«Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban y, como si de grillos se tratara, intentó ubicar a cada hombre dentro de los límites del olivar» (Jesús Carrasco, Intemperie)
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domingo, 13 de noviembre de 2022

‘La raíz del mal’ de Håkan Nesser

Una de las cosas que me hizo acercarme a ‘La raíz del mal’ de Håkan Nesser (1950), novela recientemente publicada por Destino, fue la innegable armonía que guardaba su portada con la de ‘La noche más oscura’, su anterior entrega, aparecida en nuestro país durante el pasado año. Me parece buena idea que las portadas tengan su propia línea argumental. Son el sello distintivo de un autor. A simple vista, el aficionado al género negro identifica a qué escritor pertenece uno u otro libro y, al acercarse para (h)ojearlo, con hache y sin hache, sabe qué es lo que puede encontrar en su interior. Aunque nunca se pueda tener la certeza absoluta al respecto. Por supuesto.

‘La raíz del mal’ es novela del año 2007, pero se edita en castellano por primera vez en 2022. Pertenece a la serie protagonizada por  Gunnar Barbarotti, un inspector de origen ítalo-sueco, que forma parte de la plantilla policial de la ficticia localidad de Kymlinge, nombre inspirado en el de una estación abandonada del metro de Estocolmo. Barbarotti se muestra, por momentos, algo cansado de su profesión y  detesta las reuniones de trabajo. Divorciado y padre de tres hijos, sostiene una peculiar relación con Dios, un ser «postrado en su trono de nubes de algodón», al que pide favores a cambio de unos puntos, acumulados en una suerte de clasificación, virtual e imaginaria, que él construye en función de la respuesta divina que recibe. Ello no quiere decir, en absoluto, que el inspector sueco sea un creyente tradicional, adicto a templos y  oraciones. Todo lo contrario. Barbarotti recurre a ese peculiar Dios, que se ha inventado, en momentos claves de su vida familiar y profesional, en esas encrucijadas de la vida ante las que no sabe muy bien por dónde tirar. Le secunda en la historia, con habilidad nada exenta de gracia, la inspectora Eva Backman. Backman aporta al juego narrativo un perfil investigador relevante y una indispensable ironía, que proporciona al lector más de un motivo para sonreír. Hay un humor muy sutil establecido entre ambos.