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Carlos, escribir es una enfermedad?
Incurable. Es una enfermedad
incurable. No tiene remedio y es lo que te ordena, lo que le da un sentido a lo
que vives y piensas.
‘Objetos perdidos’, sobre todo
al principio, parece escrita con cierta rabia. Tiene algo de saldar alguna
cuenta pendiente o de desahogo?
Bueno, de cuenta pendiente no,
pero yo pienso que las novelas deben ser algo radicalmente autobiográfico. Lo
que me gusta de la ficción es que ponemos máscaras a todo para hablar sobre
cosas de las que, a veces, no sabes que quieres hablar. Y tienes que explicar
una historia, un argumento, pero yo no me veo pasándome seis meses escribiendo
porque sí. Si no estoy metido en lo que escribo no me siento capaz de llevarlo
a cabo.
Cómo te tropiezas tú con la
historia de este jugador de rugby, desaparecido en Barcelona, que da pie a la
novela?
La verdad es que esta es una de
esas cosas que uno nunca entiende. A lo largo de los días vas almacenando
información y te preguntas por qué se me ha quedado esto en la mente. [Sorbo de
café] Lo primero fue que, en un mismo mes, un jugador de rugby se matara en
Barcelona por un accidente y que luego desapareciera otro. Eso me causó
sorpresa. Y lo segundo fue que enviaran a un detective para investigar el caso.
De repente, te encuentras con unas cosas en tu cabeza que no sabes por qué
están ahí, pero que, si han permanecido, es porque conectan contigo de alguna
manera. ‘Objetos perdidos’ salió de ahí.
Tal y como son los personajes que
aparecen por sus páginas, ‘Objetos perdidos’ podría titularse ‘Personajes
perdidos’?
Totalmente. La idea del título es
que en el fondo todos somos objetos perdidos hasta que alguien nos encuentra,
hasta que alguien nos reclama para sí, porque considera que podemos servir, que
somos bonitos o que ven algo en nosotros que nos hace ser elegidos. A partir de
ese momento, cobramos identidad porque nos vemos en el otro. Pero mientras eso
no sucede, estamos perdidos, no somos nada ni de nadie.
En tus novelas cambias de
personajes, pero mantienes un lugar común: Barcelona. Desde tu primera novela
hasta esta, cómo ha evolucionado la ciudad condal en tu literatura?
Es difícil de decir, porque
realmente hablas de sitios que conoces. Probablemente, antes los personajes
tenían más identidad dentro de la ciudad, que actuaba un poco más como
escenario, y ahora es como si Barcelona necesitase la identidad de los
personajes para ser algo. Yo creo que mi mirada no ha cambiado, porque para mí
la ciudad siempre es la misma, es gente aquí y ahora. Por ejemplo, cuando era
un chaval en la calle, de todos los vecinos solo dos éramos catalanes. Los
demás provenían del resto de España y no creo que esta situación sea muy
distinta en la actualidad. Las ciudades poseen ese punto de anonimato y de
posibilidad de que ocurran cosas que siempre son las mismas.
Durante el proceso creativo, te gusta descubrir aspectos nuevos, dudar sobre cómo resolver cada situación. Pero tú sabes de donde partes y a donde pretendes llegar. En este libro, esas dudas han modificado mucho tu planteamiento inicial?
No me acuerdo. Lo que sí es
cierto es que tú intentas buscar un argumento, pero este argumento, en mi caso,
no es cerrado en el sentido de que puede acabar de una forma u otra. Pero eso
hace que, a medida que vas perfilando los personajes e intentas convertirlos en
verosímiles, vayas construyendo también la acción y descubras que unos pueden
hacer unas cosas y otros, otras. Y eso te lleva a un sitio determinado. Por
ejemplo, no sé cuándo se me ocurrió el final, pero si sé que, más o menos,
quería contar esta historia. Y como siempre existía la tentación de explicar dónde
podía estar ese chico, si estaba vivo o no. Barajé varias posibilidades hasta
llegar al desenlace definitivo.
Álex Gual es un protagonista peculiar,
alguien que no busca sexo, que solo quiere dormir acompañado e incluso llega a
pagar por ello. Dentro del género negro, estos rasgos suenan como subversivos,
no?
Totalmente. Construir un
personaje que no tiene ningún tipo de pulsión sexual, al que no le motiva nada,
era crear un tipo muy subversivo. En realidad, todo surge porque me fijé que,
en las películas de Tarantino, nadie quiere follar con nadie. En sus películas
el sexo no existe y entonces queda un montón de espacio para hacer de todo:
hablar, robar un banco, drogarse, morirse, lo que sea. Me di cuenta de que, si
quitaba eso, podía hacer muchas otras cosas. Y, al pensar en Álex me pregunté
qué podía haber más subversivo en un mundo hipersexualizado que un tipo al que
el sexo ni fu ni fa. Y no es que esté en contra del sexo, es que le da igual.
Prosigamos por aquí: una
persona puede perder la capacidad de enamorarse y sustituirla por un «buen
pasar» sentimental?
Estamos pagando el lastre de un
producto tan maravilloso como es el romanticismo, un producto que es como la
Navidad: lo compras siempre, pero te genera una situación complicada. El hecho
de identificar pasarlo mal con estar enamorado, de asimilar la añoranza, el daño,
la ruptura, de creer que hay una persona que está pensada para ti y que, cuando
la pierdes, es el fin del mundo, la tristeza y el dolor de equipararlo con la
verdad y el resentimiento, son lastres muy golosos, que compramos todos, pero
que en el fondo producen muy poca felicidad y armonía. Es algo pernicioso. Las
probabilidades de que la primera vez que sales de noche encuentres a la mujer o
al hombre de tu vida son escasas. Creo que el amor romántico es un producto
imbatible, pero tendríamos que darle una vuelta. Detrás de todo el asunto de la
violencia doméstica está el amor romántico, la destrucción de un mundo, la
posesión, la creencia de que alguien es tuyo. Por otra parte, pienso que hay otras
maneras de amarse, que no son pasionales, con gente que te puede hacer bien,
que te puede hacer la vida mejor, aunque quizá no te llene tanto como la
adrenalina. Probablemente, lo ideal sea combinar ambas cosas.
Parafraseando lo que Laura
Ferrero ha escrito sobre tu libro, esta novela está escrita sin piedad, pero
con ternura. Pero lo cierto es que la ternura la veo poco en ‘Objetos
perdidos’.
Es que Laura me quiere mucho
[risas]. Bueno… Quizás podría encontrarse ternura en la relación cotidiana que
establece Álex con la hija de Inés.
Uno de los personajes se llama
Señor Paco y otro, Niño Gordo, un ser inexistente, una suerte de conciencia de
Álex. Has suprimido el artículo, como si se llamaran Cándido Gómez o Francisco Mompó, tan solo un nombre y un apellido, cómo se te ocurre eso?
No lo sé. Siempre me ha gustado
mucho poner motes a los personajes de las novelas. Me siento más cómodo con los
motes que con los nombres y creo que también es muy importante que las páginas
suenen bien, que respiren cómodas. Y a mí ‘Objetos perdidos’, Señor Paco, Niño
Gordo, me suenan bien. Me gusta mucho ese juego de dos palabras sin artículo.
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Irene y Laura son personajes de porvenir inexistente, muy poco que ver con las clásicas mujeres fatales de las novelas negras norteamericanas, no?
He tratado de construir todos los
personajes de acuerdo con la época que viven. Creo que, como lectores y
escritores de género, todos hemos aprendido a mirarlos de otro modo, lejos de
ese estereotipo de que las mujeres en las novelas negras eran femmes fatales,
ángeles, amas de casa ejemplares o prostitutas. En mi caso siempre he intentado que los
personajes femeninos tuvieran una mayor capacidad de acción que los masculinos.
Pretendo retratarlas de acuerdo con lo que ves en tu familia o en las mujeres
con las que tú te relacionas. Pienso que, además, ese cambio de mirada ha
contribuido mucho a la eclosión de nuevas autoras.
Y en un ambiente tan sórdido
como el de la novela, en esa actualización de roles de los personajes
femeninos, quién sobrevive mejor: ellas o ellos?
Creo que la mujer siempre se ha acomodado
mejor a las catástrofes. Su capacidad de adaptación es mucho mayor. El hombre
acarrea consigo un halo de heroicidad, de alguien que desestabiliza, que solo
es apto para momentos de conflicto, porque en los tiempos de paz el héroe violento
sobra y, de alguna manera, se convierte en un problema.
En tus novelas la policía
continúa ausente. Los «malos» resuelven sus problemas de acuerdo con su propio
código.
Sí, es verdad. Yo viví en un
barrio donde nunca vi a la policía. Que quede claro que tampoco la
necesitábamos demasiado. Trabajé en una imprenta y mi jefe decía que las calles
funcionan mejor cuando no hay rayas en el suelo. Toda la gente tiene una manera
de organizarse y, si no hay semáforos, las personas encuentran la manera de hacer
las cosas sin atropellarse. Y en este sentido no necesito a la policía en las
novelas. Mis personajes son gente que sabe regular su vida mediante sus propias
normas, interactúan y sobreviven.
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Todos los capos tienen una
cosa en común y así Señor Paco, por mucha pasta que gane, nunca tiene
suficiente. Su voracidad carece de límites y nunca se retiran. Por qué les sucede
esto?
Sí, les ocurre a todos y termina
significando su propio final. Es curiosa esta voracidad inagotable. Se vuelven
adictos a su capacidad de acumular riquezas y aprovechar oportunidades. Y generalmente,
eso es lo que acaba destruyéndolos, porque ninguno se retira a tiempo. Nadie
hace lo que hizo Shakespeare cuando dijo he dado lo mejor de mí, me voy, me
dedico a vivir bien con mis ganancias y a ser feliz. Es parte de la maldición
del dinero fácil.
En ‘Objetos perdidos’ nos
tropezamos con esta frase: «Nunca te atracarán en catalán». Los delincuentes solo
hablan castellano en Barcelona?
[Risas] Esto es algo que se decía
antes. Y realmente es una frase que tiene su razón de ser. Primero, porque es
una cuestión clasista, y segundo, porque si alguien me atracase en catalán
durante los diez primeros segundos pensaría que me estaban tomando el pelo, ya que
desde la época de los bandoleros no hay nadie que atraque en catalán. Es una
expresión que yo he oído con un claro contenido xenófobo, diciendo que las
personas que necesitan más dinero, las que viven en precario, son las que
tienen menos medios y es la gente que atraca. En la novela la frase está puesta
con esa intención ofensiva xenófoba.
Vamos con la última por hoy: dónde está Carlos Zanón en este ‘Objetos perdidos’?
Creo que estoy en todos los
personajes. En las novelas siempre me planteo qué haría o qué pensaría yo si
estuviera en la situación de cada uno de ellos. Obviamente, el protagonista es
quien tiene más cosas tuyas o, al menos, es al que más entiendes. Pero yo trato
de que la novela responda en general a mi mirada. En cada libro generas
preguntas y te cuestionas muchas cosas, pero no das demasiadas respuestas. Y
eso está ahí, en todos lados.
Fin. Pulso la tecla stop. Piloto
rojo a negro. Tina Charles terminó lo suyo. Hace rato. Nos despedimos. Carlos
Zanón parte camino de una emisora de televisión. Apenas dos horas después le
esperan en la librería Bartleby para presentar ‘Objetos perdidos’. Salgo a la
calle. Sigue la lluvia. Suave. Gris. La tarde ya no da para más.
Herme Cerezo/Diario SIGLO XXI/09/03/2026

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