Fue mi amigo Rafa Valero el que a los once o doce años me mostró el primer álbum de Tintin
que leí, ‘El
cangrejo de las pinzas de oro’. Un tiempo después fue otro amigo, Guillermo
Camps, quien me hizo leer ‘Astérix legionario’, presentándome al pequeño héroe
del bigote amarillo, siempre acompañado por su inseparable Obélix, junto con
los demás locos de la aldea gala (nunca tuve claro del todo si los locos eran
los romanos o los propios galos). Eran las dos series de moda en mi infancia y
juventud, acompañados, claro está, por Mortadelo y Filemón. Esto de Astérix,
más o menos, vino a coincidir con el tiempo en que estudiábamos el
bachillerato, últimos años sesenta y primeros de los setenta. Por un lado,
estaban los alumnos de ciencias, los de la física, la química y las
matemáticas, y, por otro, los de letras, los del latín y el griego, que éramos
nosotros, los «letreros», una especie ahora en riesgo de extinción. En un
colegio religioso como el nuestro estaba mejor visto ser «letrero» que aprendiz
de científico, químico o matemático. Si, además, te gustaba el básquet, miel
sobre hojuelas. O eso me parecía a mí.
Blog de literatura, entrevistas, libros, cómics, balonmano, recuerdos y otras cosas.
«Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban y, como si de grillos se tratara, intentó ubicar a cada hombre dentro de los límites del olivar» (Jesús Carrasco, Intemperie)
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sábado, 8 de noviembre de 2025
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