Nº 710.- Se anunciaba la hora de la comida. Ya muy próxima. Me encontraba en la cafetería del Hotel Only You de la plaza Rodrigo Botet, el
antiguo Hotel Astoria, donde entrevisté a tantos escritores durante muchos
años. Es el último jueves de noviembre y una luz envejecida, aguijoneada por
los primeros adornos navideños, alumbra nuestro encuentro. El entrevistado de
hoy, Javier Castillo, no necesita presentación. Dos millones y medio de
ejemplares vendidos en España le contemplan. Le avalan, además, sus
traducciones a veinticuatro idiomas, la difusión de su obra a lo largo de más
de noventa países y la conversión de algunos de sus títulos en series
televisivas a cargo de la plataforma Netflix. El género negro parece no
esconder secretos para él. Pulsa sus teclas con seguridad. Castillo se había
acercado a València para promocionar ‘El susurro del fuego’, editado por Suma
de Letras, un nuevo thriller de su cosecha, en el que nos cuenta la historia de
Mario y Laura Ardoz, hermanos mellizos, que visitan las islas Canarias. Mario
trata de recobrarse de una intervención quirúrgica de cáncer, pero al salir del
hospital descubre que su hermana ha desaparecido y el móvil traza su presencia
en un paisaje desolado por la lava. Problema servido. Dos miembros de la
Policía Judicial, Candela Oramas y Álex Quintana, se ponen en marcha para
descubrir qué ha ocurrido. Con el piloto rojo de la grabadora encendido,
comenzamos nuestra conversación. Agua y un café sobre la mesa. Nihil obstat. Todo
Ok.
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Javier, después de más de dos millones y medio de libros
vendidos en España, cómo se consigue llevar una vida normal? La vanidad se
controla bien?
Se controla gracias a una abuela genial que tengo, siempre
con los pies sobre el suelo, muy cercana. Cuando de repente le cuento que acabo
de publicar una novela, con una edición monumental, que está la número uno en
la lista de libros más vendidos en España, ella me dice «Venga, va, vamos a
cocinar», porque le concede cero importancia a esas cosas. Por otro lado, tengo
la suerte de mantener mis pilares de toda la vida, mi barrio, aunque me he
cambiado de casa, mi familia y mis amigos, lo que me produce la sensación de
que nada ha cambiado. Es verdad que tengo más dinero en la cuenta del banco,
pero pienso en las mismas cosas que antes.
Tras la persona de éxito se esconde el escritor, qué
significa escribir para ti?
Para mí escribir siempre ha sido jugar, mi hobby, crear algo
que se convierta en un juego. Es como construir un puzle y ser el jefe del
siguiente acertijo para mis amigos. Cada vez que me siento ante el ordenador
pienso que voy a crear una historia que va a sorprender. Pero soy una persona
muy empática y sufro con lo que les va sucediendo a los personajes, aunque al
mismo tiempo me lo paso muy bien mientras planeo la historia e introduzco giros
inesperados.
Además de sorprender pretendes que el lector reflexione?
Bueno, cada libro tiene un objetivo distinto. Todos están
construidos con la intención de entretener, bajo la dinámica de que te lo vas a
pasar increíble leyéndolos. Pero luego hay una lección distinta que aprender en
cada caso. Por ejemplo, en la ‘Trilogía de la chica de nieve’, había un estudio
de cómo afrontar un dolor horrible, al tiempo que se criticaba al periodismo
sensacionalista, ese periodismo que en 2019 ya se adivinaba como un modelo de
sacar las cosas de contexto. Ahora, en ‘El susurro del fuego’ hablo de personas
apagadas, personas que pasan por la vida casi de puntillas, ausentes, sin vivirla. Es un tema que me inquieta mucho
y he escrito sobre ello con la idea de que habitamos una sociedad que se cree
inmortal, sin ser conscientes de lo frágil que es nuestra existencia, y tenemos
que aprovechar cada instante porque ignoramos en qué momento nuestra vida hará
clic y todo se apagará.
A la hora de escribir por qué elegiste el thriller, un género
tan estricto, que obliga al escritor a respetar unas ciertas normas para ser
eficaz?
Es cierto que tiene unas reglas que has de conocer, pero
también has de saber cuándo saltártelas. Me gusta mucho el thriller porque
crecí leyendo todas las novelas de Agatha Christie, que publicaba la editorial
Molino, e interioricé la fascinación de construir un engaño, de crear pistas. A
la hora de escribir con lo que más disfruto es con levantar situaciones
imposibles y el thriller es el género que mejor controlo y me permite generar
curiosidad para hablar de lo que quiera.
He escuchado que preparas tus guiones en hojas de cálculo
Excel y que coloreas las celdas para identificar las distintas tramas. Al
escribir, lo tienes todo claro y controlado o, si surge, incluyes nuevas ideas
en tu proyecto?
Si surge algo y le veo suficiente potencial, paro y
reconstruyo el Excel, dedicándole un tiempo para reflexionar sobre cómo
incorporarlo. En ‘La chica de nieve’ me sucedió algo así, porque no era capaz
de escribir el final que tenía pensado. Me surgió otro y lo cambié. De hecho,
el último tercio de esa novela está completamente replanteado y renovado.
Actualmente, en el género negro el reto intelectual de
descubrir al culpable ha pasado a un segundo término, en tu caso la investigación
policial te interesa?
Depende. Es lo mismo de antes. Cada vez he intentado escribir
un libro distinto, porque cada historia
requiere un tipo específico de culpable. Pero es importante que exista la
posibilidad de encontrar al criminal, porque eso te incita a continuar leyendo,
ya que todo el mundo lee con la sensación de querer hacer justicia. Pero el
detalle de cómo trato al culpable en cada caso procuro que sea diferente. Lo
fácil es caer en estructuras comunes, que a mí me suelen generar rechazo porque
no me gustan.
De tus libros solo conozco ‘El susurro del fuego’, pero mi
mujer, devota seguidora tuya, se los ha leído todos y me explicó que tus
primeras novelas discurren en Estados Unidos y que en su versión de serie
televisiva el escenario se trasladó a España. El territorio condiciona tus
textos o escribes sobre lo que te interesa sin importarte el lugar?
Sí, las novelas están situadas en Estados Unidos y las series
trasladadas a España, lo que cambia la historia, excepto precisamente ‘El
susurro del fuego’, ubicado en Canarias, porque la historia surgió cuando me
encontraba de viaje con mi familia en Puerto La Cruz. A un chico le sobrevino
una bajada de azúcar y entre todos le ayudamos, como pudimos, hasta que llegó
la ambulancia. Después pensé que aquello podía ser el inicio de una historia. Me
di cuenta de que todo encajaba muy bien con el fuego interior de las islas y el
de los personajes, y por eso la desarrollé allí. Pero el escenario no me
condiciona para nada, porque siempre elijo primero la historia y, a
continuación, el lugar. Con relación a las series, es verdad que las
adaptaciones moldean un poco la historia, porque los lugares condicionan la
cultura, los movimientos de los personajes y sus comportamientos.
Me interesan mucho esos personajes secundarios casi al mismo
nivel que los protagonistas, como Belén, la policía de ‘La chica de nieve’ en
la serie de tv o Candela en ‘El susurro del fuego’. Qué importancia le asignas
a los secundarios en tus novelas?
Son coprotagonistas. En ‘El susurro del fuego’ lo que me
gusta de Candela es que imprime un realismo dramático a la historia, al tiempo
que le da fuerza a la investigación a través de un prisma muy distinto. Es un
personaje que ha sufrido la tragedia de una pérdida y que trata de separar su
vida personal de la profesional, hasta que se da cuenta de que no puede disociar
ambos aspectos porque todo está entrelazado: ella es la misma persona que vive
y la que trabaja. Y eso le proporciona una fortaleza tan grande al personaje
que, como tú dices, parece otro protagonista más de la novela. Ella y su
compañero Quintana llevan el peso de la investigación porque, al final, la
historia necesita averiguar la verdad y ella es el personaje adecuado para
hacerlo.
A estas dos policías, además, les colocas al lado sus Watson
particulares: a Belén le pones a Chaparro y, a Candela, Álex Quintana, que cumplen
estupendamente bien con su cometido.
Sí y ellos dos se parecen entre sí. En el caso de Quintana,
además, sabe escuchar, callar, preguntar discretamente y decir ciertas cosas en
los momentos adecuados. Se muestra como el compañero de investigación perfecto.
En ‘El Susurro del fuego’ llevas al personaje de Mario a una
posición muy extrema: sus padres han muerto; un tiempo después, lo hace su
melliza y él padece un cáncer, no has sido demasiado torturador con él?
[Risas] Bueno, depende, no?
Me gustan los personajes completamente rotos. Es algo que me genera
fascinación. Un personaje feliz, al que le pasan pocas cosas, no es tan
atractivo. Sin embargo, un personaje completamente roto se torna inesperado, inestable,
desconoces sus reacciones y eso hace que sea mucho más interesante leer sobre él.
Y cuando lo conduces al
límite, dices «¡Ostras! Qué va a hacer este tipo ahora?» Por eso a Miren, la
protagonista de ‘La chica de nieve’, que
había sufrido una agresión sexual, la introduje en el mundo del periodismo,
porque poseía una sed increíble de justicia, y la llevé a una situación muy extremada.
Perfilas perfectamente la psicología de un enfermo de cáncer:
la necesidad de volver a sentirse atractivo y la ausencia de energía tras la
quimioterapia, el miedo a la muerte por falta de defensas en el organismo…
Imagino que en Internet hay mucho de todo esto, pero cómo has conseguido esa
encarnadura tan real en el personaje de Mario Ardoz?
Tengo familiares cercanos que han atravesado situaciones de
cáncer y, al final, lo interiorizas y ves el daño que causa mentalmente en la
persona que lo sufre. También he trabajado mucho que el personaje viviera
teniendo presente las secuelas del cáncer y la inestabilidad emocional que
provoca, sabe que está aquí pero desconoce por cuanto tiempo y eso hace que el
personaje se sienta más vivo. Sin embargo, cuando muere Laura al comienzo de la
novela, el cáncer queda atrás, sustituido por los momentos de unión con su
hermana. He usado el cáncer como recordatorio, una vez más, de lo frágil que es
todo y que hay que aprovechar cada momento.
Tanto Belén como Candela, las dos policías, son mujeres.
Sí, me daba como un prisma emocional mucho más potente,
porque la emotividad de Mario ya la cuenta en primera persona él mismo, con su
voz emotiva y rota. Recurrir a un policía masculino le hubiera dado un
trasfondo similar a ese drama y prefería aportar un matiz más potente,
femenino, que equilibrase ese esquema.
Sí, Mario habla en primera persona, el resto de la narración es
en tercera.
Efectivamente, la voz del narrador es en tercera, y la
historia de Candela requería también esa misma tercera persona, porque me permitía
viajar a su pasado, contar sus inseguridades, sus antecedentes. Darle voz en
primera persona hubiera significado repetir el esquema de Mario.
En un momento dado, Candela lee un informe forense y piensa que
está escrito con distancia y frialdad. Si los forenses se implicasen
emocionalmente con «sus» cadáveres acabarían mal, no crees?
Ese informe habla con distancia absoluta y refleja lo que
sucede en ese momento. Habitualmente, cuando somos lectores no leemos eso, sino
la descripción del narrador. Así que me pareció relevante utilizar ese lenguaje
para que la gente entienda que esto es un informe forense, lo que suele escribirse
en este tipo de documentos, al tiempo que piensa, qué frío es hablar de la
muerte. Y eso te lo recuerdo justamente en una historia que trata sobre el fuego
y donde lo único que no se enciende es la muerte.
Tenerife tiene el cielo azul, como dices en la novela, un
lugar donde también se vive a otro ritmo, más pausado, diferente.
Aquí en València donde nos encontramos ahora también es azul
y tranquilo. Y esa tranquilidad se vive en la isla. Cada vez que visito a mis
amigos del archipiélago, me sorprende el ritmo pausado de todo. Pides un taxi
porque has quedado y me dicen «Tranquilo, Javi, que ya llegaremos». En Málaga también
somos un poco así, pero es verdad que allí todo funciona a otro ritmo. Las
preocupaciones y el ánimo son otros, el buen humor está por todas partes, se
sienten como muy ligados a su tierra, muy conectados y presentes. Por ello me
pareció un escenario perfecto para hablar sobre una historia de vida.
Y, ¿dónde queda Javier Castillo en ‘El susurro del fuego’?
Por dónde te escondes en la narración?
Estoy físicamente en un cameo, dentro de esa familia que
encuentra el cadáver de Laura, y también como narrador general de todo. Una vez
concluido el libro, me he reconocido en la cadencia de las frases de Mario. Yo
pienso con esa cadencia, así que me he dado cuenta de que en su situación
hubiera razonado igual. Es más, cuando a lo mejor leo una palabra que fue
cambiada durante el proceso de edición no me reconozco y me digo que eso no lo
hubiera dicho yo así.
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Tras escribir y publicar ‘El susurro del fuego’, qué poso te ha quedado?
Escribiendo el libro he interiorizado muchísimo más lo frágil
que es todo. Durante la escritura y la promoción sucedieron varias cosas que me
golpearon y afectaron mentalmente. Ya antes de esos golpes era algo que me
inquietaba y conforme lo iba escribiendo y dándole voz a Laura, me daba cuenta
de que es el tema más universal sobre el que he escrito, porque aunque pensemos
lo contrario nos afecta a todos por igual. Sin duda, de todas mis novelas creo
que es en esta donde el misterio es menos relevante, y donde el fondo es lo más
importante de todo.
Has tenido sensación de vacío, de duelo, al acabar la novela?
Sí, pero de un modo distinto. Sabía que a mis personajes los
iba a echar de menos, pero me consuela pensar que ahora los conocerá otra
gente, otras personas, y eso me apetece mucho. Presentar a mis personajes es
algo que hago con enorme alegría.
Te gusta que tus libros dialoguen entre sí de alguna manera y
formen parte de un mismo todo?
Me gusta escribir pensando que todo lo que escribo forma
parte del mismo universo y que un personaje se cruza con otro anterior. Así te
das cuenta de que cada cosa nueva que haces se integra en ese mismo lugar.
Tengo la ilusión de que, cuando termine mi vida, ese mundo y sus personajes exista
dentro de mi cabeza y que yo me marcharé allí para estar con ellos.
Algún día Javier Castillo escribirá una novela que no sea de
género? O tus lectores esperan siempre a este Javier Castillo?
Sí [Risas]. Durante la escritura intento esconder a muchos de
los escritores que surgen en mi cabeza mientras lo hago. Soy un firme defensor
de las historias y no tanto del género. Me gusta construirlas y luego pensar en
cuál encajan. Y eso es importante, porque la historia es lo que define lo que
haces. Los mejores libros son siempre una mezcla de géneros.
Y luego de este «Susurro» qué viene?
Estoy planificando la siguiente novela. Me fascina. Es otro
gran misterio. Está muy verde aún, pero me he propuesto comenzar a escribir a
comienzos de enero. No recupero a ninguno de mis protagonistas, son personajes
nuevos, pero todavía es pronto para saber si eso acabará así o no.
Herme Cerezo/Diario SIGLO XXI
