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derrotado por el calor. Las siete de la tarde es una buena hora para conversar con Margaryta Yakovenko, nacida en Tokmak (Ucrania) y afincada en Madrid. Sin sofocos. Redactora, editora, periodista y ahora también escritora. Acaba de publicar ‘Ocupación’, editada por Seix Barral, su segunda novela, la primera fue ‘Desencajada’ (2020), en la que cuenta la muerte de su abuelo en la misma ciudad donde ella nació y vivió, ocupada desde el año 2022 por el ejército ruso. Con recuerdos, biografía, material familiar y apuntes históricos, mezclados con habilidad, belleza y oficio, Margaryta Yakovenco describe un breve pero complejo mundo, donde se agrupan un ajuste de cuentas, que sabe a desahogo, contra lo que nunca podrá ser reparado. Un golpe sobre la mesa, un no resignarse ante la injusticia. Una ficción para llegar donde no alcanza la memoria. La historia arranca con su bisabuelo, a comienzos del siglo XX, bajo el Imperio ruso; prosigue con su abuelo en la Ucrania soviética; y termina en España, donde la escritora ucraniana se enfrenta a la cruda realidad de un «exilio» no buscado. La grabadora registró las palabras de Margaryta, con calma, pronunciadas con un impecable acento castellano. Sin vestigios eslavos. Lo hizo tras avisarme de su disponibilidad mediante el piloto rojo encendido. Cuarenta grados en Madrid. Treinta y muchos en València. Hablamos.
Margaryta, se nos ha olvidado que, no tan lejos de aquí, en
Europa, hay una guerra en marcha desde hace cuatro años? ‘Ocupación’ es un
toque de atención para los occidentales?
Mi intención no es echarle la bronca a nadie, pero sí que
noto que, más que olvidar, hemos normalizado que hay una guerra en Europa, a
pocos kilómetros de nuestra casa. Al final es comprensible, porque no puedes
mantener la atención continuamente sobre un conflicto que ya dura cuatro años.
Estamos ante una situación muy dura y traumática. Por otro lado, tras la
llegada de los primeros refugiados ucranianos, mantenemos menos contacto con ellos,
porque muchos han regresado. El resto de
los conflictos, que se han ido desatando desde entonces, junto con el hecho de
que ahora Ucrania recibe menos ayuda internacional, sobre todo por parte de
Estados Unidos, también la alejan del foco de la noticia.
Escribes porque en un sueño tu abuelo, Víctor
Konstantínovich, te compró un lápiz y te
dijo que escribieras?
Este libro sí que lo escribí por este motivo, pero creo que
escribo para no olvidar. Para mí la escritura es un ejercicio de memoria, en
este y en todo lo que he escrito antes, y también una forma de explicarme el
mundo que me rodea. Escribo siempre con muchas preguntas en la cabeza y, cuando
termino el libro, no es que haya encontrado respuesta a esas preguntas, pero sí
observo que algunos nudos se han desecho y que, quizá, ciertas cosas se han
solucionado por sí mismas durante el viaje escritor.
Qué es ‘Ocupación’? Una novela, una hibridación, autoficción,
cómo etiquetarías a este artefacto literario de ciento setenta y nueve páginas?
No, no es autoficción. De hecho, la única ficción que empleo
en el libro me sirve para rellenar la parte de mi historia familiar que
desconozco. Si ‘Desencajada’, mi anterior libro, fue cien por cien autoficción,
‘Ocupación’ es un híbrido entre un testimonio de memoria, un ensayo y una
especie de novela de no ficción. Con este libro he tratado de ser muy sincera,
sobre todo con las cosas de mi familia que conozco bien. Las he escrito tal y
como las sabía, sin maquillar los datos. Y lo que tengo claro es que mi
escritura se encuentra lejos de la pureza de géneros.
La guerra ha destruido muchas pruebas y, además, tú no puedes
viajar ahora a Ucrania. Cómo te has alimentado para escribir ‘Ocupación’? Qué
fuentes documentales has utilizado, porque solo con tus recuerdos todo esto no
sale?
Me he valido de mis recuerdos y, sobre todo, de los de mi
padre. De hecho, este libro está basado en lo que él recordaba sobre sus
antepasados, junto con alguna documentación que he logrado encontrar en
Internet, datos sobre Tokmak, mi ciudad, extraídos de la Biblioteca Nacional, partidas
de nacimiento y los libros de familia, que son textos eclesiásticos públicos,
que puede consultar cualquier persona. Esto último fue un descubrimiento muy
importante para mí, porque por fin les ponía nombres a las personas y
comprobaba si habían existido en algún momento de la historia.
Dices en el libro que has esperado que transcurrieran tres
años desde la muerte de tu abuelo para escribirlo. Todo ese tiempo constituye
tu duelo o tu duelo ha sido precisamente escribir ‘Ocupación’? Te ha servido
para cerrarlo o los duelos no se cierran nunca?
Creo que en los duelos no superas el dolor, sino que aceptas
vivir con él. Para mí, escribir el libro ha significado un camino de duelo,
porque yo no pude hacerlo en la forma habitual, que es llorar al muerto,
despedirme de él y asistir a su entierro. Todo eso me fue negado y la escritura
ha sido mi forma de pasar el duelo, el lugar donde he conseguido apoyarme y
crear esa otra realidad, que no pudo suceder en la vida real. Me he despedido
de mi abuelo escribiendo ‘Ocupación’.
En varias ocasiones dejas entrever que las decisiones bélicas
se toman desde Moscú, en despachos bien alejados de tu tierra, y que los mandos
rusos detestan a los ucranianos y se sienten superiores a ellos. De dónde
procede esa inquina?
A mí no me gusta generalizar en el sentido de que sea toda
Rusia la que odia a Ucrania. Me refiero solo a los que mandan. Y eso procede,
claramente, de una sociedad enferma, que lleva más de veinte años con la misma
persona en el gobierno, que, al final, ha logrado someter a una población de
más de cien millones de habitantes a través de la fuerza. Si tu mayor logro
vital es ejercer la violencia sobre tus propios ciudadanos, qué no les harás a
los habitantes de un país que está al lado del tuyo? Durante sus años de
gobierno, Putin ha ido invadiendo y provocando conflictos en distintas partes
del mundo. Ucrania solo ha sido el colofón. Y simplemente estamos viendo lo que
sucede cuando, ante conflictos pequeños o que no considera lo suficientemente
importantes para intervenir de algún modo, la sociedad occidental gira la cara
hacia otro lado. Pero, claro, hablamos de una persona que lo último que va a
hacer en su mandato es esta invasión y, si le sale mal, para él significará un
fiasco y a su muerte su legado será haber iniciado una guerra que fue un fracaso
personal.
Durante el conflicto, los rusos han ocupado tu pueblo y,
ahora, una familia rusa, la familia de un médico, vive en tu casa, con tus
muebles, tus juguetes y tus recuerdos. No sé si son conscientes de que habitan
un pasado, lleno de fantasmas, que no es el suyo.
Supongo que sí, pero no puedo hablar con ellos porque no nos
podemos comunicar, aunque me gustaría hacerlo. Imagino que, desde el momento en
que esas personas tiran a la basura los muebles antiguos y otros enseres de la
casa que no les sirven, es porque, claramente, están haciendo sitio para los
suyos. Se han dado cuenta de que son posesiones de otras personas. Y entiendo
que, levantarte cada mañana y ver ropa y objetos que no te pertenecen, también
debe de ser duro.
Cuentas cómo Liudmila, tu abuela materna, se pone en una cola
sin saber muy bien para qué es. Sólo quiere ver si le cae algo. Las colas, sinónimo
de hambre y necesidad, forman parte indisoluble del paisaje desolado de las
guerras.
En el caso de mis padres y mis abuelos, ellos ya vivieron
estas colas durante la caída del comunismo y después también, porque había
colas prácticamente para todo. En ‘Ocupación’ cuento que en los últimos años de
Gorbachov, una persona iba por la calle, veía una cola y se sumaba a ella. No
sabía qué le podía tocar, pero como les faltaba de todo, tal vez fuera para
algo que necesitaba. Cualquier cosa que consiguiera ya era un bien. Yo
relaciono más las colas con el modo en que los vive cierta clase social, porque
al final los cambios políticos y económicos siempre afectan a los mismos.
También, depende, si eres el país invasor o el invadido. En
Ucrania sí veo que no hay ninguna familia, ningún grupo de amigos, que no haya
perdido a alguien en la guerra. O en el frente o por falta de atención médica.
Sin embargo, si miramos a Rusia, no todos los rusos se han marchado al frente.
De hecho, los que han ido son los que vivían en los pueblos más pobres, gente
que no había visto una lavadora en su vida, porque lo primero que hicieron al
llegar a Ucrania, cosa curiosa, fue robarlas. El ejército ruso está lleno de
gente procedente de zonas rurales, que ha marchado a combatir, a cambio de que
les paguen, y muy bien, y también de presos. De hecho, ahora mismo las cárceles
rusas se encuentran al treinta por ciento de su capacidad total. Hablamos, pues,
de personas que tienen la posibilidad de elegir, pero que llevan una vida tan
miserable que sus opciones son muy reducidas y acaban firmando contratos para
matar. Saben que, si vuelven, podrán vivir mucho mejor que antes.
Rusia ha sido nefasta para tu país, Ucrania, pero un buen día
descubres que tus bisabuelos también habían emigrado y asentado en Tokmak, es
decir, que tú tienes ascendencia rusa. Qué sentiste en aquel momento?
Conocía lo de mi ascendencia, pero ignoraba que mis
bisabuelos habían sido colonos. El cambio mental es ese. Sabía desde siempre
que mi bisabuela era rusa, pero no que habían sido repobladores de Ucrania. Y
lo primero que sentí fue una especie de vergüenza, de culpa, una culpa
ancestral, algo de lo que yo no era responsable. Analizándolo con mayor
detenimiento, me di cuenta de que tampoco había sido culpa suya. Ellos habían
sido las víctimas, los peones de un tablero de ajedrez geopolítico, donde
mandaba una persona con mano de hierro. Y lo duro es que quien envió a mis
bisabuelos a Ucrania acabó, igualmente,
en un gulag. No era un privilegiado, era una pieza más de toda esa maquina del
horror. Así que de esa culpa me desprendí muy pronto. Sin embargo, pienso que
la familia que vive ahora en mi casa, no se puede equiparar a esa forma de
victimización, porque creo que ellos sí que han elegido estar allí. No han sido
trasladados a la fuerza.
Tu familia emigró de Ucrania hace más de veinte años, en
busca de una vida mejor. Sin embargo, nunca pensasteis que no podríais
regresar. Ha sido una situación inesperada.
Creo que aún no lo he aceptado del todo. Sigue siendo un
sentimiento de asombro, que de vez en cuando regresa a mi mente. Continúo
teniendo familia que vive en zona ocupada y, claro, no puedo ir a verlos. Y
tampoco me permito la opción de pensar cómo visitarlos. Me resulta tan doloroso
que lo bloqueo. A pesar de todo, cuando ese pensamiento llega me digo que cómo
es posible que no pueda llegar allí. Nos hemos acostumbrado tanto a que para
viajar a cualquier lugar solo hace falta voluntad, dinero y un buen pasaporte,
que no concibes la idea de que alguien te prohíba pisar la tierra en la que
naciste y llegar a tu casa. Y cuando ese asombro se diluye me queda una rabia
enorme, puro enfado. No soy capaz de sentir tristeza, siento ira.
El protagonista del libro es
tu abuelo. Un hombre listo, agudo, que utilizó todo tipo de argucias,
incluida la mentira de la que hizo un arte, para sacar adelante a su familia. Afirmas
que fue comunista, pero que no le hubiera importado ser liberal. Describes a un
superviviente de todas todas.
Sí, sí lo era. Por supuesto. Mi bisabuelo también lo fue, y
mi padre, que tuvo que emigrar a España y buscarse la vida sin conocer ni una
palabra de castellano, lo es. Y yo también lo soy. Creo que es una cuestión
genética de mi familia.
O sea que algún día regresarás a Ucrania.
[Risas] Probablemente, sí. Solo tengo que dejar que
transcurra el tiempo.
Víctor Konstantínovich tuvo un final horrible, postrado
durante dos meses en la cama, solo con la ayuda de su consuegra. Había
medicinas y asistencia sanitaria para los soldados rusos que mataban ucranianos,
pero no para tu abuelo, que solo contó con el consuelo de un pope ortodoxo. No
hubo forma de auxiliarle?
No, no hubo manera. Mi abuela materna, que es la que permaneció
con él, lo intentó porque ella conocía gente del hospital. Pero, claro, los que
había conocido habían huido en los primeros días de la guerra y los que se
quedaron se pusieron por completo de parte del nuevo gobierno impuesto, porque
no querían perder ni su vida ni su familia. Igual que mataron al alcalde de
Tokmak les podía pasar a ellos. Era cuestión de vida o muerte, de
supervivencia. Desde aquí llegué a hablar con Médicos Sin Fronteras, que
tenían una unidad situada a treinta kilómetros de mi ciudad, pero estaban en
zona no ocupada. Alguien me pasó un contacto en Suiza, pero allí me dijeron que
era totalmente imposible llegar. Y esto lo viví como un fracaso personal,
porque de qué servía tener acceso a toda esta gente, si a la hora de la verdad
no podía ayudar.
Escribes que «lo que se omite no existe». Si no existe, no
duele, por eso tu abuelo no hablaba de
su infancia?
Creo que vivió una infancia bastante dura, una infancia de
posguerra. España, que ha conocido también una posguerra muy dura y larga, sabe
que sus abuelos o bisabuelos omitieron ciertas cosas en sus relatos, porque al
final eran historias de supervivencia, que ellos preferían olvidar también. Hay
una parte de cómo se instaura el silencio sobre los momentos más traumáticos en
los países y sus pobladores, que acaba marcando a las generaciones posteriores.
Y lo hace desde el desconocimiento, que les obliga un poco a repetir la
historia y llegar a los mismos puntos de dolor y horror, y también porque se
produce una especie de alejamiento al observar que son personas inaccesibles,
que no se abren a nadie. Es un silencio de doble sentido. Pienso que la
literatura es lo que nos salva un poco de eso, porque siempre hay gente dispuesta a contar lo que ocurrió. Cuando
otras personas describen cosas que, por ejemplo vivió tu abuela y no te contó,
te acercas a ella porque en ese momento comprendes todo lo que ella vivió. Ese
es el poder de la literatura: aproximarte a realidades que muchas veces se
omiten.
Te apena no haberle preguntado más cosas a tu abuelo antes de
que muriera?
Sí, claro. Sobre todo porque cuando podía, yo no tenía la
edad suficiente para hablar con él de todos estos temas, y también porque, si
no compartes el día a día con él, te vas alejando. Si solo lo ves una vez al
año, al final las conversaciones son mucho más superficiales.
En un viaje a Moscú, Víctor descubrió que allí no pasaban
estrecheces, que los supermercados estaban repletos y había muchas tiendas
abiertas. En la Rusia comunista no se imaginaba que existieran niveles sociales
diferentes.
Yo creo que esto es una especie de leyenda, idealizada por
los partidos comunistas de Occidente que nunca estuvieron en la Unión
Soviética. Quizá sus miembros vivieran los primeros años, los de la revolución,
que fueron de un optimismo absoluto, pero tras el estalinismo, la vida real ya
no era así. No tenían ese optimismo. Había más de seis clases sociales. Y tu
pertenencia a una de ellas dependía de lo que habías estudiado, del trabajo que
habías conseguido, de los contactos que tenías. No se diferenciaba tanto de
otros países. Había cosas garantizadas, como la sanidad y la vivienda, aunque a
lo mejor te correspondía, no una casa, sino una habitación compartida, que te
garantizaba que vivirías bajo techo. Y eso dependía del tipo de trabajo que
ibas a desarrollar. Si eras un obrero, te tocaba compartir, pero si eras un
profesor universitario te daban un buen piso, en función de los hijos que
tenías, con tres habitaciones. En las capitales, en Kiev también, se observaban
esas diferencias, porque allí residían los burócratas y los políticos. Esas
ciudades las mantenían como protegidas, para que esa gente estuviera cómoda y
legislara sin tener conocimiento de cómo vivía la gente normal. Cuando mi
abuelo vio en Moscú que allí la vida era muy distinta, se dio cuenta de todo
eso. Llegó a ver que en las guarderías había unos niños que comían fruta y otros
que no. El nivel de vida no era igual para todos. Era así de simple.
Volvamos por un instante sobre tu forma de vivir el duelo por
la muerte de tu abuelo a través de la literatura. Mientras escribías
‘Ocupación’, sentías que le estabas prolongando la vida a tu abuelo?
Sí, yo percibía que él estaba cerca, en el sentido de que, al
escribir sobre su vida, casi podía tocarle físicamente, como se hace en los
funerales, donde todos comparten el recuerdo de alguien que ya no está.
Mientras escribía y contaba anécdotas suyas, sentía que estaba recuperando su
vida.
‘Ocupación’ está escrita con una prosa muy bella, con
momentos espléndidos. La pregunta sale sola: se puede construir belleza desde tanta
tristeza y tanta tragedia?
Muchas gracias por tus palabras. Y sí, se puede. Para eso
está la cultura, que creo que es una especie de filtro, que convierte la
realidad más dolorosa en algo asequible.
No es una forma de quitarle peso al horror, porque se puede narrar lo más
complicado y lo más violento de forma que sea apta para el resto de la gente.
Al final, los escritores sirven de filtro para transmitir esos sentimientos y
hacerlo no me parece una forma de banalización. Todo lo contrario. De hecho, la
poesía desarrolla un esfuerzo muy intenso, narrando las mayores atrocidades que
ha cometido el ser humano. Al decir esto, pienso en poetas como Anna Ajmatova,
cuando contaba el horror del estalinismo y los gulags. Si a la gente solo le
proporcionas datos, la alejas.
Hoy no me quiero despedir sin incluir una coda. Son las
primeras líneas de ‘Ocupación’. Una toma de temperatura. Una cata: «La última
vez que hablé con mi abuelo me dijo: Nací en una guerra y moriré en una guerra.
Murió al día siguiente, el 20 de abril de 2022, en la ciudad ucraniana de
Tokmak. La ciudad había sido rodeada el 27 de febrero por las tropas rusas. El
sitio duró ocho días hasta que la ciudad fue tomada por completo. Durante dos
semanas no supe nada de mi abuelo.»
Herme Cerezo/Diario SIGLO XXI.

