En el diario El País de ayer domingo, 30 de agosto, se publicaron dos artículos especialmente interesantes a mi entender. El primero del castellonense Manuel Vicent, lleva por título 'El arte de convertirse en una boya' y segundo del getafense Lorenzo Silva se titula 'El último verano de Franco'. Los dos son de enorme interés.
Blog de literatura, entrevistas, libros, cómics, balonmano, recuerdos y otras cosas.
«Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban y, como si de grillos se tratara, intentó ubicar a cada hombre dentro de los límites del olivar» (Jesús Carrasco, Intemperie)
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lunes, 31 de agosto de 2015
miércoles, 29 de abril de 2015
Las entrevistas de la Fira del Libre 2015 (I): Manuel Vicent, escritor: “La literatura consiste en transformar la realidad en algo verosímil”
En 1994 un renombrado artista recibe el
encargo de pintar un retrato de la familia real. El cuadro, con las figuras
abocetadas, permanece tapado durante veinte años en una sala de palacio. ¿Qué
aparecerá en él cuando finalmente se levanten las sábanas que lo cubren? Superados
los terrores del segundo milenio, el retrato de la familia real muestra cómo la
realidad ha llenado de sombras aquellos sueños que parecía que no iban a
corromperse nunca, al tiempo que pasa revista a todo lo sucedido en los últimos
veinte años. Bajo estas premisas, Manuel Vicent acaba de publicar ‘Desfile de
ciervos’, editada por Alfaguara, que a decir de los entendidos forma parte de
una trilogía junto con ‘Aguirre el magnífico’ y ‘El azar de la mujer rubia’. “La verdad es que no la concebí como una
trilogía. Si en Aguirre para describir un tiempo me apoyé en el duque de Alba,
como personaje que aglutinaba gente relevante en torno suyo, y en el siguiente
libro hablaba de Adolfo Suárez, en ‘Desfile de ciervos’ me sirvo del retrato de
la familia real para describir todo lo que está ocurriendo fuera del lienzo. El
cuadro, al final, se ha convertido en una metáfora de lo que pasa en nuestro
país”, afirma el escritor. Todo lo que sucede en la realidad constituye un material de
escritura de un tremendo valor literario. “No
creo que ningún escritor pueda imaginar nada superior a todo lo que se cuenta
cada día en el telediario. Si todo lo que has visto y vivido lo transformas en
material literario, con las palabras precisas, estás realizando la literatura
que hay que hacer hoy”. Naturalmente la gracia del escritor consiste en
trabajar ese material y convertirlo en algo posible, verosímil, creíble. “La literatura consiste en transformar la
realidad en algo verosímil. La carga literaria es mucho más profunda cuando es
más verosímil que verdadera. La verosimilitud es una figura literaria que
permite al lector tomar parte en la acción, acceder al libro y participar con
su imaginación”.domingo, 28 de diciembre de 2014
Manuel Vicent y su columna en el diario El País.
Tengo un colega que afirma que de Manuel Vicent, por la gran calidad de sus textos, hay quien afirma - probablemente algún escritor envidiosillo - que escribe "dolorosamente" bien. Bueno, pues, para aumentar la envidia del personal de letras, pluma y papel afectado, nada mejor que leer su columna publicada hoy en el diario 'El País'. Los no afectados, o sea, los no envidiosillos, pueden deleitarse con el texto en cuestión.
Cocoteros
MANUEL VICENT 28 DIC 2014
A estas alturas de la vida cada año que pasa me parece un cocotero. Es una de las imágenes que guardo de aquellas lecturas de hamaca en los veranos de la adolescencia. Recuerdo haber leído que en una isla del sur poblada por unas tribus muy primitivas en cada solsticio de invierno se celebraba una fiesta muy singular para conmemorar el nacimiento de la luz. Al son de los tambores sincopados los jóvenes elegían a los más viejos de la aldea y de grado o a la fuerza los encaramaban en lo alto de los cocoteros y los dejaban allá arriba con la advertencia de que se agarraran bien a las palmas reales. Era su última oportunidad de merecer aún la vida. Entre cánticos rituales al ritmo de los tambores la ceremonia consistía en que los jóvenes comenzaban a agitar los troncos con ímpetu descomunal propio de la edad. Como cocos de agua ya demasiado maduros algunos viejos caían al suelo y la tribu los daba por muertos. De hecho, si no morían por el golpe, los ultimaba con la máxima dulzura mediante pócimas con otra ceremonia de benevolencia para que dejaran paso a la vida que venía detrás; pero había algunos viejos que conseguían superar la prueba agarrándose muy fuerte a sí mismos y entonces bajaban del cocotero en medio de aplausos y lograban vivir hasta la próxima prueba del solsticio siendo muy respetados. No hay viejo que no pueda vivir un año más ni joven que no pueda morir al día siguiente. Basta con que le caiga un coco en la cabeza mientras está en bermudas y gafas de espejo, por ejemplo, en Punta Cana, tomándose un cóctel floral, como a Pitágoras lo mató una calabaza que soltó un águila desde el cielo. Para vivir la primera condición es amar la vida y, seas joven o viejo, tener como principal proyecto no morirte. Pero a una edad conviene agarrarse bien al cocotero, que se levanta ante el futuro cada año nuevo.
lunes, 22 de agosto de 2011
Manuel Vicent en EL PAÍS
El escritor castellonense Manuel Vicent viene escribiendo una serie de artículos en la última página de la edición de los domingos de este caluroso verano en el periódico EL PAÍS. Estos escritos están impregnados del buen saber y del buen hacer de Vicent, es decir, repletos de una de las prosas castellanas más elegantes que se pueden leer actualmente. Los títulos de estos artículos son Cuando la libertad era un campo de minas, Cuando el socialismo se hizo marbellero y Llega la derecha sin complejos.Buen provecho y buena lectura, mis improbable.
Herme Cerezo
domingo, 13 de febrero de 2011
Manuel Vicent, escritor: “Jesús Aguirre era una representación de sí mismo, una liturgia”
Herme Cerezo/SIGLO XXI, 14/02/2011
El escritor Manuel Vicent (Villavieja, 1936) cuenta que comenzó a escribir tras acabar la carrera de Derecho. “Entre no hacer nada o preparar oposiciones, sin mayor explicación, me encontré con una pluma y un cuaderno en la mano y me puse a escribir”. No hubo otros motivos, ni justificaciones, ni apariciones celestiales. La cosa sucedió así y hoy, Vicent arrastra en su valija literaria más de cuarenta títulos publicados. De entre todos ellos, guarda un especial recuerdo para su novela ‘Contra paraíso’, porque es su texto “más sincero, en el que hablo de las primeras sensaciones, de los paisajes, de los dolores, de los sentimientos... Fue un libro que trataba de tocar materia sensible”. Ahora, en 2011, el escritor castellonense se descuelga con la publicación de una obra “casi de encargo”: ‘Aguirre, el Magnifico’ (Alfaguara), una especie de biografía – escribo especie porque ni es una biografía al uso, ni tampoco ficción pura – de Jesús Aguirre, el XVIII duque de Alba, fallecido en el año 2001, un personaje que, para quienes no le conocieron en su momento, resulta mucho más atractivo y complejo de lo que a simple vista parece. Con Manuel Vicent, poco antes de que presentara su libro en sociedad y sentados en los sillones de La Casa del Libro de Valencia, pudimos dialogar durante unos minutos. Este fue el resultado de nuestra conversación.
domingo, 6 de febrero de 2011
‘Aguirre, el magnífico’ de Manuel Vicent: Encargo cumplido con sobresaliente.
Herme Cerezo/SIGLOXXI, 07/02/2011
La verdad es que nunca me hubiera imaginado capaz de acercarme a la figura de Jesús Aguirre y Ortiz de Zárate (Madrid, 1934-2001), XVIII duque de Alba, un sujeto al que veía aparecer con asiduidad y atuendos impecables en la revista ¡Hola!, que había por mi casa y que era devorada, en épocas distintas, por mi esposa y por mi madre. Por puro prejuicio, supongo, rechazaba interesarme por casi ninguno de los protagonistas de aquella especie de catálogo de seres humanos de lujo o, al menos, presentados como tales.
Sin embargo, cuando supe que Manuel Vicent (Villavieja, Castellón, 1936) acababa de publicar en Alfaguara un libro titulado ‘Aguirre, el magnífico’ se me encendió una lucecita, tal vez una alarma, tal vez una recriminación, tal vez un aviso, de que allí iba a encontrar cosas interesantes e insospechadas de un ser humano de aquel catálogo de lujo. Algo tiene el agua cuando la bendicen, pensé, y, con innegable apresuramiento, me afané en leer estas poco más de doscientas cincuenta páginas dedicadas a Jesús Aguirre, XVIII duque de Alba, como ya escribí antes.
La verdad es que nunca me hubiera imaginado capaz de acercarme a la figura de Jesús Aguirre y Ortiz de Zárate (Madrid, 1934-2001), XVIII duque de Alba, un sujeto al que veía aparecer con asiduidad y atuendos impecables en la revista ¡Hola!, que había por mi casa y que era devorada, en épocas distintas, por mi esposa y por mi madre. Por puro prejuicio, supongo, rechazaba interesarme por casi ninguno de los protagonistas de aquella especie de catálogo de seres humanos de lujo o, al menos, presentados como tales.
Sin embargo, cuando supe que Manuel Vicent (Villavieja, Castellón, 1936) acababa de publicar en Alfaguara un libro titulado ‘Aguirre, el magnífico’ se me encendió una lucecita, tal vez una alarma, tal vez una recriminación, tal vez un aviso, de que allí iba a encontrar cosas interesantes e insospechadas de un ser humano de aquel catálogo de lujo. Algo tiene el agua cuando la bendicen, pensé, y, con innegable apresuramiento, me afané en leer estas poco más de doscientas cincuenta páginas dedicadas a Jesús Aguirre, XVIII duque de Alba, como ya escribí antes.
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