Los de mi generación, cuando fuimos pequeños, aprendimos la
II Guerra Mundial a través de las imágenes que nos transmitían los tebeos de ‘Hazañas
Bélicas’ de Boixcar o del Sargento Gorila, obra del guionista Eugenio Sotillos
y el dibujante Alan Doyer. Aunque no recuerdo muchos más detalles, en aquellas
viñetas en blanco y negro, los alemanes siempre eran los malos excepto cuando
guerreaban contra los rusos, momento en el que se convertían en seres con
sentimientos y valores humanos sin cuento. En 2013, el valenciano Paco Roca publicó ‘Los surcos del azar’, novela gráfica
en la que nos habló de las tribulaciones de un puñado de republicanos españoles
que pelearon en Francia y contribuyeron a la liberación de París, de hecho
llegaron antes que nadie. Y es ahora, un par de años después, cuando nos llega
el álbum ‘Los hijos de la libertad’, editado por Planeta Cómic, dibujado por
Alain Grand y basado en la novela homónima de Marc Levy, que relata el papel
desempeñado por la resistencia francesa en la lucha contra la ocupación alemana
de Francia, una Francia dividida en dos: el
norte, dominado por los alemanes, y el sur, controlado por el gobierno de
Vichy, encabezado por el mariscal Pétain. Si, como decía antes, con Roca nos desayunamos
de que en la División comandada por el general Leclerc, Compañía la Nueve, pelearon
los republicanos españoles, con ‘Los hijos de la libertad’ descubrimos que en
la 35ª brigada FTP-MOI, que operó en la zona de Toulouse, militaron inmigrantes
polacos, húngaros, italianos, españoles y también ciudadanos franceses, algunos
de ellos judíos, todos muy jóvenes. Bajo estas premisas podemos detenernos unos
instantes y plantearnos la importancia que tuvo la intervención extranjera en
el país vecino durante la II Guerra Mundial.
El comienzo del álbum de Grand no puede resultar más
significativo: en la Francia gobernada por Pétain, mientras el pueblo le aclama
durante un desfile, un grupo de muchachos hace llover panfletos en su contra: “La juventud de Francia no quiere un mariscal
traidor”. La voz narradora prosigue: “Para
nuestros compañeros, todo empezó como un juego de niños. A algunos no les dará
tiempo de convertirse en adultos”. La causa de la libertad no distingue
entre jóvenes y viejos, solo entre ocupados y libres, vivos y muertos. La siguiente escena, 21 de
marzo de 1943, introduce de lleno al lector en la trama: un padre se despide de
Raymond, su hijo, que casi no tiene dieciocho años, mientras ambos toman un
café acodados sobre la barra de un bar. La decisión del joven de enrolarse en
la es firme y su padre no se opone, pero
como luego recordará el muchacho “en sus
ojos había una urgencia que yo tardaría años en comprender. No era su muerte la
que imaginaba, sino la mía”. A partir de ese momento, Raymond trocará su
nombre por un alias: Jeannot, su salvoconducto, su deneí para la guerra
subterránea. En su idealismo, intenta ingresar en la R.A.F. o en el maquis,
pero terminará encuadrado en la guerrilla urbana, porque él quiere matar a un
nazi antes de morir. Poco a poco asistiremos a su integración en el grupo, a la
aceptación de las normas de seguridad y al aprendizaje de las estrategias
guerrilleras. Jeannot, igual que su hermano Claude que le acompañará en esta
lucha, pronto se regirá por una doble vida: la real en la clandestinidad y la
aparente en la pensión que habitan como estudiantes.
