«Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban y, como si de grillos se tratara, intentó ubicar a cada hombre dentro de los límites del olivar» (Jesús Carrasco, Intemperie)

domingo, 22 de febrero de 2026

Juan Manuel Gil: «Procuro que cada página resulte disfrutona, que la construcción de su oralidad sea lo más mimada y verosímil posible, pero también me preocupo mucho del hilo conductor de la novela»

Nº 712. 

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Discurre la mitad de febrero. Hay un primer acercamiento para tomar unas fotos del escritor. La ciudad: València. El lugar: la cafetería de un establecimiento comercial con sucursales por toda la península. Despachadas las instantáneas, quedamos emplazados para hablar la semana siguiente. Por teléfono. El escritor no es otro que Juan Manuel Gil (Almería, 1979), que acaba de publicar ‘Majareta’ (Seix Barral), donde traza el retrato de Leo Almada Sapena, un conserje de instituto misterioso, construido mediante los testimonios de unas cuantas, en realidad, bastantes, personas que lo conocieron. La peripecia se desencadena a raíz de un incidente, cuando Almada sube al tejado del centro escolar para inspeccionar el estado del pararrayos, los estudiantes cierran la trampilla con un candado, retiran la escalera y lo dejan allí arriba. Uno de ellos chivatea al conserje el nombre del alumno que tuvo la ocurrencia y, días después, Leo le golpea hasta hacerle perder la visión. A partir de ahí, una cuarentena de personajes se sucede ante el lector, o mejor dicho ante el supuesto autor del libro, para contar su versión de los hechos o de lo que conoce del conserje. Todos parecen tener algo que compartir acerca de sus hábitos, un tanto inquietantes, sus secretos y los motivos por los que siempre fue considerado uno de los tipos más raros del barrio, a la vez que también uno de los más buenos, tiernos, discretos y generosos. A lo largo de los distintos testimonios, nos adentramos en esta ficción para desentrañar la oscura realidad que se amaga detrás de todas estas apariencias verbales. Y hasta aquí puedo llegar, pero Juan Manuel Gil ha construido una novela de difícil olvido, que remueve las tripas del lector, con risas y alguna angustia, hasta sus últimas páginas, una de las joyas literarias de este 2026 sin duda. Siete días más tarde ratificamos el pacto alcanzado en la cafetería del conocido centro comercial, donde las fotos. Y, a través de nuestros adminículos telefónicos respectivos, él desde Almería, y el que suscribe desde València, conversamos sobre ‘Majareta’, mientras que por las calles de València el viento silbaba y un día más, desafiante, se enseñoreaba de árboles, esquinas, bancos, parques y aceras. Pulsé el rec de la grabadora, que me respondió del modo habitual, esto es, encendiendo su piloto rojo, nihil obstat. A continuación comenzó a registrar nuestra charla.

Juan Manuel, es la primera vez que te entrevisto y la pregunta surge inevitable, metódica: qué significa escribir para ti?

Aunque la respuesta a esta cuestión ha cambiado con el paso del tiempo, escribo porque es ahí donde creo conocer y desentrañar, aunque sea un poquito, los misterios de mi vida particular. Es en ese momento cuando  comprendo aquellas cosas que me afectan e inquietan. La literatura es también para mí el lugar donde soy capaz de encontrar un buen canasto de preguntas sobre todo lo que me interesa. Las respuestas ya son otra cosa. Y como yo creo que esto va de intentar caminar y encontrar esas respuestas, pues me sigo levantando temprano cada día para sentarme a escribir.

De lo que cuentas, deduzco que el Juan Manuel que empieza un libro no es el mismo que el que lo acaba.

Cada libro me cambia un poco. Creo que eso es un superpoder que tiene la escritura durante el proceso creativo, como creo que lo tiene también la lectura. Es un cambio imperceptible para quienes nos rodean, lo que lo convierte en un superpoder muchísimo más grande, porque los grandes poderes siempre son invisibles, pero en la intimidad tú sabes que no eres el mismo. Al acabar una novela siempre pienso que he aportado un poco de luz a los misterios que tenía antes de empezar a escribir, pero cuando empiezo otra nueva enseguida me doy cuenta de que no es así, de que este es un camino largo largo largo, en el que probablemente lo único importante es el viaje, no la llegada.

Y cómo se cruza esta novela o este conserje contigo?

Nace de mi deseo de escribir sobre un personaje secundario en la vida, uno de esos que se mueven entre bambalinas, que no protagonizan nada, que están en las antípodas de la épica y de la epopeya. Me pregunté qué personaje podría representar todo eso y me refugié en un recuerdo de mi infancia, un conserje del colegio público en el que yo estudiaba y del que descubrí que vivía dentro del propio centro, lo que me parecía la vida más anodina y gris del mundo. Sin embargo, cuando puse la lupa literaria sobre su vida me di cuenta de que no era así, al contrario, tenía todos los mimbres precisos para convertirse en un personaje digno de cualquier novela.  

Elegiste el término conserje para designar el oficio del protagonista, Leo Almada Sapena, y no bedel, que en mis tiempos escolares sonaba más.

En mi devenir como profesor de varios institutos me he encontrado de todo. Algunos querían que los llamásemos conserjes, otros por su nombre de pila y algunos otros más bedeles, ordenanzas o porteros. Y cada uno de ellos tenía sus razones, muchas veces sentimentales (sus padres ya habían desempeñado este mismo oficio), para elegir un término u otro.  

Antiguamente, muchos conserjes eran guardias civiles retirados, a los que les bastaba un gesto serio para controlar al alumnado. Cómo son los conserjes actuales?

Los de ahora reciben formación y en algunas ocasiones provienen de otros cuerpos afines, en los que les resulta imposible desempeñar el cometido que tenían asignado, y son derivados a este puesto. También proceden de unas oposiciones, a las que se presentan tras reunir los requisitos que exigen los baremos estipulados al efecto.

Leo Almada permanece mudo durante toda la narración. Cómo surge la idea de orquestar una estructura coral para que el resto de los personajes hablen sobre él?

Eso está también en el génesis de la novela. Yo quería que hubiera dos puntos ciegos. El primero sería el escritor que va a escribir el relato, que se comporta como un notario, toma nota de todos los testimonios y en ningún momento ha de aparecer; y el segundo era una condición: bajo ningún concepto podía escucharse en el texto la voz del conserje. Ese era el reto. Eran dos agujeros negros que tiraban uno del otro y, entre ellos, se moverían los cuarenta personajes que ofrecen sus testimonios. Y de su boca podía salir la cosa más loca, disparatada y esperpéntica del mundo, que es lo que les acaba ocurriendo a todos ellos.

Terminas de citarlos: cuarenta personajes. Y te las has apañado para meterte en su piel, cuarenta pieles distintas, aunque algunos repiten intervención, haciéndoles hablar en primera persona, como en una entrevista.

Hay muy poquitos que repiten: la sacristana, el cura, una confidente y el amigo del autor que es el que más veces sale. Para conocerlos coloqué dos pizarras grandes y les di a cada uno de ellos características particulares: su equipo de fútbol, su estado civil, si tenía hijos, si había pasado por alguna experiencia traumática, etcétera. Todo esto lo hice para sentirme seguro cuando llegase el momento de ponerlos a hablar y, ya con todo aclarado, me dediqué a escucharles. Creo que era la única manera de conseguir que los personajes, a pesar de compartir con ellos el barrio y ciertos elementos conceptuales, tuvieran una mirada intrínseca, que les otorgase su propia singularidad.

A la hora de escribir, has mantenido a rajatabla ese plan preconcebido o los personajes te han ido llevando de un sitio a otro y, de alguna manera, han alterado tu planteamiento inicial?

El punto de partida fueron unos diez o doce personajes y luego surgieron otros nuevos. Pero hubo muchos que se quedaron fuera, porque no aportaban nada, o yo lo creía así, y la historia se dispersaba. Incluso suprimí algunas líneas de la propia novela. En realidad, ha sido un trabajo muy de fontanería y de poda, como si se tratase de un bonsái, para que todo mantuviera su unidad.

Leemos en ‘Majareta’ que «...a lo máximo que nosotros podemos aspirar es a reunir un buen puñado de notas, armar una partitura e intentar interpretar la música de ese hombre». En verdad no podemos estar en la cabeza del personaje al cien por cien?

Realmente no podemos tener la ambición de conocer todas las capas de nadie, ni de ningún personaje, ni de ninguna persona. Y gracias a dios que es así, porque no creo yo que nadie quiera conocer hasta el último desván que alberga el interior de otra mente. Pero está claro que si tuviéramos esa necesidad de saber, no podríamos basarnos tan solo en la proyección de nuestra forma de ver las cosas, necesitaríamos la suma de distintas miradas e intuiciones, recuerdos, deseos, olvidos, fantasías… En el fondo es una red tupida muy compleja que, en el caso de la literatura, depende de que el escritor sea lo suficientemente habilidoso para atraparla, radiografiarla y no morir en esa tela de araña, algo que puede suceder con facilidad porque esa radiografía es infinita. Por eso los museos siguen llenos de cuadros y las bibliotecas de libros, porque no somos capaces de radiografiar con precisión aquello que nosotros consideramos que es la verdad, sea lo que sea eso.

A menudo he escuchado decir que es bueno que hablen de alguien aunque sea mal. Somos lo que ven los demás de nosotros o, dicho de otro modo, sin los demás no existimos?

Efectivamente, somos lo que ven los demás. Nosotros no podemos tener el control absoluto de lo que somos, carecemos de ese superpoder y pensar que lo tenemos es una estupidez. Si acaso poseemos el dominio sobre nuestras propias decisiones, pero no sobre cómo se interpretan nuestros pasos, nuestros silencios o nuestra manera de mirar, porque vivimos en comunidad. Somos el resultado de nuestra conexión y colisión con los otros. De manera paradójica nos encontramos con unos personajes que llevan vidas pavorosamente aburridas, pero que son capaces de contarlas con absoluto vigor y de manera espectacular, lo que las convierte en fantásticas, y con otros tipos que llevan vidas fantásticas, pero que las cuentan de una forma vulgar y dejan de interesarnos a todos. Dependiendo de cómo seamos capaces de armar nuestro relato, seremos unos u otros, y eso a veces nos provoca vértigo, porque lo opuesto a eso es el olvido, la nada.  

Habrás observado que no te pregunto sobre Leo Almada Sapena, porque creo que es el lector quien ha de descubrir cómo es tu protagonista a través del testimonio de los demás personajes. Por ello paso a otro de los elementos importantes de ‘Majareta’: el humor. Me ha resultado difícil no reírme en determinados pasajes de la novela, qué significa el humor en tu literatura y en tu vida?

Para mí el humor es inseparable del dolor. No sé por donde calzar la cicatriz que separa ambas cosas, de hecho, creo que no se pueden explicar por separado. No concibo que el humor y el dolor circulen por carreteras distintas, pues caminan por las mismas calles y ocupan los mismos espacios de mi memoria y de mi imaginación. Precisamente, el humor es eso que me ayuda a soportar mis fragilidades y mis angustias vitales, sin olvidar que, probablemente, en el corazón de todo dolor existe algo de esperpento, de ironía y de sentido del humor. El humor está en mis novelas porque está en mi vida y no puedo sacarlo de ellas. Así que lo que hago es utilizarlo como ese protector solar que me permite acercarme a los tormentos sobre los que quiero reflexionar sin abrasarme.  

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Tantos personajes con sus opiniones y actos no dejan de reflejar la sociedad y el ambiente en el que se desenvuelven. En este sentido me ha llamado la atención que la religión ocupa un papel destacado. Estamos asistiendo a un resurgir de lo religioso?

Dicen que hay determinadas propuestas musicales, cinematográficas o culturales en las que, ante tiempos de desesperanza, se trata el resurgir del sentimiento religioso. Ante la inquietud de algo que creemos más oscuro, parece que la religión y la espiritualidad se convierten en un cabo al que agarrarse. Pero mi novela no trata tanto de la espiritualidad como de una determinada manera de refugiarse en instituciones, que observan un comportamiento en ocasiones inquietante. En ‘Majareta’ esto se centra en las diferencias existentes entre la educación concertada y la pública, pero no hay una crítica a la Iglesia como tal, ni lo he pretendido, ni tampoco es una novela que aborde este resurgir de la espiritualidad.

El otro día, en ‘La Vanguardia, J. A. Masoliver Ródenas decía que tu novela tiene tantos personajes que es mejor no pretender abarcarlos a todos, y que ‘Majareta’ ha de leerse simplemente por el placer de la buena lectura página a página. Qué opinas sobre eso?

Es cierto que, deliberadamente, procuro que cada página de mi novela resulte disfrutona, que la construcción de la oralidad sea lo más obsesiva, cuidada, mimada y verosímil posible, y me encanta el placer que produce encontrar una página de lectura satisfactoria. Pero yo me he preocupado de que ‘Majareta’ funcione como una novela y de que exista una especie de hilo de tensión en todos y cada uno de los personajes que, a pesar de la heterogeneidad de voces, permita seguir ese trazo argumental que impide que las piezas se dispersen.   

Hemos citado antes al personaje llamado «autor», a quien todos los entrevistados le cuentan cosas. Qué tienen en común ese «autor» y Juan Manuel Gil?

El autor tiene en común conmigo que soy una persona muy escuchante. A mí me gusta escuchar casi más que hablar. Me parece un acto de amor. Prestar la atención a quienes nos rodean es una forma de recobrar eso que ha desaparecido en nuestra sociedad que es la conversación. Con respecto a los demás personajes comparto con ellos que todos viven en el mismo barrio que yo, no solo en el espacio físico, sino también en la idea de ese barrio. Tengo la sensación de que yo podría desenvolverme, convivir y ser feliz con todos y cada uno de ellos, a pesar de que más de uno tiene una «pedrá» de las grandes.

[Risas] Vamos con la última por hoy: imagino que, al comenzar la escritura, tú te habías planteado el perfil del conserje. Todo lo escrito refrenda tus pensamientos apriorísticos o has descubierto en Leo Almada un personaje inesperado, distinto?

Se parece muchísimo al que había ideado en los cuadernitos donde ya tenía esbozado al personaje, pero lo que sí me sorprendió es ver cómo ganó en complejidad y aparecieron sus zonas grises. Aunque al principio era un personaje tierno, luego me di cuenta de que se me rebelaba y, al hacerlo, vi que también merecía gozar de la posibilidad de un desahogo. Pero no terminé de ver eso hasta que el protagonista levantó su mano y dijo «no, por encima de mí no van a pasar todos estos personajes que hablarán de mi persona, yo también voy a hacer de las mías». Y eso me pareció una auténtica celebración de la literatura, ya que ahí es donde te encuentras absolutamente en comunión con la escritura, porque sabes que tú estás escribiendo la novela, pero ella también te está escribiendo a ti.

Herme Cerezo/Diario SIGLO XXI.