«Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban y, como si de grillos se tratara, intentó ubicar a cada hombre dentro de los límites del olivar» (Jesús Carrasco, Intemperie)
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lunes, 11 de febrero de 2019

Fernando J. Múñez: «Me apetecía escribir un fresco del siglo XVIII, pero contado desde el punto de vista de las mujeres»


Nº 560.- Discurre la primera semana de febrero, pero ya hace días que el invierno parece haberse despedido de València. Aunque el aire es fresco, los rayos del sol calientan como si la primavera, sin avisar, hubiera anticipado su presencia en estas latitudes. La luz brilla con la fuerza de mayo o incluso de julio o agosto. Fue pasado el mediodía cuando Fernando J. Múñez (Madrid, 1972), con suéter blanco, luminoso, y tejanos, acudió a la cita del Hotel Meliá Centro. Acaba de publicar ‘La cocinera de Castamar’, editada por Planeta, su primera incursión en el territorio de la ficción histórica, un debut voluminoso con más de mil páginas, que Múñez, no sin dolor, se vio obligado a reducir hasta dejarlo en sus actuales ochocientas. En total fueron casi cuatro años de intenso trabajo. ‘La cocinera de Castamar’ arranca en 1720, con la Guerra de Sucesión recién terminada. La corte de Madrid es un hervidero de intrigas, trampas y peligros, la protagonista, Clara Belmonte, hija de un médico ilustrado muerto en la guerra, se ve obligada a buscar una salida a la pobreza en la que se vio inmersa tras la muerte de su padre. Clara, que padece agorafobia, es una mujer educada, joven y culta, que posee el don de convertir cualquier alimento en un manjar exquisito… Y hasta aquí el anticipo argumental. Un agua mineral y una tónica, con mucho hielo, nos acompañaron durante nuestro encuentro. El resto son palabras.
Fernando, ¿qué es para ti escribir?
Buuufff, escribir para mí tiene mucho que ver con lo lúdico. No podría hacerlo si no me divirtiera y por eso soy escritor de brújula, ya que necesito descubrir la historia mientras la escribo. Primero creo los personajes y luego les dejo que me lleven por donde ellos quieran. La escritura para mí también es una necesidad fundamental como comer, beber, respirar o caminar. Si no tuviera manos ni ojos creo que también escribiría.
Y ¿cómo se le queda el cuerpo a uno después de publicar un volumen de casi ochocientas páginas escritas?
En principio tenía más [risa leve]… El problema de los escritores de brújula es que dejamos hablar a nuestros personajes y a veces puede que hablen demasiado [otra risa leve]. Quería que tuvieran su propia voz, pero esta novela creció mucho y se salió de las habituales normas de extensión. El primer borrador tenía mil y pico páginas, necesité pulirlo y suprimir muchas cosas para dejarlo como ha quedado ahora. En una obra de estas dimensiones hay que llevar mucho cuidado para que todo encaje y funcione bien.
Tres autores, Santiago Posteguillo, Ken Follet y Alejandro Dumas, ¿podrías decirme a cuál de todos ellos se asemeja más tu novela?
Es difícil de precisar. Creo que mi novela tiene algo de Ken Follet, por aquello del perspectivismo, y no tanto de Posteguillo, porque sus novelas son más históricas que la mía. Si valoramos sobre todo el aspecto de la peripecia y de la aventura, creo que me parezco más a Dumas.
Procedes del sector audiovisual, ¿significa eso que has planteado la novela como una producción cinematográfica?
Quiero matizar que sobre todo soy escritor. Mucho antes de descubrir apasionadamente la lectura, ya me dedicaba a la escritura. A los catorce años comencé mi primera novela, que escribía en clase mientras el profesor de Física, erróneamente, creía que yo tomaba apuntes. Más tarde, como mi padre tenía una productora de cine publicitario, aprendí el lenguaje cinematográfico y a construir guiones, una forma muy fácil de contar historias, porque requieren un proceso menor de documentación que una novela. En el fondo, el guión no deja de ser un instrumento que permite hacer algo más, la piedra angular sobre la que se asienta una obra.