«Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban y, como si de grillos se tratara, intentó ubicar a cada hombre dentro de los límites del olivar» (Jesús Carrasco, Intemperie)
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sábado, 5 de julio de 2014

Eduardo Lago entrevista a Donna Tartt.

Si alguien está interesado en conocer un poco más a Donna Tartt, la autora de 'El jilguero', puede clicar aquí y leer la entrevista, interesante aunque breve, que Eduardo Lago le realizó a la escritora norteamericano con motivo de la publicación de su nueva novela.

‘El jilguero’ de Donna Tartt. Escritura y lectura de largo aliento.

‘El jilguero’ de Donna Tartt (Greenwood, Mississippi, 1963), novela escrita en primera persona, se anuncia como el primer clásico del siglo XXI. Lo afirma en la contraportada del libro Michiko Kakutani, crítico de The New York Times. Y algo de eso tiene o, al menos, en modelos clásicos (Dostoievksy, Dickens, Stevenson) se fundamenta. El protagonista, Theodore Decker, por un problema en el colegio, acude con su madre a ver una exposición en el MET de Nueva York. Y en esa visita cambiará su vida. Un atentado terrorista – ficticio, afortunadamente – ocasionará varios muertos y convertirá parte de sus instalaciones y obras de arte en un puñado de escombros. Theo saldrá indemne, pero su madre no. En su desesperación y buscando la salida, el muchacho tropezará con el moribundo Welton Blackwell quien le entregará un anillo y un cuadro, ‘El jilguero’, obra del holandés Carel Fabritius, un pintor que curiosamente falleció en 1654 como consecuencia de la explosión de un almacén de pólvora. Theo se llevará ambos objetos a su casa y tratará, casi involuntariamente, de rehacer su vida. Pero no resultará sencillo. En su camino se cruzarán los servicios sociales estadounidenses, una familia de acogida, los Barbour, y la reaparición de su padre, sujeto alcohólico y jugador al que no veía desde que abandonó el hogar familiar, acompañado de Xandra, su nueva pareja. Con ellos viajará a Las Vegas y comenzará una nueva existencia en un territorio que, sin resultarle hostil, sí se le antoja extraño y, por supuesto, muy diferente al paisaje neoyorquino. Siempre acompañado por ‘El jilguero’, que poco a poco se convertirá en un lastre, un peso en la conciencia por el temor a ser reclamado por la justicia en cualquier momento. Entonces llegará Boris, otro “exiliado” en Las Vegas como Theo.