«Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban y, como si de grillos se tratara, intentó ubicar a cada hombre dentro de los límites del olivar» (Jesús Carrasco, Intemperie)

domingo, 8 de marzo de 2026

Carlos Zanón: «Todos somos objetos perdidos hasta que alguien nos encuentra»

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Nº 714. Suena una música setentera. Al fondo. Invisible. I love to love de Tina Charles disfraza el silencio del Hotel Vincci Mercat. Calle de la Linterna. València. La luz del sol de la media tarde, inencontrable por las nubes y la lluvia del dos de marzo, se filtra a través de la cristalera exterior. Junto al hall, una mesa amplia, rectangular, acoge mi encuentro con Carlos Zanón, que termina de publicar ‘Objetos perdidos’, editado por Salamandra. En estos ‘Objetos perdidos’ conocemos a Álex Gual, un abogado que duerme en Excalibur, un hotel inexistente, y al que le cuesta más encontrar personas que perder cosas. A duras penas, el leguleyo sobrevive sobre los restos de su relación con Lola K., una pintora en horas bajas, y se mueve en el sórdido mundo que habita Señor Paco, un tipo que maneja lo más turbio de Barcelona. Claro. Con Zanón siempre Barcelona. La muerte de un jugador de rugby australiano y la desaparición de otro británico, Andy Cox, desatan la atención mediática. Señor Paco huele el negocio. Y la pasta. Y Álex Gual se ve impelido a la búsqueda de Cox, en la que se encontrará con Inés, la camarera del Donna Summer, el garito de Señor Paco, y la dolorosa posibilidad de perder cosas para recuperar su capacidad de ser alguien. Y no hay más. Hasta aquí debo contar. Consumimos unos minutos conversando de cosas particulares, hacía mucho tiempo que no nos veíamos, y arrancamos la entrevista. Como siempre, echo una ojeada a la grabadora para constatar que su piloto rojo, su aviso para navegantes, se ilumina al accionar la tecla rec. En efecto: nihil obstat una vez más. Comenzamos nuestra charla. Nos acompañan un cortado y una botella de agua sin gas. Tina Charles sigue a lo suyo.

Carlos, escribir es una enfermedad?

Incurable. Es una enfermedad incurable. No tiene remedio y es lo que te ordena, lo que le da un sentido a lo que vives y piensas.  

‘Objetos perdidos’, sobre todo al principio, parece escrita con cierta rabia. Tiene algo de saldar alguna cuenta pendiente o de desahogo?

Bueno, de cuenta pendiente no, pero yo pienso que las novelas deben ser algo radicalmente autobiográfico. Lo que me gusta de la ficción es que ponemos máscaras a todo para hablar sobre cosas de las que, a veces, no sabes que quieres hablar. Y tienes que explicar una historia, un argumento, pero yo no me veo pasándome seis meses escribiendo porque sí. Si no estoy metido en lo que escribo no me siento capaz de llevarlo a cabo.

Cómo te tropiezas tú con la historia de este jugador de rugby, desaparecido en Barcelona, que da pie a la novela?

La verdad es que esta es una de esas cosas que uno nunca entiende. A lo largo de los días vas almacenando información y te preguntas por qué se me ha quedado esto en la mente. [Sorbo de café] Lo primero fue que, en un mismo mes, un jugador de rugby se matara en Barcelona por un accidente y que luego desapareciera otro. Eso me causó sorpresa. Y lo segundo fue que enviaran a un detective para investigar el caso. De repente, te encuentras con unas cosas en tu cabeza que no sabes por qué están ahí, pero que, si han permanecido, es porque conectan contigo de alguna manera. ‘Objetos perdidos’ salió de ahí.  

Tal y como son los personajes que aparecen por sus páginas, ‘Objetos perdidos’ podría titularse ‘Personajes perdidos’?

Totalmente. La idea del título es que en el fondo todos somos objetos perdidos hasta que alguien nos encuentra, hasta que alguien nos reclama para sí, porque considera que podemos servir, que somos bonitos o que ven algo en nosotros que nos hace ser elegidos. A partir de ese momento, cobramos identidad porque nos vemos en el otro. Pero mientras eso no sucede, estamos perdidos, no somos nada ni de nadie.

En tus novelas cambias de personajes, pero mantienes un lugar común: Barcelona. Desde tu primera novela hasta esta, cómo ha evolucionado la ciudad condal en tu literatura?

Es difícil de decir, porque realmente hablas de sitios que conoces. Probablemente, antes los personajes tenían más identidad dentro de la ciudad, que actuaba un poco más como escenario, y ahora es como si Barcelona necesitase la identidad de los personajes para ser algo. Yo creo que mi mirada no ha cambiado, porque para mí la ciudad siempre es la misma, es gente aquí y ahora. Por ejemplo, cuando era un chaval en la calle, de todos los vecinos solo dos éramos catalanes. Los demás provenían del resto de España y no creo que esta situación sea muy distinta en la actualidad. Las ciudades poseen ese punto de anonimato y de posibilidad de que ocurran cosas que siempre son las mismas.


Durante el proceso creativo, te gusta descubrir aspectos nuevos, dudar sobre cómo resolver cada situación. Pero tú sabes de donde partes y a donde pretendes llegar. En este libro, esas dudas han modificado mucho tu planteamiento inicial?

No me acuerdo. Lo que sí es cierto es que tú intentas buscar un argumento, pero este argumento, en mi caso, no es cerrado en el sentido de que puede acabar de una forma u otra. Pero eso hace que, a medida que vas perfilando los personajes e intentas convertirlos en verosímiles, vayas construyendo también la acción y descubras que unos pueden hacer unas cosas y otros, otras. Y eso te lleva a un sitio determinado. Por ejemplo, no sé cuándo se me ocurrió el final, pero si sé que, más o menos, quería contar esta historia. Y como siempre existía la tentación de explicar dónde podía estar ese chico, si estaba vivo o no. Barajé varias posibilidades hasta llegar al desenlace definitivo.

Álex Gual es un protagonista peculiar, alguien que no busca sexo, que solo quiere dormir acompañado e incluso llega a pagar por ello. Dentro del género negro, estos rasgos suenan como subversivos, no?

Totalmente. Construir un personaje que no tiene ningún tipo de pulsión sexual, al que no le motiva nada, era crear un tipo muy subversivo. En realidad, todo surge porque me fijé que, en las películas de Tarantino, nadie quiere follar con nadie. En sus películas el sexo no existe y entonces queda un montón de espacio para hacer de todo: hablar, robar un banco, drogarse, morirse, lo que sea. Me di cuenta de que, si quitaba eso, podía hacer muchas otras cosas. Y, al pensar en Álex me pregunté qué podía haber más subversivo en un mundo hipersexualizado que un tipo al que el sexo ni fu ni fa. Y no es que esté en contra del sexo, es que le da igual.

Prosigamos por aquí: una persona puede perder la capacidad de enamorarse y sustituirla por un «buen pasar» sentimental?

Estamos pagando el lastre de un producto tan maravilloso como es el romanticismo, un producto que es como la Navidad: lo compras siempre, pero te genera una situación complicada. El hecho de identificar pasarlo mal con estar enamorado, de asimilar la añoranza, el daño, la ruptura, de creer que hay una persona que está pensada para ti y que, cuando la pierdes, es el fin del mundo, la tristeza y el dolor de equipararlo con la verdad y el resentimiento, son lastres muy golosos, que compramos todos, pero que en el fondo producen muy poca felicidad y armonía. Es algo pernicioso. Las probabilidades de que la primera vez que sales de noche encuentres a la mujer o al hombre de tu vida son escasas. Creo que el amor romántico es un producto imbatible, pero tendríamos que darle una vuelta. Detrás de todo el asunto de la violencia doméstica está el amor romántico, la destrucción de un mundo, la posesión, la creencia de que alguien es tuyo. Por otra parte, pienso que hay otras maneras de amarse, que no son pasionales, con gente que te puede hacer bien, que te puede hacer la vida mejor, aunque quizá no te llene tanto como la adrenalina. Probablemente, lo ideal sea combinar ambas cosas.   

Parafraseando lo que Laura Ferrero ha escrito sobre tu libro, esta novela está escrita sin piedad, pero con ternura. Pero lo cierto es que la ternura la veo poco en ‘Objetos perdidos’.

Es que Laura me quiere mucho [risas]. Bueno… Quizás podría encontrarse ternura en la relación cotidiana que establece Álex con la hija de Inés.

Uno de los personajes se llama Señor Paco y otro, Niño Gordo, un ser inexistente, una suerte de conciencia de Álex. Has suprimido el artículo, como si se llamaran Cándido Gómez o Francisco Mompó, tan solo un nombre y un apellido, cómo se te ocurre eso?

No lo sé. Siempre me ha gustado mucho poner motes a los personajes de las novelas. Me siento más cómodo con los motes que con los nombres y creo que también es muy importante que las páginas suenen bien, que respiren cómodas. Y a mí ‘Objetos perdidos’, Señor Paco, Niño Gordo, me suenan bien. Me gusta mucho ese juego de dos palabras sin artículo.

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Irene y Laura son personajes de porvenir inexistente, muy poco que ver con las clásicas mujeres fatales de las novelas negras norteamericanas, no?

He tratado de construir todos los personajes de acuerdo con la época que viven. Creo que, como lectores y escritores de género, todos hemos aprendido a mirarlos de otro modo, lejos de ese estereotipo de que las mujeres en las novelas negras eran femmes fatales, ángeles, amas de casa ejemplares o prostitutas. En  mi caso siempre he intentado que los personajes femeninos tuvieran una mayor capacidad de acción que los masculinos. Pretendo retratarlas de acuerdo con lo que ves en tu familia o en las mujeres con las que tú te relacionas. Pienso que, además, ese cambio de mirada ha contribuido mucho a la eclosión de nuevas autoras.

Y en un ambiente tan sórdido como el de la novela, en esa actualización de roles de los personajes femeninos, quién sobrevive mejor: ellas o ellos?

Creo que la mujer siempre se ha acomodado mejor a las catástrofes. Su capacidad de adaptación es mucho mayor. El hombre acarrea consigo un halo de heroicidad, de alguien que desestabiliza, que solo es apto para momentos de conflicto, porque en los tiempos de paz el héroe violento sobra y, de alguna manera, se convierte en un problema.

En tus novelas la policía continúa ausente. Los «malos» resuelven sus problemas de acuerdo con su propio código.

Sí, es verdad. Yo viví en un barrio donde nunca vi a la policía. Que quede claro que tampoco la necesitábamos demasiado. Trabajé en una imprenta y mi jefe decía que las calles funcionan mejor cuando no hay rayas en el suelo. Toda la gente tiene una manera de organizarse y, si no hay semáforos, las personas encuentran la manera de hacer las cosas sin atropellarse. Y en este sentido no necesito a la policía en las novelas. Mis personajes son gente que sabe regular su vida mediante sus propias normas, interactúan y sobreviven.

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Todos los capos tienen una cosa en común y así Señor Paco, por mucha pasta que gane, nunca tiene suficiente. Su voracidad carece de límites y nunca se retiran. Por qué les sucede esto?  

Sí, les ocurre a todos y termina significando su propio final. Es curiosa esta voracidad inagotable. Se vuelven adictos a su capacidad de acumular riquezas y aprovechar oportunidades. Y generalmente, eso es lo que acaba destruyéndolos, porque ninguno se retira a tiempo. Nadie hace lo que hizo Shakespeare cuando dijo he dado lo mejor de mí, me voy, me dedico a vivir bien con mis ganancias y a ser feliz. Es parte de la maldición del dinero fácil.

En ‘Objetos perdidos’ nos tropezamos con esta frase: «Nunca te atracarán en catalán». Los delincuentes solo hablan castellano en Barcelona?

[Risas] Esto es algo que se decía antes. Y realmente es una frase que tiene su razón de ser. Primero, porque es una cuestión clasista, y segundo, porque si alguien me atracase en catalán durante los diez primeros segundos pensaría que me estaban tomando el pelo, ya que desde la época de los bandoleros no hay nadie que atraque en catalán. Es una expresión que yo he oído con un claro contenido xenófobo, diciendo que las personas que necesitan más dinero, las que viven en precario, son las que tienen menos medios y es la gente que atraca. En la novela la frase está puesta con esa intención ofensiva xenófoba.

Vamos con la última por hoy: dónde está Carlos Zanón en este ‘Objetos perdidos’?

Creo que estoy en todos los personajes. En las novelas siempre me planteo qué haría o qué pensaría yo si estuviera en la situación de cada uno de ellos. Obviamente, el protagonista es quien tiene más cosas tuyas o, al menos, es al que más entiendes. Pero yo trato de que la novela responda en general a mi mirada. En cada libro generas preguntas y te cuestionas muchas cosas, pero no das demasiadas respuestas. Y eso está ahí, en todos lados.

Fin. Pulso la tecla stop. Piloto rojo a negro. Tina Charles terminó lo suyo. Hace rato. Nos despedimos. Carlos Zanón parte camino de una emisora de televisión. Apenas dos horas después le esperan en la librería Bartleby para presentar ‘Objetos perdidos’. Salgo a la calle. Sigue la lluvia. Suave. Gris. La tarde ya no da para más.

Herme Cerezo/Diario SIGLO XXI/09/03/2026