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José Ignacio, qué significa la
escritura para ti?
Es algo muy repetido ya, no?,
pero creo que es la mejor forma de pensar que tengo. Soy un escritor por
escrito, no soy un escritor oral. Mi pensamiento se articula siempre en el
papel, porque hay gente que habla muy bien y luego les lees y dices joder, ya
podrías escribir tan bien como hablas!
Hay fajitas publicitarias y fajitas publicitarias. Cuando un escritor como Ignacio Martínez de Pisón opina sobre tu novela que es «Una rigurosa y vibrante indagación sobre los límites del heroísmo», qué piensas o qué sientes?
Martínez de Pisón es muy
generoso. Significa mucho porque constituye una referencia total para mí. Hace
poco leí su último libro, ‘Ropa de casa’, y le dije que leyéndole a él entran
unas ganas enormes de escribir, porque todo lo que hace es tan redondo y tan
perfecto. La variedad de registros que tiene, la ambientación, cómo aborda los
temas... Lo tiene todo. Ojalá llegue algún día a escribir como él.
Bueno, he dicho que ‘Los
fabuladores’ es una novela, pero también tiene detalles de autoficción, de
reportaje, de ensayo. Tú cómo la catalogas?
Es una mezcla de todo, un
híbrido. He vampirizado muchos géneros para acabar construyendo una novela, que
es el género que admite a los demás, un género de géneros. La verdad a la que
aspira a convocarte el libro es una verdad literaria, en la que los personajes
han pasado por el filtro de la mirada de un narrador que ofrece, repito, una
verdad de carácter literario, relacionada con la condición humana. Y esa no es
la materia de la que se nutren la crónica, el ensayo o los libros históricos.
Al final, el conocimiento que pueden alcanzar, tanto el escritor como el lector,
es un conocimiento literario, porque la pasta de la que está hecho el libro es
la naturaleza humana.
Cómo te tropiezas con Galvão, Velo y Sotomayor, protagonistas de ‘Los fabuladores’?
Tropecé con ellos casualmente un
domingo por la tarde, leyendo en mi ordenador. Empiezas por la Wikipedia y
sigues y sigues y sigues, y ves que se han hecho las tres de la madrugada y que
deberías irte a dormir. Y al día siguiente vuelves. Pasan los meses y, al
final, acabas en un pueblo remoto de los Andes, llevando en el móvil la foto de
Sacramento, la mujer de Sotomayor, y preguntando a las viejecitas si conocían a
esa señora. Esta es la historia de mi obsesión, la obsesión del narrador. La
bola se había hecho tan grande que no me podía salir y hube de seguir hasta el
final.
Huele a que te lo has pasado
muy bien documentándote.
Creo que la diferencia respecto a
otros libros míos, e imagino que respecto a cualquier otro libro de ficción,
radica en que el disfrute se ha expandido de forma enorme por todos los
rincones de mi vida, porque escribiendo me lo paso bien. Pero lo que yo no
sabía, e igual es algo muy ingenuo, es que una historia puede convivir contigo
veinticuatro horas al día y siete días a la semana de una forma diferente, sin
escribir, entrevistando, viajando, descubriendo cosas en los archivos. Sin
embargo, la felicidad suprema la encuentro en ese momento intermedio que hay
entre saber algo y escribirlo. En ocasiones, mientras entrevistaba y tomaba
notas, mi cabeza desconectaba de la propia conversación para pensar qué cosas
le iban a venir bien a la novela. Luego al terminar, cuando caminaba hacia el hotel
iba pensando en lo que escribiría con todo eso, aunque después no siempre el
resultado valía la pena. Ese momento, cuando intuyes que tienes algo bueno
antes de plasmarlo en el papel, me parece fantástico.
Tres protagonistas bien
distintos: Galvão, un militar y político; Velo, un tipo concienciado socialmente,
que comparte Portugal y la cárcel con él; y Sotomayor, un excombatiente por la
República Española. Cómo coinciden esos tres tipos que, por cierto, eran
escritores?
Creo que confluyeron precisamente
porque los tres escribían. Fueron personajes con una imaginación desbordante,
algo que yo no sabía, aunque podía intuirlo en Velo, que era poeta. Galvão, sí,
escribía, pero de aquella manera. Luego estuve un año o dos sin saber a qué se
dedicaba Sotomayor y, cuando vi sus cuentos, me dije: vaya, otro enfermo como
yo con la escritura! Los tres andaban picados por ese veneno interior y creo
que esa es la chispa que les llevó a unirse, sin ellos saberlo, para ahormar la
realidad a su imaginación en un mundo que no les gustaba.
Mientras lo leía, pensaba que
‘Los fabuladores’ no eran tres sino cuatro y te incluía a ti.
Sí, sí, es así. Yo soy el cuarto.
Secuestrar el Santa María y
derrocar, nada menos, que a Salazar y Franco de una tacada, era la última
oportunidad que les quedaba a las vidas de estos tres hombres?
Sí, eso es fundamental. Fue uno
de los descubrimientos que hice mientras escribía. Eran muy mayores. Galvão
tenía sesenta y seis años, de aquella época, y ya sabía cómo picaba la vida.
Así que imagínate cuánto pesaban esos años para hacer la revolución. Ellos
guardaban dentro una energía muy juvenil, pero sin duda tenían que sentir el
cansancio y saber que su existencia caminaba hacia su última oportunidad. Quizá
durante un tiempo largo dejaron aparcadas las obligaciones de la vida y, de
repente, se encontraron y se dijeron: bueno, cómo voy a decir que no a esto, si
es algo que concuerda con quien yo soy en realidad. Este descubrimiento, ese
querer colmar las aspiraciones de toda su vida, me dio la vuelta a la cabeza
cinco veces. Ellos pensaron que aquel era su destino y que tenían que consumarlo.
Es un momento de heroísmo crepuscular que, además, acaba mal, lógicamente. Como
una película de Sergio Leone.
Visto desde fuera, el
secuestro tiene algo de ópera bufa: planearon hacerlo pertrechados con dos
metralletas, unas porras, tres bombas, cuatro o cinco fusiles, algunas pistolas
reales y otras de juguete. Es como si Galvão, Velo y Sotomayor vivieran dentro
de una ficción, no crees?
Sí, pero al mismo tiempo que te
digo eso, como he estado tanto tiempo secuestrado por su ficción, he de ser
compasivo. Mirarles desde 2026 resulta un poco injusto, porque nosotros somos
más viejos que ellos y sabemos demasiadas cosas del mundo y de su historia. El
eco exitoso de la Revolución Cubana, que entonces les pilló con la utopía
desbocada, creo que es lo que incendia sus cabezas de una manera mayúscula. Una
vez que triunfan, a las revoluciones ya les atribuimos un brillo y una
organización que quizá no tenían. Cuando Fidel Castro, el Che y demás bajaron
de la sierra eran unos alucinados, pero, cuando ya llevaban sesenta y cinco
años en el poder, imagínate… Pero sí, en el fondo es algo muy extravagante.
Durante el secuestro del barco
hay un tiroteo: un muerto y un herido. Los secuestradores optan por bajar al
herido a tierra para que lo atiendan. Y tú aprovechas la coyuntura para establecer
un paralelismo entre su actitud y la del soldado que no mató a Sánchez Mazas en
‘Soldados de Salamina’.
Sí, es el heroísmo en el no
hacer. De repente, unos tipos de acción, que están dispuestos a cualquier cosa
por llevar adelante su idea, se quedan quietos, paran el asunto y, sin ninguna
reflexión, puede ser que eso les convierta en más héroes que si hubieran llegado
hasta sus últimas consecuencias. Como material literario, eso es fascinante. Por
otro lado, nosotros nos parecemos más a los que no hacen nada que a los que
hacen y sentimos una empatía mayor con el no hacer que con el hacer. Por eso es
fantástico el personaje de Cercas, aunque me parece que es algo que se repite
bastante a lo largo del tiempo. Creo que el personaje que no hace algo merece
un lugar en la literatura, claramente en la novela, más que los que hacen
cosas, que ya están en la Historia.
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Para solucionar el conflicto desatado por el secuestro, intervinieron Inglaterra, Estados Unidos, Portugal, España, Brasil y no sé si Francia también. De verdad tantos países estaban preocupados por este asunto? Tenían miedo Franco y Salazar del desenlace final?
Franco y Salazar habitaban
también otra ficción, la suya, la de sus estados totalitarios donde no ocurría
nada. En 1961, además, pasaban muy pocas cosas. Realmente, Franco vivía un
relato tranquilo y, de golpe, se encontró con algo muy grande que le puso
nervioso, porque él era un dictador que dirigía la gloria de la patria española.
El hecho de que, de repente, en su historia apareciera un contrarrelato tan
potente, quizá le llevó a pensar que estos tipos no iban a llegar a ninguna
parte, pero simplemente contradecir su tranquilidad ya suponía un peligro
gigantesco.
Franco, impasible el ademán,
modificó poco su criterio. Para él, los maquis eran bandoleros y los asaltantes
del Santa María, piratas. Nunca fueron combatientes políticos.
La gestión del franquismo fue muy
inteligente. El Santa María izaba bandera portuguesa y en Portugal no había
pena de muerte. Esa circunstancia casual fue aprovechada por el dictador para
generar su propio relato. Estoy seguro de que en el consejo de ministros el
secuestro fue un asunto muy importante, porque estaban acostumbrados a dominar
cualquier cuestión relacionada con la vida de sus súbditos. Además, el hecho,
que contó con la simpatía de toda la prensa internacional, se produjo fuera de
sus fronteras y, en consecuencia, Franco no podía actuar. No eran unos maquis
contra los que pudiera movilizar a la Guardia Civil o al ejército. Intentaron
alguna cosa en el Tribunal de La Haya, pero poco más.
Finalmente, se alcanzó un
acuerdo y un barco norteamericano envió a sus jefes a hablar con Galvão, Velo y
Sotomayor. Se interpretaron los himnos de EE. UU., el gallego y el de Riego. Y
los asaltantes presentaron armas. Menudas armas! Esta escena no da para una
película de Berlanga y Azcona?
[Risas]. Tengo el recuerdo de que
en algún borrador esa escena la hice más berlanguiana aún. Creo que me
chirriaba y entonces le bajé el tono. Y, si tú lo has comentado, es porque, de
alguna manera, este enfoque sigue estando presente. Además, si ves las
fotografías de ese instante, puedes observar que los uniformes que llevaban
tampoco les sentaban muy a la medida. Por ejemplo, a Galvão los galones le
caían un poco, de medio lado.
En la segunda parte, titulada ‘Lo
que existe’, te entrevistas con Camilo Mortágua, el hijo de Velo. Ahí dibujas
la radiografía de los últimos años de los revolucionarios. En un momento dado
de la conversación, Camilo te dice que «los escritores hacéis muchas trampas». Las
has hecho tu también en este libro?
Claro que las he hecho. Escribir
es mentir, pero el ánimo es hacer lo contrario: decir toda la verdad y nada más
que la verdad. Lo único que pasa es que la verdad es literaria y lo que tienes
que hacer es mentir. Y por qué? Porque las cosas simplemente ocurren y no para
que tú las traduzcas en palabras. Desde el momento en que las traduces estás
mintiendo. Entonces, lo que dice Camilo es obvio. Si tú y yo describimos lo que
pasa en la mesa de aquí al lado, lo vamos a contar de manera diferente cada
uno. Y a los que allí están sentados les importa un pito lo que tú y yo
contemos. Con relación a la segunda parte, mi idea inicial era narrar las cosas
como fueron, sabiendo que hay que mentir siempre. Pero para eso necesitaba un
narrador frío, que no se implicase demasiado, que explicase las cosas tal y
como fueron. Ahora bien, cuando me di cuenta de que el material que manejaba
era humano, no histórico, pensé que para meterles cuchillo a esos tipos necesitaba
un narrador más implicado, que entrase a fondo, directo a la víscera. Ya no me
valía el narrador cronista. Y en ese momento opté por reventar el texto y
utilizar un narrador de novela, que me permitiera manipular el material del que
disponía.
También en esta segunda parte decides mostrar al lector
la cara B de los personajes. Esa decisión la tenías clara desde el
principio o llegas a ella como
consecuencia de la propia
inercia narrativa de la novela?
Creo que intuía algo, que esa
percepción ya la tenía, pero me di cuenta durante la escritura de la
importancia que adquiría en la novela. Por otro lado, siempre he pensado que el
final de las cosas, y también el de las vidas, es muy importante. El momento en
que terminas el relato es como si cerraras un círculo, que da sentido a todo lo
anterior. Por ejemplo, y sin desvelar nada, si Sotomayor no acabara derrotado,
en la miseria y en la pobreza, pagando ese precio en su final, todo lo anterior
no sonaría igual. Así, si un lector le dijera que fue tal cosa o tal otra, él
podría responderle: sí, y pagué el precio. Y cuando alguien paga un precio con
su propio destino, puede mirar a la cara a cualquiera.
Dices al principio que los
muertos no hablan, que disfrutan del silencio propio de su condición, pero a
los escritores, a menudo, os gusta quebrar ese silencio y hacerles hablar, no?
Sí, creo que hay que dar a los
personajes sus mejores razones y a los muertos también. Es fundamental.
Martínez de Pisón tiene una novela titulada ‘Enterrar a los muertos’ y yo no sé
si ha sido él quien ha dicho que escribir es precisamente enterrar a los
muertos.
Mientras leía ‘Los
fabuladores’ también me he acordado de otra novela de Cercas, ‘El impostor’. Es
como si tu libro remitiera a otros.
Mira, eso tiene que ver con lo
que estábamos hablando. Por qué Marco miente? Por vanidad. La mirada hacia
Marco, verdad que no es igual que la que tenemos hacia Sotomayor?
No, no es la misma.
Y cuál es el motivo? Creo que es
porque Sotomayor está dispuesto a cumplir su destino, mientras que el motor de
la vida de Marco es la vanidad y quizá algo más. Marco busca defraudar,
mientras que Sotomayor busca su destino. Y, como hemos dicho antes, paga el
precio.
La última por hoy es una mera curiosidad:
has escrito el prólogo al final, cuando ya tenías acabado el libro?
Sí, aunque no íntegramente. Y lo
hice así porque la editora me dijo que estaría bien que el narrador que acaba
siendo el más importante, el de la segunda parte, también apareciera al principio y que, de
alguna manera, se presentara desde el primer momento. Y pienso que fue un
acierto de ella. En algún borrador previo, la novela comenzaba con Galvão
encabezando un desfile militar. Un desfile que, como gran parte de la novela,
es mentira.
Herme Cerezo/Diario SIGLO XXI.
