El historietista francés nos atrapa con una narración sin artificio. Valiente y honesta. Atrevida. Una obra maestra difícil de superar.
Pocas veces he tenido que tomar distancia y reprimir las ganas de escribir sobre un cómic tras su lectura. Esta es una de ellas. Leer ‘Dos mujeres desnudas’ del francés Luz, editado por Reservoir Books y traducido por Carlos Mayor Ortega, me supuso algo parecido a una bofetada. Una bofetada de belleza. Punto de vista y concepto. El tema escogido por el francés y, sobre todo, el modo en que lo narra, me dejó perplejo. Estupefacto. Maravillado. Precisaba de una pausa, una tregua, un periodo de calma para asimilar todo lo que terminaba de leer. Sentarse a escribir en ese momento hubiera servido de poco, apenas para amontonar un puñado de impresiones sin mucho concierto ni orden.Las ocho o diez páginas iniciales
ofrecen al lector una suerte de mancha, como si el papel sobre el que el
dibujante trabaja se estuviera desgarrando o tiñendo. Poco a poco, estos
desgarros, estos tintes, cobran forma y tenemos frente a nosotros, frente a los
lectores, al pintor Otto Mueller, armado con su pincel que conforma el contorno
y los detalles de un lienzo: el cuadro ‘Dos mujeres desnudas’ (1919), que dan
título al álbum. Y a partir de ahí, todo cambia.
Quizá lo primero que llama la atención es el trazo de Luz, que se asemeja mucho al estilo de los pintores del expresionismo alemán, Otto Dix, Beckman, etcétera. Igual que los matices del color que emplea y que nos acompañan viñeta a viñeta: marrones, ocres, rojizos, tonos pardos, que incorporan la textura ambiental de la época, el ascenso nazi, la II Guerra Mundial, la posguerra, espacios temporales en los que, fundamentalmente, transcurre el relato propuesto por el dibujante francés. Aunque la narración no se detiene ahí, llega hasta nuestros días.
Fijados estos antecedentes, nos
asomamos a la historia a través del cuadro. La viñeta es el cuadro. El ojo del
lector es el cuadro. El punto de vista es el cuadro. Allá donde cuelga ‘Dos
mujeres desnudas’, ahora ya enmarcado, tropezamos con personas de todo espectro
que lo contemplan, y también con paredes, objetos, muebles, ventanas y otros
cuadros que le hacen compañía silenciosa, pero solidaria. Primero, nos
encontramos en el estudio del propio Mueller, un personaje real, y luego viajamos de la mano del cuadro por
distintos lugares: Berlín, Breslavia, la casa de un coleccionista de arte,
abogado y hombre de negocios, el judío Ismar Littman… A veces, la visión es
incompleta, porque el cuadro no puede abarcarlo todo. Pero las pistas que
proporciona Luz, que corresponden a esta etapa histórica tan definida, son
suficientes. No precisa nada más. Lo que pueda faltar lo aporta nuestro cerebro
lector.
Precisamente, condicionado por el
devenir de los hechos, Luz ha tenido la enorme habilidad, o la obligación quizá,
tanto da, de ubicar su historia en los contornos, más o menos prolongados, del
tiempo que le tocó vivir a ‘Dos mujeres desnudas’. Sin duda un periodo fértil
en acontecimientos, que dispara la imaginación. Las malas noticias llegan a
través del teléfono y la prensa: Hitler ha sido nombrado canciller. Los tiempos
cambian, el mundo financiero es otro. Un escenario diabólico se abre para los judíos.
Los negocios del abogado coleccionista se hunden. Ismar Littman se arruina. Su
colección de arte sale a subasta. Pero antes, en un golpe maestro a doble
página, en un fundido en negro, a través de una ventana enfrentada al cuadro,
asistimos al desfile de las cruces gamadas portadas por los nazis de las SS, la
noche de los cristales rotos, y, a su paso, la estela que dejan sus huellas: un
polvo herido, un silencio desolado, un paisaje devastador, unas consignas
pintadas que pregonan odio y siembran la muerte. Se abre la veda de caza y
captura. La paleta de Luz se ensombrece. La tuberculosis se ha llevado a Otto
Mueller en septiembre de 1930. No vivirá todos estos acontecimientos nefastos. Pero
su cuadro, ‘Dos mujeres desnudas’, sí. Los sufrirá en su propia carne. La obra
de arte trasciende a su autor. Comienza su peregrinaje. Y su condena.
Los nazis se obsesionan con lo
que ellos denominan Arte degenerado, que no es otra cosa que
manifestaciones artísticas que no exaltan las virtudes de la raza aria. A
través del cuadro, tropezamos con el rostro y los gestos de Goebbels, de
Ziegler, de Hitler y muchos otros personajes al régimen afectos. Y viajamos,
siempre a través de los ojos de ‘Dos mujeres desnudas’, hasta Múnich, Berlín,
Düsseldorf y Salzburgo, ciudades en las que se montan exposiciones para que el
pueblo alemán tome conciencia clara «de la demencia, la impudencia, la
impotencia y la degeneración» que representan las pinturas expuestas, según
explica el presentador durante la inauguración de la degenerada exposición
bávara. Obras de Adler, Picasso, Kandinsky, Modigliani, Dix, Grosz, Chagall y
Kirchner, por citar solo unos cuantos, formaron parte de esta particular
conjura de necios, este evento de cuadros malditos, curiosamente mucho más
visitado que otra exposición, esta de arte ario, arte no degenerado,
simultáneamente organizada por el III Reich en un edificio situado en la misma
calle muniquesa. Justo enfrente.
No voy a añadir mucho más, excepto un pequeño, pero interesante, detalle, que forma parte del código silencioso que se establece entre los dibujantes de cómics y sus lectores. Algunos cuadros no tuvieron tanta suerte como ‘Dos mujeres desnudas’ y fueron condenados a la hoguera por los nazis, igual que hacían con los libros considerados perniciosos. En esto no hacían distinciones. Pura Inquisición. Desde ‘Dos mujeres desnudas’ nuevamente miramos por la ventana, la misma de los desastres nazis. A través de ella aparece una casa y un tejado coronado por una chimenea, gracias a la cual nos enteramos de que, cumpliendo sentencia, los lienzos condenados han sido quemados. O, tal vez, debería escribir ejecutados? Y, al contrario de lo que ocurre en las blancas fumatas papales, símbolo de consenso, el humo que brota es negro. La negritud como fin de toda existencia. Siniestro total.
Un último apunte. Luz, en realidad, se llama Renald Luzier, y es el seudónimo que hace servir el antiguo colaborador de Charlie Hebdo para firmar sus trabajos. Luzier es uno de los pocos supervivientes del salvaje atentado que sufrió la revista francesa en el año 2015. Curiosamente, este hecho luctuoso propició que, algún tiempo después, el dibujante abandonase la publicación y reorientase el rumbo de su carrera artística, enfocándolo hacia el mundo del cómic y la novela gráfica, donde ya ha dejado algunas otras muestras de su buen hacer como historietista.
Herme Cerezo/Diario SIGLO XXI
‘Dos mujeres desnudas’. Cómic. 200
páginas. Tapa dura. Reservoir Books. Marzo, 2026.



