«Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban y, como si de grillos se tratara, intentó ubicar a cada hombre dentro de los límites del olivar» (Jesús Carrasco, Intemperie)

lunes, 29 de junio de 2026

Margaryta Yakovenko: «Mientras escribía ‘Ocupaciòn’, me he despedido de mi abuelo»

copyright@JacoboMedrano
Nº 721. Penúltimo martes de junio. El tráfico de la avenida discurre aburrido, con pesar, como
derrotado por el calor. Las siete de la tarde es una buena hora para conversar con Margaryta Yakovenko, nacida en Tokmak (Ucrania) y afincada en Madrid. Sin sofocos. Redactora, editora, periodista y ahora también escritora. Acaba de publicar ‘Ocupación’, editada por Seix Barral, su segunda novela, la primera fue ‘Desencajada’ (2020), en la que cuenta la muerte de su abuelo en la misma ciudad donde ella nació y vivió, ocupada desde el año 2022 por el ejército ruso. Con
 recuerdos, biografía, material familiar y apuntes históricos, mezclados con habilidad, belleza y oficio, Margaryta Yakovenco describe un breve pero complejo mundo, donde se agrupan un ajuste de cuentas, que sabe a desahogo, contra lo que nunca podrá ser reparado. Un golpe sobre la mesa, un no resignarse ante la injusticia. Una ficción para llegar donde no alcanza la memoria. La historia arranca con su bisabuelo, a comienzos del siglo XX, bajo el Imperio ruso; prosigue con su abuelo en la Ucrania soviética; y termina en España, donde la escritora ucraniana se enfrenta a la cruda realidad de un «exilio» no buscado. La grabadora registró las palabras de Margaryta, con calma, pronunciadas con un impecable acento castellano. Sin vestigios eslavos. Lo hizo tras avisarme de su disponibilidad mediante el piloto rojo encendido. Cuarenta grados en Madrid. Treinta y muchos en València. Hablamos.

Margaryta, se nos ha olvidado que, no tan lejos de aquí, en Europa, hay una guerra en marcha desde hace cuatro años? ‘Ocupación’ es un toque de atención para los occidentales?

Mi intención no es echarle la bronca a nadie, pero sí que noto que, más que olvidar, hemos normalizado que hay una guerra en Europa, a pocos kilómetros de nuestra casa. Al final es comprensible, porque no puedes mantener la atención continuamente sobre un conflicto que ya dura cuatro años. Estamos ante una situación muy dura y traumática. Por otro lado, tras la llegada de los primeros refugiados ucranianos, mantenemos menos contacto con ellos, porque muchos  han regresado. El resto de los conflictos, que se han ido desatando desde entonces, junto con el hecho de que ahora Ucrania recibe menos ayuda internacional, sobre todo por parte de Estados Unidos, también la alejan del foco de la noticia.

Escribes porque en un sueño tu abuelo, Víctor Konstantínovich,  te compró un lápiz y te dijo que escribieras?

Este libro sí que lo escribí por este motivo, pero creo que escribo para no olvidar. Para mí la escritura es un ejercicio de memoria, en este y en todo lo que he escrito antes, y también una forma de explicarme el mundo que me rodea. Escribo siempre con muchas preguntas en la cabeza y, cuando termino el libro, no es que haya encontrado respuesta a esas preguntas, pero sí observo que algunos nudos se han desecho y que, quizá, ciertas cosas se han solucionado por sí mismas durante el viaje escritor.  

Qué es ‘Ocupación’? Una novela, una hibridación, autoficción, cómo etiquetarías a este artefacto literario de ciento setenta y nueve páginas?

No, no es autoficción. De hecho, la única ficción que empleo en el libro me sirve para rellenar la parte de mi historia familiar que desconozco. Si ‘Desencajada’, mi anterior libro, fue cien por cien autoficción, ‘Ocupación’ es un híbrido entre un testimonio de memoria, un ensayo y una especie de novela de no ficción. Con este libro he tratado de ser muy sincera, sobre todo con las cosas de mi familia que conozco bien. Las he escrito tal y como las sabía, sin maquillar los datos. Y lo que tengo claro es que mi escritura se encuentra lejos de la pureza de géneros.

La guerra ha destruido muchas pruebas y, además, tú no puedes viajar ahora a Ucrania. Cómo te has alimentado para escribir ‘Ocupación’? Qué fuentes documentales has utilizado, porque solo con tus recuerdos todo esto no sale?

Me he valido de mis recuerdos y, sobre todo, de los de mi padre. De hecho, este libro está basado en lo que él recordaba sobre sus antepasados, junto con alguna documentación que he logrado encontrar en Internet, datos sobre Tokmak, mi ciudad, extraídos de la Biblioteca Nacional, partidas de nacimiento y los libros de familia, que son textos eclesiásticos públicos, que puede consultar cualquier persona. Esto último fue un descubrimiento muy importante para mí, porque por fin les ponía nombres a las personas y comprobaba si habían existido en algún momento de la historia.

Dices en el libro que has esperado que transcurrieran tres años desde la muerte de tu abuelo para escribirlo. Todo ese tiempo constituye tu duelo o tu duelo ha sido precisamente escribir ‘Ocupación’? Te ha servido para cerrarlo o los duelos no se cierran nunca?

Creo que en los duelos no superas el dolor, sino que aceptas vivir con él. Para mí, escribir el libro ha significado un camino de duelo, porque yo no pude hacerlo en la forma habitual, que es llorar al muerto, despedirme de él y asistir a su entierro. Todo eso me fue negado y la escritura ha sido mi forma de pasar el duelo, el lugar donde he conseguido apoyarme y crear esa otra realidad, que no pudo suceder en la vida real. Me he despedido de mi abuelo escribiendo ‘Ocupación’.

En varias ocasiones dejas entrever que las decisiones bélicas se toman desde Moscú, en despachos bien alejados de tu tierra, y que los mandos rusos detestan a los ucranianos y se sienten superiores a ellos. De dónde procede esa inquina?

A mí no me gusta generalizar en el sentido de que sea toda Rusia la que odia a Ucrania. Me refiero solo a los que mandan. Y eso procede, claramente, de una sociedad enferma, que lleva más de veinte años con la misma persona en el gobierno, que, al final, ha logrado someter a una población de más de cien millones de habitantes a través de la fuerza. Si tu mayor logro vital es ejercer la violencia sobre tus propios ciudadanos, qué no les harás a los habitantes de un país que está al lado del tuyo? Durante sus años de gobierno, Putin ha ido invadiendo y provocando conflictos en distintas partes del mundo. Ucrania solo ha sido el colofón. Y simplemente estamos viendo lo que sucede cuando, ante conflictos pequeños o que no considera lo suficientemente importantes para intervenir de algún modo, la sociedad occidental gira la cara hacia otro lado. Pero, claro, hablamos de una persona que lo último que va a hacer en su mandato es esta invasión y, si le sale mal, para él significará un fiasco y a su muerte su legado será haber iniciado una guerra que fue un fracaso personal.

Durante el conflicto, los rusos han ocupado tu pueblo y, ahora, una familia rusa, la familia de un médico, vive en tu casa, con tus muebles, tus juguetes y tus recuerdos. No sé si son conscientes de que habitan un pasado, lleno de fantasmas, que no es el suyo.

Supongo que sí, pero no puedo hablar con ellos porque no nos podemos comunicar, aunque me gustaría hacerlo. Imagino que, desde el momento en que esas personas tiran a la basura los muebles antiguos y otros enseres de la casa que no les sirven, es porque, claramente, están haciendo sitio para los suyos. Se han dado cuenta de que son posesiones de otras personas. Y entiendo que, levantarte cada mañana y ver ropa y objetos que no te pertenecen, también debe de ser duro.  

Cuentas cómo Liudmila, tu abuela materna, se pone en una cola sin saber muy bien para qué es. Sólo quiere ver si le cae algo. Las colas, sinónimo de hambre y necesidad, forman parte indisoluble del paisaje desolado de las guerras.

En el caso de mis padres y mis abuelos, ellos ya vivieron estas colas durante la caída del comunismo y después también, porque había colas prácticamente para todo. En ‘Ocupación’ cuento que en los últimos años de Gorbachov, una persona iba por la calle, veía una cola y se sumaba a ella. No sabía qué le podía tocar, pero como les faltaba de todo, tal vez fuera para algo que necesitaba. Cualquier cosa que consiguiera ya era un bien. Yo relaciono más las colas con el modo en que los vive cierta clase social, porque al final los cambios políticos y económicos siempre afectan a los mismos.

La guerra cambia a las personas. Todo depende del lugar donde te pilla. En estas páginas te preguntas si tu amigo Dima, que marchó a Rusia tiempo atrás, regresará a Tokmak, pero ahora como soldado ruso. A menudo, la guerra no permite elegir bando, no?

También, depende, si eres el país invasor o el invadido. En Ucrania sí veo que no hay ninguna familia, ningún grupo de amigos, que no haya perdido a alguien en la guerra. O en el frente o por falta de atención médica. Sin embargo, si miramos a Rusia, no todos los rusos se han marchado al frente. De hecho, los que han ido son los que vivían en los pueblos más pobres, gente que no había visto una lavadora en su vida, porque lo primero que hicieron al llegar a Ucrania, cosa curiosa, fue robarlas. El ejército ruso está lleno de gente procedente de zonas rurales, que ha marchado a combatir, a cambio de que les paguen, y muy bien, y también de presos. De hecho, ahora mismo las cárceles rusas se encuentran al treinta por ciento de su capacidad total. Hablamos, pues, de personas que tienen la posibilidad de elegir, pero que llevan una vida tan miserable que sus opciones son muy reducidas y acaban firmando contratos para matar. Saben que, si vuelven, podrán vivir mucho mejor que antes.

Rusia ha sido nefasta para tu país, Ucrania, pero un buen día descubres que tus bisabuelos también habían emigrado y asentado en Tokmak, es decir, que tú tienes ascendencia rusa. Qué sentiste en aquel momento?

Conocía lo de mi ascendencia, pero ignoraba que mis bisabuelos habían sido colonos. El cambio mental es ese. Sabía desde siempre que mi bisabuela era rusa, pero no que habían sido repobladores de Ucrania. Y lo primero que sentí fue una especie de vergüenza, de culpa, una culpa ancestral, algo de lo que yo no era responsable. Analizándolo con mayor detenimiento, me di cuenta de que tampoco había sido culpa suya. Ellos habían sido las víctimas, los peones de un tablero de ajedrez geopolítico, donde mandaba una persona con mano de hierro. Y lo duro es que quien envió a mis bisabuelos a Ucrania  acabó, igualmente, en un gulag. No era un privilegiado, era una pieza más de toda esa maquina del horror. Así que de esa culpa me desprendí muy pronto. Sin embargo, pienso que la familia que vive ahora en mi casa, no se puede equiparar a esa forma de victimización, porque creo que ellos sí que han elegido estar allí. No han sido trasladados a la fuerza.

Tu familia emigró de Ucrania hace más de veinte años, en busca de una vida mejor. Sin embargo, nunca pensasteis que no podríais regresar. Ha sido una situación inesperada.

Creo que aún no lo he aceptado del todo. Sigue siendo un sentimiento de asombro, que de vez en cuando regresa a mi mente. Continúo teniendo familia que vive en zona ocupada y, claro, no puedo ir a verlos. Y tampoco me permito la opción de pensar cómo visitarlos. Me resulta tan doloroso que lo bloqueo. A pesar de todo, cuando ese pensamiento llega me digo que cómo es posible que no pueda llegar allí. Nos hemos acostumbrado tanto a que para viajar a cualquier lugar solo hace falta voluntad, dinero y un buen pasaporte, que no concibes la idea de que alguien te prohíba pisar la tierra en la que naciste y llegar a tu casa. Y cuando ese asombro se diluye me queda una rabia enorme, puro enfado. No soy capaz de sentir tristeza, siento ira.

El protagonista del libro es  tu abuelo. Un hombre listo, agudo, que utilizó todo tipo de argucias, incluida la mentira de la que hizo un arte, para sacar adelante a su familia. Afirmas que fue comunista, pero que no le hubiera importado ser liberal. Describes a un superviviente de todas todas.  

Sí, sí lo era. Por supuesto. Mi bisabuelo también lo fue, y mi padre, que tuvo que emigrar a España y buscarse la vida sin conocer ni una palabra de castellano, lo es. Y yo también lo soy. Creo que es una cuestión genética de mi familia.

O sea que algún día regresarás a Ucrania.

[Risas] Probablemente, sí. Solo tengo que dejar que transcurra el tiempo.

Víctor Konstantínovich tuvo un final horrible, postrado durante dos meses en la cama, solo con la ayuda de su consuegra. Había medicinas y asistencia sanitaria para los soldados rusos que mataban ucranianos, pero no para tu abuelo, que solo contó con el consuelo de un pope ortodoxo. No hubo forma de auxiliarle?

No, no hubo manera. Mi abuela materna, que es la que permaneció con él, lo intentó porque ella conocía gente del hospital. Pero, claro, los que había conocido habían huido en los primeros días de la guerra y los que se quedaron se pusieron por completo de parte del nuevo gobierno impuesto, porque no querían perder ni su vida ni su familia. Igual que mataron al alcalde de Tokmak les podía pasar a ellos. Era cuestión de vida o muerte, de supervivencia. Desde aquí llegué a hablar con Médicos Sin Fronteras, que tenían una unidad situada a treinta kilómetros de mi ciudad, pero estaban en zona no ocupada. Alguien me pasó un contacto en Suiza, pero allí me dijeron que era totalmente imposible llegar. Y esto lo viví como un fracaso personal, porque de qué servía tener acceso a toda esta gente, si a la hora de la verdad no podía ayudar.

Escribes que «lo que se omite no existe». Si no existe, no duele,  por eso tu abuelo no hablaba de su infancia?

Creo que vivió una infancia bastante dura, una infancia de posguerra. España, que ha conocido también una posguerra muy dura y larga, sabe que sus abuelos o bisabuelos omitieron ciertas cosas en sus relatos, porque al final eran historias de supervivencia, que ellos preferían olvidar también. Hay una parte de cómo se instaura el silencio sobre los momentos más traumáticos en los países y sus pobladores, que acaba marcando a las generaciones posteriores. Y lo hace desde el desconocimiento, que les obliga un poco a repetir la historia y llegar a los mismos puntos de dolor y horror, y también porque se produce una especie de alejamiento al observar que son personas inaccesibles, que no se abren a nadie. Es un silencio de doble sentido. Pienso que la literatura es lo que nos salva un poco de eso, porque siempre hay gente  dispuesta a contar lo que ocurrió. Cuando otras personas describen cosas que, por ejemplo vivió tu abuela y no te contó, te acercas a ella porque en ese momento comprendes todo lo que ella vivió. Ese es el poder de la literatura: aproximarte a realidades que muchas veces se omiten.

Te apena no haberle preguntado más cosas a tu abuelo antes de que muriera?

Sí, claro. Sobre todo porque cuando podía, yo no tenía la edad suficiente para hablar con él de todos estos temas, y también porque, si no compartes el día a día con él, te vas alejando. Si solo lo ves una vez al año, al final las conversaciones son mucho más superficiales.

En un viaje a Moscú, Víctor descubrió que allí no pasaban estrecheces, que los supermercados estaban repletos y había muchas tiendas abiertas. En la Rusia comunista no se imaginaba que existieran niveles sociales diferentes.

Yo creo que esto es una especie de leyenda, idealizada por los partidos comunistas de Occidente que nunca estuvieron en la Unión Soviética. Quizá sus miembros vivieran los primeros años, los de la revolución, que fueron de un optimismo absoluto, pero tras el estalinismo, la vida real ya no era así. No tenían ese optimismo. Había más de seis clases sociales. Y tu pertenencia a una de ellas dependía de lo que habías estudiado, del trabajo que habías conseguido, de los contactos que tenías. No se diferenciaba tanto de otros países. Había cosas garantizadas, como la sanidad y la vivienda, aunque a lo mejor te correspondía, no una casa, sino una habitación compartida, que te garantizaba que vivirías bajo techo. Y eso dependía del tipo de trabajo que ibas a desarrollar. Si eras un obrero, te tocaba compartir, pero si eras un profesor universitario te daban un buen piso, en función de los hijos que tenías, con tres habitaciones. En las capitales, en Kiev también, se observaban esas diferencias, porque allí residían los burócratas y los políticos. Esas ciudades las mantenían como protegidas, para que esa gente estuviera cómoda y legislara sin tener conocimiento de cómo vivía la gente normal. Cuando mi abuelo vio en Moscú que allí la vida era muy distinta, se dio cuenta de todo eso. Llegó a ver que en las guarderías había unos niños que comían fruta y otros que no. El nivel de vida no era igual para todos. Era así de simple.

Volvamos por un instante sobre tu forma de vivir el duelo por la muerte de tu abuelo a través de la literatura. Mientras escribías ‘Ocupación’, sentías que le estabas prolongando la vida a tu abuelo?

Sí, yo percibía que él estaba cerca, en el sentido de que, al escribir sobre su vida, casi podía tocarle físicamente, como se hace en los funerales, donde todos comparten el recuerdo de alguien que ya no está. Mientras escribía y contaba anécdotas suyas, sentía que estaba recuperando su vida.

‘Ocupación’ está escrita con una prosa muy bella, con momentos espléndidos. La pregunta sale sola: se puede construir belleza desde tanta tristeza y tanta tragedia?

Muchas gracias por tus palabras. Y sí, se puede. Para eso está la cultura, que creo que es una especie de filtro, que convierte la realidad más dolorosa en algo  asequible. No es una forma de quitarle peso al horror, porque se puede narrar lo más complicado y lo más violento de forma que sea apta para el resto de la gente. Al final, los escritores sirven de filtro para transmitir esos sentimientos y hacerlo no me parece una forma de banalización. Todo lo contrario. De hecho, la poesía desarrolla un esfuerzo muy intenso, narrando las mayores atrocidades que ha cometido el ser humano. Al decir esto, pienso en poetas como Anna Ajmatova, cuando contaba el horror del estalinismo y los gulags. Si a la gente solo le proporcionas datos, la alejas.

Hoy no me quiero despedir sin incluir una coda. Son las primeras líneas de ‘Ocupación’. Una toma de temperatura. Una cata: «La última vez que hablé con mi abuelo me dijo: Nací en una guerra y moriré en una guerra. Murió al día siguiente, el 20 de abril de 2022, en la ciudad ucraniana de Tokmak. La ciudad había sido rodeada el 27 de febrero por las tropas rusas. El sitio duró ocho días hasta que la ciudad fue tomada por completo. Durante dos semanas no supe nada de mi abuelo.»

Herme Cerezo/Diario SIGLO XXI.