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Latinoamerica. La escritora gallega recorre ahora la península ibérica con ‘La Cámara de las Maravillas’, su nueva novela, publicada por Plaza & Janés, una incursión elegante y enigmática en el universo del arte, sus secretos, sus imposturas y sus zonas de sombra. La trama se abre en el majestuoso Palacio Dorado, en pleno centro de Madrid, donde se inaugura Pentimento, un museo de reproducciones icónicas de grandes obras maestras, recreando, además, el contexto donde se colgaron por primera vez. Amanda Mendoza, anfitriona de la velada, mantiene bajo vigilancia a Dimas Chevalier, un ladrón de guante blanco famoso en toda Europa, recién salido de prisión y, según él mismo sostiene, rehabilitado. Mientras tanto, en otra estancia del Palacio, alguien asalta la Cámara de las Maravillas, un recinto privilegiado, donde la familia Mendoza custodia sus tesoros más preciados. El intruso, sin motivo aparente, cae fulminado durante la huida. Chevalier, señalado de forma indirecta por el robo, se verá obligado a intervenir para aclarar lo ocurrido. Claro que también lo hará la policía, a través de Mencía Rivera y Marc Bru, este último miembro de la Brigada de Patrimonio Histórico, en un caso tan extraño como sofisticado. María Oruña me recibió en la cafetería del Hotel SH Colón de la capital del Turia, un espacio de distribución sorprendente para quien lo visita por primera vez. Era mi caso. Antes de conectar la grabadora le pregunto por Gordon, su perro, ya célebre entre los seguidores de la autora en redes sociales. «Está muy crecidito: tiene más likes que yo promocionando mi novela, y eso no puede ser. Voy a tener que hablar seriamente con él», bromea entre risas. Fuera, la ciudad avanza hacia el mediodía. Dentro, hay mucha luz, silencio, dos botellas de agua fresca sobre la mesa y el piloto rojo de la grabadora encendido. Impaciente. Comenzamos.
María, qué significa escribir para ti?
Es una catarsis. Supone un momento de absoluta evasión: el
mundo exterior desaparece, los problemas dejan de existir y entro por completo
en ese universo que he creado. Es, en cierto modo, un espacio de descanso.
Antes de dedicarte profesionalmente a la literatura, ejercías
como abogada. Después de superar el millón y medio de ejemplares vendidos, cómo
ves aquel cambio de vida? Qué habría sido de ti si no hubieras dado ese salto?
Probablemente habría seguido trabajando como abogada o, quién
sabe, porque la vida da muchas vueltas. Pero no fue un cambio repentino, sino
progresivo. Durante un tiempo simultaneé ambas actividades, porque mi situación
era muy normal: como todos tenía que pagar facturas y una hipoteca. Y cuando la
literatura empezó a cubrir esos gastos, me dije: «Voy a probar». Además,
resultaba imposible mantener el mismo rigor y la misma calidad en ambos oficios
al mismo tiempo, porque todo lo relacionado con la literatura —algo que yo
desconocía entonces— exige muchísima dedicación: viajes, promoción y, por
supuesto, escritura. Ingenuamente, pensaba que entregaba un libro y que un año
después me dirían cómo había funcionado. No contaba con todo este despliegue,
cosa que acepto y entiendo.
He leído en alguna entrevista tuya que no te entusiasma que
te llamen «la reina de la novela negra». Sin embargo, ese tipo de calificativos
elogiosos suele ser una forma de reconocimiento y se lo han aplicado a autoras
tan relevantes como Agatha Christie, P. D. James, Patricia Cornwell o Alicia
Giménez Bartlett, entre otras.
No deja de ser un recurso comercial y de marketing. En las
fajas promocionales aparecen expresiones como «reina de» o «maestra de», y yo no me considero reina ni
maestra de nada. Casi me sentiría más cómoda con artesana, trabajadora o,
sencillamente, novelista de misterio.
En tus novelas suele haber muertos, pero no truculencia. No
hay recreación morbosa en la sangre ni en las vísceras. No estás cansada
de que ciertas novelas policíacas, y también
algunas series de televisión, abusen del detalle explícito, de un exceso de gore?
Cansada no, porque ni veo esas series ni leo esos libros. Entiendo
que hay un público para ese tipo de literatura escatológica e incluso para ese
lenguaje visual. No lo comparto, pero lo respeto. El problema es que la
etiqueta de novela negra es muy amplia: basta con que muera alguien y haya una
investigación policial para que te incluyan en ella. Y dentro del género hay
muchos subgéneros, desde el «domestic noir», más suave, hasta las
novelas problema o las historias de espías. Yo diría que escribo novela de
misterio, aunque en mis libros hay también historia, ciencia y detalles
forenses, pero no sé cómo debo catalogarme. Si nos atenemos al criterio más purista
de la novela negra, al estilo Raymond Chandler, mis libros no responden al
patrón de un territorio urbano, con un investigador masculino algo misógino,
drogadicto, alcohólico, amargado, malhablado y divorciado.
En ‘La Cámara de las Maravillas’, sí, pero en mi novela ‘Puerto
escondido’, no, porque los protagonistas pertenecen al mundo rural y se ve cómo
luchan por salir adelante tras una guerra civil y una posguerra. Cada uno de
mis títulos responde a una temática distinta, más allá del juego del enigma,
del «quién lo hizo» y del «cómo lo hizo».
Ese cambio de registro, responde a una decisión consciente?
Buscas deliberadamente territorios nuevos en cada libro?
Sí, es deliberado. Aunque sepa que una fórmula funciona, eso
no significa que sea lícito repetirla solo porque sé que puede tener buena acogida.
No me parece justo ofrecer más de lo mismo. Si un lector se gasta veinte euros
en un libro, tal vez la temática no le convenza o un personaje no le caiga bien,
pero yo no puedo defraudarlo. Debe cerrar la novela pensando: «Este juego ha
sido trabajado; hay aquí un artefacto literario creado por y para algo; no hay
estafa». Esa creo que es mi misión. En todos mis libros hay cambios: aventuras,
misterio histórico, guiños a la novela gótica, a la habitación cerrada, al «domestic
noir» o al «thriller» de acción, con golpes trepidantes en la cabeza
del lector. En ‘La Cámara de las Maravillas’ se esconde un guiño a las novelas
de guante blanco, pero bajo mis propias reglas, sin las trampas ni la
teatralidad de Lupin.
Esta novela requería un escenario urbano?
Sí, y tenía que ser Madrid. Si hablo de una familia
multimillonaria, con operaciones comerciales diarias y constantes, no tendría
sentido situarla en Torrelavega o en Cádiz.
Cómo te encontraste con esta historia? Qué chispa saltó para
desencadenar la escritura de la novela?
En mi cabeza estaba, sobre todo, la Brigada de Patrimonio
Histórico, que me producía una enorme curiosidad. Sus propios miembros se
sorprendieron de que les hiciera preguntas para documentarme y de que alguien
se interesara por su trabajo. La inspectora jefa me dijo que no solían
preguntarles demasiado, porque, en general, en su cometido, no hay delitos de
sangre. Pero a mí me parecía interesantísimo lo que hacían y pensé que tenía
que inventar un caso vinculado al mundo artístico, relacionado con un ladrón de
guante blanco y que fuera divertido, elegante y creíble. Así que me puse a
estudiar arte, a viajar, a pedir entrevistas y a hacer todo lo necesario para
construir la novela.
Imagino que mientras te documentas reúnes mucho material y
que, al final, solo una mínima parte llega a la novela. Duele renunciar a esos
datos que tanto esfuerzo te ha costado encontrar?
No, porque esa es una de las grandes misiones del escritor:
filtrar. Y hay que hacerlo sin piedad. Puede que ciertas cosas te parezcan muy
interesantes y te dé rabia o pena no incluirlas en la trama, pero no puede ser.
Todo no cabe. La que manda es la historia que quieres contar y su ritmo. Trabajas
para crear un artefacto literario, no para satisfacer tu propia curiosidad. Si aspiras
a ser profesional y no quieres comportarte como un principiante, hay que prescindir
de lo superfluo, quitar escenas y eliminar personajes de relleno. No concibo
que un libro pueda proyectarse sin ese proceso previo, al menos en el tipo de
literatura que yo hago. Sin embargo, no todo lo que se descarta se pierde:
queda en tu cabeza y sigue cocinándose para proyectos futuros. Forma parte de
un proceso que hace aparecer las cosas cuando les toca.
Mencía Rivera y Marc Bru forman una nueva pareja de
investigadores: ella es profana en arte; él, un experto. Qué posibilidades
narrativas te ofrecía ese contraste?
Me ofrecía una tensión narrativa indudable y también la
posibilidad de introducir humor, que para mí es una fórmula de supervivencia.
Creo que el lector, aunque esté leyendo sobre asuntos muy serios, agradece
pasarlo bien y encontrar una lectura entretenida. Y los escogí a ellos porque
funcionan como símbolos. Mencía representa a la enorme cantidad de público
profano que hay en el mundo del arte, gente que desconoce sus vericuetos, que
no entiende la problemática de que a un señor que tiene cien cuadros le roben
uno o que, sencillamente, no comprende del todo el propio concepto del arte.
Eso permite que los lectores que no conocen ese mundo se sientan sorprendidos y
cómodos. Marc Bru, en cambio, representa no solo a los expertos en arte, sino
también esa parte creativa que todos tenemos. Lo construí como un personaje
asexual, excéntrico, que vive solo con un gato gigante y posee una mirada
soñadora y teatral hasta el punto de citar aforismos literarios durante la
investigación. Él encarna ese lado contemplativo, esa magia que todos llevamos
dentro. Es el exponente del amor por lo bello y toda la novela habla de la belleza
y de la armonía visual.
En estas páginas encontramos también reflexiones sobre el
arte. Qué significa el arte para ti?
El arte es un espejo de lo que somos. Por eso resulta tan
importante y emocionante contemplar cuadros y esculturas de hace quinientos
años, para intentar comprender el mundo desde la mirada de personas que llevan
siglos muertas y que, sin embargo, manejaban las mismas emociones que nosotros:
amor, desamor, rabia, venganza, ambición... Todo eso permanece en los libros,
en lo audiovisual y en el arte. Pero no olvidemos que, para nosotros, esas
personas, vivían casi en otro planeta, con otros hábitos y otras costumbres. El
arte que conservamos es una forma de memoria.
La literatura ha abordado a menudo los robos de obras de
arte, pero en ‘La Cámara de las Maravillas’ aparece también el tráfico y el comercio de
falsificaciones, un territorio quizá menos transitado por los libros.
No es un asunto muy conocido, y me resultó especialmente interesante
al leer biografías de falsificadores, porque es algo que sigue vivo. Me
sorprendía el comercio con Arabia Saudí o con compradores inexpertos en arte de
Estados Unidos, a quienes se les colocan falsificaciones, porque no se enteran
y solo pretenden la exclusividad: exhibir un cuadro ante sus amigos como procedente
de la vieja Europa. O con compradores japoneses que, quizá, no vuelvan a adquirir
nada más, pero que, por su sentido del honor, no emprenderán un pleito legal.
También está el caso singular de los Rembrandt: los expertos saben que existen
unos quinientos cuadros suyos, pero en el mercado circulan ochocientos. O el
truco de atribuir una obra a un alumno del pintor y añadir que el maestro retocó
un ojo, por ejemplo…
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En muchas novelas sobre el arte, los cuadros de Vermeer
aparecen como pinturas muy codiciadas. Qué tiene este pintor para resultar tan
atractivo a ladrones, coleccionistas y escritores?
Su obra es muy escasa y excepcional, tanto por el uso de la
luz como por sus temas. Introducir, de forma inventada, un Vermeer en ‘La
Cámara de las Maravillas’ me parecía una posibilidad magnífica. Me atrae esa
manera suya de reflejar un oficio, que no es religioso, como ocurre en sus
cuadros ‘El geógrafo’ o ‘El astrónomo’, pintando a un hombre volcado en su
tarea. Y me interesa mucho el contexto del propio cuadro, ver los libros con
los que trabaja el personaje retratado. Es algo extraordinario, porque en
aquella época lo habitual era pintar cuadros por encargo.
Cuentas que algunas cámaras de las maravillas fueron
colecciones privadas, precursoras de los museos. Podrías citar algún ejemplo?
El Museo del Prado se generó, creo, a partir de la cámara de
Felipe II. Prácticamente, todos los grandes museos europeos tienen su germen en
estos espacios. El Museo de Historia Natural de Londres, vinculado a los
exploradores que traían animales disecados y especies vegetales, construyó una
verdadera cámara del conocimiento.
Aparece en el texto una galería de arte llamada Pentimento, un término muy vinculado a la pintura. Qué significa
exactamente?
Son los arrepentimientos de los artistas, que hoy pueden
verse con claridad gracias a las radiografías de las pinturas. Se me ocurrió
que una familia como los Mendoza, rica y filántropa, tuviera una cámara de las
maravillas extraordinaria en el ático de su palacio, con obras no catalogadas. Al
inaugurar un museo llamado Pentimento, el propio nombre remite a la
imperfección, a esas correcciones que toda obra puede esconder. Y qué estoy
diciendo con eso? Pues que en la imperfección también hay belleza. Lo que
inaugura esta familia es, en cierto modo, un museo de imperfecciones que ayuda
a entender el arte. Además, recrea las condiciones originales en las que los
cuadros fueron concebidos, algo que en los museos suele perderse. Por otro
lado, a lo largo de la novela burbujea la idea de la posesión de obras que
realmente no pertenecen a los grandes museos. Puede que esa posesión sea legal,
pero no necesariamente legítima, sobre todo si hablamos de piezas procedentes
del mundo colonial.
Crees que puede haber cuadros falsos colgados en la National Gallery,
el Louvre o el Prado?
En museos de ese nivel no lo creo. Cuentan con expertos lo
suficientemente capacitados para detectar posibles falsificaciones.
Y si las detectaran, crees que lo admitirían públicamente?
Creo que, si una obra es falsa y existe la posibilidad de que
alguien lo descubra, lo dirían, porque no se arriesgarían a quedar en
evidencia. Otra cosa es que exhiban piezas conseguidas de manera cuestionable o,
directamente, sustraídas. Basta con visitar el Museo Británico y observar la
cantidad de reclamaciones que ha recibido de Egipto, de gobiernos africanos o de
Grecia. Ese debate es eterno e inacabado.
Terminamos. Después de escribir ‘La Cámara de las Maravillas’,
qué poso te ha dejado su escritura?
He aprendido mucho sobre el mundo del arte y también a tomar
perspectiva sobre lo que nos muestran los museos, los expertos o los
restauradores. Pero no creas que todo es lineal desde el principio hasta el
final de la narración. Para mí, el momento determinante llega cuando hago la
escaleta, porque ahí ya lo sé todo: el comienzo y el final. Ese instante, que
puede parecer una tontería, consiste en crear un universo en un folio: inicio,
nudo y desenlace, de una forma mucho más compleja, claro, proyectando todo lo
que he leído y documentado durante meses. Yo, sin esa escaleta, no puedo
trabajar.
Herme Cerezo/Diario Siglo XXI
