«Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban y, como si de grillos se tratara, intentó ubicar a cada hombre dentro de los límites del olivar» (Jesús Carrasco, Intemperie)

domingo, 12 de julio de 2026

María Oruña: «He inventado una historia con ladrón de guante blanco, vinculada con el mundo del arte»

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 Nº 722. Junio. Martes. Calor. María Oruña llegó a Valencia después de una intensa gira por
Latinoamerica. La escritora gallega recorre ahora la península ibérica con ‘La Cámara de las Maravillas’, su nueva novela, publicada por Plaza & Janés, una incursión elegante y enigmática en el universo del arte, sus secretos, sus imposturas y sus zonas de sombra. La trama se abre en el majestuoso Palacio Dorado, en pleno centro de Madrid, donde se inaugura
Pentimento, un museo de reproducciones icónicas de grandes obras maestras, recreando, además, el contexto donde se colgaron por primera vez. Amanda Mendoza, anfitriona de la velada, mantiene bajo vigilancia a Dimas Chevalier, un ladrón de guante blanco famoso en toda Europa, recién salido de prisión y, según él mismo sostiene, rehabilitado. Mientras tanto, en otra estancia del Palacio, alguien asalta la Cámara de las Maravillas, un recinto privilegiado, donde la familia Mendoza custodia sus tesoros más preciados. El intruso, sin motivo aparente, cae fulminado durante la huida. Chevalier, señalado de forma indirecta por el robo, se verá obligado a intervenir para aclarar lo ocurrido. Claro que también lo hará la policía, a través de Mencía Rivera y Marc Bru, este último miembro de la Brigada de Patrimonio Histórico, en un caso tan extraño como sofisticado. María Oruña me recibió en la cafetería del Hotel SH Colón de la capital del Turia, un espacio de distribución sorprendente para quien lo visita por primera vez. Era mi caso. Antes de conectar la grabadora le pregunto por Gordon, su perro, ya célebre entre los seguidores de la autora en redes sociales. «Está muy crecidito: tiene más likes que yo promocionando mi novela, y eso no puede ser. Voy a tener que hablar seriamente con él», bromea entre risas. Fuera, la ciudad avanza hacia el mediodía. Dentro, hay mucha luz, silencio, dos botellas de agua fresca sobre la mesa y el piloto rojo de la grabadora encendido. Impaciente. Comenzamos.

María, qué significa escribir para ti?

Es una catarsis. Supone un momento de absoluta evasión: el mundo exterior desaparece, los problemas dejan de existir y entro por completo en ese universo que he creado. Es, en cierto modo, un espacio de descanso.

Antes de dedicarte profesionalmente a la literatura, ejercías como abogada. Después de superar el millón y medio de ejemplares vendidos, cómo ves aquel cambio de vida? Qué habría sido de ti si no hubieras dado ese salto?

Probablemente habría seguido trabajando como abogada o, quién sabe, porque la vida da muchas vueltas. Pero no fue un cambio repentino, sino progresivo. Durante un tiempo simultaneé ambas actividades, porque mi situación era muy normal: como todos tenía que pagar facturas y una hipoteca. Y cuando la literatura empezó a cubrir esos gastos, me dije: «Voy a probar». Además, resultaba imposible mantener el mismo rigor y la misma calidad en ambos oficios al mismo tiempo, porque todo lo relacionado con la literatura —algo que yo desconocía entonces— exige muchísima dedicación: viajes, promoción y, por supuesto, escritura. Ingenuamente, pensaba que entregaba un libro y que un año después me dirían cómo había funcionado. No contaba con todo este despliegue, cosa que acepto y entiendo.

He leído en alguna entrevista tuya que no te entusiasma que te llamen «la reina de la novela negra». Sin embargo, ese tipo de calificativos elogiosos suele ser una forma de reconocimiento y se lo han aplicado a autoras tan relevantes como Agatha Christie, P. D. James, Patricia Cornwell o Alicia Giménez Bartlett, entre otras.

No deja de ser un recurso comercial y de marketing. En las fajas promocionales aparecen expresiones como «reina de»  o «maestra de», y yo no me considero reina ni maestra de nada. Casi me sentiría más cómoda con artesana, trabajadora o, sencillamente, novelista de misterio.

En tus novelas suele haber muertos, pero no truculencia. No hay recreación morbosa en la sangre ni en las vísceras. No estás cansada de  que ciertas novelas policíacas, y también algunas series de televisión, abusen del detalle explícito, de un exceso de gore?

Cansada no, porque ni veo esas series ni leo esos libros. Entiendo que hay un público para ese tipo de literatura escatológica e incluso para ese lenguaje visual. No lo comparto, pero lo respeto. El problema es que la etiqueta de novela negra es muy amplia: basta con que muera alguien y haya una investigación policial para que te incluyan en ella. Y dentro del género hay muchos subgéneros, desde el «domestic noir», más suave, hasta las novelas problema o las historias de espías. Yo diría que escribo novela de misterio, aunque en mis libros hay también historia, ciencia y detalles forenses, pero no sé cómo debo catalogarme. Si nos atenemos al criterio más purista de la novela negra, al estilo Raymond Chandler, mis libros no responden al patrón de un territorio urbano, con un investigador masculino algo misógino, drogadicto, alcohólico, amargado, malhablado y divorciado.

La novela negra clásica suele reflejar una sociedad oscura, gris, instalada en los bajos fondos. En cambio, en ‘La Cámara de las Maravillas’ también aparecen corruptelas, pero vinculadas a la alta sociedad. Es otro retrato, el de una capa social más elitista y adinerada.

En ‘La Cámara de las Maravillas’, sí, pero en mi novela ‘Puerto escondido’, no, porque los protagonistas pertenecen al mundo rural y se ve cómo luchan por salir adelante tras una guerra civil y una posguerra. Cada uno de mis títulos responde a una temática distinta, más allá del juego del enigma, del «quién lo hizo» y del «cómo lo hizo».

Ese cambio de registro, responde a una decisión consciente? Buscas deliberadamente territorios nuevos en cada libro?

Sí, es deliberado. Aunque sepa que una fórmula funciona, eso no significa que sea lícito repetirla solo porque sé que puede tener buena acogida. No me parece justo ofrecer más de lo mismo. Si un lector se gasta veinte euros en un libro, tal vez la temática no le convenza o un personaje no le caiga bien, pero yo no puedo defraudarlo. Debe cerrar la novela pensando: «Este juego ha sido trabajado; hay aquí un artefacto literario creado por y para algo; no hay estafa». Esa creo que es mi misión. En todos mis libros hay cambios: aventuras, misterio histórico, guiños a la novela gótica, a la habitación cerrada, al «domestic noir» o al «thriller» de acción, con golpes trepidantes en la cabeza del lector. En ‘La Cámara de las Maravillas’ se esconde un guiño a las novelas de guante blanco, pero bajo mis propias reglas, sin las trampas ni la teatralidad de Lupin.

Esta novela requería un escenario urbano?

Sí, y tenía que ser Madrid. Si hablo de una familia multimillonaria, con operaciones comerciales diarias y constantes, no tendría sentido situarla en Torrelavega o en Cádiz.

Cómo te encontraste con esta historia? Qué chispa saltó para desencadenar la escritura de la novela?

En mi cabeza estaba, sobre todo, la Brigada de Patrimonio Histórico, que me producía una enorme curiosidad. Sus propios miembros se sorprendieron de que les hiciera preguntas para documentarme y de que alguien se interesara por su trabajo. La inspectora jefa me dijo que no solían preguntarles demasiado, porque, en general, en su cometido, no hay delitos de sangre. Pero a mí me parecía interesantísimo lo que hacían y pensé que tenía que inventar un caso vinculado al mundo artístico, relacionado con un ladrón de guante blanco y que fuera divertido, elegante y creíble. Así que me puse a estudiar arte, a viajar, a pedir entrevistas y a hacer todo lo necesario para construir la novela.

Imagino que mientras te documentas reúnes mucho material y que, al final, solo una mínima parte llega a la novela. Duele renunciar a esos datos que tanto esfuerzo te ha costado encontrar?

No, porque esa es una de las grandes misiones del escritor: filtrar. Y hay que hacerlo sin piedad. Puede que ciertas cosas te parezcan muy interesantes y te dé rabia o pena no incluirlas en la trama, pero no puede ser. Todo no cabe. La que manda es la historia que quieres contar y su ritmo. Trabajas para crear un artefacto literario, no para satisfacer tu propia curiosidad. Si aspiras a ser profesional y no quieres comportarte como un principiante, hay que prescindir de lo superfluo, quitar escenas y eliminar personajes de relleno. No concibo que un libro pueda proyectarse sin ese proceso previo, al menos en el tipo de literatura que yo hago. Sin embargo, no todo lo que se descarta se pierde: queda en tu cabeza y sigue cocinándose para proyectos futuros. Forma parte de un proceso que hace aparecer las cosas cuando les toca.

Mencía Rivera y Marc Bru forman una nueva pareja de investigadores: ella es profana en arte; él, un experto. Qué posibilidades narrativas te ofrecía ese contraste?

Me ofrecía una tensión narrativa indudable y también la posibilidad de introducir humor, que para mí es una fórmula de supervivencia. Creo que el lector, aunque esté leyendo sobre asuntos muy serios, agradece pasarlo bien y encontrar una lectura entretenida. Y los escogí a ellos porque funcionan como símbolos. Mencía representa a la enorme cantidad de público profano que hay en el mundo del arte, gente que desconoce sus vericuetos, que no entiende la problemática de que a un señor que tiene cien cuadros le roben uno o que, sencillamente, no comprende del todo el propio concepto del arte. Eso permite que los lectores que no conocen ese mundo se sientan sorprendidos y cómodos. Marc Bru, en cambio, representa no solo a los expertos en arte, sino también esa parte creativa que todos tenemos. Lo construí como un personaje asexual, excéntrico, que vive solo con un gato gigante y posee una mirada soñadora y teatral hasta el punto de citar aforismos literarios durante la investigación. Él encarna ese lado contemplativo, esa magia que todos llevamos dentro. Es el exponente del amor por lo bello y toda la novela habla de la belleza y de la armonía visual.

En estas páginas encontramos también reflexiones sobre el arte. Qué significa el arte para ti?

El arte es un espejo de lo que somos. Por eso resulta tan importante y emocionante contemplar cuadros y esculturas de hace quinientos años, para intentar comprender el mundo desde la mirada de personas que llevan siglos muertas y que, sin embargo, manejaban las mismas emociones que nosotros: amor, desamor, rabia, venganza, ambición... Todo eso permanece en los libros, en lo audiovisual y en el arte. Pero no olvidemos que, para nosotros, esas personas, vivían casi en otro planeta, con otros hábitos y otras costumbres. El arte que conservamos es una forma de memoria.

La literatura ha abordado a menudo los robos de obras de arte, pero en ‘La Cámara de las Maravillas’ aparece también el tráfico y el comercio de falsificaciones, un territorio quizá menos transitado por los libros.

No es un asunto muy conocido, y me resultó especialmente interesante al leer biografías de falsificadores, porque es algo que sigue vivo. Me sorprendía el comercio con Arabia Saudí o con compradores inexpertos en arte de Estados Unidos, a quienes se les colocan falsificaciones, porque no se enteran y solo pretenden la exclusividad: exhibir un cuadro ante sus amigos como procedente de la vieja Europa. O con compradores japoneses que, quizá, no vuelvan a adquirir nada más, pero que, por su sentido del honor, no emprenderán un pleito legal. También está el caso singular de los Rembrandt: los expertos saben que existen unos quinientos cuadros suyos, pero en el mercado circulan ochocientos. O el truco de atribuir una obra a un alumno del pintor y añadir que el maestro retocó un ojo, por ejemplo…

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En muchas novelas sobre el arte, los cuadros de Vermeer aparecen como pinturas muy codiciadas. Qué tiene este pintor para resultar tan atractivo a ladrones, coleccionistas y escritores?

Su obra es muy escasa y excepcional, tanto por el uso de la luz como por sus temas. Introducir, de forma inventada, un Vermeer en ‘La Cámara de las Maravillas’ me parecía una posibilidad magnífica. Me atrae esa manera suya de reflejar un oficio, que no es religioso, como ocurre en sus cuadros ‘El geógrafo’ o ‘El astrónomo’, pintando a un hombre volcado en su tarea. Y me interesa mucho el contexto del propio cuadro, ver los libros con los que trabaja el personaje retratado. Es algo extraordinario, porque en aquella época lo habitual era pintar cuadros por encargo.

Cuentas que algunas cámaras de las maravillas fueron colecciones privadas, precursoras de los museos. Podrías citar algún ejemplo?

El Museo del Prado se generó, creo, a partir de la cámara de Felipe II. Prácticamente, todos los grandes museos europeos tienen su germen en estos espacios. El Museo de Historia Natural de Londres, vinculado a los exploradores que traían animales disecados y especies vegetales, construyó una verdadera cámara del conocimiento.

Aparece en el texto una galería de arte llamada Pentimento, un término muy vinculado a la pintura. Qué significa exactamente?

Son los arrepentimientos de los artistas, que hoy pueden verse con claridad gracias a las radiografías de las pinturas. Se me ocurrió que una familia como los Mendoza, rica y filántropa, tuviera una cámara de las maravillas extraordinaria en el ático de su palacio, con obras no catalogadas. Al inaugurar un museo llamado Pentimento, el propio nombre remite a la imperfección, a esas correcciones que toda obra puede esconder. Y qué estoy diciendo con eso? Pues que en la imperfección también hay belleza. Lo que inaugura esta familia es, en cierto modo, un museo de imperfecciones que ayuda a entender el arte. Además, recrea las condiciones originales en las que los cuadros fueron concebidos, algo que en los museos suele perderse. Por otro lado, a lo largo de la novela burbujea la idea de la posesión de obras que realmente no pertenecen a los grandes museos. Puede que esa posesión sea legal, pero no necesariamente legítima, sobre todo si hablamos de piezas procedentes del mundo colonial.

Crees que puede haber cuadros falsos colgados en la National Gallery, el Louvre o el Prado?

En museos de ese nivel no lo creo. Cuentan con expertos lo suficientemente capacitados para detectar posibles falsificaciones.

Y si las detectaran, crees que lo admitirían públicamente?

Creo que, si una obra es falsa y existe la posibilidad de que alguien lo descubra, lo dirían, porque no se arriesgarían a quedar en evidencia. Otra cosa es que exhiban piezas conseguidas de manera cuestionable o, directamente, sustraídas. Basta con visitar el Museo Británico y observar la cantidad de reclamaciones que ha recibido de Egipto, de gobiernos africanos o de Grecia. Ese debate es eterno e inacabado.

Terminamos. Después de escribir ‘La Cámara de las Maravillas’, qué poso te ha dejado su escritura?

He aprendido mucho sobre el mundo del arte y también a tomar perspectiva sobre lo que nos muestran los museos, los expertos o los restauradores. Pero no creas que todo es lineal desde el principio hasta el final de la narración. Para mí, el momento determinante llega cuando hago la escaleta, porque ahí ya lo sé todo: el comienzo y el final. Ese instante, que puede parecer una tontería, consiste en crear un universo en un folio: inicio, nudo y desenlace, de una forma mucho más compleja, claro, proyectando todo lo que he leído y documentado durante meses. Yo, sin esa escaleta, no puedo trabajar.

Herme Cerezo/Diario Siglo XXI