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Almudena Grandes en la entrevista de 2014. |
mañana. Mi primer pensamiento es para Almudena Grandes. La escritora madrileña falleció ayer por la tarde. La noticia temida. Ella misma comunicó su enfermedad en un artículo hace un tiempo. Tras desayunar, levanto el ánimo dispuesto a enfrentar los ejercicios de inglés. Cada día el inglés es devoción para mí. Hoy no. Hoy solo busco pretexto para olvidar la tarde de ayer. Abro el libro. Me centro en eso que los ingleses llaman quantifiers: any, some, a little, many, much, a few, lot… De momento, no me motivan mucho. Conecto la radio. Juanjo Millás, Javier del Pino, Óscar López y Víctor Manuel hablan en la SER sobre Almudena. Es inevitable. Obligatorio. Deseado. Víctor Manuel dice, más o menos, que Almudena pertenecía a todos, que su fallecimiento es como si nos hubieran amputado un miembro y por eso nos duele tanto. No puedo estar más de acuerdo con sus palabras. Involuntariamente, dirijo la mirada hacia un rincón de mi librería. Justo donde guardo sus Episodios Nacionales de una Guerra Interminable. Robustos. Lomo negro. Letras blancas. Colección Andanzas. Número 730. Las únicas novelas en una balda de cuentos. Y de cuentistas. Me giro y cierro la página de la gramática inglesa. Any, some, a little, many and others deberán esperar un rato. No es su hora. Conecto el ordenador. Pulso las primeras teclas. Ignoro a dónde me llevan. A la memoria. Aunque la conocí en la Feria del Libro de Castellón de 1989, recuerdo la primera rueda de prensa con Almudena. Lugar: el entonces Hotel Astoria. En València. Le acompañaba Juan Cerezo, su editor. Éramos muchos. Una pregunta por barba. Supo a poco. A muy poco. Pero menos era nada. Me propuse entrevistarla alguna vez. Lo conseguí otra fría mañana. La de un día del mes de abril. Año 2014. Recién bajada del tren. El mismo escenario de cuatro años antes. Una mesita redonda albergó la grabadora, su café y mi té negro. Conservo la fotografía de las tazas. Almudena llevaba suéter azul. Y un constipado de pronóstico. Su característica voz se quebraba con toses. Le ofrecí un caramelo que aceptó. La cosa fluyó mejor. ‘Las tres bodas de Manolita’. La Posguerra. El Valle de los Caídos. La cárcel de Porlier, donde mi padre montó guardia en la posguerra… Acabamos la entrevista. Ojalá no hubiera terminado nunca. Una delicia hablar con ella. Un ejercicio de generosidad por su parte. De profesionalidad. Un placer. Una suerte compartir la primera media hora de aquella jornada suya en València. Un privilegio. Nunca se lo agradeceré bastante a Susana Alfonso y Amparo Gracia, las intermediarias en aquel encuentro.
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El rincón de Almudena entre mis libros |
Herme Cerezo