Mi relación con la literatura de Stephen King (Maine, 1947) no había resultado demasiado fructífera
hasta hoy. Poco aficionado al género de terror, hace años le di una oportunidad a través de la lectura de ‘El retrato de Rose Madder’, que me dejó más bien frío. Nunca volví sobre sus obras. Pero quedó ahí como una deuda. Latente. No hace mucho me enteré de que King había publicado una novela de corte policíaco, no era la primera vez que lo hacía, titulada ‘Holly’, editada por Plaza&Janés, y me picó la curiosidad. ¿Cómo sería un thriller policial contado por el maestro del terror? Así que me sumergí en su lectura. Y la experiencia mereció la pena.
He leído por ahí que algunos
críticos celebraban que King hubiera vuelto a escribir una novela policiaca. Lo
cierto es que ignoro cómo han sido sus anteriores experiencias en este sentido
y, en consecuencia, no puedo celebrar este regreso. Pero sí tengo claro que ‘Holly’
es una novela de género bien trazada y mejor trenzada. Si algo ha llamado mi
atención a lo largo de su lectura, es comprobar que el escritor estadounidense,
como si de un pintor se tratase, estructura la historia por capas. Primero, una
imprimación donde asentar los cimientos de la narración y sus escenarios. Y
después, una superposición de capas, colores y matices, hasta conseguir el
efecto deseado, el cuadro final. El desenlace. King inocula la historia en el
lector como una inyección de la que sólo se percibe el pinchazo inicial. El
líquido, calmo y despacioso, penetra con lentitud, pero con seguridad, y va
sentando su poso en nuestra mente.
