«Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban y, como si de grillos se tratara, intentó ubicar a cada hombre dentro de los límites del olivar» (Jesús Carrasco, Intemperie)

jueves, 6 de agosto de 2009

Premio Planeta 2007: Juan José Millás y Boris Izaguirre cruzan el Rubicón



Herme Cerezo. Publicado en SIGLO XXI, el 21 de noviembre de 2007
En un país en el que se publican casi setenta mil libros al año, la edición de dos de ellos no debería ni siquiera ser noticia. Pero en este caso no es así, porque hablamos de las dos novelas más esperadas, año tras año desde 1952, en la República de las Letras: los Premios Planeta. Y el día 19 de noviembre, Tiresias, o sea Juan José Millás, es decir, No-Tiresias, y Julia Brideshead Ponti, o sea Boris Izaguirre, es decir, No-Julia Brideshead Ponti, presentaron en Valencia 'El Mundo' y 'Villa Diamante', ganador y finalista, respectivamente, de la edición de 2007.

Después de soportar estoicamente, piernas cruzadas, chaleco formal, chaquetas abiertas y camisas sin corbata, el flasheo, ¡clip, clap, clip, clap!, y el parloteo "mira aquí, Boris, mira aquí, Juanjo" de los fotógrafos, ambos escritores se sentaron a la mesa, rodeados por periodistas, informadores y reporteros del tema cultural, dispuestos a comentar sus obras.
Boris Izaguirre y Juan José Millàs en Valencia.'

EL MUNDO' Y 'VILLA DIAMANTE'

Fue Boris, el reparto de papeles parecía claro entre ambos escritores, quien habló primero para explicar que, en su opinión, 'Villa Diamante', era su mejor novela, una ficción donde Ana Elisa, una mujer poco agraciada físicamente, vive una vida salpicada de sobresaltos: "Traté de que fuera una novela larga, una novela-río, que atrapara y no te dejara nunca, que la protagonista atravesara por un montón de situaciones", dijo antes de añadir que se sentía "enormemente satisfecho por haber obtenido el premio".


Por su parte, Juan José Millás explicó que 'El mundo' era una novela autobiográfica "o una biografía novelada, que yo no sé nunca donde cargar el acento, porque está escrita con idéntica voluntad de biografía y de novela". Su personaje principal es el propio Millás y comienza justamente en Valencia, ciudad de la que "fui arrancado a los seis años y a la que no volví hasta casi los treinta". Esta situación produjo una herida que seccionó su vida porque "tengo claros qué recuerdos corresponden a mis seis años y cuáles a después. En la infancia, los recuerdos se confunden, pero en mi caso la división estaba clara porque aquel viaje los seccionaba en dos". Aquel cambio de residencia fue traumático para Millás porque "yo salí de una ciudad donde tenía felicidad, sol, playa, mar y luz para de repente, caer en un suburbio de Madrid, que era una ciudad opaca, gris, y dónde conocí el frío, una experiencia completamente nueva para mí". Desde aquel momento el escritor valenciano, entonces niño, intentaría escapar de aquella calle de espacios cerrados. Y el libro es la historia de esa fuga y de "la sorpresa que me produjo ver que aquella calle de la que escapé, estaba en todas partes, en todo el mundo, y cuando salía a callejear me encontraba siempre con ella. De ahí la metáfora que da título al libro".

LA GIRA DE DOS MARCIANOS

Ambos autores se manifestaron muy satisfechos de la gira de promoción. "Somos los primeros escritores que no se quejan del éxito porque lo estamos pasando muy bien. Los periodistas no nos parecen unos pesados", dijo Millás, mientras Boris apuntaba que "los domingos se están convirtiendo en días especiales porque en ellos comienzan nuestras giras semanales". La convivencia, además, estaba resultando fácil y fluida: "Primero nos agobiamos en buscar qué cosas teníamos en común, pero con el transcurso de los días hemos descubierto que lo bueno no es lo que nos une sino lo que nos separa, lo que nos hace distintos, porque ya sabéis que el Planeta lleva consigo el convertirse en el siamés de otra persona durante el tiempo que dura la promoción. Imaginad a un siamés pegado a otro siamés idéntico, sería muy aburrido. Nosotros somos siameses asimétricos, que es mucho más inquietante que dos gemelos iguales. Somos asimétricos, distintos, porque procedemos de culturas diferentes, de países diferentes, de mundos diferentes, de edades diferentes y de caracteres diferentes", aclaró Millás, quien siguiendo con este tono distendido manifestó que "yo soy una persona cargada de prejuicios, algo que sin duda tiene mucho que ver con mi educación, con mi formación emocional. Boris sin embargo carece de ellos. Y estas cosas nos han ido convirtiendo en dos marcianos y hemos fascinado con el espectáculo que el uno le ofrece al otro". Boris añadió que "estas diferencias les estaban enriqueciendo muchísimo" y desveló que habían establecido un pacto: "no vamos a leer el libro del otro hasta que acabe todo, aunque más o menos nos vamos colando algunas cosas, más que nada por la curiosidad propia de romper ese pacto".

Volviendo sobre su novela, Millás dijo que "en 'El mundo' no hay ninguna intención de pintar un retrato sociológico de época, aunque como efecto secundario, colateral, sí se cuentan cosas y, como todo el mundo sabe, los efectos colaterales son más eficaces que cuando se busca directamente el objetivo. La novela de Boris arranca de un conflicto, el de dos personas que pierden la condición social y económica que poseían, y en la mía ocurre lo mismo. Es algo curioso que nos ha hecho reflexionar mucho sobre la función de la literatura, sobre cómo se escribe siempre desde el conflicto, porque es imposible escribir fuera de él: algo se rompió y algo se intenta arreglar utilizando la literatura como herramienta". Boris explicó que "la novela de Juanjo es sobre un niño y la primera parte de la mía habla de dos niñas de familia bien, dos hermanas muy unidas que se convierten en su propio universo".

Sobre el proceso creativo de ambos escritores, Millás contó que él escribe de madrugada, desde las cinco hasta las ocho u ocho y media de la mañana, siempre en ayunas, "porque todo lo que se hace después del desayuno, todo el mundo lo sabe, está contaminado. Hasta Jesucristo, antes de comenzar su misión, anduvo ayunando cuarenta días. Yo no estoy tanto tiempo, pero sí procuro escribir en ayunas". Izaguirre dijo que siempre había escrito "al mismo tiempo que trabajaba para otro medio. Nunca he podido dedicarme sólo a escribir y he aprendido a convivir con ello. Escribo de ocho y media a once y nunca lo hago de noche, siempre con luz. Lo que se crea de noche, la mañana lo descrea". "Cuando estoy escribiendo como periodista para mí también es muy importante. No entiendo el periodismo como una actividad mercenaria, siento un gran respeto por ella, la considero fundamental para enriquecer mi faceta literaria", afirmó Millás. Boris, por su parte, dijo que "yo aprendí un oficio, el de escribir novelas, que luego me ha servido de mucho, para entender ciertos elementos de los argumentos, indispensables para construir las historias y especialmente los diálogos. Además pasar de un trabajo a otro no me cuesta nada, cambio muy rápido el chip".

EL CAJÓN DE LOS ESCRITORES

Millás apuntó también que siempre hay "elementos autobiográficos en todo lo que escribimos, porque uno escribe desde su propia experiencia. Lo que ocurre en 'El mundo' es que en esta novela el personaje se llama Juan José Millás y está escrita por Juan José Millas. El Millás real construye un niño fantástico que era como él y ambos interactúan, uno sobre el otro, a lo largo de la escritura y los dos se van construyendo mutuamente como individuos: el niño irreal sobre el escritor real y el escritor real sobre el niño irreal. Evidentemente he reescrito mi infancia". Y prosiguió: "Una de las operaciones más complejas que hacemos los seres humanos es la construcción del yo, de nuestra subjetividad. Somos una página en blanco y, a través de un proceso complicado, llegamos a ser Boris Izaguirre o Juan José Millás, bueno, en realidad, no llegamos a serlo nunca porque esa construcción siempre está en marcha hasta que comienza la caída y dejamos de ser quienes somos, sin que sepamos exactamente cuándo dejamos de ser nosotros. A veces, en esa construcción del yo, conviene revisar las infraestructuras, sobre todo cuando uno ve que algo no funciona o no le gusta. 'El mundo', en cierto modo, es un regreso a los cimientos para ver qué ocurría ahí".

Millás, que monopolizó la última parte de la rueda de prensa, habló a continuación sobre el pudor de presentar 'El mundo' al premio, puesto que se trataba de una novela que trataba sobre sí mismo. "Sentía un pudor relativo cuando lo terminé. Pensé que era un libro con una exposición personal grande y eso me hizo guardarlo en un cajón — ¿qué tendrá ese famoso cajón que todo escritor de prestigio tiene?, pregunta quien esto suscribe — durante año y medio. Luego volví a leerlo con la distancia del tiempo transcurrido, como si fuera de otro. Y entonces me gustó, porque presentaba unas bondades superiores al pudor que me pudiera inspirar. Del pudor me curé con mi primera novela, cuando al tenerla impresa entre mis manos, mi máximo deseo, comprendí que iba a leerlo gente muy cercana: mis padres, mis tíos, mis hermanos. Aquello me produjo tal ataque de pánico que si hubiera podido hacer marcha atrás lo hubiera hecho, a pesar de que lo que más desea todo escritor es ver su obra editada. Luego se publicó, no ocurrió nada y me curé completamente del pudor".

Boris comentó que a pesar de coincidir ambos en el programa 'La Ventana' de la cadena SER, ninguno le comentó nada al otro, "y es curioso porque de mí se puede esperar todo y tal vez yo hubiera tenido que comentárselo a Gemma, pero me callé desde el primer momento. Ni mi propio marido lo sabía. Un amigo me prestó una casa en Uruguay y allí me refugié porque quería estar solo en el invierno austral, pasando un frío impresionante, mientras en Europa era verano. Me enteré de que Juanjo era un firme candidato al Planeta la misma noche del domingo". Por su parte, Juan José Millás dijo que "llevé el asunto con la máxima discreción. Quería protegerme de la posibilidad de no ganar el concurso, aunque una vez leída resultaba difícil no saber que la novela era mía. La víspera por la noche hubo una filtración, supongo que proveniente del jurado, y se descubrió mi nombre. Hasta entonces nadie había dicho nada y el jurado me había protegido, fue una solidaridad entre escritores. Utilizar un seudónimo tenía todo el sentido del mundo porque unos días antes del premio se facilita la relación de finalistas y mi nombre no podía aparecer ahí por si no ganaba. En caso de perder, la novela lógicamente hubiera quedado devaluada. El autor tiene todo el derecho a proteger a su criatura".



FINAL

"Yo sé que soy mi peor enemigo para el hecho de escribir porque nunca voy a ser tomado en serio. Siempre me va a preceder este número de persona que no se sabe cómo tomársela porque viene gritando que ha estado preso en Mónaco o que Carolina de Mónaco somos todos. Aunque cuando escriba una novela, ésta no hable de nada de eso. Yo sé que esa es mi condena, pero no tengo la fuerza para luchar contra lo que yo mismo he creado". Estas fueron las manifestaciones de Boris Izaguirre en una entrevista concedida a la periodista Milagros Socorro para el diario 'El Universal' hace algún tiempo. Evidentemente, con el galardón conseguido, el escritor hispano-venezolano, como él mismo ha dicho después en algún medio de comunicación, se siente ahora "un escritor de verdad, porque ganar el Planeta es como conseguir el título de escritor".
Nada más, mis improbables lectores, que disfruten con los libros no de Tiresias, sino de Juan José Millás, y no de Julia Brideshead Ponti, sino de Boris Izaguirre. Ambos han cruzado ya el Rubicón de la opinión pública. Y también de la "especializada".

martes, 4 de agosto de 2009

Antonio Orejudo, escritor: "El escritor no es una persona que escribe sino que borra"


Herme Cerezo. Publicada en SIGLO XXI el 31 de octubre de 2007Conocer a Antonio Orejudo (Madrid, 1963) es una de las buenas cosas que me ha deparado el tiempo. Con el autor madrileño, que es además profesor de Literatura en la Universidad de Almería, que acostumbra a escribir cuando la ciudad todavía no bosteza, que se debate –eterna incógnita, eterna duda– entre su espíritu letraherido y la vida familiar, charlamos sobre la reedición por Tusquets de su primera novela Fabulosas narraciones por historias (publicada originalmente por Lengua de Trapo), sobre literatura y algunas cosas más.

¿No se dedica a la Literatura a tiempo completo, verdad?No, no, yo no como de esto, soy profesor de Literatura en la Universidad de Almería.

Y ¿eso influye a la hora de escribir?Eso va según el carácter de las personas. Si yo tuviera que comprarles los zapatos y los abrigos a mis hijos con el producto de mis novelas, fracasaría como escritor porque estaría obligado a producir constantemente.


Al leer sus ’Fabulosas narraciones por historias’ es inevitable citar ‘Las máscaras del héroe’ de Juan Manuel de Prada.Sí, claro, es una novela que a mí me hizo mucho daño porque debimos escribirla en la misma época, aunque seguramente yo la empezaría antes que él porque soy más viejo. Pero cuando salió la mía, hacía dos meses que se había publicado la de De Prada y, claro, inevitablemente, la gente pensó que no era sino otra novela sobre el mismo tema. Lo cierto es que había pocas obras escritas sobre la Generación del 27 y la Dictadura de Primo de Rivera y, de repente, dos a la vez. Precisamente, uno de los motivos de volver a publicar ‘Fabulosas narraciones por historias’ es porque en su momento no circuló lo suficiente a causa de todas estas cosas.

Parece muy seguro de su novela, a pesar de que fue su ‘opera prima’.Diez años después, sigo estando muy seguro de ella. Tiene una desfachatez y una desvergüenza que no posee ninguna de mis novelas posteriores. Cuando escribes una segunda y una tercera novela te comportas un poco como el rehén de tu imagen como escritor. Al escribir "Fabulosas historias", yo era libre y eso te da una fuerza que no puedes conseguir en las siguientes. Aquí me puse el mundo por montera y escribí lo que me dio la gana y aunque ahora también diría que lo hago, no estoy tan seguro de ello.

¿Cómo se definiría como escritor?Tengo una idea de la literatura muy parecida a la de los cantantes que van de pueblo en pueblo. Si hay algo que detesto es repetirme. Me brotarían sarpullidos sólo de pensar que yo pudiera escribir como Javier Marías, que siempre hace el mismo libro seccionado en partes arbitrarias. Él es un modelo de escritor con un discurso que va fraccionando en diez, quince o veinte novelas. Yo no voy a escribir ‘Fabulosas narraciones 2’, ni ‘Ventajas de viajar en tren 2’, ni ‘Reconstrucción 2’. No. Yo cambio de registro y de tema cada vez. Para mí el escritor es un elemento más de la industria del entretenimiento, no tengo una idea muy trascendente de la Literatura. Creo que mi principal trabajo consiste en entretener en el sentido más noble del término, porque la palabra entretenimiento no está demasiado bien vista.

De su respuesta anterior, deduzco que la literatura intimista le interesa poco.La literatura intimista no me interesa nada. En primer lugar, porque mis contemporáneos me parecen personas muy poco interesantes y en segundo lugar, porque a mí me gustan novelas en las que a los personajes les suceden cosas. Prefiero, además, que el lector descubra cómo es el personaje, su perfil psicológico, a través de lo que hace en la novela. El Quijote es el arranque de la narrativa moderna y los protagonistas evolucionan a lo largo de ella. Don Quijote y Sancho no son los mismos al principio que al final y todo lo consigue Cervantes mediante el mecanismo acción-palabra.

¿Sus novelas son preconcebidas o espontáneas?Al empezar una novela tengo una idea general de lo que va a pasar y un esquema de por donde, más o menos, irán los tiros. Pero me dejo sorprender por el desarrollo de la creación. Pienso, además, que un escritor no debe ser una persona que escribe sino que borra. Para mí escribir una novela es realmente el proceso posterior a su escritura. Y eso no es fácil, porque tienes quinientas páginas con escenas que te gustan pero que no puedes incluirlas porque no tienen cabida. La tijera de podar es la herramienta básica del escritor.

¿De dónde parten sus novelas?Depende: de un personaje, de una frase, de un tema, de una idea. ‘Ventajas de viajar en tren’ es la novela que escribí más a ciegas. Al principio, constaba de cuatrocientas páginas y, al final, se quedó en ciento cincuenta. En ‘Fabulosas narraciones’ tenía una idea: quería hablar del final de la amistad masculina: somos amigos a los 18 años y, luego, esas personas que nos parecían tan importantes se distancian y esfuman. Al cabo de los años ni siquiera son ya un rostro. En ‘Resurrección’ yo andaba metido en otra cosa y, entonces, cayó en mis manos un libro de Stephan Zweig, que trataba sobre Calvino y donde aparecía un personaje residual que era Miguel Servet, pero a mí me resultó tan fascinante que empecé a documentarme y salió esa novela.

¿Invirtió diez años en escribir ‘Fabulosas narraciones’?Estuve diez años con ella, pero haciendo además otras cosas. Yo siempre pongo el mismo ejemplo y es que esta novela es lo más parecido a un cocido que conozco. He ido añadiendo de todo en ella, igual que un ama de casa hace con el puchero: mete una col, una gallina, una patata, tocino, etcétera. Y al final sale el cocido. Bueno, pues esta novela es igual. Yo puse el agua a hervir y, en diez años de mi vida, ocurrieron muchas cosas que fui introduciendo en ese puchero.

¿Ortega y Gasset es un personaje importante en su novela?Bueno, mi novela trata de la amistad como ya dije, pero Ortega aparece en ella. En palabras de uno de los personajes, Ortega era un tipo inteligente, malvado, insolente, soberbio, pero que pasó a la Historia sólo por el primer adjetivo: inteligente. A mí me interesaban las aristas, la trastienda de los personajes, lo que contaban otras personas sobre ellos. Y en ‘Fabulosas narraciones’, desde el principio, vemos esa trastienda y Ortega aparece como un donjuán de primer orden, al que le gustaban mucho las condesitas, las marquesitas, las "corcitas" como las llamaba él. En uno de sus tratados escribió que en el amor el hombre caza "corcitas". Y yo creo que se refería a él mismo.

¿Es mejor para escribir sobre España vivir fuera de ella?En este tipo de novela castiza pienso que sí. Si hubiera permanecido aquí no la hubiera escrito igual. Mientras la escribía, vivía en Nueva York y pude leer muchas cosas que si hubiera estado en España probablemente no las hubiera leído. Además en aquella época asistí a un curso sobre Ortega y Gasset, impartido por un profesor que conoció al propio filósofo. Para mí aquel curso fue un tesoro.

¿Ha molestado a alguien tu novela?
¡Que más hubiera querido yo! Si hubiera molestado a alguien, sin duda ‘Fabulosas narraciones por historias’ habría sido un éxito de ventas. En la primera edición, mi editor me obligó a poner algo así como que todo lo que contenía el libro era pura ficción. En la reedición lo he suprimido. Pero si alguien se hubiera molestado y nos hubiera puesto entonces una denuncia, otro gallo nos hubiera cantado.

En ‘Fabulosas narraciones’ hay mucho humor, un humor fino, engrasado, que se desliza como el aceite, muy del estilo de Zweig.Sí, ahí debe haber algo de Zweig porque él es un maestro en eso de borrar. Cuanto más borro más me parece que escribo.

¿Esto del humor es una apuesta personal en su vida?A mí me gustaría escribir algo serio pero soy incapaz porque me sale el humor. Supongo que eso forma parte de la persona. Cada vez estoy más convencido de que el humor es una de las manifestaciones más abiertas de la inteligencia. Lo que ocurre es que en España tiene muy mala prensa. Cosa paradójica en un país cuyas novelas emblemáticas son ‘El Quijote’ y ‘El Lazarillo de Tormes’, claramente humorísticas.

Literatura de humor no hay mucha ¿no?en efecto, hay muy poca. Una persona como Mihura en otro país sería una figura, aquí es un facha. Su obra ‘Tres sombreros de copa’ es una comedia desternillante, surrealista, pero está desprestigiada. Igual que el humor.

¿El humor es algo peligroso?En ‘El nombre de la rosa’ de Humberto Eco, cuando Guillermo de Baskerville pregunta al fraile ciego por qué ha destruido el libro de Aristóteles, le responde que lo ha hecho porque este libro trataba de la risa y la risa es mala porque combate al miedo y el miedo es el principal sustento del poder. Eso ya es un motivo para reivindicar el humor, que es lo más subversivo que existe. El poder teme al humor que se convierte en un arma para combatir el poder, más efectiva que la crítica política. Y combatir el poder es saludable, un ejercicio de higiene individual. Cada ciudadano, desde su parcela, debería combatir el poder cada día.

¿No le tientan los relatos cortos, los cuentos?He hecho cuentos, pero esto es como el atletismo: unos trabajan distancias largas y otros, cortas. Es un problema de concepto. Cada vez que tengo una idea, siempre pienso en distancias largas, en novelas y si una idea sola no me alcanza para una novela, trato de reunir varias para conformar una. Creo que el temperamento también influye: las personas nerviosas tienden a lo corto, a lo inmediato, al cuento.

Y para terminar ¿en qué anda metido Antonio Orejudo ahora?Pues no lo sé muy bien, aunque hago cosas desde luego porque no paro de escribir. Llevo una narración entre manos bastante avanzada. De momento, amontono páginas escritas hasta que ponga el punto final.

Javier Marías, escritor: '¿Quién conocerá el rostro que tendrá mañana?'





Herme Cerezo. Publicado en SIGLO XXI el 5 de octubre de 2007.

El escritor presentó en Valencia la tercera y última entrega de la aventura literaria que comenzó en 1998

El 4 de octubre de 2007, Javier Marías ofreció una rueda de prensa en el Hotel Astoria de Valencia para presentar su nuevo libro ‘Veneno y sombra y adiós’, tercer y último volumen de ‘Tu rostro mañana’, la ingente aventura literaria en la que se embarcó el 3 de septiembre de 1998 y que ahora echa anclas en las librerías españolas.

Es indudable que existe un halo de romanticismo y emulación en la aventura literaria emprendida por Javier Marías hace nueve años, cuando todavía medíamos la vida en duros y pesetas. Su empeño en no utilizar ordenador, "escribo a máquina, corrijo a mano y lo vuelvo a pasar a limpio porque así me integro más en la novela", hace que la envergadura de esta obra sólo pueda compararse con los trabajos literarios desarrollados por escritores de los siglos XIX y XX: Faulkner, Hugo, Proust, Dickens, Flaubert, Conrad o Dumas (éste último, con "negros" o sin ellos), muchos de los cuales no tuvieron ni una "Underwood" que llevarse a los dedos, ni tampoco teléfono en algunos casos. Todo ello dificultaba sin duda su cometido, pero sin duda también, incentivaba su concentración mental y, sobre todo, memorística. Estamos pues, ante todo un reto, toda una apuesta consigo mismo y sus lectores, especialmente si tenemos en cuenta que el escritor madrileño, al haber publicado individualmente ‘Fiebre y lanza’ y ‘Baile y sueño’, las dos primeras partes de ‘Tu rostro mañana’, autocercenaba su capacidad de maniobra para variar situaciones, alterar temporalidades o enmendar errores en el supuesto de haberlos cometido: "Decidí ir publicando los volúmenes sin esperar al final por respeto al lector. Así, si el primer tomo no le gustaba, no hacía falta que comprase el resto".

Javier Marías en la presentación de su nueva novela en el Hotel Astoria de Valencia.Marías ha escrito más de mil seiscientas páginas en las que, a pesar de haberse tomado los lógicos y, en algún caso, dolorosos momentos de descanso, no se aprecia alteración alguna en la voz narrativa: "Las pocas personas que ya han leído completa la obra, me dicen que no se percibe cambio en el tono narrativo. Yo supongo que cuando uno se instala en un mundo de ficción, ese mundo queda preservado de todo lo que es la vida real. Por ejemplo, cuando murió mi padre me encontraba en la página ciento veintiocho y la había dejado en una frase a medias, sin punto y seguido ni nada. Veinte días después, al retomar la narración, continué desde allí mismo". Y es que el fallecimiento de su padre, que también aparece en la novela bajo el nombre de Juan Deza, supuso un durísimo golpe para Marías: "Cuando la vida real se impone con demasiada crudeza sobre uno mismo, el escritor no escribe, pero si lo hace, por respeto al lector, por respeto al libro, debe dejar de lado lo que le ocurra en el plano real".

Javier Marías tenía claro que ‘Tu rostro mañana’ sería una obra extensa, aunque no pensaba que alcanzaría sus dimensiones finales: "Al comenzar a escribirla sabía que llevaba entre manos una novela de cierta extensión, pero en su gestación creció por sí misma. No pretendo que me recuerden por su tamaño ni mucho menos: a Cervantes le ocurrió algo parecido, puesto que ‘El Quijote’, en principio, sólo iba a abarcar los seis primeros capítulos del libro definitivo". Lo que sí tiene claro el autor madrileño es que ‘Tu rostro mañana’ es una novela, no una trilogía: "Últimamente, en España se usan las palabras muy a la ligera. Yo no he escrito una trilogía, que son tres libros diferentes que tienen algún nexo en común, sino una novela dividida en tres volúmenes y cuya lectura, además, debe hacerse por orden de publicación, porque a nadie se le ocurre empezar a leer una novela de quinientas páginas por la doscientas".

Toda obra literaria arranca o se configura a partir de un chispazo, les ocurre a todos los autores. Y con Marías no podía ser de otro modo: "Es lo que Nabukov denominaba el primer latido y suele ser una idea nimia, una imagen, que regresa, se repite, se amplía y se condensa en la mente hasta que tiempo después uno teclea unas cuantas líneas a ver qué ocurre". El fogonazo inicial de "Tu rostro mañana" fue una conversación "que sostuve con Russell, en la novela Wheeler, un hombre discreto, que había trabajado para el Servicio Secreto Británico y con el que me unía una gran amistad de muchos años, y que me contó algunas cosas sobre este asunto. A la chispa inicial se unió el conocimiento de que los miembros del MI6, en el periodo que abarca desde el fin de la Guerra Fría y la caída del muro de Berlín hasta el atentado contra las Torres Gemelas, ante la falta de trabajo, tenían que emplearse por cuenta ajena y captar clientes para ganarse la vida con el consentimiento de sus jefes. Y ello me llevó a pensar para quién trabajaba en verdad toda aquella gente".

Sobre su proceso creativo, Javier Marías señaló que "mientras algunos escritores lo tienen todo atado y planificado al milímetro, yo no tengo decididas mis novelas de antemano. Sé a dónde quiero llegar pero ignoro el camino. Conocerlo y tenerlo todo controlado sería muy aburrido porque si conozco la historia, ¿para qué voy a contarla? Me gusta que las novelas sean organismos vivos, aunque no en el sentido de que gocen de autonomía plena. Mis personajes no son autónomos, no se me escapan. Yo siempre decido qué pasa sobre la marcha. Y mis decisiones las tomo de modo arbitrario o azaroso, porque el azar también interviene en la escritura de mis libros. Mi siguiente reto consiste en que todo lo que entró en la novela producto del azar, se convierta en un elemento relevante de la obra".‘Tu rostro mañana", el título de su novela, obedece a una reflexión sobre el modo de manejarse del ser humano, que nunca termina de conocerse a sí mismo: "Hay gente que no lleva maldad dentro y que siempre se comportará con nobleza, pero nunca sabemos todo de nosotros mismos.

¿Quién conocerá el rostro que tendrá mañana? ¿Cuántas veces nos sorprendemos por cosas que hacen algunas personas o por cómo reaccionan ante situaciones concretas? A veces hay avisos, indicios, señales, de cómo son realmente los seres que tenemos a nuestro alrededor. Pero no siempre creemos en lo que detectamos, porque pensamos que esas personas jamás nos van a traicionar y eso no es así siempre". Y esa es precisamente la cualidad que posee Jacobo Deza, el narrador de ‘Tu rostro mañana’, condición por la que le contratan para su trabajo: "Deza ve las cosas como son y en lugar de despreciarlas, no las olvida, toma nota y las transmite. A diferencia de los demás, él no se niega a ver lo que cree ver".Como remate y para hacerles los dientes largos hasta que esta obra caiga en sus manos, mis improbables lectores, les incluyo aquí el primer párrafo del último capítulo de ‘Veneno y sombra y adiós’, que lleva por título ‘Adiós’, una muestra de lo que van a encontrar en su interior, los matices y el tono de las reflexiones con las que Javier Marías ha revestido ésta que, todo el mundo, comienza a considerar su ‘opera magna’: "A veces uno sabe lo que quiere hacer o lo que tiene que hacer o incluso lo que piensa hacer o lo que va a hacer casi seguro, pero necesita que además se lo digan o se lo confirmen o se lo discutan o se lo aprueben, en cierto sentido es una maniobra que uno lleva a cabo para descargarse un poco de responsabilidad, para difuminarla o para compartirla, aunque sea ficticiamente, porque lo que uno hace lo hace tan sólo uno, independientemente de quién nos convenza o nos persuada o nos aliente o nos dé el visto bueno, o hasta nos lo ordene o encargue". Eso, ni más, ni menos.____________________

Rafael Solaz, bibliófilo, documentalista, escritor... un detective del pasado







Herme Cerezo. Publicada en SIGLO XXI el 4 de julio de 2007
Nacido en Valencia, 1950, a sus once años compró ‘Las aventuras de Tom Sawyer" de Mark Twain, primero de los nueve mil ejemplares que componen su biblioteca. De vocación artística y formación autodidacta, Rafael Solaz Albert no ha parado de coleccionar y perseguir libros, como un Lucas Corso de carne y hueso. Trabajador de banca durante más de treinta años, recorrió varias ciudades españolas hasta regresar a Valencia, su gran pasión, el norte de su vida junto con su familia y los libros. Guarecidos del calor del junio mediterráneo en la terraza de su domicilio, hace unos días nos pusimos a charlar de él, de su vida y de sus proyectos.

¿De dónde arranca la afición por los libros de Rafael Solaz? Es una cosa muy extraña porque en mi casa, desgraciadamente, no había libros, ni dinero para ellos. Tuve que ponerme a trabajar muy joven y mi primera novela, ‘Las aventuras de Tom Sawyer’, la compré en las ‘paraetas de Sant Joan’ con las estrenas navideñas. Yo tenía entonces once años y me apasionaba este mundo. Mira hasta qué punto llegó la cosa que el único libro que había en mi casa, la Guía Telefónica, casi me la leí entera. Con esto quiero decir que mi pasión por los libros no me la inculcó nadie, es algo innato.
Y entonces Rafael Solaz se convirtió en un coleccionista, un detective del pasado, un cazalibros, un bibliófilo de reconocido prestigio. A los quince años entré como botones en un banco y a los veinte me destinaron a Madrid, donde conocí a la esposa de un librero de lance a la que le caí bien. Resultó que la mujer era de Xàtiva y como yo siempre le pedía libros sobre Valencia, se comprometió a guardarme todos los que le llegaran. Más tarde, conocí a Manuel Marqués, abogado y escritor, que poseía una biblioteca espléndida. Como no tenía hijos me la fue vendiendo poco a poco. Esos fueron los inicios de mi colección, que fui incrementando en la medida de mis posibilidades. Por mis manos han pasado ejemplares extraordinarios, únicos, muchos de los cuales no los pude adquirir por razones económicas, pero otros sí. Me he centrado especialmente en libros sobre Valencia, las crónicas y esas pequeñas historias que se cuentan, relacionadas con el costumbrismo valenciano. El noventa por ciento de mi biblioteca, nueve mil libros más o menos, pertenece a autores valencianos, trata de Valencia o ha sido editado por imprentas valencianas.
Evidentemente, su interés por la lectura es enorme.Claro. Siempre he leído literatura moderna y libros antiguos, pero jamás me he ido a dormir sin leer. Ni una sola noche.Decía en el encabezamiento que Rafael Solaz era un Lucas Corso, ese personaje nacido de la pluma de Pérez-Reverte, pero un buen día este cazalibros decidió escribir sus propias obras, ¿de dónde surgió esta idea?Yo compaginaba mi trabajo en el banco con la preparación de fichas y apuntes sobre los temas que me interesaban. La aparición del ordenador fue muy importante para mí, porque pude volcar ahí todo el trabajo que había realizado. Cuando me jubilé, llegó la hora de aprovechar todo ese cúmulo de datos. Mi primer libro, ‘Pulverizadores Geno’, fue un encargo de la propia empresa para conmemorar el centenario de su existencia. Se trataba de una edición limitada, muy cuidada y de contenido muy interesante, porque cien años en la vida de una empresa da para mucho: guerras, hambre, miserias, avances tecnológicos ...
Y después de ‘Pulverizadores Geno’ vino todo lo demás. Efectivamente, en 2001 publiqué un opúsculo ‘La calle de San Fernando de Valencia’; en 2002, ‘La Guía de las Guías’ que fue un trabajo arduo, el primer libro de este estilo editado en toda España y que alcanzó una gran difusión; en 2003, ‘San Vicente Ferrer, la palabra escrita’ en colaboración con Alfonso Solera; en 2004, ‘La Valencia prohibida’; en 2005, ‘Valencia, ciudad de postal’; en 2006, ‘Editorial Carceller, la maleïda’, con ilustraciones extraídas de la revista ‘La traca’, ‘¿Pero ... existe el diablo?’ y ‘El Marítim’, este último dedicado a los poblados marítimos de nuestra ciudad.
Un hombre inquieto como usted no puede permanecer impasible, con las manos cruzadas, ¿qué está preparando ahora? Estoy ultimando un par de cosas. Una, sobre el Barrio del Carmen y otra sobre la muerte en Valencia. Desde hace cuatro o cinco años he recogido material sobre una historia monumental del Barrio del Carmen. Y cuando digo monumental es porque lo va a ser, ya que contendrá más de seiscientas imágenes. Además he rescatado la antigua denominación de unas doscientas cincuenta calles desaparecidas, incluyendo su historia y sus fiestas. En esta obra he puesto mi mayor ilusión porque es la memoria de ese barrio tan carismático para nuestra ciudad, en el que, además, nací yo. Lo de la muerte en Valencia es otra cosa. Es la historia de los cementerios, donde se guarda una buena parte de la vida de nuestra ciudad, de los rituales funerarios y de otras costumbres relacionadas con este tema. Es una mezcla de historia, costumbrismo y antropología.
Rafael Solaz ya no vive en el Barrio del Carmen pero veo que no lo puede olvidar. No, claro que no. Yo siento por mi barrio una pasión desmedida y regreso a recorrerlo en cuanto puedo. Todavía conservo mis amistades. Esas calles para mí significan cosas entrañables, recuerdos imborrables, vivencias irrepetibles.
¿Hay una cierta propensión en su obra por lo escabroso: el diablo, la Valencia prohibida, ahora la muerte...? No, no, en absoluto. Estoy interesado en los temas de esta ciudad, prohibidos o no, sobre los que se ha escrito poco. En concreto, los rituales antiguos relacionados con la muerte en Valencia son verdaderamente muy curiosos.
Rafael Solaz, no es el único de su familia vinculado a los libros, porque alguien sigue sus pasos ¿no? Pues sí, cuando mi hijo acabó el bachillerato, me dijo que quería ser librero. Primero hizo un curso de encuadernador pero enseguida se dio cuenta de que él quería dedicarse a su comercio, no a la encuadernación. Abrió una pequeña librería en la plaza Margarita Valldaura, pero en menos de un año se le quedó corta. Como es un comerciante nato, tiene instinto fenicio, de repente, le surgió la oportunidad de trasladarse a un local mucho mayor en la calle San Fernando, un buen punto comercial sin duda. Mi hijo se ha convertido en un auténtico experto, sobre todo del libro antiguo. Ahora, su librería me sirve a mí también como punto de encuentro para conseguir ejemplares con los que enriquecer mi biblioteca.
Pero nuestro cazalibros también hace otras cosas como, por ejemplo, pintar y con buena mano, se lo puedo asegurar, amigos lectores. ¿Usted tiene algo de renacentista en este sentido? Soy una reminiscencia del humanismo, me gusta todo lo relacionado con los libros, la música, las bellas artes. Yo nací y viví al lado de la Academia de San Carlos, a cuyas clases asistía como alumno libre porque trabajaba. Como profesor de pintura tuve a Genaro Lahuerta y de escultura a Esteve Edo, artistas muy prestigiosos. Obtuve sobresaliente en dibujo y matrícula de honor en colorido, pero mis padres no lo entendían y decían que eso no daba de comer. Así que continué pintando y dibujando por mi cuenta. Como ya he dicho, las circunstancias de la vida me llevaron a trabajar de botones de un banco desde los quince años, pero a la larga mi talante humanístico no cuadraba y en cuanto pude lo dejé, porque yo iba por la calle pintando con la vista o escribiendo con el pensamiento.
¿Qué le queda a Rafael Solaz por hacer? Me gustaría esculpir, y no lo descarto, una escultura dedicada a algún aspecto de mi ciudad. Y hay una idea que me ronda mucho por la cabeza: convocar personas interesadas en contar historias antiguas, costumbres y tradiciones perdidas de Valencia, para recuperar una buena parte de nuestro pasado.

Guillemo Orsi, escritor: 'La literatura es una ocasión única para la invención y el descubrimiento, una música de la conciencia'


Herme Cerezo. Publicado en SIGLO XXI el 17 de junio de 2007
Guillermo Orsi (Buenos Aires, 1946), redactor publicitario y periodista, es, además, un reconocido escritor de novela negra. En su ya larga trayectoria, primero como plumífero y ahora como ‘teclero’, ha publicado, entre otros títulos, ‘El vagón de los locos’ (Premio Emecé de 1978, Emecé); ‘Cuerpo de mujer’ (Ediciones Poniente, 1983); ‘Tripulantes de un viejo bolero’ (Ediciones De la Flor, 1994); ‘Sueños de perro’ (Premio Umbriel de la Semana Negra de 2004, Umbriel Editores); ‘Noches de Pelayo’, obra con la que fue finalista del Premio UNED en 2005; ‘Los buscadores de oro’ (Editorial Umbriel, 2007) y ‘Nadie ama a un policía’(Editorial Almuzara, 2007). Desde su residencia cordobesa, la Córdoba argentina, no la de aquí, responde a nuestras preguntas.



Guillermo, aunque lleva muchos años en esto de escribir, los premios le han acompañado frecuentemente. ¿Qué significa para usted ganar un concurso literario?
No tan frecuentemente. La vida es larga y los premios son, diría el maestro Shakespeare, "sueños de una noche de verano", cuentos de cenicienta que al día siguiente se terminan y tenés que seguir trabajando para pagar las cuentas y alimentarte. Decía Bioy Casares que la fama es para los giles, lo que cuenta es la gloria, y que se sepa, ningún premio literario viene asociado a gloria alguna, es más, muchos de ellos están amañados, se sabe quiénes van a ganarlos, se transforman en operaciones de lo que ahora llaman marketing para que determinado plumífero recupere sus decaídas ventas, algo que no siempre ocurre. El premio genera además -en el crítico especializado, más que en el lector común- la mala leche de acercarse a tu libro pensando veamos por qué lo premiaron a éste. Y ahí ya sabés que el tipo viene con pico y pala para enterrarte en el rincón más apartado del cementerio.Hechas estas indispensables aclaraciones, ganar un premio es siempre gratificante. Por un rato te creés que lo merecés, Cenicienta encuentra a su príncipe y a quién le importa que la noche sea breve y el zapatito de cristal no te calce ni con fórceps.



¿Son necesarios los concursos?
Julio Cortázar nunca ganó un concurso y escribía mucho mejor que yo, el desgraciado. Osvaldo Soriano ganó un premio conmigo y otros que por entonces rondábamos los veinte años. Tuvimos que poner plata para que el librito con los cuentos "premiados" pudiera ver la luz, en una edición más que modesta, que sólo se distribuyó en dos o tres librerías de la porteña calle Corrientes, calle de muchas librerías y algunos lectores. Ni Soriano se hizo conocido por eso ni yo, queda claro, tampoco.



¿Cómo y por qué se puso Guillermo Orsi a escribir? ¿El escritor nace o se hace?
Por necesidad, urgencias y reveses sentimentales. Uno escribe historias para reparar los baches de una vida monótona, poco y nada interesante, o para vengarse de la mina que nos dejó para irse con el más pintón del barrio o el que tenía auto –en mi juventud, sólo andaban en auto los hijos de ricos-. Es siempre una lucha desigual: ¿cómo competís con un tipo que tiene todo lo que a vos te falta? Con palabras. Y eso se vuelve vicio, y te acompañan, las palabras, como serviciales y fieles mascotas.Empecé a escribir antes de aprender a hacerlo. La escritura es una herramienta con la que nacemos, como el tigre con sus garras. Si después al tigre lo encerramos en el zoo, no sabrá por qué cuando quiere acariciar, desgarra. Si al chaval que quiere expresarse lo reprimimos –y eso en mi infancia era muy común-, ocultaremos la capacidad de escribir como a una tara, algo pecaminoso, sancionado por las buenas gentes que nos pretenden corderos. De este divague surge que, en mi opinión, escritor se nace pero también se deshace, si uno no se pone a salvo, si no resiste, si no escribe poemas de amor en los bares o proclamas revolucionarias en la universidad o la fábrica. Se trate de lo que se trate, amor o utopías sociales, estamos condenados a disparar palabras.


¿Siempre se movió en el territorio del thriller o también ha probado otros escenarios?
Probé de todo, aclarando, por si nos lee algún viejo amigo, que hablamos del oficio de escribir.Desde la composición tema La vaca, con la que nos iniciábamos en la escuela porque, al menos en la Argentina, la vaca era tema para todo, para redacciones escolares o para dar golpes militares, si el gobierno de turno ponía impuestos a sus ricos criadores.Es una obviedad lo que digo, pero la literatura no tiene géneros. El escritor que, como dije antes, nace y se deshace para reconstruirse luego, lenta y dolorosamente, es un tío siempre sospechoso y a menudo autodestructivo. El thriller te da la posibilidad –y te plantea el desafío- de desarrollar y cerrar una historia, de poner al lector de tu lado, dejando de lado las pretensiones de inmortalidad que contaminan los textos de tanto aspirante a las academias. No van a darte el Nobel en Suecia pero podés ligar el Carmona o el Umbriel/Semana Negra en España, que vienen acompañados de amigos más divertidos que los que puedas encontrar por las frías calles de Estocolmo.


Supongo que conoce el libro ‘Hollywood Station’ de Joseph Wambaugh. Este hombre, antes de escribir sus novelas, fue policía durante muchos años, con lo cual, desde mi punto de vista, le convierte casi en un cronista. ¿Hay un pasado policial en la vida de Guillermo Orsi?
No he leído a Wambaugh pero sí a Alejandro Gallo, actual jefe de policía de Gijón, que acaba de publicar "Caballeros de la muerte", una impecable y emotiva novela negra sobre la resistencia al franquismo. Ningún oficio se opone al de escritor. El riesgo es que te transformes, cuando escribís sobre algo muy conocido –y como lo planteás en tu pregunta- en un cronista. La crónica es superior a la novela, si se trata de narrar los hechos tal y como sucedieron. Con la novela, con la literatura, el abordaje es diferente, entrás en la realidad para transformarla, para extraer de ella otra cosa que los hechos en crudo, que la reflexión racional de un informe policíaco o de un escrito judicial.Para seguir con el ejemplo –y de paso, recomendar su valioso libro-, de Gallo he leído también su anterior novela, "Una mina llamada infierno", en la que el protagonista era policía. ¿Qué tienen en común ese protagonista con el guerrillero de "Caballeros de la muerte"? El uso de la violencia, puede ser, pero ahí paran las similitudes. La experiencia profesional puede ayudar a la verosimilitud de un personaje, pero la verdad está a menudo en su antípoda, y por ella vamos cuando escribimos literatura.No hay pasado policial en mi vida, excepto alguna "entrada" contra mi voluntad, en tiempos en los que ser estudiante te convertía inmediatamente en sospechoso del peor de los crímenes, el pensamiento.


¿De dónde arrancan sus historias, se las inventa o husmea la prensa y la realidad?
Me las invento. O las historias me inventan a mí, quién sabe. Escribir es un acto especular, no de especulación sino de espejos que te reflejan al infinito, componiendo con cada imagen algo distinto. Uno no está solo cuando escribe, aunque te encierres. "Oí voces", dice a veces mi mujer, irrumpiendo alarmada en mi escritorio. Efectivamente las voces existen y seguirán superponiéndose unas a otras, si no imponemos cierta disciplina entre tanto personaje que pretende ser protagonista.En cuanto a la prensa y la realidad, me deprimen, más que inspirarme. Los casos policiales más notorios son destripados de tal manera por la abundante y entusiasta prensa amarilla de mi país, que acaban perdiendo todo misterio, secando la imaginación del más pintado, hartándote, en vez de incitarte a develar los presuntos enigmas.


Existen escritores que entienden la escritura como una segunda profesión; otros, sin embargo, llegan a pasar hambre, sudor y lágrimas con tal de publicar sus libros, ¿en qué grupo se encuadra usted?
El sudor y el hambre son méritos del sistema social y económico que nos gobierna, sobre todo en la Argentina.Los oficios terrestres no desmerecen tu condición de escritor, sólo te quitan tiempo, aunque también te dan la posibilidad de pensar en lo que has escrito, de arrepentirte, incluso. Si lo que hacés para vivir no tiene nada que ver con la escritura, mejor, menos tensión para tus acosadas neuronas y tu magra inspiración. Pero a veces, trabajar en la prensa o en publicidad, como ha sido mi caso, te ayuda a pulir ciertos recursos, como la concisión –de la que no estoy haciendo gala en mis respuestas-. Lo de publicar aquello que escribimos ya no pasa por nosotros sino porque encajemos en las "necesidades del mercado" que el olfato de los editores identifica con sensibilidad tan exquisita como la del más encumbrado de los poetas.¿Hay un componente narcisista en el oficio de escritor o es, más bien, algo parecido a una terapia?Terapia, narcisismo, maldición, todo encaja. Lo que no puedes es dejar de hacerlo. Somos asesinos seriales, buscamos llamar la atención con nuestras tropelías literarias. Y cuando por fin lo logramos, nos quejamos de las críticas, de los lectores que no nos quieren o no nos entienden. Y sí, predomina el narcisismo, pero qué mal parados salimos, por lo general.


¿Escritor noctámbulo o diurno? ¿Planifica o se deja llevar?
Diurno ahora, que la biología me reclama descanso nocturno. Probé con los gatos, como Soriano, pero no vivo en un departamento urbano sino en una casa en la sierra y mi gata prefiere salir a alternar con sus congéneres, o a mirar la luna desde el tejado, que quedarse a mi lado pasándome letra.No planifico. Cada vez que lo intenté, nada de lo que hice luego tuvo que ver con el "proyecto" inicial. No hay planes, ni planos. Si fuera arquitecto, pobres quienes habitaran las viviendas diseñadas por mí.


Centrémonos un poco ahora en sus dos últimas obras. Empecemos por ‘Buscadores de oro’, ¿una novela policial salpicada con un toque de ciencia ficción?
Vuelvo a lo de los géneros. Si elijo un vino porque en la etiqueta dice malbec o borgoña, me defraudará encontrar un sabor diferente. Si lo elijo para beber con una bella mujer, disfrutaré con las virtudes de ambos.Si la mujer se queda contigo por lo menos hasta el amanecer, quiere decir que has sabido por lo menos cerrar un capítulo y preparar el siguiente sin aburrirla. Si se queda contigo treinta años, o eres un novelista de puta madre o es una pésima lectora, pero la quieres y te tolera."Buscadores de oro" es una novela. Lo que cuento tiene que ver con la amistad y el paso del tiempo, casi nada; con los amores imposibles, como en los culebrones; con las ambiciones políticas, con el poder y sus sirvientes. La apropiación del conocimiento se da en la realidad con una tecnología más refinada que la que planteo, a modo de fábula sin moraleja, en mi novela, y los pesares ajenos se transfieren a las nuevas generaciones en la desesperanza y el desencanto de la cultura, en el vacío que nos proponen las cámaras espías de "Gran Hermano".La ciencia ficción imagina mundos posibles a millones de años luz, busca en el espacio exterior –salvo relatos de la talla de "Solaris", de Stanislav Lem-. Más cerca de casa, sin tomármelo en serio como se toman a sí mismos los rusos, prefiero asomarme al interior, a los propios abismos antes que a los galácticos. Mi generación quiso cambiar la sociedad en la que vivíamos, injusta, predadora, hipócrita, y hoy tenemos lo que está a la vista: un país todavía más injusto y predador, algo menos hipócrita, que cada vez que revisa su pasado trata de volver a taparlo porque no le gusta y se intenta reinventarlo, rescribirlo. Los argentinos somos lo que pudimos o lo que podríamos ser, nunca lo que somos. Y ese pueblo maldito, digno de cualquier película de la más entrañable clase B norteamericana, no es una excepción, no está tan lejos de la orgullosa Buenos Aires que hoy visitan los turistas del mundo para bailar tango y comer bifes.


Usted tiene mucho oficio. Sabe agarrar a sus lectores por la solapa. Si quieres irte a dormir, antes tienes que acabarte el libro, parece decirles usted. ¿Cómo consigue captar la atención del lector capítulo a capítulo?
Como lector, un libro me atrapa por lo que narra o por cómo está escrito. A veces se dan ambas cosas, a veces no. Hay libros muy bellos que cuentan poco y nada, y otros que, con pretensiones de biblia o mil y una noches versiones completas, están escritos con los codos. Empecé leyendo a Salgari y a Jack London, hasta que los catedráticos me aplastaron la cabeza contra Faulkner y Joyce. Está bueno leerlos, descubrir los infinitos abordajes del mundo que habitamos y que nos habita. Hay historias que merecen y necesitan ser contadas de diversas maneras. Pero si somos escritores, es imperdonable que aburramos a nuestros lectores, no hay excusas. Es un acto de pedantería insoportable ahuyentar a un lector anteponiéndole "nuestro maravilloso estilo" como un escollo a sortear. La literatura no es una carrera de obstáculos, es una ocasión única, irrepetible, para la invención y el descubrimiento, un juego con palabras, una música de la conciencia. Si el oficio que arduamente aprendemos nos sirve para ser mejores ejecutantes de esa partitura misteriosa, para no desafinar, para disfrutar con el lector y no a su pesar, escribir vale la pena y leer hasta el alba ya no nos quitará el sueño, nos ayudará a encontrarlo.


‘Nadie ama a un policía’, su última obra, al menos la última que cayó en mi poder, cuenta la historia de un antiguo cana (policía), Martelli, que atiende la llamada de un amigo y acude en su búsqueda. Al llegar lo encuentra muerto. A Archi, el protagonista de ‘Buscadores...’, le ocurre tres cuartos de lo mismo, ¿es una buena estrategia colocar un personaje incómodo, un ‘tocapelotas’, en un medio que le es inhóspito?

El "tocapelotas", como lo llamas, genera por su sola presencia el medio inhóspito, altera la presunta paz de los sepulcros. Ni a los muertos les gusta que les caminen sobre sus lápidas o entren a saco en sus bóvedas buscando los tesoros que guardan en sus mortajas. El cazavampiros que en la novela de Bram Stoker va por Drácula a su castillo de Transilvania, con el ingenuo pretexto de ordenar su biblioteca, sabe a lo que se expone. Philip Marlowe no actuaba en patota, si querés saber quién mató a tu amigo jugátelas solo, internate en los callejones sombríos, entrá en las habitaciones a oscuras cuyas puertas se abren solas, enamorá a la rubia de turno y llevala a la cama, si podés, pero no confíes en ella.Hay mucho oficio en todo esto, aprendido de los maestros, claro. Para qué contradecirlos, si la pólvora está inventada.


Pablo Martelli y Archi, ¿cuánto tienen de Guillermo Orsi?
Cierta nostalgia, un regodeo casi malsano en la melancolía, la absurda pretensión de creer que algo de lo que hemos perdido subsiste y, a la vuelta de cualquier esquina, tendremos una nueva oportunidad.


En todo escritor se esconde un buen lector. ¿Qué lee ahora, Guillermo Orsi? ¿Qué leyó antes?

Leo lo que cae en mis manos, sin orden ni plan alguno. Leí a Fred Vargas, que está de moda, creo, porque me lo acercó un amigo que lee a los autores de moda pero nunca le alcanza para comprar mis novelas. Leí hasta la mitad el último de Antonio Muñoz Molina, "El viento de la luna", pero me quedo con "El invierno en Lisboa", de cuando no era académico de la lengua y reelaboraba las benéficas influencias de "El perseguidor", de Cortázar. Y leo a los amigos, que son todos buenos o no serían mis amigos: Raúl Argemí, de quien recomiendo "Siempre la misma música", Carlos Balmaceda, "El puñal de Dido", el ya mencionado Alejandro Gallo y un autor de Sevilla que con "El imán y la brújula" empieza a madurar su enorme talento, Juan Ramón Biedma.

Por último, ¿en qué anda metido ahora, literariamente hablando?
Terminé hace poco una novela que empieza negra en la selva y se sube a la Puna, donde la falta de oxígeno me disparó unos personajes y unas situaciones rarísimas, fruto de la asfixia, supongo, que casi la emparientan con un trasnochado realismo mágico, pero con la cual me divertí y espero, si la publico, divertir al lector.Ahora estoy en los tramos finales de una novela bien de género, negra negrísima, que como no podía ser de otra manera, transcurre en la negra más que negra Buenos Aires, donde además de bailar tango y comer buena carne, se cometen muchos crímenes.

sábado, 1 de agosto de 2009

'Los libros arden mal', última novela de Manuel Rivas



‘Los libros arden mal’, último título publicado por Manuel Rivas, no es otro libro más en su carrera literaria. Pensar eso sería ningunear al autor y a su obra. No. ‘Los libros arden mal’ es el estallido de algo que ya se venía anunciando en ‘¿Qué me quieres, amor?’, ‘La mano del emigrante’ o ‘El lápiz del carpintero’. Es como si Rivas (A Coruña, 1957) se hubiese subido a la Torre de Hércules y, con la mano puesta en la frente, a modo de visera, hubiese mirado atrás, observando la senda recorrida, el tiempo transcurrido que ya es mucho, porque el escritor gallego, en esto de juntar palabras anda metido desde los 15 años, cuando comenzó a trabajar como "meritorio", bonito término para su "Gabinete de Curiosidades", en el diario ‘El Ideal Gallego".



‘Los libros arden mal’ es el libro del 2007, aunque se publicase a final de 2006. Es una suma de relatos, de cuentos, que se entretejen, que se mezclan, que huyen de la habitual estructura capitular. Los personajes entran y salen, luchan, sufren, se alegran, se frustran, envejecen y mueren a lo largo de este extenso periodo que arranca en el año 1881 y llega hasta nuestros días, con especial incidencia en el periodo de la Guerra Civil o mejor dicho, luego veremos el porqué, en la Posguerra gallega. Galicia, siempre presente en los textos de Rivas: la Galicia de los emigrantes, de los maestros, de los campesinos, de los boxeadores, de los jueces, de los muchachos, de los marineros...

‘Los libros arden mal’ es un libro que requiere dosificación. Sus seiscientas diez páginas reclaman un modo especial de lectura. No se puede beber de golpe, aunque la historia, las historias que contiene y sus personajes (Polca, Curtis, Ó, Gabriel, Leica, Dez, Samos, el abuelo Mayarí, Pinche, Chelo Vidal, Luis Terranova, Arturo da Silva ...) nos reclaman continuamente, ¡ven, ven, léeme, escúchame, mira lo que ocurre!, sino de modo pausado. Porque si de algo están repletas estas páginas es de matices, de sabores, de juegos de palabras, de semántica, de etimologías. Es un texto que se revuelve sobre sí mismo, que te obliga a bucear en su interior y, lo que también es importante, te incita a buscar otras fuentes documentales, a rascar en la memoria colectiva de los últimos setenta años de este país, llamado España. Para no olvidar, para aprender... para no meter la pata de nuevo.



‘Los libros arden mal’ es un libro de tesis doctoral, que merece la disección paciente de un forense de las letras, un texto que marcará una época para una generación de lectores. Como dijo hace unas semanas Alfons Cervera, en su sección ‘Fahrenheit 451’ de la Cartelera Turia de Valencia, "seiscientas diez páginas irrenunciables, esponjosas" que hay que leer sin saltarse ni una sola.



‘Los libros arden mal’ habla de libros quemados durante la Guerra Civil. Al comienzo, hay una foto ilustrativa, un auténtico disparador literario para el cerebro privilegiado de alguien como Manuel Rivas, en la que se observa a un grupo de fascistas en el puerto de A Coruña, agosto de 1936, procediendo a una quema de libros. Incinerar libros no es un tema nuevo en literatura, ni en la vida. ‘Fahrenheit’ 451, ‘El nombre de la rosa’ o el mismo ‘Quijote’ ya nos hablaron de esto. Pero sin duda, esta quema cala más hondo, porque nos pilla mucho más cerca: es nuestra. Y nos duele que se quemen libros, porque quemar un libro es eliminar un trozo de nosotros mismos, de nuestra historia, reciente y pasada, es arrojar al autor en la hoguera del desprecio, del odio, del olvido.


‘Los libros arden mal’ merecía una reseña especial, extensa, donde se conjugaran las palabras de quien escribe esta reseña, las mías, con las del propio autor del libro. Y la tiene, porque el pasado 21 de febrero, miércoles de ceniza ― todo un simbolismo, toda una premonición, ¿toda una coincidencia? ― tuve la oportunidad, gozosa, de poder charlar con Manuel Rivas sobre su obra. Y éstas fueron mis preguntas. Y sus respuestas.



ENTREVISTA: Manuel Rivas, escultor de palabras



- En ‘Los libros arden mal’, ¿qué te interesaba más: la quema de los libros o recuperar la memoria de la Guerra Civil?Son dos cosas conectadas. Existe desde luego un impulso de recuperar la memoria porque la literatura debe acudir a zonas de penumbra, de vacío, a rescatar ese cráter que se formó en España durante gran parte del siglo XX. Pero el impulso decisivo es un desasosiego que va más allá del episodio histórico, un desasosiego que había ido germinando en obras anteriores y que yo afronto directamente aquí.


- ¿Era muy conocida esta quema de libros en Galicia?Yo diría que en mi tierra, el noventa y nueve por ciento de la gente la desconocía. Fue una auténtica sorpresa cuando apareció el libro, porque A Coruña es una ciudad muy culta e ilustrada y fue como si no se lo creyeran. Sabían que durante la Guerra Civil y la Posguerra se habían vivido situaciones duras, difíciles, pero ignoraban que en sus plazas se hubiesen quemado libros. Se generó un sentimiento de vergüenza.


- Y ¿por qué ese afán por quemar libros?En todas las quemas de libros, los protagonistas no son gente inculta o descontrolada, no. Son gente que sabe lo que hace. Por ejemplo, la quema de libros producida en Berlín en 1933 fue algo totalmente intencionado, donde estuvieron presentes los catedráticos de universidad que no se habían exiliado. Ellos mismos participaron arrojando cada uno un libro a la hoguera. En los regímenes totalitarios, la razón para quemar libros estriba en que encarnan a la humanidad librepensadora. Y aquí se produce un fenómeno curioso, porque es la propia gente apasionada por los libros, la que desea poseerlos, quien en un momento determinado, en lugar de defender el Humanismo encabeza la barbarie. Es un poco lo que ocurre hoy, cuando se confunde la máscara de la cultura con la cultura de verdad.En tu libro, llama poderosamente la atención la saña con la que se persiguió a Santiago Casares Quiroga y su biblioteca.


- ¿Cómo puede el ser humano albergar tanto odio hacia una persona?Yo creo que por eso escribes estos libros. Son odios inexplicables, que sobrepasan el límite de lo humano. No se conformaron con eliminar físicamente a la persona sino que, además, deseaban borrarla del registro civil, arrancando la página donde constaba la fecha de su nacimiento. Mientras lo escribía, me hice esa misma pregunta y el propio Casares Quiroga también se la hizo. Creo que es una psicopatía, pero lo más duro es que situaciones como ésa formaron parte de la "normalidad" de entonces. Ese tipo de disparates u otros, como encerrar libros en un calabozo, cerrar la puerta y guardar la llave, entonces ocurrían. Había alguien que daba la orden, otro alguien que la cumplía y un tercero que custodiaba la llave. Por desgracia, además, no son periodos excepcionales en nuestra historia, sino bastante frecuentes.


- En todas tus obras otorgas una gran importancia a las palabras.
Totalmente. Si me apuras mucho a elegir entre el qué y el cómo, te digo que me quedo con el cómo, porque para mí la escritura es un ejercicio de expresión estética, un compromiso con el trabajo artístico a través de las palabras. Y eso conlleva una ética, porque donde había vacío, nace algo nuevo.


- Tu forma de escritura recuerda a los escultores.Me apasiona la idea de Roland Barthes de que llega un momento en el que el lenguaje forma parte de ti mismo, de tu propio cuerpo. En lo que estoy trabajando ahora, trato de llevar eso al límite, porque el lenguaje forma parte de nuestra personalidad, no es algo neutro. Tenemos que sacar las palabras que llevamos dentro.


- ¿Cómo fue el proceso creativo de ‘Los libros arden mal’?Primero yo tuve el libro dentro y después él me tuvo a mí. Empecé con mucho ímpetu, pero luego, digamos que fue el mismo libro quien me empujó. En la actividad de escribir, que no es una actividad racional, aunque tampoco irracional, actúan al mismo tiempo el sentir y el pensar. En ese sentido, escribir sería un proceso sentipensante, como diría Couto. En la novela hay dos hemisferios: uno, el dramático, del que formarían parte el repartidor de Biblias (qué curioso que en un país católico como España, el difusor de la Biblia sea un protestante), los maquis y los campos de concentración; el otro hemisferio sería el del deseo, el deseo de los personajes por sobrevivir, su capacidad para crear espacios de felicidad clandestina, sus conversaciones, ver las cosas. El libro creo que tiene una simetría entre la pulsión de la muerte y la del deseo.


- Observo que, aunque sois de generaciones distintas, hay una similitud estética entre escritores como Saramago, Lobo Antunes y tú mismo. ¿Podríamos hablar de una escuela literaria galaico-portuguesa?Ahora que lo apuntas, puede ser que esto tenga su origen en la tradición oral. Cuando yo busco los orígenes de mi escritura, mis fuentes, me sitúo mucho en la memoria oral. Cuando me preguntan por libros que me han influido, les digo que pienso más en historias escritas en el aire que no en títulos concretos, aunque, claro, también me atrae la literatura escrita: Miguel Torga, Juan Rulfo, Valle-Inclán... Pero que quede claro que al citar a estos autores, ellos no tienen la culpa de lo que escribo yo (risas, ojos francos, mirada abierta).


- ¿Qué necesita una novela para tirar del lector?Lo que da fuerza a una historia, a una novela, son los personajes. Puede ser muy dramático el periodo que eliges, como es el caso de la Guerra Civil, pero si los personajes no transmiten esa verosimilitud y carecen de personalidad propia, la cosa no funciona. La novela empieza a existir cuando ves hablar a los personajes, cuando escuchas lo que dicen, cuando te sorprendes por lo que están diciendo. A veces te disgustas por lo que oyes, pero tienes que dejarlos, seguirlos. Hay que estar en vigilia, alerta a lo que sucede, a lo que hablan. A partir de ahí el texto sigue por sí mismo y tú no debes forzar nada, sólo ver qué ocurre.


- Para finalizar, ¿en Galicia hubo Guerra Civil o "Posguerra Civil"?En Galicia lo que hubo fue una carnicería, una guerra sin trincheras. Había ganado las elecciones el Frente Popular, existían sindicatos fuertes con una gran tradición; las cigarreras de Coruña fueron las primeras en organizar una huelga, como lo cuenta la Pardo Bazán en ‘La Tribuna’; la República había puesto en marcha un mundo alternativo de bibliotecas y centros culturales, cuando sobrevino el golpe. La gente salió a la calle, una auténtica marea humana, a pedir armas. Pero los gobernadores consideraron que no era necesario, que tenían garantías suficientes de que no habría guerra. Y luego vino una cacería humana.



Herme Cerezo


Entrevista publicada en SIGLO XXI, el 26 de febrero de 2007

domingo, 26 de julio de 2009

César Argilés, ex-seleccionador nacional de balonmano: "A lo largo del Mundial, Alemania mantuvo un equilibrio en todas sus facetas atacantes"

El Mundial de Balonmano de Alemania ya es historia. Han transcurrido dos semanas desde que los alemanes se alzaron con el título en el Kolnarena, tras vencer a Polonia por 29-24, ante diecinueve mil enardecidos seguidores. ¡Deutschland, Deutchsland! Catorce días se nos antojan un tiempo suficiente para extraer conclusiones sobre lo acontecido.
Para ello, las palabras de César Argilés, el seleccionador de balonmano masculino que pasó el testigo del equipo nacional a Juan Carlos Pastor, constituyen sin lugar a dudas una buena piedra de toque, una opinión de referencia, una invitación a la reflexión. Al abrigo de los volúmenes que habitan las estanterías de la Casa del Libro de Valencia ― la lectura es otra de sus devociones ― y detrás de una taza de café, el técnico mallorquín respondió a nuestras preguntas.


¿Cómo llegó César Argilés al mundo del balonmano?Yo era jugador de básket y un día faltaba un jugador en el equipo de balonmano del colegio de Jesuitas y me escogieron a mí. Comencé de central y acabé de extremo.Y ¿por qué entrenar?Estaba preparando oposiciones a notarías y alguien me dijo que fuera a entrenar al Marcol juvenil. Era una forma de tener algún dinero sin pedir a mis padres y acepté. De ahí pasé al colegio de Agustinos, donde coincidí con una promoción brillantísima de jugadores que, a la vez formaban parte del Valencia C.F. Nos proclamamos Campeones de España y eso fue el envenenamiento total.



Luego la enseñanza
Sí, en el propio colegio de Agustinos, me vieron aptitudes para la docencia y me contrataron con horario completo. Evidentemente mis oposiciones notariales pasaron a mejor vida.



Después de muchos años sobre las pistas, bien dirigiendo clubes, bien dirigiendo la selección española en sus distintas categorías, ¿sigues vinculado al balonmano?
Sí, claro, estoy vinculado porque formo parte de la Escuela Nacional de Entrenadores donde imparto la asignatura de sistemas defensivos. Además a lo largo del año doy cursos y conferencias sobre nuestro deporte en otros países, tales como Argentina, Chile o Mozambique.



Y ¿cómo está el balonmano en esos lugares?
En Sudamérica, el balonmano tiene una presencia escolar enorme, más que aquí, mas que el fútbol incluso. Esta presencia es lo que se entiende como enseñanza en un aula clásica, porque el fútbol utiliza otros medios, los espacios abiertos, eso que allí llaman los potreros. Pero el hockey sobre hierba femenino y el balonmano masculino tienen una enorme implantación. El profesorado de los centros escolares, y eso es una ventaja, está muy vinculado a la enseñanza de los deportes. En África, concretamente en Mozambique, un país que habla portugués y donde resultan fáciles las transferencias idiomáticas con el castellano, también tiene fuerza. Mira, si hay alguien con un balón que envenene a los chavales, el balonmano es un deporte muy atractivo para ellos, porque oferta el gol de modo indiscriminado, que es lo que más les gusta. No hay misiones predeterminadas como en el fútbol, todo el mundo defiende, todo el mundo puede hacer goles.


Imagino que has visto el Mundial de Alemania, ¿has echado de menos tu presencia allí?
Claro que lo he visto, pero no lo he echado en falta en absoluto. Después de la Olimpiada hice cruz y raya y tal vez me haya alejado algo más de la cuenta de la competición, pero creo que es la única manera de integrarte en otros campos de la vida.



Pues analicémoslo un poco. Alemania se ha llevado "su" campeonato.
La selección alemana mostró un juego muy aguerrido, ha encontrado un central moderno, con capacidad no sólo de penetración sino también de lanzamiento, y a lo largo del Mundial mantuvo un equilibrio en todas sus facetas atacantes. Si observamos su juego, los alemanes han conseguido goles prácticamente desde todas las posiciones y en defensa han exhibido el nivel de dureza que se les ha permitido. Luego, como ya es conocido, siempre caen cuatro regalos a favor del equipo de casa. Lo mismo hubiera ocurrido con cualquier otro país organizador.



En algún momento, con Alemania en superioridad numérica, les vi defender en nueve metros, como si "atacasen al atacante", valga la redundancia.
Sí, es el concepto actual de la defensa. No está todo en amagar, fintar, jugar al esgrima o salir a los impares, realmente la fortaleza de una línea defensiva en la guerra medieval consistía en una línea de mayor profundidad. En ese sistema defensivo, la única dificultad estriba en evitar la circulación de los extremos por detrás de la barrera, lo que en definitiva es el juego de la guerra.


El triunfo alemán ¿es la demostración de que la Bundesliga es la mejor liga del mundo o simplemente es la victoria de su forma, agresiva y férrea, de entender el juego?
Un poco de todo y sobre todo es un triunfo del público. A veces se dice que la mejor liga del mundo es la española. Bien, si sólo se bareman aspectos relativos a jugadores o a la calidad de los equipos, puede aceptarse esto. Pero si entramos en conceptos de marketing, de asistencia de espectadores, de arraigo en la vida social, de lo que supone un partido de balonmano en Alemania, evidentemente la Bundesliga es mucho más fuerte. La prueba clara está en la convivencia que se establece entre el fútbol y balonmano en este país. Un día puede estar jugando el Bayern un partido de Champions y, al mismo, tiempo nueve mil personas están aplaudiendo en un pabellón cubierto un encuentro de balonmano Göppingem-Gummersbach. He sido testigo de eso.


¿El balonmano es un grupo reducido de selecciones que se turnan los títulos en cada evento? ¿Tan poca diferencia hay entre ser Campeón del Mundo o séptimo clasificado?
No hay una gran diferencia entre ocho equipos. Hay momentos de forma y momentos de transición. Hay equipos que se duermen en el relevo de sus puestos, por ejemplo Rusia o Suecia. En mi opinión, Lavrov, Tuchkin o Toroganov han sido hombres que han estado permanentemente en el equipo hasta sus cuarenta años. En consecuencia, los nuevos jugadores carecen de experiencia y han tenido que recurrir a las nacionalizaciones. Suecia, por su parte, ha desaparecido desde hace dos años de la elite, después de una excelente generación de jugadores. La misión de las federaciones nacionales no es otra que garantizar el equilibrio entre promociones mediante el buen trabajo de sus técnicos. Es el objetivo a seguir. Por otro lado, hay que tener presente el importante refuerzo que, para algunos países, suponen las nacionalizaciones a las que aludía antes. En España han sido importantes las de Shepkin, Urios, Talan Dujshebaev y está en la recámara la de Fiz; Hungría tiene a sus cubanos; Skerbic, podría jugar en España en un futuro, y en Alemania tuvieron a Wenta. Claro, todo esto supone que los países pequeños, salvo que tengan una vivencia muy fuerte como es el caso de Croacia o Polonia y, tal vez en un futuro próximo Noruega, lo tienen más difícil, porque se van agrupando los mejores jugadores en unos pocos países.


Lo de Francia tiene mérito, prácticamente desde 1992 viene tocando metal.
Es el ejemplo que yo siempre pongo de una transición bien hecha. La generación del 76 francesa, con aportes de 78 y la excepción de Karabatic, son jugadores que nunca consiguieron vencer a la selección española junior pero apostaron por ellos. Tuvieron un Mundial en su país, lo ganaron y la transición se efectuó de un modo mágico. Han jugado sus bazas con inteligencia, porque en esto hay que saber cómo está uno mismo y cómo están los demás. Los franceses se adelantaron al resto y he ahí el resultado.


La que también disfruta de un buen momento es Dinamarca.
Es algo parecido a Francia. También recoge los frutos de sus generaciones de los años 76 y 78. Se veía venir de los campeonatos juniors y aquí están.


Por el contrario, Croacia parece estar tocando fondo ahora.
Bueno, en Croacia el balonmano es el deporte nacional. Les ha dado mucha gloria, su seleccionador es diputado en su parlamento, no creo que estén tocando fondo, pienso que la base croata se renueva, lo que ocurre es que algunos jugadores están muy sobrecargados de partidos. Y esa sobrecarga reduce la participación de los nuevos, que tendrán que disponer de minutos en torneos secundarios para adquirir el poso que precisan.


Y España ¿cómo ves su futuro? ¿Podrá Barrufet cumplir su deseo de retirarse en la olimpiada de Pekín?
Sí, sin duda. A Pekín España irá con mucha fuerza, con mucha ilusión. Y después, creo que se podrá mantener el tono. Hay jugadores que ahora tienen entre 28 y 30 años, que todavía tienen cinco años más para seguir en la cumbre. La travesía del desierto ya se ha realizado en este caso. Veremos si algunas promesas cuajan en grandes jugadores con mayúsculas y si las nuevas apariciones que se anuncian, como Albert Rocas, Víctor Tomás, Julen Eguinagalde o Sierra en la portería cristalizan. No parece que nos vayamos a quedar huérfanos de efectivos, lo difícil es darles experiencia internacional.


En el balonmano el componente arbitral ¿no tiene mayor influencia en el resultado que en otros deportes? ¿El juego pasivo no es un concepto muy subjetivo?
La verdad es que el balonmano es un desafío para el arbitraje. El balonmano no acepta a los malos árbitros. En seguida te das cuenta de cuando un partido no está bien dirigido. El sentido del pasivo requiere conocimiento del juego. Cuando se ha experimentado con un tiempo predeterminado en ataque de medio minuto, ha sido un desastre, porque los últimos seis segundos han sido una sucesión de golpes francos y juego sucio, con fuertes sanciones disciplinarias. La verdad es que se requiere una gran preparación arbitral porque es un deporte difícil de arbitrar. Además se están incorporando factores desestabilizadores, como la teatralidad de los jugadores en las caídas y gestos. Es prácticamente imposible que una masa de 120 kilos sea derribada por un simple empujón. En ese sentido, entrenadores y jugadores creo que tenemos que colaborar muy estrechamente para mejorar esto, para exigir honestidad en el juego.


¿Te veremos de nuevo algún día por los banquillos españoles?
No, en principio yo creo que no. El fin de semana requiere tiempo para la familia y después de cuarenta años de haber estado sacrificándolo todo, creo que es una deuda que uno debe amortizar poco a poco, a pesar de que lo que ha pasado ha pasado y eso no lo has vivido, como dice mi mujer.


Herme Cerezo


Publicado en SIGLO XXI, 20 de febrero de 2007

Gabriel Ruiz Ortega, escritor: "Escribir es una forma de vida"


Conocí a Gabriel Ruiz Ortega a través de la Red. Comenzó, igual que yo lo había hecho meses antes, a colaborar en SIGLO XXI. Ambos compartimos inquietudes y pasiones literarias. Autor de la novela 'La cacería', Gabriel, nacido en Lima (Perú), allá por el año 1977, es toda una realidad de las letras peruanas actuales. A través de sus respuestas vamos a tratar de conocerle un poco más.


¿Qué es escribir para ti: una afición, una forma de vida...? ¿Eres un letraherido?
s una forma de vida. Supongo que esto se debe a que siempre he estado rodeado de libros en mi casa. Y como suele ocurrir, el escribir es la extensión del placer que te genera la desaforada lectura, además, lo que más amo es escribir, siento un gran vacío cuando no lo hago. Y sí, soy un letraherido (me encanta esa palabra). Soy de la idea de que cualquiera que se dedique a este oficio tiene que serlo, me es inaceptable que sea lo contrario.


Cuéntanos un poco tus comienzos, el público español, tus futuros lectores, deben conocerlos.
Bueno, supongo que será como los inicios de todo el mundo. Empecé escribiendo para revistas locales, hacía reseñas, escribía artículos, crónicas, realizaba entrevistas a escritores, etc. Sin embargo, no poca gente creía que yo escribía poesía por el hecho de que un buen tiempo paraba bastante con poetas. Iba mucho a recitales de poesía, a bares y discotecas, matando la noche con toda clase de botellas de alcohol y demás estimulantes de ocasión. Y clandestinamente escribía prosa, bastante, de manera torrencial y desordenada. Y bueno, se dio la posibilidad de que se publique La cacería.


Sudamérica, Perú en concreto, parece un vivero inagotable de escritores. Tras el llamado ‘boom’ sudamericano de los años sesenta-setenta, ¿tú en qué generación de plumíferos te encuadras?
Los escritores del Boom siguen siendo insuperables, sigo muy de cerca lo que se publica en Latinoamérica. Si bien es cierto que hay obras importantísimas aparecidas en estas últimas décadas, es menester aclarar que estas no superan lo hecho por los narradores del Boom. Hasta que eso no ocurra, seguiremos siendo deudores de lo mejor que dio Latinoamérica el siglo pasado. Además, el Boom no solo fue importante para la literatura de esta parte del mundo, sino que fue clave para refrescar la temática de la literatura española, ¿qué sería hoy de la literatura española sin la influencia del Boom?, absolutamente nada de nada. Ahora, me siento bien y estimulado en la generación de nuevos narradores de mi país. Como nunca antes hay una camada que derrocha talento y formación, y eso que la gran mayoría recién tiene un libro publicado, y lo bueno es que el camino está trazado para que dentro de un tiempo se escriban obras referenciales. Solo es cuestión de esperar.


Detrás de todo escritor o antes de un escritor, existe un lector. ¿Qué lecturas nutren la mente y la vida de Gabriel Ruiz Ortega?
Leo bastante, pero siempre hay libros a los que vuelvo porque me son necesarios no solo por factores literarios, sino también por fundamentadas razones existenciales. Me es imposible ver la vida si no releo cada dos años Las ilusiones perdidas, de Balzac; o Gargantúa y Pantagruel, de Rabelais. Y están los libros que me han llevado a escribir, como El palacio de la luna, de Auster; Miedo y asco en Las Vegas, de Thompson; las sagas del detective Carvalho, de Vázquez Montalbán; todo Ellroy, todo Vargas Llosa, todo Pérez-Reverte; y autores necesarios como Bukowski, Fante, Aragon, Robins, Glez, Roth, Chandler, Kerouac. En fin, son demasiados, tampoco quiero mostrar un catálogo. Solo digo que un escritor no escribe de la nada, cada cual tiene un canon personal, este puede ser diverso, sin ningún hilo conductor, y uno sabe cuán necesarios son para sendos proyectos narrativos.


¿Cuál es tu metodología para escribir: planificas o te dejas llevar?
Planifico lo esencial: principio y final. Luego, me dejo llevar, además, en el mismo proceso pueden ocurrir cambios, pero estos no se dan si es que no tienes una idea general de lo que quieres contar. No sé, pero me siento incapaz de escribir cuentos, sencillamente no puedo, me es muy difícil. Por eso estoy convencido de que siempre escribiré novelas, creo que el mismo hecho de escribirlas es el mayor placer que pueda sentir. Además, hace un tiempo le escuché decir a Pérez-Reverte que uno no puede atreverse a escribir novela si es que no se conoce bien el siglo de la novela, el XIX. Conocer la novela decimonónica es fundamental, no sé qué hubiera sido de Joyce, Faulkner o Nabokov si no hubieran tenido un conocimiento cabal de lo escrito en el XIX. Imagínate, cuando lees las novelas de Faulkner y las analizas en conjunto no tardas en darte cuenta que estás ante un patente homenaje a La comedia humana, o sea, Faulkner renovó la estructura convencional de la novela partiendo de un conocimiento de causa esencial.


Relacionado íntimamente con la anterior: escribir es ¿inspiración o trabajo?
En el caso de la novela es netamente trabajo, requiere de mucha disciplina interior y constancia. No conozco caso alguno de renombre e importancia que haya escrito una novela a punta de inspiración. A lo mejor la inspiración sirva en cuento y poesía, pero no sé, no escribo esos géneros, pueda que peque de prejuicioso.


¿Rompes muchos papeles o te viene todo fluido?
Todo lo escribo en la pantalla de la PC. Lo que sí hago es tomar notas que sé que me pueden ayudar en un momento determinado. Digamos que las ideas me vienen con mucha facilidad y el trabajo consiste en seleccionar las ideas que valgan la pena, esto es también una lucha con uno mismo. Si bien es cierto que la novela es la parcela más libre que hay, no debe abusarse de esa libertad, si quieres hacer algo original, y como ya lo dije, tienes que saber qué es lo quiebras. Y eso sí, hoy en día, aunque no lo parezca, se escribe mucho más en la pantalla de la PC que cuando se escribía a mano o en máquina de escribir.


Háblanos de ‘La cacería’, ¿de dónde te surgió la idea para tu primera novela?
La cacería cuenta tres historias: la de un par de agentes de la dictadura de Fujimori, la del periodista Óscar Gómez y la de quien cuenta la novela. Pero esto no hubiera sido posible si es que no me hubiese encontrado en un bar de mala muerte en La Victoria –distrito populoso de Lima- a donde llegué no sé cómo, pero lo que sí recuerdo fue que al despertar me encontré con un par de sujetos de porte militar en la misma mesa en la que estaba yo, ambos estaban hablando de la edición de unos videos pornográficos y a cada rato mencionaban al Doc y al Presidente. Recuerdo que me puse a beber con ellos hasta que salió el sol, y me contaron cosas realmente alucinantes. Ahora, no sé si eran agentes de verdad, a lo mejor eran unos militares frustrados que querían impresionarme, pero aún así, lo que escuché me sirvió para tener la idea base de La cacería. Llevaba tiempo dándole vueltas a un argumento sobre la dictadura de Fujimori y su asesor Montesinos, y no encontraba novela alguna en la que se haya relatado esa relación sórdida entre ese par de sujetos, pero las cosas suceden por algo puesto que en esos meses Alonso Cueto publica Grandes miradas, novela que me gustó mucho, y a raíz de dicha lectura fue que me sentí libre para abordar la historia que tenía en mente.

Desnúdate un poco, ¿qué hay de real y qué de ficticio en tu novela?
Casi todo es real, hay personajes fácilmente reconocibles en sus páginas. Leí mucho sobre el tema, no por fines literarios, sino por un interés personal. Por desgracia, en Perú la gente se deja llevar más por lo que se dice en las calles, en los bares y en los baños. Si quería saber a cabalidad de esa época, tenía que hacerlo bien. Claro que en algunos casos he tenido que camuflar, al punto que tuve que hacer uso de no pocos apellidos maternos y jugar con la ubicación de ciertos espacios. Cada personaje tiene algo de mí, y la atmósfera representada es lo que siempre me ha obsesionado. Lo que sí me gustaría decir es que yo estoy en contra del aborto, salvo excepciones bien fundamentadas. Quienes lean la novela se darán cuenta por qué lo digo.

Varios años después de la desaparición de Fujimori y Montesinos, ¿quedan huellas en la sociedad peruana de su presencia al frente del país?
Fujimori y Montesinos no han desaparecido. Montesinos está una supuesta cárcel de máxima seguridad, y el cobarde y cleptómano de Fujimori se da la gran vida en Chile. Esto es algo que me fastidia mucho puesto que el actual gobierno de Alan García no hace nada por agilizar la extradición de ese ladrón, y en parte entiendo esta actitud de García ya que fue él quien ayudó a Fujimori a llegar a la presidencia, y el partido político de Fujimori es ahora un aliado clave del actual gobierno. García está meciendo al país con estupideces, no ha hecho nada concreto que valga la pena resaltar, y el luchar contra la corrupción jamás ha sido una de sus características. Lamentablemente, lo dejado por Fujimori y Montesinos es una estela de podredumbre moral que afectará a varias generaciones de peruanos.

Algunos personajes de ‘La cacería’ son descarnados, faltos de escrúpulos, ¿van tipos así sueltos por las calles del Perú?
Yo creo que en todo lugar hay gente inescrupulosa, desde aquellos que ejercen sus bajezas desde el poder hasta aquellos que se refocilan en ella en la vida diaria. Lógicamente que lo de Fujimori se hizo sentir más por el mero hecho de que su gobierno se caracterizó por ejercer el terrorismo de estado a través de grupos paramilitares como Colina y un servicio de inteligencia que tenía la función de amedrentar, extorsionar y asesinar a quien fuera un peligro para sus planes de perdurabilidad. Ni hablar de la sujeción del Poder Judicial, pero esto no es nada en comparación al plan de embrutecimiento y desinformación que llevaron los canales de televisión, las radios y no pocos diarios.

Pero tus inquietudes no se circunscriben sólo a la literatura. ‘La cacería’ es también un repaso al bagaje cultural que te envuelve, hablas en ella del cine y, especialmente de la música, ¿eres un hijo del pop y del rock?
Me gusta bastante la música, en especial el rock. No hago absolutamente nada si no estoy escuchando música. Salgo mucho a discotecas en las que se pongan cosas de Joy Division, Happy Mondays, Aviador Dro, New Order, The Ocean Blue, Café Tacuba, etc. Creo que todos necesitamos de una banda sonora personal, y mi banda sonora que me seguirá hasta el fin de mis días es el álbum Quadrophenia de The Who. Ese álbum me salvó la vida. Además, me gusta compartir música, tanto así que con Miguel Rivera y mi pata Daniel Salas administramos La caverna, un blog en el que colocamos videos musicales que valen la pena. Pero paradójicamente, a la hora de escribir ficción, prescindo del rock para dejarme llevar por Las variaciones Goldberg, en la versión del hechicero Glenn Gould.

El tráfico de drogas y su conexión con el poder también se reflejan en tu novela, ¿tan terrible es la situación en Perú sobre este tema tan espinoso?
Imagínate que se usaba el avión presidencial para transportar droga. Sin embargo, creo que esto no es una situación que se haya vivido solo en Perú, estoy convencido que también sucede en otros países de la región. Lo que pasa es que cuando se dieron a conocer los videos que tumbaron a la dictadura empezó a cristalizarse lo que fluía como sospecha o habladuría. Fue un golpe durísimo para quienes defendían y exaltaban los supuestos logros de Fujimori, pero aún así, la gente es desmemoriada ya que ahora hay un porcentaje significativo de la población que extraña a Fujimori.

Ejerces la crítica en el “Diario del Siglo XXI” y también en tu país, ¿qué tal han ido las críticas vertidas sobre tu ‘ópera prima’?
Me considero un escritor que escribe sobre libros que le gustan, e intento ser muy objetivo, y sé que aún me falta aprender bastante, y eso es lo sustancial, seguir aprendiendo, ergo, seguir leyendo torrencialmente, me encanta como no tienes idea. Con relación a las críticas de mi novela no me gusta decir mucho, no soy un onanista que ventile de lo bien que se habla de La cacería, ni mucho menos un despechado que dispara contra quienes hayan escrito mal de mi libro. La crítica está desde siempre, y sean cuales fueran los comentarios, estos jamás me van a afectar. Gracias a Dios estoy curado contra eso. El verdadero escritor tiene que estar dispuesto a soportar lo que sea. Y tiene que saber guardar mesura a la hora de los elogios. Hace un tiempo le escuché decir a Roberto Bolaño que le parecía patético que los escritores se esfuercen por ser inmortales, que eso era una burda ilusión puesto que todos los escritores están condenados al olvido, y que esto se verá en el gran futuro, en el que Shakespeare y menganito serán prácticamente lo mismo. Bueno, hay muchísimas cosas que dijo Bolaño en vida, era un soberano bocón, pero en esto, en especial, le doy toda la razón. Lo importante es vivir hacia adentro, en preocuparme en lo que realmente importa: leer, escribir y vivir.
Herme Cerezo
Publicado en Siglo XXI, 10 de enero de 2007

viernes, 3 de abril de 2009

Laura Gallego: 'La literatura juvenil no es la que se escribe para los jóvenes, sino la que leen los jóvenes'



Tras ‘La Resistencia’ y ‘Triada’, el pasado 14 de octubre, Laura Gallego publicó ‘Panteón’, tercera y última parte de su trilogía ‘Memorias de Idhún’. La escritora valenciana ha sido fiel a su palabra ―nos lo prometió a primeros de año―, y antes de sumergirse en la vorágine de las presentaciones y de los encuentros con sus lectores, contestó nuestras preguntas para diario Siglo XXI (entrevista publicada el 26 de octubre de 2006).


Laura, escribes desde los once años, ¿qué es la Literatura para ti? La Literatura para mi es todo. Si no leyese, si no escribiese no sería yo. Sería otra persona completamente distinta. Si no hubiese conseguido publicar mis libros, escribiría igualmente porque eso es lo que a mí me gusta hacer.
¿Cómo veían en tu casa esta vocación tan temprana? Supongo que pensarían que ya se me pasaría la fiebre, pero cuando dije que quería ser escritora no me pusieron impedimentos, con la única condición de que sacase buenas notas.
¿Cuál es tu técnica como escritora? ¿Planificas o te dejas llevar? Planifico. Escribir es como un puzle. Todas las piezas deben encajar perfectamente. Si te falta una se te cae todo. Es como hacer una casa. Nadie la empieza por el tejado.

Tu primer éxito fue ‘Finis Mundi’, cuya reseña publicó nuestro Diario allá por el mes de febrero. Con él obtuviste el Premio Barco de Vapor (1998), organizado por la editorial SM, pero hasta llegar ahí ¿fue duro el camino? Bueno, fue a partir de los 14 ó 15 años cuando comencé a enviar libros a las editoriales, libros que éstas rechazaban. Pero yo seguía con mi vida de siempre y aprovechaba las vacaciones para escribir. Estaba deseando acabar los exámenes para hacerlo. Escribía una o dos novelas cada verano. ‘Finis mundi’ fue una de ellas y se publicó justo cuando cursaba tercero de Filología. Fue SM quien se fijó en ti,

¿Ninguna editorial valenciana se interesó por tus libros? Cuando comencé, era muy joven y no se me pasaba por la cabeza la idea de enviar mis textos a editoriales para adultos. Siempre los remitía a editoriales juveniles y a las direcciones que encontraba en los libros que leía. Por eso, publicar en SM fue ideal para mí. Y, a partir de ‘Finis mundi’ cambió todo. Al ver que mis libros se vendían, tuve que replantearme las cosas, sobre todo cuando en SM me propusieron dar unas conferencias en León durante una semana. Por entonces yo estaba cursando el doctorado y fui a pedir permiso para ausentarme de las clases durante esos días. Yo tenía claro que los estudios seguían siendo lo primero de todo, pero fue mi propio profesor de doctorado quien me animó a aceptar la propuesta de mi editorial. Y así lo hice.

Una de las características de tus personajes es que cambian, que evolucionan a lo largo de los libros. Sí, mis personajes evolucionan, son casi como amigos míos. Yo me pongo en su lugar y veo que, con todo lo que les hago sufrir, con las aventuras que pasan, tienen que cambiar. Es lógico que crezcan, la propia historia te lo pide. Tienen que aprender, madurar...Muchos de ellos, además, son mitad humanos, mitad otras cosas.Yo no me había dado cuenta de eso, fue mi novio quien me dijo que éste era uno de mis asuntos fetiches. Los temas del hombre-lobo, del ser humano que se convierte en otra cosa, del chico-dragón, se repiten en mis novelas. Pero si te paras a pensar, en el cómic, Superman, Batman, o en la literatura universal es algo tópico que se da con frecuencia. Antiguamente, los guerreros se vestían con pieles de animales para apropiarse de sus peculiaridades, esa costumbre representa el deseo del hombre de fusionarse con la naturaleza. No soy la única que trata esto en sus libros. Hay montones de leyendas sobre ello.

La Edad Media constituye una importante fuente de inspiración para ti. ‘Finis Mundi’ sí está muy inspirado en la literatura medieval, porque cuando lo escribí yo estaba estudiando esa época histórica en la facultad. Además yo era muy fan de esa literatura: ‘El Señor de los Anillos’, uno de mis libros favoritos, bebe del mundo medieval. En general, el tipo de libros del género fantástico que me atraen tiene sus raíces en la Edad Media. Pero también me interesan otros asuntos: el tema del unicornio, por ejemplo, proviene de lecturas del siglo XX.

Hablemos de tus lectores, porque tú eres la continuadora de una tradición de autores que escriben libros de aventuras, del género o fantástico o no, que ha existido siempre, y que tu literatura es apta para todos los públicos, no sólo para adolescentes. La literatura juvenil no es la que se escribe para los jóvenes, sino la que leen los jóvenes, que es algo diferente. El ochenta por ciento de mis lectores son adolescentes, pero yo escribo igual para todo el mundo, excepto cuando publico mis cuentos infantiles, ya que los pequeños requieren un lenguaje especial.
¿Qué tal te llevas con tus colegas?Ahora, gracias a Internet, puedes contactar con relativa facilidad con escritores de cualquier parte del mundo, porque las distancias han perdido importancia. Mantengo una relación más estrecha con autores que escriben para jóvenes y hacen literatura fantástica. Y ello es debido a que nos encontramos en los mismos saraos.

Centrándonos en tu trilogía, la gestación de las ‘Memorias de Idhún’ es el fruto de un proceso largo, ¿no? Sí, el inicio del argumento de ‘Memorias de Idhún’ data de hace quince años más o menos. Fui completando el puzzle con ideas nuevas, que han ido surgiendo con el paso del tiempo, hasta conformarlo completamente.
Y desde que comenzaste su escritura has salido a libro por año. Sí, aunque escribí más rápidamente la primera parte que las otras dos. En el segundo libro, la escena de la batalla me ocupó mucho tiempo.
¿Es ‘Panteón’ el cierre definitivo de Idhún? Sí, estoy un poco cansada de las series. Lo próximo que escriba será una novela unitaria, con principio y fin.Última pregunta, ¿veremos el mundo mágico de Idhún en el cine?En principio, no. Hace falta mucho dinero para ello y, además, yo no estoy por la labor.

Antes de cerrar esta entrevista, quiero transcribir el texto que la propia autora escribió en la solapa de ‘La Resistencia’, el primer volumen de la trilogía. De este modo, los lectores del Diario del Siglo XXI pueden hacerse una idea de lo que van a encontrar en las páginas mágicas de Idhún: Esta historia empezó cuando yo tenía casi quince años. Hacía ya tiempo que me rondaba por la cabeza un personaje muy especial, Jack, y tenía ganas de inventar una aventura en la que él fuera el protagonista. Aquel verano nación Idhún, el mundo de los tres soles y las tres lunas, y surgió la idea principal de la novela, la historia de Jack y de Victoria. Pero no me atreví a escribirla... ¿Por qué? No lo sé. Tal vez sentía que no había llegado el momento aún, quizá no tenía las cosas del todo claras. Sin embargo, en los años siguientes fui desarrollando aquel mundo, sus mitos, su geografía, sus dioses, sus razas. Y, a pesar de todo, sentía que todavía le faltaba algo, que la historia no era completa. El proyecto se quedó durmiendo en un cajón hasta que entró con fuerza la pieza del puzle que faltaba, el fascinante Kirtash, un personaje que revolucionó la historia que tenía en la cabeza, y que hizo que, años después, Idhún volviera a llenar mi mente con su misteriosa llamada. En resumen, hacía ya mucho tiempo que me obsesionaba esta historia; ¡incluso llevo siempre puesto un anillo parecido al de Kirtash! Ahora ya estoy preparada para compartirla con vosotros...Laura Gallego García
La Trastienda