
mi etapa como guionista y es lo que funcionaba, lo que necesitaba hacer entonces
para que los espectadores no se fueran a otra cadena. Y eso mismo lo aplico en
las novelas. Por eso hay mucha acción, mucho giro, mucho diálogo; es, creo, una
marca de guionista.