El escritor madrileño habla sobre su nueva novela, titulada ‘El amo’, donde prosiguen las peripecias de Jotadé, su policía gitano.
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Santiago, es lógico que
aspires a vender muchos libros. Eres escritor y vives de ello, pero que la
primera edición se agote antes de que una novela pise la calle, no es muy
frecuente.
Fue una sorpresa. Cuando me
llamaron para decírmelo, no lo entendía, porque aún faltaban once días para ponerla
a la venta. Y ocurrió porque las reservas en las librerías fueron enormes,
tanto que, para cubrir la demanda, tuvieron que sacar una segunda edición. Te
puedes imaginar la alegría. Pero eso no significa que llegues más tranquilo a
la fecha de publicación, porque luego te entran otras dudas como preguntarte
si, realmente, estás a la altura de la expectación despertada.
Pienso que, si ocurre eso, es porque los lectores confían
en ti a ciegas.
Exacto, y ese creo que es un poco
el problema, lo que te hace sentir esa presión: están confiando en mí sin haber
leído una palabra, con lo cual las expectativas son muy altas. Y me siento muy
afortunado, porque parece que la gente está satisfecha con el libro. De hecho,
hay una frase muy puñetera que leo en algunas reseñas, que dice: «Acabo de leer
la última novela de Santiago Díaz y no me ha decepcionado»… Esas palabras
significan más presión sobre el escritor, porque presupone que el crítico
esperaba decepcionarse, cosa que no ha sucedido afortunadamente. En todo caso,
es una presión que a los escritores nos encanta.
Un buen guion, capítulos
cortos y acción trepidante: ¿esas son tus señas de identidad literaria?
Es el sello de lo que aprendí en
mi etapa como guionista y es lo que funcionaba, lo que necesitaba hacer entonces
para que los espectadores no se fueran a otra cadena. Y eso mismo lo aplico en
las novelas. Por eso hay mucha acción, mucho giro, mucho diálogo; es, creo, una
marca de guionista.
En tu caso el miedo a la segunda novela o al folio en blanco no existe?
Yo tengo miedo siempre; bueno, es
más bien inseguridad y respeto por saber si estás a la altura, si vas a cumplir
las expectativas despertadas y también los nervios de visitar otros lugares y
ver cómo te va a recibir la gente. Al final, y hasta ahora, todo va de
maravilla, pero ese miedo siempre existe.
Retomar la escritura en una
trilogía te resulta fácil? Te sientes cómodo en ese momento del proceso
creativo?
Cuando empiezo a escribir una
trilogía, tengo claro que no debo cerrar del todo los detalles del caso
policial, porque muchas veces has de trabajarlos y encajarlos más adelante. En
ese momento, mi pretensión es narrar, al menos, la evolución del personaje
principal. En la primera entrega cuento que Jotadé es un tipo separado, un
policía alocado, que se mete en líos y tiroteos, de hecho, ese es el motivo por
el que está separado de Lola, ya que ella no quiere saber nada de alguien que vive
siempre en peligro de muerte. En la segunda, nos encontramos con un tipo que
lleva un día a día un poco más pausado y, en la tercera, no te lo puedo contar,
porque estoy en ello, pero es otro paso más en su evolución. Solo te adelantaré
que la vida no va a resultarle fácil a Jotadé.
La sombra de Indira es alargada; se proyecta sobre estas dos primeras novelas, especialmente sobre la última.
Sí, ahora me preguntan mucho qué
personaje prefiero: si Indira o Jotadé. Son personajes distintos, cada uno con
sus características, pero lo que siempre digo y pienso es que, sin Indira,
Jotadé no existiría. Hay gente que se divierte más con Jotadé, porque en
momentos difíciles te arranca una carcajada. Indira era más difícil de querer.
Jotadé cae bien enseguida, y a Indira se le va cogiendo cariño poco a poco.
Pero, cuando un escritor crea
un personaje tan potente como ella, que reaparece de continuo, al final no se
convierte en un estorbo?
¡Qué pregunta tan complicada! No
es un estorbo, pero sí que es verdad que la gente quiere saber más y hay un
momento en que tienes que cortar ese cordón umbilical, porque, si no,
efectivamente se convierte en un problema, y has de contar más cosas de Indira
cuando su historia ya está finiquitada. Es evidente que Indira tiene
ramificaciones en la narración, porque el universo en el que se mueve Jotadé es
el mismo que el suyo. Insisto: no es un estorbo, pero sí que es verdad que has
de limitar sus apariciones.

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En ‘El amo’ aparece un tipo
singularmente horrible, malo, perverso, aunque no sé hasta qué punto es
responsable de comportarse como lo hace. Cada vez que terminabas de escribir un
capítulo suyo sentías un cierto alivio?
Suena mal decirlo, pero a mí me
divierten mucho los malos por un motivo: yo creo que los personajes han de
tener lados claros y oscuros, porque, si no, son como Michael Landon, y no es
lo que yo quiero escribir. Jotadé tiene muchos puntos oscuros, pero, como su
esencia es buena, eso es lo que prevalece finalmente. Él comete errores, y esos
errores o esas características negativas del personaje has de medirlos muy bien,
porque si yo hago algo que cause rechazo puedo perderte como seguidor de
Jotadé. En cambio, con un malo como Osborne no te censuras: te dejas llevar,
haces todo lo que te da la gana, porque cuanto más malo sea y más lo odies, más
van a querer los lectores a tu protagonista. Así que te puedes dejar llevar. Y
qué significa todo esto? Pues que escribir sobre malos es muy divertido, porque
tienes campo abierto para poner lo que quieras.
Pero hay otro personaje
perverso en el libro, otro modelo de psicópata, uno que induce a cometer el mal
a los demás. Conoces a alguien así?
Yo quería retratar a dos
psicópatas desalmados en esta novela: Osborne, un tipo que no siente ninguna
empatía hacia los demás, pero que tiene un objetivo claro, aunque sea horrible:
crear familias y sembrar el mundo de hijos suyos; y Alejandro Nuero, un psicópata
que disfruta simplemente viendo cómo los demás lo pasan mal e induciéndolos al
suicidio o a cometer fechorías. Nuero tiene una característica peculiar, que
consiste en que, en pleno disfrute de sus acciones, se le ponen los ojos
negros. Eso es real. Le pasaba a Ted Bundy, según contaron algunas víctimas que
consiguieron escapar de él. Lejos de ser algo diabólico, es una patología que
consiste en que el disfrute y la adrenalina hacen que el iris se expanda de tal
manera que los ojos se le vuelven negros. Este tipo de personas inductoras
existen y son frecuentes en institutos y otras partes.
Los psicópatas siempre
regresan al lugar del crimen. En ‘El amo’ también sucede. Por qué lo hacen?
Bueno, no son los psicópatas, son
los asesinos quienes van al lugar del crimen para comprobar que no han olvidado
nada, ninguna prueba que pueda incriminarles y conducir a la policía hasta
ellos. Cuando se habla de psicópatas, acuden para disfrutar de su obra.
Generalmente, un psicópata no entierra a sus víctimas, porque disfruta viendo
cómo los demás contemplan su fechoría y las reacciones que provoca en ellos.
Jotadé es un payo entre
gitanos y un gitano entre policías. El secreto para una buena convivencia entre
seres de culturas diferentes radica en conocer los secretos de cada
idiosincrasia, respetarlos y tenerlos siempre presente?
El problema o la diferencia entre
payos y gitanos muchas veces radica en que los payos tildamos de locuras
ciertos aspectos de los gitanos, y yo procuro que eso se vea. Si tú y yo
tenemos que ir a ver a un amigo ingresado en el hospital por una operación de
apendicitis y preguntamos cuándo podemos verlo, nos dicen tal día, de once a
una. Entonces vamos, estamos esas dos horas y se acabó. Pero los gitanos no
funcionan así. Ellos van treinta y seis, y a las nueve de la mañana. Para
nosotros eso significa una falta de respeto, pero, si nos paramos a analizarlo
en profundidad, lo que ellos hacen es algo muy bonito, porque toda la familia
se reúne para visitar a una persona a la que han operado de apendicitis; no
hace falta que sea una intervención más grave. En ellos priman la unión y la
comunidad, todo lo hacen juntos, pero nosotros solo nos fijamos en que van
treinta y seis.
Ahora una pregunta infantil,
que tiene todo el sentido al leer la novela: de dónde saca el dinero el
ratoncito Pérez para los niños que pierden sus dientes?
[Risas] Eso pregunta el personaje
de Alba, la hija de Indira e Iván, que siempre me ha dado problemas, porque hay
lectores que dicen que esa niña es demasiado avanzada para su edad. La
conocimos con tres años y ahora ya tiene siete, pero ella es inteligente, hace
preguntas complicadas y a ver quién se lo explica, porque nadie sabe de dónde
saca el dinero el ratoncito Pérez. Yo tampoco [nuevas risas].
«Solo quiero que este día se
acabe cuanto antes» y Jotadé y Lola se van a la cama. La cama, además de servir
para dormir, descansar y tener sexo, también nos hace olvidar el tiempo,
convirtiéndose en un espacio seguro, un refugio, para nosotros?
Es muy curioso que saques a
colación ese pasaje. Es una de las claves de la novela y no lo ve nadie. Yo no
escribí esa escena; la escribió Jotadé. En mi escaleta del guion, se desarrolla
cuando Jotadé descubre un lugar donde hay un montón de chicas secuestradas en
condiciones penosas. Yo tenía previsto que, en la siguiente escena, Jotadé
estuviera cenando con Lola, que estaba enfadada con él porque había llegado
tarde. Pero, al empezar a escribirla, Jotadé, como personaje, me dijo que,
después de haber vivido todo ese horror, no podía estar cenando y recibiendo la
bronca de su mujer por su retraso. Él había llegado destrozado por lo que había
vivido, y Lola lo ve tan roto que le dice: «Vámonos a la cama, que mañana ya te
regañaré». Así lo calma. Y es verdad, como tú señalas, que la cama es el
refugio, donde dices «vámonos a dormir para que termine este día de mierda y
mañana ya volveremos a pelearnos».
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correccional. De repente, aunque hace mucho tiempo que no juega, le llega un balón y tira, porque aún conserva el automatismo de la gestoforma del lanzamiento. Tú también fuiste baloncestista; en una situación similar, reaccionarías igual?
Sin duda que sí. Cuando me tiro
una temporada larga sin jugar, si se presenta la ocasión, recupero enseguida
esos automatismos. Mira, ahora mismo mi equipo de baloncesto está jugando un
torneo y yo no he ido porque lo he dejado. Peso mucho y soy muy propenso a
padecer lesiones. Pero, si veo las fotos que envían, me dan envidia. Me gustaba
la historia de Darío, al que la vida llevó por lugares donde no podía estar, y
Lucía, su psicóloga, le pone como ejemplo a Dennis Rodman, como una muestra de
superación, de que nada está perdido.
Y de dónde procede ‘El amo’,
el título de la novela?
El título no era el mío, pero en
la editorial no les gustó el que yo proponía y lo cambiamos. Al final pusimos ‘El
amo’. Y, por qué? Pues porque obedece a la necesidad de dominio de Osborne, que
no se comporta como un simple secuestrador, sino como alguien que necesita
ejercer el dominio sobre sus víctimas.
Siempre se ha dicho que
Barcelona es una ciudad muy criminal en la literatura, pero ahora parece que
Madrid se está poniendo las pilas, no?
Sí, Madrid se está poniendo las
pilas y, además, tanto Barcelona como Madrid, o València, donde nos encontramos
en este momento, tienen algo que a mí me estimula en cuanto a tramas para
novelas negras: aquí mismo, mientras hablamos, tres pisos más arriba se pueden
estar fraguando negocios millonarios y, a quinientos metros, te metes por una
callejuela y te puedes encontrar de todo: tráfico de drogas, prostitución… lo
que tú quieras. Y eso me fascina, porque supone un cambio muy radical. Ese
contraste, que encuentro en cualquier gran ciudad, funciona muy bien y me sirve
como escenario.
Ya llevas con él más de
ochocientas páginas, qué te ha aportado a ti, como persona y como escritor, un
personaje como Jotadé?
A ver, hay una cosa que me hace
mucha gracia, porque mis amigos me dicen que tengo la cara muy dura, ya que he
hecho un personaje que es como yo mismo. Soy un tipo muy mal hablado, se me
escapan los tacos, y ahora, que estamos en la entrevista, intento moderar mi
lenguaje. Pero en mi entorno no me corto. En consecuencia, Jotadé me ha
supuesto una liberación, porque en su momento me dije que él hablaría como lo
haría yo. Bueno, no tanto, pero sí. Por otro lado, la vida me ha enseñado que
el humor es bueno y que, si consigues sacarle una sonrisa a alguien, tienes
mucho ganado para ti y para los demás. Y Jotadé utiliza ese recurso con
frecuencia, lo que le viene muy bien a una novela dura como esta, aunque sea en
forma de chiste malo. Por eso me identifico y me siento cómodo con él. Después
de casi mil páginas juntos, es casi como si fuera mi mejor amigo. Él es un loco
y yo no me meto en líos como él, pero me procura tranquilidad y me divierte
mucho darle vida.
Herme Cerezo/Diario SIGLO XXI
