La crítica de 'Calle de la estación, 120' de Tardi-Malet se publicó en Diario SIGLO XXI el día 22 de mayo de 2009.
Tardi-Malet: ‘Calle de la estación, 120’, un cómic para recordar, releer, paladear...
La editorial Noma acaba de reeditar otro clásico del cómic negro: ‘Calle de la estación, 120’ del dibujante francés Jacques Tardi (Valence, 1946). Basada en un polar de otro autor francés, Leo Malet (Montpellier 1909-1996), la acción se enmarca en los primeros años de la II Guerra Mundial, en el campo de prisioneros del Stalag XB, donde encontramos al protagonista habitual de toda la serie de álbumes del binomio Malet-Tardi, el detective Néstor Burma (siempre he pensado que quedaría mejor Bruma, dado el carácter deductivo y reflexivo del personaje, pero todo esto no son sino elucubraciones mentales del que suscribe). En el Stalag XB, un prisionero sin nombre, al que todos llaman Glóbulo, es incapaz de suministrar sus datos personales al soldado del registro. Glóbulo ha perdido la memoria y divaga por el campo hundido en su amnesia. Aunque algunos piensan que el hombre no es sino un simulador, los meses pasan y el tipo continúa igual, con sus ojos desmesuradamente abiertos, como buscando una luz que ilumine la oscuridad que envuelve su mente. Una noche, antes de morir aferrado a las solapas del abrigo de Néstor Burma, Glóbulo pronunciará sus últimas palabras: un nombre, Hélène, y una dirección: calle de la Estación, 120. Nada más. Tiempo después, Burma, junto con otros prisioneros, es trasladado en un tren de repatriados a Lyon. Al llegar a la estación de Perrache, el detective privado encuentra a su antiguo ayudante, Bob Colomer, quien al reconocerle le grita las mismas palabras que Glóbulo en el campo de prisioneros. Pero ya no tiene tiempo de decir nada más. Justo en ese momento, aprovechando los atronadores compases de La Marsellesa, interpretada por una banda militar formada en el andén, Colomer cae cosido a balazos. Burma salta del vagón, pero será en vano. Su colaborador ha muerto. A lo lejos, la imagen de una mujer, labios pintados, cabellos largos, gabardina con solapas en guardia y pistola en mano, será lo último que recuerde el detective. Estupendo inicio argumental, pero el aspecto gráfico no le va a la zaga, con dos páginas, las primeras, mudas: sólo viñetas con encuadres panorámicos del campo de prisioneros, como si del arranque de un largometraje se tratase.
