«Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban y, como si de grillos se tratara, intentó ubicar a cada hombre dentro de los límites del olivar» (Jesús Carrasco, Intemperie)

domingo, 14 de febrero de 2021

Laura Ferrero: «Me gustan los relatos con finales abiertos que consiguen que el lector construya otro desenlace distinto».

Nº 615.- El cuento parece un género marginado en España, mientras que en otros países goza de un prestigio más que notable. Laura Ferrero (Barcelona, 1984) acaba de publicar ‘La gente no existe’ (Alfaguara), un puñado de diecisiete relatos en los que hay amor y desamor, ausencia y culpa, esperanza… Sus historias narran lo íntimo, lo cotidiano, lo real. Las palabras de Laura Ferrero se deslizan suaves ante los ojos del lector, engrasadas, le atrapan en silencio y, cuando viene a darse cuenta, siente una sacudida, un pinchazo que tardará en olvidar. A través del teléfono, con la grabadora a pleno rendimiento, pude conversar durante unos minutos con la escritora barcelonesa sobre estos relatos. El reloj había sobrepasado en una hora el mediodía del 10 de febrero de 2021, segundo año de la pandemia, una circunstancia que a Laura le gustaría olvidar pronto. «Es un desastre, tengo ganas de que vuelva la vida de antes, si es que consigue volver, y que este vocabulario bélico de toques de queda, que nos invade y al que solo le faltan las cartillas de racionamiento, se marche definitivamente». Así que mejor olvidarse del covid-19 y centrarnos en el contenido de ‘La gente no existe’.

¿Qué significa la escritura para Laura Ferrero?

Escribo desde niña. Yo leía libros propios de mi edad, como las ‘Torres de Malory’, y me puse a escribir como si fuera una respuesta a estas ficciones. Y definitivamente, se me quedó esa forma de utilizar las palabras para entenderme a mí misma y también para explicarme el mundo que me rodea.

¿Por qué empezaste a escribir cuentos?

La novela es la reina del sistema literario y yo reivindico el cuento. En nuestro país parece un género casi de segunda. A mí los relatos me sugieren otra forma de contar las cosas, porque para escribirlos dispones de poco espacio y has de condensar bastante, sin irte por las ramas. Esta condensación me interesa mucho, sin menospreciar a la novela, que también tiene sus complicaciones.

¿Para ti el cuento es un chispazo, que has de escribir de inmediato, o es una idea que se almacena en tu cerebro y va madurando?

Puede ser las dos cosas. A veces te cuentan o te pasa algo y piensas que lo tienes que escribir. Entonces construyes un primer párrafo tentativo y, si luego se te repite varias veces la misma idea, la vas madurando. En literatura el tiempo es necesario, porque te permite tomar distancia. Si no es así, se convierte en algo inmediato y eso, para mí, no es la literatura.

A la hora de agrupar los cuentos de ‘La gente no existe’, ¿qué criterio has seguido?

El hecho de que se titule ‘La gente no existe’ hace referencia a esa pregunta, que nos formulamos a veces, sobre cuándo estamos verdaderamente aquí y qué es lo que nos hace irnos de la realidad, esos subterfugios y trampas que nos tendemos a nosotros mismos. Los diecisiete relatos del libro todos tienen un mismo tono y son como una respuesta a esa pregunta.

¿Se te han quedado relatos sin publicar en algún cajón de tu mesa?

Para organizar un libro de cuentos es necesaria la coherencia y hubo tres o cuatro relatos que descarté, porque no abordaban la temática que te he comentado antes, y, por tanto, no podían formar parte de este corpus.

A lo largo de ‘La gente no existe’ observo un equilibrio entre lo que cuentas y cómo lo cuentas, ¿te interesa por igual la forma y el fondo?

Bueno, lo que me interesa de los libros de relatos es que exista una diversidad, que no esté contado todo en primera persona y que los protagonistas no sean solo hombres o mujeres, porque me seduce enormemente introducirme en la cabeza de diferentes tipos de personas y plantearme qué es tener otras vidas. Si todos los cuentos los protagonizara el mismo personaje, eso ya sería una novela u otro tipo de artefacto.

La mayoría de los cuentos tienen finales abiertos. ¿Te has planteado alguna vez la posibilidad de retomarlos más adelante?

No, no. Lo cierto es que me gusta que el relato tenga un final abierto y que consiga interpelar al lector para que sea él quien, a partir de ese final, pueda construir otro distinto. Es lo que más me atrae de este género. En ocasiones le coges cariño a los personajes, pero quiero que sea el lector quien concluya los cuentos a su manera.

Entonces, ¿cuándo empiezas a escribir te dejas llevar o conoces el final de cada cuento de antemano?

Para nada, no sé nunca cómo van a acabar los relatos. Al iniciarlos tengo la intuición de a dónde me gustaría llegar, pero, aunque parece una cursilada lo que te voy a decir, la ficción tiene vida propia. Tú empiezas a escribir porque quieres contar una cosa y terminas contando otra distinta, algo que ni siquiera tú sabes a dónde te va a llevar. Y has de actuar así, has de dejar que la narración fluya libremente.  



Por su extensión, pensaba que ese dejarse llevar por la narración es más fácil que se diese en una novela.

Sí, pero cuando empiezo a pensar en un personaje no sé a dónde me va a conducir. Esa es la magia de la escritura. Imagino que cada escritor se hace preguntas y se plantea los textos de un modo diferente, pero yo nunca conozco el final de manera prestablecida. Sé unas cuantas cosas que quiero incluir, pero no son tan importantes como para que no pueda cambiarlas.  

La lectura de ‘La gente no existe’, donde hablas de la familia, del amor, de la muerte, de frustraciones y de otras cosas, deja un cierto poso de amargura.

No percibo yo el libro en plan de amargura. Estos personajes se sitúan un poco en el abismo y ven las cosas como un camino hacia la lucidez. Todos nos tendemos trampas a nosotros mismos y a ellos la vida los coloca en un punto en el que han de decidir. Y justo en ese momento concluye el cuento. Creo que son relatos esperanzadores, porque piensas que una vez finalizada la narración su situación va a cambiar.

Detecto interés por las palabras exactas. Incluso algunos personajes hablan sobre eso. El otro día, en una entrevista, el escritor Luis Landero decía que él se enamoraba de algunas palabras. ¿Te ocurre a ti algo parecido?

Yo creo que no soy una estilista. Me enamoro de palabras de otros idiomas, porque no las conozco, pero del nuestro no. Siempre escribo el relato con incorrecciones, porque lo más importante es lo que quiero decir. Después ya veré cómo lo digo. Pero sí me obsesiona encontrar la palabra precisa. No me gustan los eufemismos, busco la forma más acertada de decir las cosas.

Un cuento que me ha tocado especialmente es ‘Principios de arqueología’, donde tratas de la adopción con mucha delicadeza y da mucho que pensar.

Este cuento me lo inspiró el viaje de una niña nepalí a su país, acompañada de sus padres adoptivos, para conocer a su madre biológica, del que tuve noticia hace un tiempo. El tema de la adopción me parece que está muy poco tratado en la literatura. A mi alrededor tengo amigas que han adoptado niños y me fascina cómo se adaptan a sus nuevas realidades, cuáles son sus certezas y cómo miran el futuro. A la hora de escribir me interesaba hacerlo no desde el tópico, porque la pregunta que hay detrás del cuento es: ¿en ocasiones es mejor saber o no saber determinadas cosas? Al leerlo vemos cómo afronta la situación una niña de trece años y cómo lo hace su padre, que debería ser mucho más maduro y entonces te preguntas ¿quién sostiene a quién? Al final es el padre quien se apoya en su hija.  

Algunos personajes como la protagonista del primer cuento, ‘Muchas posibilidades’, o la de ‘Principios de arqueología’, del que hemos hablado antes, son niñas que hacen cosas o asumen roles de persona mayor que, en principio, no les corresponden.  

A veces nosotros vemos a los niños como si fueran tontos, pero ellos se enteran mucho más de lo que pensamos de las cosas de los adultos. A mí me interesa la figura del niño lúcido, el que realmente te dice «no llores, que yo estoy bien, no me trates como si yo fuese una versión disminuida de ti», que son los que aparecen en estos cuentos.

En ‘Don't cry, Madame!’, cuentas la historia de un caballo sanador, al que has bautizado como Ramón, un nombre humano, y al que atribuyes dotes propias de un médico, utilizando un interesante juego de contrastes.

Bueno, hace mucho tiempo leí una noticia de un caballo sanador y me pareció fascinante, porque yo no tenía ni idea de que eso existía y me interesaba jugar con saber qué le ocurría al protagonista: ¿está vivo o no lo está? ¿Por qué el caballo va hacia él? Es como un elemento de realismo mágico, pero en realidad es algo que existe y que yo no me he sacado de la manga.

Los cuentos ‘Aquellos ojos verdes’ y ‘Una trenza’ dialogan entre sí. Además, forman parte de un obituario dedicado a tus abuelos. ¿Escribirlos ha sido como saldar una deuda familiar o como decir «te quiero»?

Creo que buscaba decirles simplemente te quiero. ‘Aquellos ojos verdes’ es un relato que escribí hace muchos años, cuando murió mi abuelo. Al comienzo del covid mi abuela falleció también y escribí ‘Una trenza’ para publicarlo en un periódico. Después, con el paso del tiempo, decidí que debía incluirlo entre los demás relatos, porque era una continuación del primero, pero sobre todo porque era mi manera de despedirme de dos seres que habían sido muy importantes para mí.

Acabas de citar el covid, aunque en algún cuento tú citas la pandemia de pasada, ¿cuándo crees que la literatura comenzará a reflejar todo lo que estamos viviendo desde hace un año?

Para mí la pregunta es saber si, desde la literatura o el arte, hemos de abordar esta pandemia. Creo que la hemos tenido tan presente y ha copado tanto espacio durante un año, que yo ahora agradecería no leer nada sobre este asunto durante un tiempo. Pienso que necesitamos distanciarnos para digerirlo, porque aún estamos inmersos en ello. De todos modos, aquellos relatos que aborden el aislamiento o la soledad, de manera indirecta y sin citarla explícitamente, creo que pueden referirse a este asunto.

En el cuento ‘Verano 2017’, una mujer que acaba de romper con su pareja y regresa a su casa siente miedo. ¿Qué es el miedo para ti?

Sobre todo, el miedo es no quedarse en el lugar donde querrías quedarte. Es una frase un poco ampulosa, pero muchas veces no sabemos por qué huimos de algo, incluso de las cosas buenas. Y el miedo verdadero es ese miedo, ese estar asustada porque no conoces algo que puede también ser bueno. El miedo es una emoción muy sana, que previene de muchos peligros y nos permite sobrevivir, pero también nos hace morirnos un poco.

Para el final del libro has reservado el cuento ‘La gente no existe’, que da título al volumen, ¿por qué?

Sinceramente no lo sé. Como ya he dicho, todos los relatos son una aproximación al mismo tema y el que lo aborda en sí es ese, el último, el que habla de un tipo que piensa «cuándo he estado vivo» y me daba la sensación de que era un buen cierre.

Penúltima: hay tres relatos en los que parece detectarse claramente tu presencia, pero ¿dónde queda Laura Ferrero en los demás?

Creo que estoy en todo como narradora. Desde el momento que abordas un tema, significa que tú lo escoges porque te interesa. En muchos relatos se incluyen escenas que he vivido, o una frase que me ha impactado o algo que he soñado. La implicación puede ser mayor o menor, pero en todos los cuentos hay algo de mí. En esos tres que has citado, manifiestamente se encuentra mi vida, pero eso no significa que haya sido así, sino que yo la he vivido de esa manera.

Próximos proyectos literarios: ¿te decantarás por el cuento o por una nueva novela?

Ahora estoy escribiendo una novela. La empecé hace dos años, pero se me fueron simultaneando estos relatos hasta que me di cuenta de que, en realidad, llevaba entre manos un libro de cuentos. Estas cosas suceden a veces, así que la interrumpí y seguí con ellos.

Herme Cerezo/Diario SIGLO XXI/16/02/2021