sábado 14 de noviembre de 2009

Jesús Sánchez Adalid, escritor: "La novela histórica de calidad seguirá existiendo poque está en el tronco mismo de la Literatura"

Herme Cerezo/SIGLO XXI, 02/11/08

Llegó a la cita con retraso ferroviario: el tren que lo transportaba desde Cartagena se había demorado lo suficiente para convertir un plácido paseo en un periplo fatigoso, algo demasiado habitual últimamente. Cuando Jesús Sánchez Adalid (Don Benito, 1962) pisó el vestíbulo del hotel Zenith, en el aire todavía flotaban los últimos compases de las fanfarrias de moros y cristianos que, de norte a sur, habían atravesado Valencia aquella tarde-noche. A esas horas, los timbaleros ya refrescaban sus manos, después de quitarse las tiras de esparadrapo que, durante todo el desfile, habían protegido sus dedos. Y las moras y moros, las cristianas y cristianos se desprendían de sus atuendos en común fraternidad, en común encrucijada cultural. El escritor pacense, dispuesto a responder mis preguntas sin mayor dilación, apenas se detuvo para aparcar su maleta en el primer rincón que le vino al paso. Ni siquiera quiso tomar aire, a pesar de que sus facciones reflejaban cansancio y una cierta impotencia por los contratiempos del viaje. Así que nos pusimos a hablar sobre su última y reciente novela, ‘El caballero de Alcántara’, cuyo argumento no puede resultar más tentador: un miembro de la Orden de Alcántara, Luis María Monroy, parte hacia Oriente disfrazado de mercader con la secreta misión de entrar en contacto con el hombre más poderoso de Estambul, "el Gran Judío". El viaje requiere dos escalas Venecia y Sicilia. Espías, ciudades exóticas, intríngulis políticos, la corte, la vida monacal, todo eso y algunas cosas más es lo que prometen sus páginas. La novela, cuya escritura ha durado un año, no lleva todavía un mes en el mercado y su autor ya ha recibido ofertas para su traslado a la gran pantalla.

¿Qué tal llevas la promoción?
Bien, bien, dando bandazos pero me adapto. Una vez metido en la rueda sientes que te arrastra, es pura inercia. Llevo quince días por ahí, perdido. Madrid, Barcelona, Madrid, Sevilla, Alicante, Cartagena ... Hoy estoy aquí y mañana parto hacia Bilbao. Y luego a Santander, a Oviedo, a La Coruña … De locura. Pero esto es así, no tiene vuelta de hoja. Hay veces que no sé ni en qué ciudad me levanto, tengo que pensar para averiguarlo.

Jesús Sánchez Adalid es sacerdote. Tiene su parroquia en el municipio de Alange (Badajoz). A Dios ya veo que le sienta bien lo de tus libros porque te bendice con el éxito, pero ¿qué opinan tus superiores eclesiásticos?
A mis superiores de la Iglesia, como tu dices, les parece bien... Circulan por ahí demasiados tópicos. La Iglesia es más moderna de lo que creemos. El obispo está encantado, sólo se preocupa por encontrar alguien que supla mi ausencia en la parroquia. No me ponen ninguna pega. En alguna ocasión, alguien a título particular, me ha sugerido que suprimiese el erotismo de mis novelas, pero cómo lo voy a quitar si mi erotismo es de risa.

¿Por qué te pusiste a escribir?
No soy capaz de contestar esta pregunta. Es un misterio para mí. He sido muy lector desde pequeño y, en un momento determinado, hace unos doce años, comencé a escribir. ¿Por qué? De verdad que lo ignoro.

Tus estudios son de Derecho y Teología, ¿cómo se te ocurrió escribir novela histórica?
Siempre me gustó la Historia, pero de todas formas en mi escritura la Historia sólo es el marco donde se desarrollan mis argumentos, donde se mueven mis personajes que, como verás, son muy humanos, porque me interesa mucho su vida interior. En mis narraciones también juega un papel importante la fantasía.

Hasta ahora te has acercado en tus obras a los romanos, a los árabes, a la Edad Media, ¿vas a cerrar un ciclo histórico completo?
No, no, yo no llevo un orden cronológico, escribo cuando encuentro una historia interesante. Lo que narro en ‘El caballero de Alcántara’ me parece originalísimo porque no lo ha contado nadie antes con seriedad y rigor, como yo pretendo. No hay ningún libro que hable de los espías de Felipe II y el rey tenía un sistema de inteligencia impresionante. El siglo XVI es un siglo riquísimo y el año 1568, un año decisivo en la corte española, no tiene literatura. Los norteamericanos llevan ciento cincuenta años haciendo cine y escribiendo libros sobre la conquista del Oeste y mira la de cosas que han aparecido. Y eso no es nada si lo comparamos con nuestra historia, con las tres culturas, con el Mediterráneo, con nuestro bagaje cultural, ... nosotros tenemos muchas más cosas que ofrecer.


El asunto del espionaje se me hace especialmente atractivo en esta época.
Por supuesto, García Hernández es un personaje curiosísimo y está perfectamente documentado, igual que Barelli, el espía Barelli, que intentó quemar el arsenal de Constantinopla antes de Lepanto y como no pudo, por culpa de una tormenta, se produjo la batalla. Todo eso son datos reales que, gracias a la Literatura, saldrán a la luz pública. Si se quedan en los libros de Historia, sólo son para los historiadores.

En aquellos años, ¿los espían ya utilizaban todos las técnicas propias de su oficio?
En la época de Felipe II había lenguajes cifrados, jefes de espías, contactos secretos y también existía ya el peligro de los dobles agentes. El rey se dio cuenta de que la mayoría de sus espías eran mercaderes, que iban a comerciar a Estambul y traían noticias de allí. Pero claro, también llevaban noticias de España a Turquía. Así que en realidad eran falsos espías que, además, cobraban por la información que transmitían. Fue entonces cuando el monarca descubrió la utilidad de las órdenes de caballerías para estos menesteres.

El lenguaje utilizado en ‘El caballero de Alcántara’ refleja un enorme trabajo de documentación sobre el habla de la época.
He leído muchos libros del siglo XVI. Es el mayor trabajo de la novela. Utilizando el lenguaje antiguo voy aromatizando la historia de un modo gradual, con delicadeza, es como un regalo que le hago al lector. Pero al mismo tiempo lo voy aligerando, de tal manera que la última parte del libro presenta un lenguaje muy actual. Al lector del siglo XXI no se le puede aburrir con la lengua del XVI. De todos modos cierro la novela con unas cartas escritas en el lenguaje puro de la época.

Ese lenguaje tan cuidado suple la escasez de descripciones con palabras que ambientan al lector.
Bueno, a medida que he ido avanzando como escritor he cambiado. Al principio, me preocupaba bastante por la descripción de lugares, paisajes, comidas, trajes ... Pero ahora me interesa mucho más ir al grano, al interior de los personajes. Unas cuantas pinceladas son suficientes para ambientar.

Tus obras pueden ser un buen camino para enseñar la Historia de otro modo.
Mis novelas se están leyendo en cientos de institutos de toda España, institutos que yo no puedo visitar a pesar de que me llaman, lo cual me da mucha pena. Mis libros son un abrebocas para la literatura del Siglo de Oro, una literatura que ningún niño de hoy lee.

Creo que la novela histórica junto con la policíaca son los dos géneros que más venden. ¿Qué busca el hombre de hoy en el género histórico?
En esta gira me he propuesto aclarar ciertas cosas. Mira, cuando llegamos a una librería, en las novedades encontramos un montón de novelas históricas. Pero eso no es así en realidad. Son libros de enigmas, esotéricos, de misterio pero verdaderamente históricos hay muy pocos. Es verdad que vivimos un momento dulce de la Historia, pero es que eso está en el origen de la Literatura: el Mahabharata o el Ramayana son sagas de héroes y de reyes. Algunos libros de la Biblia, como el de Samuel, el de los Reyes o el de David también son género histórico puro. Actualmente, a este género se le han pegado como una lapa el enigma y el misterio. Y esa mezcla creo yo que tiene los días contados. Sin embargo, la novela histórica de calidad seguirá existiendo como hasta ahora, porque está en el tronco mismo de la Literatura.

Luis María de Monroy, el protagonista que también aparece en ‘El cautivo’ y ‘La sublime puerta’, fue un personaje real?
Está basado en un linaje real, el de los Monroy. Es una familia muy importante de la nobleza extremeña y con muchas bifurcaciones. Francisco Pizarro pertenecía a ella.

El caballero de Alcántara, Luis de Monroy, parece un personaje muy sumiso, ¿es así?
A mí me gusta violentar a los personajes. Yo quiero que asuman su propio viaje interior. En la realidad, cuando surgen las cosas es porque la propia vida te las impone. Tras años de esclavitud, Monroy vuelve a su casa en busca de la lógica de una familia tradicional: vivir tranquilo, casarse, tener hijos. Pero descubre que no se lleva bien con su hermano, que despierta su envidia, y tiene que buscar alternativas. Es entonces cuando Felipe II lo escoge para ingresar en la orden de Alcántara y desempeñar determinadas misiones. Es un personaje dócil, pero poco a poco va sacando sus propias conclusiones. Y como a mí también me interesaba dar una imagen panorámica del momento, lo he movido por muchos ámbitos distintos: Guadalupe, Venecia, Sicilia y Constantinopla, claro, que es la clave.

¿Qué era la orden de Alcántara?
Era una orden militar, cuya sede se encontraba en Alcántara. El origen de estas órdenes se remonta a Las Cruzadas, cuando se crearon para defender los santos lugares. En relación con las mezclas a las que aludíamos antes, nos ha surgido ahora una pseudoética rara, estrambótica y esotérica en torno a estas instituciones, sobre todo con los templarios, de tal manera que el lector de hoy no sabe exactamente qué eran las órdenes militares, que alcanzaron una importancia grandísima, hasta tal punto que Felipe II les encomendó el gobierno de los territorios más alejados: los virreyes como Fray Nicolás de Ovando, gobernador de La Española, o Fray Francisco de Toledo virrey de Perú, pertenecían a estas órdenes. Los caballeros vivían de acuerdo con las reglas monacales, las de siempre, entre ellas la de San Benito. Eran monjes pero no en el sentido de ora et labora, sino que se habían convertido en milites, esto es, defensores de la fe. Aprendían la estrategia, las artes de las armas y también sabían administrar territorios.

Una sorpresa que encierra ‘El caballero de Alcántara’ es el descubrimiento de la liturgia del bordado y de los tejidos.
Es sorprendente, ¿verdad? Todo eso está en el Libro de los Oficios del monasterio de Guadalupe. Ahí viene detallado cada oficio, incluido el del Taller de Bordaduría. Cuando lo leí me quedé muy sorprendido. Me vino muy bien para hablar de telas y bordados en lugar de especias, que era lo típico. No te puedes imaginar la cantidad de tejidos que se fabricaban en Valencia y que llegaban al monasterio. Y aunque pueda parecer trabajo de mujeres, los bordadores eran siempre hombres. El conocimiento de la técnica del bordado lo transmitían de padres a hijos.

¿Cómo era la España de los tiempos de Felipe II?
En aquellos años, España estaba sometida a tensiones enormes y soportaba tres guerras muy serias: contra el protestante en Europa, contra los turcos en el Mediterráneo y contra los moriscos, que se acaban de alzar en armas en Granada. Y parecía que todo se había conjurado para suceder en el año de 1568. Estos acontecimientos se recrudecieron con la muerte de la reina, con la del heredero y con graves problemas en los territorios americanos. Felipe II se recluyó en Valsaín y buscó cómo gobernar el imperio de un modo nuevo. Los españoles estaban en medio mundo: en Constantinopla, en Nápoles, en Génova, en Milán, en América … Castilla sufrió una despoblación enorme. Se respiraba un aire aristocrático: todo el mundo quería descender de cristianos viejos. El español, además, creía haber sido escogido por la Providencia para rescatar al mundo de todas sus penalidades. Este ambiente se refleja en la Literatura del Siglo de Oro.

Tu obra es muy visual, ¿te la imaginas adaptada al cine?
La novela salió a la venta hace diez días y ya tengo una oferta para llevarla al cine. He de entrevistarme con un director español dentro de poco. España tiene una deuda antigua con el cine histórico. Es un género difícil porque necesita un buen guión, un buen director de cine histórico y dinero. Lo que hace Almodóvar tiene mucho ingenio pero es muy barato. El género histórico es muy caro porque tiene un atrezo muy costoso y los escenarios y paisajes son muy complejos.

¿Qué estas escribiendo ahora?
No llevo, como te decía antes, una sistemática cronológica en mi obra. Ahora me voy al año 35 y escribiré una novela sobre las dos décadas posteriores a la vida de Cristo y sobre la expansión del cristianismo en sus primeros años. Tendrá mucho que ver con el vino en el Mediterráneo como elemento religioso y también con los ritos babilónicos, los cultos a Afrodita y a Dionisio. Llevo ya leídos 35 libros sobre este tema.

Juan Carlos Arce, escritor: "Escribo siepre sobre las relaciones de poder, de uno o de otro modo, con un arumento o con otro"

Herme Cerezo / SIGLO XXI, 26/10/09

A mediados del pasado mes de septiembre, SIGLO XXI publicó mi reseña sobre la novela ‘La noche desnuda’ del escritor Juan Carlos Arce (Albacete, 1958), basada en la vida de Andreu Nin, líder político del POUM, un partido que, a pesar de su corta existencia, desempeñó un papel destacado durante la Guerra Civil Española. Tras dar no pocos tumbos en su búsqueda, en la del autor, digo, incluido un error en el número de teléfono del que disponia para contactarlo, que me valió el varapalo verbal de una iracunda señora a la que sorprendí con la boca llena de tortilla de patatas o algún otro guiso similar, conseguí localizar al escritor manchego para conversar de su novela y del llamado género histórico. Éstas fueron sus respuestas a mis preguntas.

¿Qué es escribir para Juan Carlos Arce?
Como las palabras que tienen en el diccionario varias acepciones, escribir tiene también varias definiciones. En un sentido artístico o literario, es elaborar un texto que conmueva el ánimo. En un sentido técnico, escribir es, sobre todo, dos cosas: una, construir una frase que tenga sentido y después otra que también lo tenga y así seguido hasta el final. Y dos, saber recortar el lenguaje y ajustarlo al estilo o al dinamismo de la obra, esto es, saber qué es lo que no hay que escribir. En un sentido personal y subjetivo, un medio de explicarme el mundo, una manera de soportarlo, la forma en que sintetizo los conflictos con la realidad. Supongo que hay muchos más sentidos.

Sus novelas, mayoritariamente, pertenecen a eso que llaman género histórico. ¿Se encuentra cómodo en este terreno?
De otro modo, no habría escrito mayoritariamente novelas históricas. Me gusta convertir a los personajes históricos en personajes literarios. Pero inmediatamente debo advertir que cualquier novela escrita con verbos en tiempo pasado podría ser una novela histórica porque habla de algo que sucedió o que supuestamente ha ocurrido. Por otra parte, cuando Shakespeare escribe "Julio César" o Coriolano" o "Ricardo III" nadie piensa que hace "teatro histórico". Al revés, está haciendo el teatro de su tiempo con un argumento en tiempo pasado. ¿Qué es una novela histórica? ¿Una novela en la que aparecen personajes de la Historia? ¿Cuando la acción o el argumento se sitúan en el siglo XIX y anteriores?, ¿en el principio del XX? ¿Si se habla del año 2004 ya no es histórica? ¿En qué fecha se ha trazado la línea que define al género? Es un poco complicado explicar esto en una respuesta de límites razonables.
Por otra parte, en los manuales de historia encontramos siempre los datos, las razones estratégicas, los motivos, los hechos, las batallas, las fechas, los nombres... Pero esa historia, así contada, no habla de las personas. Por eso, las novelas completan la historia. Yo siempre digo que si queremos saber cómo fue el siglo XIX en España, podemos leer tres mil libros de Historia sobre ese siglo. Pero, para saber de verdad cómo fue, necesitamos leer las novelas de Galdós. Allí se contiene la respiración, el pensamiento oculto, el pulso real de las personas del siglo. En la ficción está cada vez más la verdad. Porque la verdad debe ser completa para llamarse así. Y las novelas históricas completan la verdad de las cosas añadiendo el pulso humano.
Además, en realidad, la ficción está siempre presente en cualquier hecho histórico más o menos remoto. Porque la historia es siempre algo que nos cuentan. Y contar es, desde luego, elegir las palabras para hacerlo. Elegir las palabras, usar unas y no otras, es ya un poco de ficción. Se puede contar el mismo hecho con unas palabras o con otras. Y entonces tendremos, casi con toda seguridad, dos hechos diferentes. Además, cada vez que un hecho histórico vuelve a contarse, se impregna de nuevas visiones, de aportaciones nuevas, de tonos diferentes.

A su juicio, el hombre de hoy ¿ha aprendido algo del pasado para construir el futuro?
La pregunta parece suponer un esquema temporal lineal. Atrás el pasado, delante el futuro. No tengo eso tan claro, sin embargo. Tiendo a imaginar el tiempo en estructuras circulares. Tal vez superpuestas en vertical, pero circulares. Y quiero decir con esto que, de algún modo, la historia, esencialmente, se repite. Se repiten los esquemas. Deberíamos aprender que se repite. No, por tanto: no creo que se haya aprendido del pasado.

¿El género histórico le condiciona a la hora de escribir o, dicho de otro modo, construye Vd. un guión y lo sigue al pie de la letra o le queda espacio para la improvisación, para la aventura literaria?
Escribo con respeto a los hechos y a las fechas. Me informo sobre la época, aprendo, me documento sobre la historia que quiero contar. A partir de ahí, dejo deliberadamente muchas zonas oscuras (que podría iluminar o completar), dejo muchas zonas grises (que podría definir) y trato de olvidar o de no tener en cuenta muchas cosas que he llegado a conocer sobre esa historia. Es decir, que cubro de un velo difuso el conjunto de la historia, precisamente para poder imaginar. Yo hago ficción, literatura, novelas. No hago libros de Historia, ni escribo ensayos. Así que necesito desconocer cosas, abrir territorios a la imaginación. Si no hiciera eso, no habría obra literaria.
Ahora bien, si tu pregunta se refiere a cómo construyo la novela "una vez que he empezado a escribir", esto es, si sé desde el principio todo lo que ocurrirá o voy elaborándola según escribo, debo decir que el esquema general, la estructura básica es completa desde el principio. Pero, naturalmente, en el curso de la escritura, surgen problemas técnicos, perspectivas nuevas, personajes o voces que aportan otros puntos de vista. Y hay que tomar decisiones. Escribir es también decidir. Seguramente, con la excepción de un pintor, un escritor es el artista que más decisiones toma por minuto.

¿Resulta fácil convertir personajes históricos reales, de carne y hueso, en criaturas de tinta y papel dotadas de vida propia?
A mí sí. A mí me resulta fácil. A partir de imágenes reales surge la imaginación. Basta con no conocer personalmente a la persona. Si conoces personalmente a la persona, esa realidad pesará demasiado para convertirla en literaria.

¿Se le ha escapado alguna vez un personaje? ¿Le ha plantado cara a como "padre de la criatura"?
Nunca. Escribir es también gobernar en el interior de la novela.

Con ‘Los colores de la guerra’ ganó Vd. el Premio Fernando Lara en el año 2002 y ahora publica ‘La noche desnuda’, ambos títulos centrados en la época de la Guerra Civil, ¿qué le atrae de ese momento de nuestra Historia?
Atracción por ese momento de la Historia, ninguna. Al revés, siento un enorme rechazo. Pero ese rechazo no es activo, quiero decir, no estoy "interesado" en esa época. Creo firmemente que eso "ya pasó". No quiero contribuir a revisar aquellos momentos. Me gustaría que pudiéramos hablar de aquello con la frialdad con la que podemos hacerlo de los desmanes de Fernando VII. Ahora bien, la gesta de la evacuación del museo del Prado es muy importante. Si se hubiera producido en otra época, por ejemplo, en 1880, yo habría situado mi novela en esa fecha. No es por tanto la guerra el objeto de mi novela, sino la evacuación del Prado. En cuanto a "la noche desnuda", se trata de un asunto que me sirve para hablar del poder. Todas mis novelas contienen un elemento esencial: las relaciones de poder. Escribo siempre sobre las relaciones de poder, de uno o de otro modo, con un argumento o con otro. Relaciones de poder en la pareja, en la vida, en el trabajo..., siempre hay alguien que "puede" y alguien que "no puede", probablemente un aspecto de la vida que nunca he llegado a comprender del todo. Por otra parte, entre "los colores" y "la noche desnuda", he publicado "la orilla del mundo" y "el aire de un fantasma". La primera transcurre en la actualidad. La segunda, entre el XIX y el XX.

‘La noche desnuda’ engancha y acrecienta el interés página a página. ¿Cómo se consigue eso?
Naturalmente, esa pregunta no tiene una respuesta fácil. Al menos, no puede tener una respuesta clara. Quizá porque soy escritor. El escritor debe manejar el ritmo. El ritmo es esencial en la literatura, tan importante como en la música. Exactamente igual de necesario y de importante. Nunca te fíes de la literatura que hace alguien que no sabe bailar o que no se conmueve con Bach.

Su novela se centra en Andreu Nin, líder político del POUM, ¿cómo se lo tropezó y qué le atrajo de su personalidad para dedicarle una novela?
Hace muchos años cayó en mis manos un pequeño artículo de prensa sobre su figura. Me interesó. Después, andando el tiempo, la casualidad me sirvió un reportaje más amplio. Y supe que tenía sustancia literaria. Pero no pensé hacer una novela entonces. Ni siquiera me propuse hacerla en el futuro. Sin embargo, de algún modo desconocido para mí, esa idea debió ir creciendo sola en mi cabeza, supongo, en un rincón de mi cabeza... Cuando eso pasa, llega un día en que tienes que sacarla de donde está. Y el medio para hacer eso es escribirla.

viernes 13 de noviembre de 2009

Najat el Hachmi, escritora: “Mimoun, el protagonista, es una figura mucho más habitual de lo que creemos”



Herme Cerezo / SIGLO XXI, 21/10/08


La cosa fue a contrarreloj. Había que aprovechar el tiempo. Najat El Hachmi tenía la agenda copada. Aceleradas las palabras, olvidado el guión, calzando las preguntas sin pausas ni más dilaciones, nos metimos en harina, sentados en una esquina de la cafetería del Hotel Astoria de Valencia, mientras la tarde rezumaba una humedad cansina, cuando las espadañas de las iglesias y las nubes negociaban si llovía o no.


Najat nació en Nador (Marruecos) en 1979. Con ocho años y junto a su familia tomó tierra en Catalunya porque “mi padre conocía a alguien en Terrasa y en Vic, y allí fuimos a parar”. En Marruecos, únicamente había ido unos pocos meses a la escuela “a la que asistíamos juntos niños de ambos sexos”. El suyo fue un aterrizaje suave, así lo explica ella, sin problemas: “ni siquiera fui consciente de que me integraba o me dejaba de integrar. Yo era muy pequeña y nada más llegar me escolarizaron. Para mí fue un proceso muy natural de adaptación al entorno que me envolvía”. Y un día decidió que lo suyo era escribir: “no fue algo preconcebido, surgió así. Supongo que el hecho de que fuese una lectora voraz tuvo mucho que ver. Una cosa me llevó a la otra y la escritura, creo, me sirvió para poner en orden la realidad”. Y, aunque su lengua materna era el rifeño, Najat, Licenciada en Filología Árabe, se inició en la Literatura a través de la lengua catalana. Su primera obra fue ‘Jo també sóc catalana’. “Yo no la elegí, fue la propia lengua la que me escogió a mí. El primer idioma en que aprendí a escribir fue el catalán y, sencillamente, supongo que al tener mayoría de contexto lingüístico catalán en el colegio y en el barrio y siendo, además, la lengua que más leía, pues me puse a escribir en ella”.

‘L’últim patriarca’, traducido ahora al castellano, le valió a Najat el Hachmi conquistar el Premio Ramon Llull de novela en su edición del 2007. Presentó el texto al concurso porque “quería dejar de trabajar para dedicarme a lo que más me gustaba: escribir. Hubiera podido comprar billetes de lotería pero como nunca he jugado, elegí presentarme a un premio. Y puestos a elegir, por qué no al Ramon Llull”.

Narrada en primera persona, ‘El último patriarca’ cuenta la historia de Mimoun, un marroquí, primogénito de una familia, educado y criado para perpetuar el modelo social que representa. Mimoun, cuya educación escapa de las manos de sus padres, convencido de que el destino siempre está en otra parte distinta a la que él se encuentra, emigra a Barcelona, primero solo, después junto con su familia, para vivir otro entorno sociocultural. La novela presenta un aspecto autobiográfico declarado, pero Najat matiza que “depende de lo que se entienda por autobiográfico, porque yo creo que todos los textos lo son”.

El protagonista es un arquetipo: autoritario, machista, violento, ejemplo vivo de una doble moral. Junto con su esposa, encarna el choque cultural entre la sociedad arcaica y el cambio representado por las generaciones musulmanas premodernas en un país europeo. “Hay muchos Mimoun en todas partes. Yo he visto Mimoun en distintas latitudes y de diversos tipos y creo que es una figura mucho más habitual de lo que nos imaginamos. Lo que ocurre es que en la novela lo he extrapolado para que dé juego, para convertirlo en un personaje literario”. ‘El último patriarca’ es una historia que refleja el papel secundario que ocupa la mujer en la sociedad musulmana, relegada poco menos que a la condición de objeto acompañante y sufridor. “En realidad, la protagonista, en base a esos estereotipos femeninos, trata de buscar algún tipo de referente. Necesita encontrar modelos que le sirvan para construir su propia feminidad. Y ella ve que no lo encuentra. La situación de muchísimas mujeres, por desgracia, es muy similar a la que aparece en la novela”. Apalizar a la esposa se describe como algo frecuente y habitual en la novela. “En todas partes ocurre, porque a veces damos importancia a como se comporta la gente de otros lugares, sin fijarnos en lo que tenemos aquí mismo. Es una forma de entender la violencia como parte de la educación o de ejercer la autoridad. Es algo muy común en muchas partes por desgracia”. Mimoun tratará de gobernar su familia al estilo de su país, pero en un contexto diferente: “cristiano”, occidental y catalán. Pero eso no le resultará fácil. “Creo que él va a intentar continuar la misma situación para mantener su autoridad absoluta. Pero Mimoun está lleno de contradicciones consigo mismo, con su origen y con la realidad que está viviendo”. Dentro de esas contradicciones destaca la religión: “Mimoun, como muchísimas otras personas, se aferra a la religión para justificar sus actuaciones: cuando le conviene la usa y cuando no, no, una cosa muy habitual”. El protagonista, por ejemplo, no observa las cinco oraciones diarias. “No sólo eso, también se va de borrachera, de putas ... Es esa hipocresía social respecto al elemento religioso, esa doble vida, esa doble moral. En casa da la imagen de hombre recto, buen musulmán, etcétera y fuera hace lo que le da la gana. El escritor Naguib Mahfuz, en su ‘Trilogía de El Cairo’, aborda muy a menudo este tipo de personajes. El jefe de familia de Mahfuz es parecido a Mimoun”. Esta situación perdura hasta que su hija pequeña, su predilecta, a su manera, con sus dificultades, con sus propias contradicciones y sentimientos, le planta cara. “Sí, la hija intenta conseguir su propio lugar en el mundo e ir más allá de ese patriarcado. Ella trata de encontrarse a sí misma y eso pasa por sacudirse de encima el poder del patriarca”. Afortunadamente, Najat, por su libro, no ha recibido ninguna amenaza. “Sería una buena estrategia de marketing – risas –, pero no, no he recibido ninguna amenaza, a fin de cuentas esto no es sino ficción. La gente tiene cosas más importantes por las que preocuparse”.

‘El último patriarca’ ha cambiado la vida de Najat el Hachmi. Tras su arrollador éxito de ventas del pasado 23 de abril, día de Sant Jordi, Najat ha visto hecho realidad su sueño: “Ahora sí me dedico plenamente a la escritura. No sé cuánto me va a durar, pero estoy aprovechando esta oportunidad de hacer lo que más me gusta”. La promoción la lleva muy bien. “Con la perspectiva de los meses transcurridos tras el premio, la estoy disfrutando mucho más, adaptándome a la situación y haciéndome la idea de que las cosas funcionan así”. Y de lo que prepara actualmente prefiere no decir nada: “No, no se puede saber lo que hago porque soy un poco supersticiosa o, mejor dicho, prudente”.

La entrevista concluyó sin que las nubes y las espadañas se hubieran puesto de acuerdo todavía: llover o no llover, ésa era la cuestión. Cuando la negociación meteorológica llegó a buen puerto, Najat El Hachmi y el que esto suscribe, ya no estaban allí. Entonces jarreó con rabia mediterránea, esa misma rabia que le entra a uno cuando lee determinados pasajes de ‘El último patriarca’. Una novela en la encrucijada de dos culturas y quizá de dos tiempos históricos iguales pero muy distintos. Una novela que dará mucho que hablar. Lo mismo que su escritora. Tiempo al tiempo. ¡Ah!, y por si les sirve de pista: mimoun, según me cuenta Alí, mi amigo argelino, significa destino en árabe.

Fernando Trías de Bes, escritor: “Para mí la escritura no es un fin, sino un medio”



Herme Cerezo / SIGLO XXI, 13/10/08


Fernando Trías de Bes (Barcelona, 1967), articulista, ensayista y escritor de ficción, llegó apresurado a la cita. Venía de participar en un programa de TV3, que se había prolongado más de la cuenta a causa de una avería técnica. En el rostro, en el traje, en la valija, traía un punto de agobio. Incluso llegué a pensar si Trías de Bes, suceso imposible, no se habría escapado, con la ayuda del capitán Senzanome, de Santa Catalina del Océano, esa isla, imaginaria y concreta, donde transcurre una buena parte de ‘La historia que me escribe’, la novela que venía a presentar. Pero el escritor barcelonés apenas si precisó un tregua de diez minutos para recuperar el resuello y responder a mis preguntas con calma, sin prisas, como si lo acontecido unas horas antes, en TV3 (o en Santa Catalina), fuera ya pasado remoto y no reciente. Afortunadamente, ni Mr. Wilfort, ni Walter Néspolo, protagonistas de su obra, aparecieron por allí para aportar un punto de irrealidad real, y la entrevista pudo desarrollarse con absoluta normalidad.

¿Por qué escribes, Fernando?
Tengo una respuesta para eso - risas antes de proseguir -. Escribo porque es un tipo de actividad en la cual, por motivos que desconozco, se plasma bien mi poder imaginativo. Soy persona con un caudal creativo enorme que necesito expresar. Y he encontrado en la escritura un medio donde fructifica bien o, al menos, en el que me siento cómodo. De pequeño yo no quería ser escritor, por lo tanto no llego a la escritura como fin sino como medio. Y lo cierto es que disfruto como un enano haciéndolo.

¿Te sientes igual de cómodo escribiendo ensayo o artículos que ficción?
Tengo mis preferencias: disfruto más con el relato y la ficción, que con el ensayo, donde existen una serie de restricciones y condicionamientos que en la ficción también se dan en forma de reglas, que conviene respetar, pero de un modo mucho más abierto. Además, la complejidad de construir el entramado de una novela es un reto muy bonito. El ensayo es más lineal, prefiero la ficción sin duda.

¿Qué es la realidad?
No lo sé exactamente. De momento es presente de indicativo, eso seguro. Lo pasado ha pasado, no lo puedes cambiar y el futuro es una abstracción

Tú que te manejas, y muy bien, en ese mundo ¿el marketing puede hacer triunfar un libro mediocre?
Afortunadamente, no. El marketing puede proporcionar un buen pistoletazo de salida a un libro. Pero lo que me gusta, y ojalá continúe siendo así, es que el poder del lector sigue vivo. Cada año se demuestra con el éxito de novelas que se recomiendan de boca a oreja. De repente, ves que un libro está el primero de la lista de ventas, ajeno a las campañas de prensa, porque ha conectado con el sentimiento del lector o por la causa que sea. Y al revés, un libro bien aupado por una campaña publicitaria de salida, si no cuaja en el público observas como decae.


Walter Néspolo, protagonista de ‘La historia que me escribe’, es un escritor al que encargan un libro imposible. Eso es algo que, últimamente, parece estar de moda. ¿Se secó el magín para imaginar protagonistas no escritores?
No lo sé – sonríe -. Se me ocurren dos cosas: una, que hay una corriente, que es la metaliteratura, que te permite ver cómo se va construyendo el libro que lees y eso obliga a que intervenga un escritor; dos, en mi caso concreto, el hecho de que haya un novelista dentro de ‘La historia que me escribe’ responde a la pregunta de qué pasaría si alguien recibiese la noticia de que él no es real y que forma parte del libro que está escribiendo. Si ese planteamiento se lo da la propia narrativa, no se aguanta. Y esto no es algo nuevo. En la segunda parte del Quijote, el protagonista tropieza con su propio libro. En mi novela asistimos al proceso de construcción del texto y llega un punto en el que los personajes se rebelan contra su autor y cobran autonomía. Y el escritor, una persona cabal, sigue escribiendo y se plantea por qué ocurre y dialoga con sus personajes. Y uno de ellos, Mr. Wilfort, le dice que es él quien está escribiendo realmente la historia. Un puro delirio. Yo quería que ficción y realidad se confundiesen y que el lector no supiera realmente donde se encontraba.

En tu novela lo que has hecho es democratizar la escritura. Te has cargado el mito del creador-dios.
Sí, completamente. Sin desvelar el final, te diré que el libro acaba con una gran paradoja sobre lo que significa crear un personaje. Y eso tiene también consecuencias para nosotros como seres vivos: el protagonista, al final de la novela, tiene la opción de saber la verdad: si está dentro del libro o es un ser real. Y él prefiere no comprobarlo porque está ya casi tan seguro de ser un personaje que decide guardarse un punto de libertad. Creo que eso tiene una lectura para nosotros, porque a veces creemos que nuestra propia vida está siendo escrita.

¿Cómo llegaste a ese planteamiento?
No lo sé. Me vino la idea, la fui desarrollando y me fueron surgiendo alternativas. No fue algo directo. Avancé poco a poco. El engranaje aquí es muy complejo y lo fui orquestando lentamente hasta tal punto que, cuando llevaba escrito, el setenta por ciento del libro lo tiré todo y volví a empezar porque vi que el engranaje no se sostenía todavía. Ahora estoy contento con el resultado final.

Tu prosa es extraordinariamente fluida, cuidada, ¿la trabajas mucho?
Reescribo hasta la saciedad, pulo muchísimo, repaso más de veinte veces cada página. Lo hago por respeto al lector, al que trato de suministrar únicamente la información imprescindible. No le proporciono datos superfluos.

¿Hay muchos Mr. Wilfort a tu alrededor?
Nunca me habían hecho esta pregunta así - risas –, me has hecho dudar porque es verdad que por tu vida pasan personas que pueden variar tu devenir personal. No se me aparecen personajes, me iría al psicólogo directamente, pero sí que es verdad que llega gente que forma parte de la película de tu vida. Y son momentos que te hacen dudar de si eres protagonista o espectador.

Precisamente yo me refería a personajes de ficción.
Ah, no, no. Además, en este libro, paradójicamente, como al protagonista los personajes se le van de las manos, tenía que tenerlo muy atado a él. Seguramente en otro tipo de novela, puede ocurrir que el personaje viva situaciones no previstas inicialmente, pero en ésta no.

La situación que le planteas a Walter Néspolo en ‘La historia que me escribe’ resulta tremendamente claustrofóbica.
Sí, claro, es kafkiana, la novela es una ratonera para él.

Tu novela no se desarrolla en lugares concretos.
Está inspirada en Cadaqués, en Port Lligat. Pero está muy claro por qué ocurre esto. Precisamente como quería que la ficción invadiese la realidad, he creado un mudo pseudofantástico con ciertas referencias a la vida real.

‘La historia que me escribe’ podría ser un primer paso para una novela virtual. Igual que aquí los personajes se rebelan a su autor, también los lectores, de algún modo, podrían participar en la novela escrita por otra persona.
En el proyecto inicial del libro, que luego desestimé, pensé que los personajes pidiesen ayuda a los lectores para rebelarse contra el escritor. Pero luego el proyecto fue por otro lado. Pero la idea no la he desechado del todo. Este libro es un poco al revés. El lector cuando lee confía en el autor y le dice: "ya sé que esto es ficción, pero tú engáñame bien". Y si el escritor no consigue hacer verosímil el engaño, se cisca en él y quema el libro. Aquí el juego es al revés: yo no puedo meter más imposibles en el texto y trato de implicar al lector, invitándole a justificar lo injustificable.


De la lectura del libro, de tus palabras, deduzco que te has divertido mucho escribiéndolo.
Sí, me he divertido mucho. Ha sido como un juego. Y la reacción del lector será dicotómica: o accede a jugar y le gusta o lo rechazará completamente.

Cuando nos despedimos, involuntariamente acepté la propuesta literaria de Fernando Trías de Bes y, como Walter Néspolo, tampoco quise saber si esta entrevista había tenido lugar o no; si era algo espontáneo o predeterminado; si era yo quien formulaba preguntas o quien respondía. Al revivir la conversación en la grabadora, en otro tiempo, en otro lugar, no conseguí salir de dudas: las voces se mezclaban mientras preguntas y respuestas adquirían un tono parejo. La cinta lo igualaba todo. Mis oídos sólo percibieron lo que allí escuché. Pero no era yo el que escribía. Eran mis dedos. Mr. Wilfort no andaba lejos.

sábado 7 de noviembre de 2009

‘Los papeles de agua’ de Antonio Gala, una novela inducida

Herme Cerezo/SIGLO XXI, 05/10/08


Deyanira Alarcón atraviesa uno de los momentos más desencantados de su vida personal. En España era una escritora de éxito y la representante más significativa de la literatura actual. Pero nada de aquello tendrá para ella ningún valor cuando una terrible decepción amorosa arrebata la felicidad que había conocido junto al hombre que ayudó a introducirla en el mundo literario. Deyanira, que en realidad se llamaba Asunción Moreno, decidió cambiar su nombre para brillar con mayor fuerza en el turbulento panorama cultural, pero no logra desembarazarse de la fractura emocional que la ha convertido en la sombre deprimida de la mujer que había sido. Estas líneas resumen, grosso modo, el argumento de ‘Los papeles de agua’, la última novela de Antonio Gala.

El dramaturgo, ensayista, novelista y poeta, nacido en Brazatortas (Ciudad Real), entró el pasado jueves en la Sala Ribera del hotel Astoria de Valencia, minutos después de las once de la mañana. Vestido con tonos rosa, blanco y gris, acompañado por su inseparable pañuelo al cuello y su bastón con empuñadura de plata, se sentó a la mesa conferencial dispuesto a celebrar su cumpleaños – prohibido decir cuántos años – con los periodistas valencianos que allí nos dimos cita. Era una buena fecha para celebrar la excelente marcha de las ventas del libro, con tres ediciones en la calle y más de ciento veinte mil ejemplares ya vendidos. Gala, con ironía, humor y un poco de sueño – había pasado mala noche – respondió a todas las cuestiones con sus palabras engrasadas, pausadas, como mecidas por la cadencia musical del compás de un reloj.

La primera perla vino con la portada del libro: "me quedé estupefacto – dijo Gala – al contemplar que el nombre de Deyanira Alarcón no aparecía por ninguna parte". Y es que el escritor, en un claro juego metaliterario, siente que ‘Los papeles de agua’ no es un libro suyo: "Lo he escrito con enorme rapidez, más que nunca, porque iba inducido. Yo escribo por las tardes, en contra de los demás escritores que lo hacen por las noches o en horas raras. Terminaba el trabajo de una forma y, luego, en sueños, alguien que no podía ser otra criatura que Deyanira, corregía ese final, que yo había construido quizá con algunas dudas. Deyanira, mujer bellísima, ha colaborado conmigo de un modo escalofriante. Ella es la verdadera escritora del libro porque yo me he limitado a poner el oído. Éste es un libro inspirado, que me invadió completamente, y del que sólo he sido su amanuense". A Gala se le ve muy satisfecho con su obra: "Es mi libro predilecto y no lo digo porque sea el último".

La novela se plantea como un puzzle, "unos papeles, sin división capitular, que Deyanira escribió con la intención de tirarlos al agua, de ahí el título. No guarda un orden lógico ni temporal. En realidad, yo lo llamo libro porque Deyanira escribe sobre lo que le viene al pensamiento en cada momento".

Su proceso creativo, además, quedó interrumpido por otro trabajo, que se cruzó en su camino: "La escribí en dos partes, porque cuando tenía terminada la primera me sobrevino el parto de ‘El pedestal de las estatuas’, mi obra anterior, una historia que yo tenía que parir porque la había digerido desde los años de mi infancia". Esta interrupción también se refleja en la historia y en el escenario escogido para narrarla: Venecia, la Serenísima, "una ciudad que Deyanira detesta porque en ella vivió su luna de miel que, en realidad, fue de hiel", también refleja estos dos momentos emocionales del escritor: "la primera parte, muestra una Venecia chabacana, mercantilista, inventora de la silicona y de las correcciones de estética y cirugía; mientras que la segunda, dibuja la Venecia tradicional, hermosísima, erguida sobre el agua. Y generosa, cosa que no ha sido nunca Venecia, que ha sido una trincona toda su puta vida, nunca mejor dicho. Pero Deyanira la ve así, porque ahora tiene lo que nunca tuvo antes".

Gala, una vez más, ha escogido una protagonista femenina: "Elegí a Deyanira porque a esta mujer, si la viese por la calle, la reconocería en seguida. Mis protagonistas femeninas, además, están asimiladas a ciudades: Palmira Gadea a Sevilla, Desideria a Estambul y Deyanira a Venecia. Las mujeres como personajes me interesan mucho más que los hombres". También dejó bien claro que el personaje no es su "alter ego": "Deyanira no tiene nada que ver conmigo. Yo tengo una educación de Guerra Civil y no soy tan mal hablado como ella, que es absolutamente deslenguada, trepidante, porque lleva en su seno como un desdoblamiento de personalidad, que le hace mandar a la mierda a todo el mundo en cualquier momento. Además también difiero en sus opiniones sobre otros escritores, excepto lo que dice sobre Borges y Brecht donde coincido con ella" Y ¿qué hubiera ocurrido si Deyanira hubiera estado presente hoy aquí? "Ella no me conoce. No sabe nada de mí, me hubiera puesto como un pingo si yo me hubiese dejado, aunque me cita en la novela cuando descubre que en su cartera lleva la fotografía de un niño que le recuerda unos versos que escribió Antonio Gala".

‘Los papeles de agua’ esconde un doble homenaje: "por un lado a La Baltasara, donde yo vivo seis meses al año, y, por otro, a la Guardia Civil porque hace un tiempo, ante una amenaza de bomba en mi casa, se presentaron allí y se comportaron de un modo absolutamente tranquilizador. Les estoy muy agradecido. La Guardia Civil, a la que en la época de Franco no sólo la odiaban los gitanos sino todo el mundo, es la institución que más ha cambiado para bien durante la Democracia en este país".

Sobre la moda actual de que algunos autores utilicen escritores como protagonistas de sus obras, Gala manifestó que "ignoraba que se escribía sobre ellos. La raza de escritores no significa nada para mí y, por lo tanto, no sigo ninguna moda, ni para ponerme el jersey ni para coger el bastón, que lo he inventado yo – risas – . No leo libros de casi nadie, sólo de los clásicos. Me gustan pocos escritores y me relaciono sólo con aquéllos que son mis compadres como Caballero Bonald, con el que no hablo de Literatura. Así que, cuando oigo decir que los escritores tratan entre ellos de sus obras, me entran escalofríos".

Gala guarda un buen recuerdo de Fernando Quiñones y de Terenci Moix: "En mis sueños y aunque sé que estoy dormido, es frecuente que yo piense que hace mucho tiempo que no los veo y me digo que en cuanto me despierte tengo que llamarlos. Al levantarme, cojo el teléfono y quiero marcar sus números, que recuerdo perfectamente, porque creo que todavía están vivos".

En un párrafo del libro, la protagonista dice: "Lo que sí tengo claro es que no escribiré nunca más para que me lean – eso lo juro -, sino porque sienta la necesidad de hacerlo. Igual que el adicto que toma su droga para sobrevivir y matarse a la vez". Del fragmento, parece desprenderse que escribir sea una enfermedad. Pero Antonio Gala lo tiene claro: "Escribir es una tragedia, pero necesaria. La vida no es una fiesta a la que todos hayamos sido invitados, pero ¿sin ella qué hacemos? Sin ella no hay ni siquiera la posibilidad de que nos inviten. Hay mucha más gente que escribe que escritores, que no hay tantos, muchos menos de lo que parece. Ser escritor es un destino y yo lo incumplí durante tantos años que se produjo en mí un desquicie, casi una esquizofrenia, y me fui a la cartuja. Ya tenía tres doctorados hechos, acababa de sacar la oposición a abogado del estado y estaba tan imbuido de ellos, que mis temarios de oposiciones están llenos de versos y notas mías, porque yo tenía que escribir. Los cartujos, también como Venecia, un poco trincones, después que yo les había ordenado los cuarenta mil volúmenes de su biblioteca, heredados del cardenal Segura, me dijeron: "tu voz no es nuestro silencio. Tú tienes que salir y hablar". Ellos lo descubrieron inmediatamente pero no lo dijeron hasta que no les ordené su biblioteca. Eso es muy de frailes. Pero fue una frase exacta".

Y hasta aquí la presentación en Valencia de ‘Los papeles de agua’, un juego metaliterario, entre un escritor, Gala, real, que juega a personaje, y una escritora, Deyanira, de tinta y papel, que juega a autor real y que ha guiado la mano diestra de Antonio Gala por el camino deseado a través de los sueños, una senda sin orden aparente que cobra pleno sentido cuando el lector cierra la última página del libro, la número 456 exactamente.

viernes 6 de noviembre de 2009

Luis Sepúlveda, escritor: “El cuento sale a la primera o no sale. No hay término medio”

Herme Cerezo / SIGLO XXI, 01/10/08



Luis Sepúlveda (Ovalle, Chile, 1949), exiliado durante la dictadura de Pinochet, antiguo colaborador de Greenpeace, viajero infatigable ahora con retorno, es autor de un montón de títulos, entre ellos ‘Un viejo que leía novelas de amor’ (1989); ‘Mundo del fin del mundo’ (1989); ‘Nombre de torero’ (1994); ‘Patagonia Express’ (1995); ‘Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar’ (1996); ‘Desencuentros’ (1997); ‘Diario de un killer sentimental (1998); ‘Yacaré’ (1998); ‘Historias marginales’ (2000); y ‘Hot Line’. Recién termina de publicar ‘La lámpara de Aladino’, una colección de doce relatos breves, en los que fabula sobre historias del pasado, dejando constancia de su estilo mestizo y conciso. Animados por el café y el humo del tabaco, durante nuestra conversación, Sepúlveda tuvo un recuerdo emotivo para Salvador Allende, el presidente chileno con el que tuvo la suerte de convivir durante un tiempo. El escritor, sin embargo, no habló sólo de eso, tocó otros muchos palos: su viaje en torno a la vida, la escritura, sus influencias literarias, la Patagonia, la Tierra del Fuego, la gente del camino, la pobreza, la muerte y los hombres libres del mar comúnmente llamados piratas.

Luis Sepúlveda es un viajero insaciable. Pocos países le quedan por recorrer, ¿qué significa para usted viajar?
Viajar es siempre un encuentro con gente interesante. Eso es lo que justifica el viaje. Las ciudades, los paisajes, los caminos son accidentes. Lo que realmente queda es la gente que nos encontramos.

¿Viajero es sinónimo de solitario?
No, de ninguna forma. Uno viaja siempre en muy buena compañía aunque vaya solo. Uno camina pensando que este o aquel son buenos lugares para compartir con alguna persona. Además en todas partes he conocido gente muy interesante y he terminado el viaje acompañado.

«Dos puntas tiene el camino y en las dos alguien me aguarda», ¿qué le dice a usted esta frase?
Es una canción muy popular en Chile. Y es muy cierta, porque siempre uno sale de un lugar donde alguien le espera y llega a otro donde también aguardan su llegada. En el guión de la vida, estaba escrito que dos personas se iban a encontrar en un sitio determinado. Y así es.

Pero ahora, se ha vuelto un poco más sedentario y reside en Gijón.
Gijón es donde establecí mi cuartel general. Ahora, cuando viajo, tengo algo que antes no tenía: un lugar al que volver.

Conoció muy de cerca a Salvador Allende, ¿cómo era el presidente?
Era una persona de una humanidad extraordinaria, con un sentido del humor fuera de serie, muy curioso por saber, por conocer, un ilustrado en el mejor sentido de la palabra. Y al mismo tiempo, un hombre entrañable, accesible, cariñoso y muy cordial en el trato con la gente. Creo que es el ser más extraordinario que he conocido en mi vida.

Después de su exilio, ¿no ha vuelto a Chile?
Desde que se acabó el exilio en 1990, regreso cada dos años para ver a los amigos y a la familia.

¿Lo echa de menos?
Echo un poco de menos el Chile que yo tengo en la memoria, el Chile fraterno que tenía otra forma de vivir, no el actual. La gente tiende a confundir Chile con Santiago, la capital, que es una ciudad de triunfadores, gente que se niega a ver la realidad, una realidad terrible, una realidad de apartheid, con pobres muy pobres y ricos muy ricos, un lugar donde desapareció la clase media, que era el motor de la sociedad. Chile todavía tiene mucho miedo a la Dictadura, los dieciséis años más terribles que conoció su historia. Cuando vuelvo me siento muy a gusto y después de pasar dos días en Santiago, me marcho al Sur, que sigue siendo profundo, grande, de gente amable, acogedora, o al Norte, al desierto. Soy un nostálgico pero no un melancólico, porque la melancolía es peligrosa. Tomasso di Lampedusa dijo que “la melancolía era la felicidad de estar triste”. La melancolía conduce a nacionalismos, a patriotismos, esa basura que yo evito con toda mi fuerza.

¿Cómo decidió comenzar a escribir?
Imagino que fue por la admiración que sentía por todos esos escritores, que primero me leyeron y luego yo mismo leí durante mi infancia. Y también la obsesión, que un día se instaló en mí, por contar historias. En eso estoy y creo que esta obsesión seguirá conmigo el resto de mis días.

‘La lámpara de Aladino’ es una colección de relatos breves, ¿por qué escribe cuentos Luis Sepúlveda?
Porque es el género más difícil. Me gustan los desafíos y el relato es un desafío siempre, porque sale o no sale. El cuento requiere paciencia para que la historia se instale en uno y se sedimente bien. Cuando llega el momento de escribirla sale o no. No hay término medio. Es la escritura que más placer me proporciona. Además también soy un amante de la concisión y el cuento la exige.

¿Los escribe de un tirón?
Sí, sí, el cuento surge de una vez. Luego, evidentemente, llegan las correcciones, pero no alteran lo sustancial. No es como la novela que tiene su orden particular, donde uno participa más y, si nota que un capítulo está débil, sabe que con el próximo lo va a levantar o le va dar la clave para corregir el anterior. En el cuento no, el cuento tiene mucho de la escritura automática de los surrealistas.

Con las prisas que vivimos hoy, la narrativa breve ¿es el género literario más apropiado para el hombre del siglo XXI?
No sé si será así, porque eso sería hacer concesiones al mercado. Yo siento una pasión por mi lengua, que me permite ser muy conciso y contar con la cantidad precisa de palabras que requiere cada historia para resultar ágil, armónica, coherente. No soy muy amigo de llenar hojas y hojas para engordar el libro y que cueste un poco más. Del Barroco lo único que me gusta es la ópera. El resto siempre me pareció una desproporción que escapa a mis preferencias estéticas. Y en la Literatura pienso de la misma manera. Aunque eso no quiere decir que no haya excepciones, grandes novelas contadas con un barroquismo extraordinario.

En ‘La lámpara de Aladino’ encuentro dos voces narrativas diferenciadas: una muy europea y otra, muy sudamericana, ¿estoy en lo cierto?
Intento conjugar todo lo que he vivido y he visto. Hay tanto escritor que admiro que no niego las influencias. Hay una grande de Cortázar, al que tuve el placer de conocer y gozar de su amistad hasta el 12 de julio de 1984, cuando se nos fue. También me siento heredero de los románticos alemanes. Si no hubiera leído muy joven a Novalis o a Hölderlin me costaría mucho concebirme a mí mismo como contador de historias. En ellos descubrí claves muy válidas de lo que es la narración para mí. Y, por último, mi literatura es producto de ese mestizaje que yo mismo represento.

¿No le resulta complicado utilizar voces distintas para cada cuento?
Cada historia exige la manera en que ha de ser contada. Son los personajes en definitiva quienes te dicen “oye, yo quiero que me cuentes de esta forma o de esta otra”. Y ése es el tono adecuado para que la historia resulte.

La temática de ‘La lámpara de Aladino’ es muy variada: el amor, las fronteras, la fuerza de la Naturaleza, la muerte ... ¿Hay un hilo conductor entre estas historias o no lo hay?
Creo que sí que existe. Lo pensé cuando hacía el orden. Está la paradoja de la fortuna que llega tarde o no llega o éramos destinatarios equivocados o se nos complicó la vida o pasé y dejé huellas que, a lo mejor, serán entendidas de forma distinta. Esa extrañísima y frágil paradoja...

Hablando de la muerte, ¿le teme usted?
No porque estoy en paz con la vida y he aprendido a vivir con la certeza de que es inevitable. Cuando llegue, y deseo que sea lo más tarde posible, le abriré la puerta y le diré: “pasa, te estaba esperando”.

En ‘La lámpara de Aladino’ también hay espacio para el relato policial, ¿le gusta cultivar este género?
Más que lo policial me gusta la novela negra, que se desarrolló en la época terrible de las dictaduras latinoamericanas, un género que mezcla lo policiaco tradicional, el viaje y el misterio con otros elementos propios de la tradición literaria hispanoamericana y que se transformó en un gran documento para la preservación de la memoria de la sociedad. Todo lo que no se podía decir en la prensa, ni hablar públicamente, está reflejado en la novela negra sudamericana, que también tuvo exponentes en España, como las primeras novelas de Vázquez Montalbán, las de Andreu Martín o Juan Madrid, que son retratos de época tremendamente conflictivos. He cultivado este género porque desde esa clave puedo trabajar con temas actuales, coyunturales, y darles un tratamiento literario. Tengo como dos novelas publicadas en ese género y ha sido un trabajo muy placentero.

O sea que el género negro permite explicar, mediante novelas, la sociedad que nos rodea.
En cierto modo sí, pero por otro lado ha evolucionado también y es simplemente Literatura. La crítica ha intentado establecer fronteras odiosas entre géneros, ignorando que los géneros son para violarlos, mestizándolos todo lo posible.

Leyendo su libro y otras obras de escritores latinoamericanos, siempre obtengo la misma impresión: Sudamérica, como territorio literario, es riquísima, inagotable, el límite ilimitado entre lo fantástico y lo real…
Es inherente a su realidad cultural. Sudamérica es un continente joven, que recién empieza a conocerse y que no termina de resolver sus contradicciones, sus dudas. Por otro lado, la palabra diversidad mantiene un enorme valor actual. Eso se observa en la realidad sudamericana, donde intentan convivir una variedad cultural enorme, que va desde los pueblos amerindios hasta las sucesivas emigraciones, sin olvidar el mestizaje que todavía está en proceso de formación. Y todo eso genera un territorio riquísimo para la Literatura.

Un fenómeno como el Realismo mágico ¿hubiera sido posible en Europa?
A la manera como lo concibieron los tres únicos cultivadores de este género, que para mí son Rulfo, Carpentier y García Márquez, no. Pero de otra manera sí se dan ejemplos. Y pienso en la primera novela de Gunter Grass, ‘El tambor de hojalata’, que permite establecer ciertos paralelismos con ‘Cien años de soledad’ de García Márquez, teniendo presente que el tiempo está más comprimido. También podemos encontrar algo parecido en Israel, en el escritor Meir Shalev y su obra ‘La casa de Rusia’ o en Siria con Rafik Schami y ‘El lado oscuro del amor’. Esos libros son los ‘Cien años de soledad’ israelíes o sirios. En ambos casos hay una suerte de realidad mágica que es lo que da pie a la narración. Y en la Península Ibérica, está el catalán Bartolomé Soler que escribió muchas novelas en lengua castellana que apuntaban a esa misma idea.

Algunos escritores plantean los cuentos como el trozo de una historia: la toman en un punto, la acompañan un tiempo y después la sueltan sin más, mientras que otros “recompensan”, al lector con un final sorprendente, ¿a qué modelo se adscribe Luis Sepúlveda?
A mí me gusta que los relatos tengan final, no definitivo pero sí con olor a final de cuento. No se trata de un final feliz ni mucho menos, pero sí hay una frase puntual que cierra el relato, al tiempo que lo sintetiza.

Para acabar, ¿qué está escribiendo ahora?
Estoy terminando las correcciones de un libro que comencé en 1996 con un amigo, argentino y fotógrafo, que se llama Daniel Mordzinski. Trata de un viaje por la Patagonia con la idea de buscar a los míticos constructores del Patagonia Expréss, pero no los arquitectos sino los seres anónimos que trabajaron allí y dejaron sus nombres escritos en las traviesas como, por ejemplo, el mariscal Tito. Es un trabajo muy laborioso porque nos hemos tropezado con personajes interesantísimos. Realizamos tres viajes a la zona y el libro se ha ido alargando. En el último de ellos, el de 2004, mientras Daniel hacía fotos, pasó algo sorprendente. Y es que yo me di cuenta de que estaba contando historias del mundo de la pobreza del que yo era el último testigo. Y es que la globalización de la pobreza acabó con ese mundo. El libro se va a llamar ‘Últimas noticias del Sur’ y son historias de esos tres viajes por La Patagonia y la Tierra del Fuego. También llevo entre manos una novela de piratas, pero de piratas de verdad. La gente se confunde, porque piratas de verdad, hombres libres del mar, hubo sólo en tres parte de las tierra: en el Mar del Norte, en el Estrecho de Magallanes y en Tipaza (Argel). Eran colectivos con códigos de conducta rigurosísimos, cuyos postulados fueron copiados en ‘El Manifiesto Comunista’. El libro es un homenaje a uno de los españoles que llegó a Chile, el poeta Alonso de Ercilla, autor de ‘La Araucana’. Es un proyecto de largo aliento del que todavía me restan dos años de trabajo.

'Veus de cambra', grupo musical: “Nuestra tarea fundamental es recuperar la obra de los compositores de nuestra tierra”

Herme Cerezo / SIGLO XXI, 01/09/08



En el término municipal de Almassora (Castellón), en las proximidades de un famoso ermitorio, viven dos hermanas, cuya vocación y dedicación a la música es innegable y remota. Nada más entrar en su casa, se respira el reposo de pentagramas mudos, repletos de notas, listos para ser interpretados por las privilegiadas voces de Rosanna y Gisela Morales Navarro, fundadoras, solistas, managers y factotum de un grupo musical poco habitual en nuestro pentágono peninsular: ‘Veus de Cambra’ (Voces de Cámara). ‘Veus de Cambra’ excava, como si de arqueólogos se tratase, en el pasado musical para recuperar la obra de compositores y músicos autóctonos de otras épocas (Barroco, Neoclásico, Renacimiento...), injustamente olvidada. Fruto de su esfuerzo, en 2007 grabaron el cedé "Homenaje a Joseph Pradas", dedicado a este compositor castellonense, Villahermosa del Río (1689-1757), y recientemente han terminado la grabación de otro cedé, dedicado a Francisco Morera, discípulo del anterior. Sobre la trayectoria de ‘Veus de Cambra’, su presente y sus proyectos de futuro, charlamos un buen rato con Rosanna y Gisela o con Gisela y Rosanna, porque sus voces se entremezclan, matizan o corroboran en la entrevista, mientras a nuestra espalda el río Mijares fluía, mudo y reposado como el pentagrama del que hablábamos al principio, camino del Mediterráneo.

¿Sois cantantes desde siempre?
Sin duda, porque de pequeñas la profesora de infantil ya nos ponía sobre la mesa para que cantásemos canciones a los otros niños. Luego, en EGB, nuestro maestro Pedro Guzmán nos fue adentrando en este maravilloso mundo, preparándonos a ratos perdidos para examinarnos como alumnas libres de solfeo en el Conservatorio. Fue entonces cuando comenzamos a cantar piezas de Bach y de Haendel. Lo cierto es que cuando acudíamos a fiestas con nuestros amigos o a campamentos de verano, percibíamos que la gente se emocionaba al oírnos cantar. Y eso nos llenaba de satisfacción. Siempre hubo "feedback" entre nosotras y nuestros oyentes.

Sin embargo, vuestra actividad musical se inició, a través de los instrumentos, en la banda Unión Musical La Lira de Vila-Real: Gisela tocaba el clarinete y Rosanna la flauta travesera, ¿qué recuerdos guardáis de vuestro paso por la banda?
Muy buenos. Cuando ingresamos en La Lira sólo éramos tres chicas, muy jóvenes, y nos trataban con mucho cariño. Se comportaban como si fueran nuestros hermanos mayores o nuestros padres. En la banda aprendimos a comprender y respetar el trabajo de esas personas que ponen todo su empeño en "hacer música para los demás", desde una perspectiva popular y tradicional.

Y un buen día decidisteis pasar definitivamente al canto, ¿a qué edad ocurrió eso?
Fue alrededor de los dieciocho años. Tuvimos que esperar a tener la voz ya formada para empezar las clases de canto con mayor profundidad. Nuestro profesor de solfeo, Enrique Gimeno, nos envió a estudiar con Carmen Martínez Lluna, catedrática de Canto del Conservatorio de Valencia, quien nos hizo una prueba y nos aceptó como alumnas. Cuando se jubiló, compaginamos las clases de canto con profesores del Conservatorio de Valencia y del Liceo de Barcelona.

¿Cuál fue la reacción de vuestra familia ante vuestras inquietudes musicales?
En nuestra familia no hay tradición musical. Nuestro apoyo procedía mayoritariamente de los profesores, que insistían en encauzar nuestra predisposición hacia la música hasta tal punto que hoy en día no podríamos vivir sin ella. Nuestros maridos y nuestros hijos, nos han conocido siempre así: estudiando, cantando, ensayando o tocando y saben que cuando más fiestas o vacaciones hay, más ocupadas andamos en lo nuestro. Son muy pacientes con nosotras y, además, críticos fieles con nuestro trabajo.

¿Cuándo comenzó sus actividades ‘Veus de Cambra’?
El primer concierto de ‘Veus de Cambra’ fue en 2002. Gisela y yo estudiábamos canto y pensamos que con la potencia de voz que ya disponíamos, podríamos organizar no un gran coro, con mucha gente, sino un grupo más reducido, de voces de cámara, un modelo musical que en Inglaterra, por ejemplo, es muy frecuente pero no aquí en España.

¿Cuáles son los objetivos que se fija ‘Veus de Cambra’?
Hacemos una producción de búsqueda y estudio para recuperar compositores de nuestra tierra. Así descubrimos a Joseph Pradas, de quien ya habíamos interpretado piezas pero nadie le había dedicado un cedé monográfico. Este hombre, que tiene una producción extensísima y que ya había sido cantado en el extranjero, en España era un perfecto desconocido. Algún grupo catalán lo incluía esporádicamente en su repertorio pero poco más.

¿Preferís algún tipo de música en concreto?
No, no, desde el principio quedó claro que no nos encasillaríamos en un solo estilo de música. Decidimos hacer lo que nos apeteciera o lo que los aficionados nos pidieran porque, además, así es mucho más enriquecedor. Hemos hecho hasta un concierto didáctico, que comenzaba con canto gregoriano y acababa con Piazzola, deteniéndonos en cada pieza, como si fueran estaciones, para explicarle al público lo que iban a escuchar a continuación.

Además del compositor "del año", por llamarlo así, ¿’Veus de Cambra’ tiene un repertorio propio?
Sí, sí, también hacemos cosas, como dice Gisela, "más amables", que integran nuestro repertorio y que, por nuestros estudios, todos los miembros del grupo conocemos y no precisan tanto trabajo, como por ejemplo zarzuela, coros de ópera, alguna romanza o algún aria. Ten en cuenta que preparar un cedé, entre ensayos y grabaciones, nos ocupa casi un año y necesitamos también cambiar de registro, dar conciertos que "nos refresquen" como grupo.

¿Cuántos componentes integran ‘Veus de Cambra’?
Actualmente somos doce y el director, que desde hace tres años es fijo, porque queríamos saber qué jugo podría extraerle a ‘Veus de Cambra’ una misma persona en un periodo de tiempo prolongado. Anteriormente, sin embargo, en función de la partitura que queríamos interpretar, buscábamos un director que pudiera aportarnos cosas específicas o repetíamos las mismas piezas bajo batutas distintas, lo que constituye una experiencia musical muy rica.

¿La plantilla también es fija?
No, no, en ‘Veus de Cambra’ las voces cambian. Hay gente que lleva muchos años con nosotras, pero aguantar en un grupo cómo el nuestro requiere dedicación, tiempo y esfuerzo. De todos modos, tratamos que exista una estabilidad porque a la hora de ensayar, del empaste, de la afinación es muy importante que nos conozcamos bien. Un simple gesto es comprendido por los demás componentes y esa complicidad es lo que hace que podamos lograr cotas importantes. Tanto es así que hemos llegado a dar conciertos sin director.

¿De qué vive ‘Veus de Cambra’? ¿Sois cantantes profesionales?
La mitad del grupo sí vive de la música, son personas de Castellón, de Valencia, pero nosotras dos no. Hacemos doble vida y vivimos de nuestro trabajo, vinculado con la docencia.

Pero ¿no contáis con ningún tipo de apoyo?
A nosotras nos ayuda mucho la Diputación Provincial de Castellón y el Ayuntamiento de Vila-real. Comenzamos de la nada. Mi hermana y yo nos presentamos allí un buen día y les dijimos que queríamos organizar un grupo de canto, que necesitábamos un piano, once trajes para actuar y un local para ensayar. Creyeron en nuestro proyecto y aquí estamos.

¿Tampoco dais conciertos para recaudar fondos para el grupo?
No, no, ‘Veus de Cambra’ no es un grupo de "bolos", es decir, un grupo donde seis u ocho cantantes se juntan, ensayan cuatro veces, dan un concierto, queda bien, cobran y se acabó. No. Lo nuestro no es eso. Lo nuestro es el estudio y el trabajo continuado.

¿Resulta muy caro contratar a ‘Veus de Cambra’?
Desde el principio fijamos un caché mínimo, para evitar compromisos. Este caché se encarece, lógicamente, si tenemos que llevar músicos de acompañamiento y efectuar desplazamientos largos.

¿Cuántos días ensayáis a la semana?
Un día, durante dos horas muy intensas, sin pausas, aunque si tenemos mucha carga de conciertos podemos ensayar más. Pero lo cierto es que en un grupo como el nuestro, la metodología de ensayos tiene un ritmo diferente. El grueso del trabajo lo desarrollamos en casa. Allí estudiamos la partitura individualmente y le ponemos la voz. El director no tiene que leernos la partitura, su labor consiste en pulir y matizar.

¿En qué sitios habéis actuado?
El año pasado cantamos las obras de Pradas en la iglesia de Santo Tomás de Verona, donde Mozart hizo sus pinitos de joven. También hemos actuado en Cantabria, en Torrevieja y en muchos otros sitios. Estamos muy interesadas en darnos a conocer por la geografía de la Comunidad Valenciana. En Valencia hemos actuado alguna vez, pero nos gustaría hacerlo más a menudo, aunque resulta difícil porque allí no quedan demasiados huecos libres. Por ejemplo, el concierto con las obras de Pradas que teníamos previsto, finalmente no se llevó a efecto.

¿Cuál es el tipo de auditorio que mejor se adecua a vuestras características?
Sin lugar a dudas donde mejor sonamos es en las iglesias. En realidad, depende del tipo de música que interpretemos, pero nuestro repertorio contiene mucha música sacra y los templos son un buen marco. Próximamente actuaremos en una sala pequeña del castillo de Peñíscola. Primero leeremos una ponencia sobre Francisco Morera y después cantaremos. Con esta actuación cerramos el ciclo sobre Morera.

Como les contaba al principio, en 2007 ‘Veus de Cambra’ grabó un cedé con obras de Joseph Pradas (Misa Ut, re, mi, fa, sol, la (1736); Misa en Sol Mayor (1747); Ferte Palmas, lauros et coronas (1738); Vicentius nec tenebrosis carceris angustiis (1741); Laudate Dominum omnes gentes; ‘Miserere mei deus’; ‘Magnificat’; Al templo Inmortal del Sol de Justicia (1722) y ‘Dos Serafines Amantes’ (1755)). La mayoría de ellas corresponden a las etapas de Castellón (1717-1728) y Valencia (1728-1757), donde dispuso de mayores medios técnicos para dar rienda suelta a su impulso creador. Las partituras de Pradas, considerado como uno de los mayores compositores de Miserere (entre 23 y 25, según catalogaciones) y de villancicos (entorno a los 400), se conservan en la Catedral de Valencia, en la de Segorbe y en El Escorial de Madrid.

Hablemos un poco del cedé de Joseph Pradas, ¿por qué escogisteis a este compositor?
‘Veus de Cambra’ es un proyecto nuestro. Y creemos en él. Llevamos ocho años de alegrías y unos pocos sinsabores. El mundo de la música no es fácil, pero hay gente de la Comunidad Valenciana que acude a escucharnos adrede a los lugares donde actuamos. Y eso nos llena de gozo. La idea de escoger a Pradas fue de mi hermana y mía, impulsando nuestro proyecto ‘Els Nostres Compositors’ (Nuestros Compositores) y aprovechando el 250 aniversario de su fallecimiento. El suyo es un cedé al que le tenemos mucho cariño, especialmente la última pieza, "Dos serafines amantes", una partitura muy curiosa, primero por su título, y segundo porque lleva un recitativo a dos voces, cosa poco usual. Tampoco podemos olvidar su letra, que llama mucho la atención.

En la época de Pradas, la Iglesia era un importantísimo motor musical, ¿no?
Claro. La Iglesia utilizaba la música para evangelizar. Por eso reglamentaban tanto las composiciones y la música tenía que acompañarse con órgano que, además, era la herramienta fundamental para componer. Una de la genialidades de Pradas fue que, en sus tiempos de Maestro de Capilla en Valencia, introdujo las trompas y los oboes como acompañamiento, algo impensable en la época. Morera, su discípulo, continuó esta línea.

Y pronto aparecerá el cedé sobre Morera.
Morera tiene una producción tan amplia como la de Pradas y era más conocido por aquí que su propio maestro. Pero Morera es más neoclásico, no es tan barroco. El cedé ya está grabado y creemos que aparecerá durante el próximo mes de octubre. Contiene un ‘Requiem’ completo y un "Beatus vir".

Por cierto, ¿dónde realizáis la grabación de vuestros cedés?
En una iglesia barroca que hay en Borriol, un templo que no se utiliza mucho, pequeño y con una sonoridad muy buena. Además está lejos de las carreteras y el ruido de los automóviles no dificulta nuestro trabajo. El de Pradas también lo grabamos allí.

¿Invertís mucho tiempo para grabar un cedé?
Tres días, con sesiones de 6 a 8 horas. Cuando vamos a grabar lo tenemos todo muy ultimado, estudiado, ya dominamos las piezas que vamos a incluir. En el cedé de Pradas primero grabamos y luego dimos los conciertos. Con el de Francisco Morera hemos invertido los términos: primero hemos hecho los conciertos y después la grabación. Y creemos que esta segunda fórmula es mejor que la primera, porque llevamos las obras más dominadas.

¿Qué actividades tenéis previstas desarrollar próximamente?
Bueno para el próximo año pondremos en escena un Concierto de Humor, algo que ya hacen otros grupos y que consiste en hacer todos los sonidos con nuestras voces, al estilo de ‘Les Luthiers’. Son sonidos que provocan la risa del público. Con relación a la exposición de ‘La luz de las imágenes’, estamos trabajando en un proyecto que una los cuadros con partituras de los músicos de la época de las pinturas. Sería la versión musicada de esta exposición. Además, entre Gisela y Enric Bouché han trabajado la historia de Jaime I. Es una obra de teatro "al carrer" (en la calle), con música compuesta por Rafael Beltrán. Se estrenará en Vila-real en febrero del próximo año, con la idea de llevarlo a otras ciudades de la Comunidad Valenciana y de grabar otro cedé. Es un proyecto muy ambicioso y, juntamente, con ‘Veus de Cambra’ también intervendrán grupos de danza y teatro.