Blog de literatura, entrevistas, libros, cómics, balonmano, recuerdos y otras cosas.
«Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban y, como si de grillos se tratara, intentó ubicar a cada hombre dentro de los límites del olivar» (Jesús Carrasco, Intemperie)
domingo, 11 de octubre de 2009
Salvador Bellés, escritor: "Cada uno de mis personajes ha aportado su sabiduría a Castellón"
Herme Cerezo / SIGLO XXI, 01/06/08
Se dice que "nunca segundas partes fueron tan buenas" y no es éste el caso del libro ‘Hombres y mujeres de Castellón’, la continuación de ‘Seres Humanos de Castellón’, la serie de biografías que su autor, Salvador Bellés, comenzó a publicar en el diario ‘Mediterráneo’ de la capital de la Plana, allá por el mes de noviembre del año 2002. Desde entonces, una tras otra, las vidas de casi ciento sesenta castellonenses de "pro" han sido revisitadas por este escritor de innegable vocación castellonera aunque, circunstancialmente, nacido en Valencia en 1932. Con todos o con uno solo de estos personajes, cualquier lector puede hacerse una idea bastante aproximada de cómo son los habitantes de esa tierra que, teniendo carta fundacional en plena montaña, alrededor del ermitorio de la Magdalena, un buen día decidieron bajar al llano para constituir allí su asentamiento definitivo, junto al Mediterráneo, sus olas y el humo de los barcos que llegaría de mar adentro varios siglos después.
Hay otro aforismo que tampoco se cumple con Salvador Bellés: "nadie es profeta en su tierra". Salvador Bellés es un Personaje — sí, sí, con mayúscula —, en la vida cultural de Castellón, uno más de esos seres humanos que él retrata cada sábado. Un hombre activo, en plena producción, que en otro tiempo fue mancebo de botica, como le gusta llamarse a si mismo, librero, empresario de espectáculos, periodista, presentador de programas de radio y algunas cosas más. Y, ahora, es un escritor de éxito innegable. La firma de múltiples ejemplares de su última obra en la Feria del Libro de Castellón así lo avala.
Salvador, ¿de dónde arranca su vinculación con el mundo cultural?
Durante doce años trabajé como mancebo de botica en una farmacia. Vestido con mi bata blanca, fui conociendo a las personas, sus sentimientos, sus sensaciones, sus enfermedades y me afané también en buscar remedio para sus dolencias. Mientras trabajaba en la farmacia, me convertí en un asiduo coleccionista de libros de teatro porque yo me hice lector a través del teatro: Manuel Iriarte, Buero Vallero, Miguel Mihura, la colección Scelicer... Con un grupo afín de la parroquia de Santa María, transformamos una cochera en local para funciones y todos los domingos, representábamos alguna obra de la galería salesiana. Más adelante comencé a leer novela: Baroja y Azorín fueron los escritores que más me interesaron en aquellos años.
Luego comenzó a escribir e ingresó en la librería Armengot, algo que reafirmaría sus inquietudes culturales.
A los veinticuatro años yo ya había escrito el bolero ‘Fuente de la plaza Mayor’; dos pasodobles taurinos de toreros de moda, Rodríguez Caro y José Luis Ramírez, y poseía los carnets de formador deportivo de ciclismo a través de los diarios ‘El Mundo Deportivo’ de Barcelona y ‘Mediterráneo’ de Castellón. Fue entonces cuando me ofrecieron el puesto de responsable de la mítica librería Armengot, con ciento treinta y cinco años de historia a cuestas. Pedí un sueldo bastante elevado para la época y ellos, después de pensárselo veinticuatro horas, aceptaron mis condiciones porque era la persona que buscaban, a la vez que me imponían las suyas, entre ellas la obligación de leer un libro cada día. Esta obligación fue muy importante porque creó en mí el hábito de la lectura diaria, aunque a los ocho o nueve días ya aprendí el truquillo de que, leyendo la solapa del libro, el índice y unas páginas del comienzo, era capaz de saber de qué iba el argumento. Recuerdo que los títulos que más me interesaban eran aquellos que encerraban pasión o nostalgia, intriga o evocaciones.
Y en Armengot, además de su trabajo de librero, creó un premio literario de novela corta.
Pertenecer a Armengot me permitió asistir a congresos de libreros de toda España, participando en algunas ponencias, y conocer de cerca el mundo de la creación literaria. La idea del premio se me ocurrió porque pensé que había un vacío cultural en Castellón. Armengot, que había publicado periódicos en la posguerra y en la preguerra, que había editado los libros y boletines de la Sociedad Castellonense de Cultura, no podía permanecer de brazos cruzados y creamos el premio, cuya primera edición en 1969 lo ganó Carmen Nonell con su ‘Hostal Lolita’. El concurso comenzó siendo modesto, con siete u ocho originales recibidos, pero el veterano ‘ABC’ y el entonces primerizo diario ‘El País’ se hicieron eco del certamen, que en 1983 alcanzó la cifra de 93 originales presentados.
Pero usted no tenía bastante con vender libros y organizar premios literarios, también tocó otros palos, ¿no?
Sí – risas – en la radio EAJ 43 de Castellón llegué a tener tres espacios simultáneos en antena: uno, ‘Matinal Cadena Ser’, dirigido por Martín Ferrand, donde cada día y en dos minutos leía un folio de contenidos muy dispares; dos, el semanal ‘El mundo de las letras’, allí entrevistaba escritores y anunciaba novedades editoriales; y tres, ‘Cajón de sastre’, un precursor de los grandes magazines radiofónicos al estilo del ‘Protagonistas’ de Luis del Olmo, de dos horas de duración, en el que mezclaba deportes, sobre todo ciclismo, con entrevistas a personajes interesantes y comentaba noticias que se producían en otros puntos de España. Este trasiego de información me llevó a ganar un concurso publicitario en Tánger, gracias a un eslogan que se hizo muy famoso: "Cuando de vinos se trata, la elección es bien sencilla: o Moriles o Montilla". Con las diez mil pesetas del premio, me compré mi primera gabardina. Por último, también ejercí de crítico cinematográfico. Todavía recuerdo la primera película que reseñé: ‘Tres monedas en la fuente’.
En 1992, Armengot cierra sus puertas. Al poco tiempo usted pasa el Ayuntamiento de Castellón como asesor cultural, ¿qué recuerdos guarda de esta época?
Cuando cerró Armengot, me contrataron como gestor cultural del Ayuntamiento. Hasta entonces, el consistorio tenía la costumbre de organizar tres o cuatro eventos muy importantes al año, pero con ello el pueblo quedaba al margen. Con el Partido Popular, que entonces gobernaba el municipio y su concejal, Miguel Ángel Mulet, creamos varias campañas para dinamizar la vida cultural de Castellón: ‘A l’estiu tot el món viu’, conciertos por los barrios, festivales y conciertos de corales por iglesias y una campaña de teatro, ‘Castelló a escena’, donde los grupos teatrales de la ciudad tenían oportunidad de mostrar a sus conciudadanos cómo trabajaban. Igualmente creamos varias colecciones de libros: los premios de Humanidades, la biblioteca ‘Ciudad de Castellón’ e ‘Imágenes y humor’, donde publican autores que no estarán nunca en las grandes librerías pero que, en su día, se convertirán en testimonio del tiempo que les tocó vivir.
Salvador, ¿quién fue su maestro en esto de juntar palabras?
Aunque yo ya hacía pinitos escribiendo teatro, mi maestro fue el director del diario Mediterráneo de Castellón, Jaime Nos. Me fascinaban sus editoriales, sobre todo cuando hablaba de los universitarios castellonenses, que regresaban a nuestra ciudad para aportar sus conocimientos adquiridos en empresas e instituciones.
Y ¿cómo surge la idea de escribir ‘Seres Humanos’?
Aunque ya estoy jubilado, continúo colaborando en la supervisión de los libros que edita el departamento de Cultura del Ayuntamiento. Un buen día, Jesús Montesinos, director de ‘Mediterráneo’, me llamó para decirme que en su diario tenía una página semanal para escribir. Como de política no sé, yo hablo de las gentes que he conocido. Y poco a poco, he construido, semana a semana, la historia de unos personajes, con sus sueños, sus vivencias y la incidencia de sus quehaceres en esta ciudad. He puesto mucho cariño en todos ellos. En total son doscientos cincuenta, de los cuales ya han sido editados ciento cincuenta y nueve. Los que no he incluido y los que aparecerán hasta el verano, conformarán un tercer volumen que cerrará la serie.
En este segundo volumen, además, interviene Lorenzo Ramírez, el dibujante habitual que colaboró en otro de sus libros: ‘El humo de los barcos’.
Cada agosto, también en el diario Mediterráneo, hago una página veraniega, algo más suave, más íntima, que se llama ‘El humo de los barcos’, donde construyo míticas torres de arena para que el mar con sus olas las vaya destruyendo. Para mí estas torres son evocaciones de personajes y siempre me inspiro en algo real. Lorenzo Ramírez acompaña mis fantasías ilustrándolas con sus dibujos.
El próximo año se cumplirán 25 años de la creación de la revista histórico-cultural ‘Castelló festa plena’, que también dirige usted, ¿hasta cuando tendremos revista?
Por lo menos haremos un numero más. ‘Castelló festa plena’ fue creada conjuntamente en 1984 por el periodista Paco Pascual, por el cronista oficial de la ciudad, medievalista y profesor universitario, José Sánchez Adell, y por mí. Por desgracia, ellos dos murieron, pero sus hijas, juntamente con el periodista Ximo Górriz, continúan conmigo. En total hemos publicado 34 revistas, con tapa dura y llenas de la historia de nuestras tierras. El índice de ‘Castelló festa plena’ es de un valor incalculable.
La cultura, en sus diversas manifestaciones, no ha sido sino una excusa para que usted pudiera hablar de su gran amor: Castellón de la Plana, ¿ha cambiado mucho la ciudad desde que usted tuvo uso de razón hasta hoy?
Cada vez que me hacen una pregunta como ésta siempre respondo lo mismo: me he ido amoldando a los tiempos. Así como cada cual se acomoda como puede a los cambios políticos y económicos, algo parecido me ha ocurrido a mí. Yo recuerdo los primeros años de mi vida, que estudié en las monjas de La Consolación y que estuve en un refugio durante la Guerra. Al salir del refugio, la primera estampa que me encontré fue un hombre con el puño alzado y la voz ronca gritando ¡Viva Cristo Rey! Eso me hizo ver las cosas de un modo diferente y viví la posguerra con privaciones, como todos, unas privaciones que nos parecían naturales a los niños de entonces. He visto evolucionar Castellón y muchas veces me he preguntado ¿quién es Castellón y qué espíritu tiene? Pienso que, burla burlando, desde los personajes que he ido retratando, desde Sánchez Gozalvo y el pintor Porcar hasta don Carlos Expresati y el que fue alcalde de Valencia, don Baltasar Rull, todos en algún momento han formado parte de su historia y cada uno de ellos ha aportado su sabiduría, su cultura, su espíritu y también su pasión por Castellón. Algún editor me ha dicho que quiere publicar mis memorias el día que las escriba, porque yo he vivido momentos importantes de nuestra ciudad: el ciclismo en los tiempos de Bernardo Ruiz, de Bahamontes, el mundo del espectáculo, como presentador y empresario, de las salas de fiesta ‘Bohío’, ‘L’Hostal de la Llum’ y ‘Tombatossals’, lo que me permitió conocer a los grandes de la época, desde Julio Iglesias a Lola Flores, desde Rocío Jurado hasta los Panchos. Esa es otra vida apasionante. Y en los personajes que publico cada sábado hay trocitos de mi vida, de mi biografía. Cuando sea "mayor" — más risas — me quedaré tranquilo en mi casa y lo escribiré todo, porque forma parte de ese jardín que son los ‘Seres Humanos de Castellón’
Del Hotel Mindoro, a espaldas del Teatro Principal, otro foco cultural de Castellón, donde hicimos la entrevista, el escritor castellonense que, día a día, con su buen escribir y fabular, construye su propio personaje, partió hacia la plaza de Santa Clara, lugar donde habitualmente se ubica la Feria del Libro. Allí, en una esquina, junto al dibujante Lorenzo Ramírez, rodeado de best-sellers, policiacos, libros rosa, cómics, enciclopedias y volúmenes de organismos oficiales, firmó ejemplares de su ‘Hombres y mujeres de Castellón’. Y firmó muchos, no crean, porque los castellonenses, por momentos, formaron una nutrida cola delante de su hagiógrafo de moda: Salvador Bellés.
viernes, 9 de octubre de 2009
Antonio Orlando Rodriguez, escritor: "Chiquita llegó a mí para que yo la pusiera en circuláción nuevamente"
Herme Cerezo / SIGLO XXI, publicado 12/05/08
Con la novela ‘Chiquita’, el escritor Antonio Orlando Rodríguez conquistó el XI Premio Alfaguara de novela 2008, entre un total de más de quinientos originales presentados al concurso. ‘Chiquita’ es la biografía, real y ficticia, inventada y cierta, documentada y refutada, de Espiridiona Cenda, una joven cubana de veintiséis pulgadas de altura, más o menos, unos cincuenta y ocho centímetros, que se impuso como meta triunfar en el mundo del espectáculo como bailarina y cantante. Con Antonio Orlando (Ciego de Ávila, Cuba, 1956), persona cordial, de verbo fácil y elegante, como también lo es su escritura, sostuvimos esta conversación sobre su novela premiada.
En Cuba, ¿saben de su premio?
Yo salí de Cuba con treinta y cuatro años y con mi carrera hecha. Curiosamente no han dicho nada, aunque de allí todo se puede esperar. Y digo curiosamente, porque no todos los día un autor de cualquier país gana un premio como el Alfaguara, que debería ser motivo de orgullo para las autoridades del país. La noticia no se dio ni por ningún noticiero, ni por la radio, ni por la prensa. Pero bueno a mí eso no me desvela, porque yo sé que, quieran o no, ‘Chiquita’ ya forma parte de la literatura cubana. Algunos escritores de la isla, ignoro cómo, sí se enteraron de lo del premio y me contactaron para felicitarme.
¿‘Chiquita’ nació para concursar?
No, no. Yo no quería participar en concursos porque después de trabajar cinco años en una novela, lo menos que deseas es esperar seis meses más para que un jurado la lea y no la escoja como ganadora. Le entregué el original a mi agente que vive en Nueva York, la leyó y me dijo: estoy enamorado de ‘Chiquita’, la vamos a enviar a un concurso. Yo le respondí que no, que buscase a alguien y que la contratara para publicar rápido. Pero él insistió mucho. Como un agente literario es una mezcla de niñero, empresario y terapeuta a la vez, le hice caso. Y ahora me alegro mucho, claro, porque finalmente el libro resultó ganador. Pero yo estaba tan convencido de que era tiempo perdido que incluso programé mis vacaciones para esta temporada. En un concurso como el Premio Alfaguara, donde participan más de medio millar de novelas, uno piensa que habrá otras tan buenas como la suya y que, de lo que se trata, es de que un jurado se ponga de acuerdo en que su libro es el mejor. Es como una lotería en la que, finalmente, los astros favorecieron a ‘Chiquita’.
El Premio Alfaguara tiene una larga tradición de ganadores sudamericanos: Sergio Ramírez, Elena Poniatowska, Tomás Eloy Martínez, Laura Restrepo, Santiago Roncagliolo...
Es cierto, muchos autores latinoamericanos han sido favorecidos por este galardón.Estaba inmerso en otro proyecto literario, ¿qué le movió a cambiar y comenzar a trabajar en ‘Chiquita’?
El personaje. El personaje me fascinó y me desvió completamente de todo el estudio que ya tenía ultimado sobre ‘Cayo Hueso’, un lugar apasionante en el extremo sur de los Estados Unidos. Ya estaba a punto de iniciar la escritura, cuando una amiga me envió una fotografía de Chiquita. Todo el mundo me dijo que estaba loco, que no podía echar por la borda tanto trabajo. Pero la fascinación era tal que guardé toda la investigación sobre Cayo Hueso en una carpeta y empecé a documentarme sobre esta mujer.
Realmente no son siempre los escritores quienes escogen sus historias.
En este caso yo creo que el personaje, definitivamente, me eligió a mí. Entró en mi vida y rompió mis planes totalmente.Por cierto ¿cómo es su proceso creativo?
Soy un escritor diurno. En mi caso, la noche no se hizo para trabajar. Trato de escribir de día porque es cuando estoy más lúcido. Me documento mucho sobre la época y el personaje, sé de dónde parto y a dónde voy a llegar. De lo que va a pasar por en medio no tengo ni la menor idea. Eso me obliga a dar muchas vueltas, pero soy muy intuitivo. Admiro a los escritores que tienen clara la estructura de la obra que van a escribir, porque ganan mucho tiempo, pero yo me acerco a la estructura por tanteo. La novela es como un trozo de mármol en el que tengo que ir dando martillazos para ver la figura que hay dentro. Me dejo guiar mucho por subconsciente e incluso, creo que el subconsciente es mejor escritor que uno mismo. Yo le dejo que cuente la historia. Únicamente le sirvo como corrector de estilo.
He buscado datos sobre Espiridiona Cenda, Chiquita, en Internet, sin hallar otras referencias que las de su novela. La pregunta es obvia: ¿Chiquita existió realmente?
Realmente existió. Fue un personaje muy popular a finales del siglo XIX y principios del XX, aunque la popularidad la alcanzó en Estados Unidos, donde inició su carrera artística, porque en Cuba siempre fue un personaje de su casa. Hace cien años, era enormemente conocida, tanto que el presidente de los Estados Unidos llegó a invitarla a la Casa Blanca. Pero hoy día nadie sabía nada acerca de ella. Como ocurre con tantas otras celebridades, el personaje había caído en el olvido. Chiquita llegó a mí para que yo la pusiera en circulación nuevamente.Debió ser enormemente difícil vivir y triunfar en el mundo del espectáculo midiendo veintiséis pulgadas, ¿no?
Y además ser mujer. Eran muchos hándicaps. Ya de por sí medir tan sólo veintiséis pulgadas, quieras o no, te coloca en otra dimensión, en desventaja ante un mundo concebido para los "gigantes". Algo tan elemental como subir a una silla, entrar o salir de un automóvil, que no presenta para nosotros ningún problema, para estas personas se convierte en una proeza. A esto hay que sumarle un mundo donde los artistas liliputienses eran tratados de modo inhumano por los empresarios, que manejaban sus destinos como si fueran seres no racionales. En ese sentido, Chiquita siempre fue una excepción porque ella tomó las riendas de su carrera. Era una mujer muy inteligente, muy independiente y nunca permitió que manejaran su vida.
Y Chiquita eligió para trabajar el cabaret y no el circo que, tradicionalmente, se ha asociado con este tipo de personas.
En primer lugar, solían trabajar en los teatros, que estaban reservados para los liliputienses "más artistas", los que podían bailar o hacer ballet. Y en segundo lugar, estaban las ferias ambulantes o los circos. Como se ve, también había gradaciones entre los liliputienses. Incluso algunos simplemente eran exhibidos como curiosidades, porque carecían de cualidades talentosas. Espiridiona Cenda entraba en la categoría de los que sí poseían habilidades artísticas.Literariamente, ¿Chiquita resultó un personaje dúctil o complicado?
Mientras escribía ‘Chiquita’ ella hacía o decía cosas que me sorprendían. Pero a la vez me sentía satisfecho, porque veía que tenía vida propia y que no iba hacia donde yo quería, sino hacia donde ella deseaba. Eso resultaba muy reconfortante para mí. Lo cierto es que cuando un personaje está definido, cuanto tú lo ves y lo oyes, él mismo te lleva de la mano.
Su novela está planteada de un modo que el lector no sabe exactamente si lo que lee es verdad o mentira. Hay una mezcla, muy trabajada, entre realidad y ficción, ¿cómo ha conseguido esta sensación?
Bueno, es la segunda vez que lo hago y pienso que esta ocasión salió mejor. En mi anterior novela, ‘Aprendices de brujo’, ya había jugado a colocar personajes en un contexto histórico y a involucrar realidad y ficción. Creo que lo consigo estudiando muy bien la época, los personajes, las anécdotas y tratando de crear una especie de tejido donde la fantasía y la realidad se conformen como hilos que se vayan entrelazando, hasta que llegue un momento en que no se sepa qué es la verdad y qué lo fantasioso. Me gusta jugar con eso. A mí me parece que, si el lector, al leer el libro cree que algo es real, ese algo ha pasado a ser real dentro de la verdad de la ficción. En el libro, por supuesto, que hay unas cosas reales y otras ficticias, muchas de ellas trabajadas con la intención de que parezcan ciertas.
En ‘Chiquita’, además, suena otra voz, en las notas a pie de página, que corrige las afirmaciones del narrador, ¿cómo se le ocurrió ese recurso?
¿Cándido Olazábal, el mecanógrafo, el narrador, es Antonio Orlando?
No, no, aunque tiene mucho de mi sentido del humor. Su lenguaje muchas veces es francamente populachero y no es el mío. Su sensibilidad y sus ideas son las de un hombre que fue joven en los años veinte o treinta y que arrastra una serie de prejuicios.
Alguien ha comentado que esta novela sólo puede ser completamente entendida por personas de nacionalidad cubana. Sin embargo, su castellano suena muy de aquí.
Y así es. Provengo de una familia canaria, mis abuelos eran de allí, y mi español es muy canario. En mi casa se usaban palabras isleñas y, casualmente, Chiquita también tenía raíces en el archipiélago. Pero esa afirmación a la que aludía, es errónea. Me parece que cuando un español o un chileno o un boliviano escribe una novela, ésta puede ser leída por cualquier hispanoamericano, pero evidentemente existe una complicidad única entre el escritor y su lector compatriota. Les unen una serie de guiños, referencias, anécdotas y personajes que les son comunes.
¿Después de pasar cinco años con ‘Chiquita’ todavía piensa en ella?
Ya no, afortunadamente, pero fue una relación muy intensa, apasionada, y es hora de comenzar a plantearse el divorcio. Llegó un momento en que la familia y los amigos sólo me oían hablar de ‘Chiquita’ y estaban hartos, porque durante cinco años el centro de mi vida fue ella. Estábamos empezando a separarnos ya, pero el Premio Alfaguara nos ha vuelto a unir. En cuanto termine la promoción, espero que será desplazada por un nuevo amor, por un nuevo personaje.
miércoles, 7 de octubre de 2009
Juan Eslava Galán, escritor: "La Posguerra fue una época de doble moral, un tiempo radicalmente hipócrita"
Herme Cerezo/SIGLO XXI, 21/04/08
Juan Eslava Galán, Arjona (Jaén), 1948, ha publicado recientemente “Los años del miedo”, un friso histórico sobre el periodo 1939-1952, la rancia España de la posguerra. El libro, que es la continuación de “Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie”, se plantea bajo los parámetros del enseñar deleitando, una máxima clásica no siempre conseguida en la práctica docente diaria. Y a ese cometido, enseñar y divertir, se aplica el escritor jienense en este volumen de más de quinientas páginas. Y lo cierto es que sale más que airoso del envite, ya que “Los años del miedo” son un fresco espléndido sobre lo que nuestros antepasados y aún algunos de nosotros vivimos en tiempos pretéritos. Eslava Galán mezcla en el libro hechos reales (el estraperlo, el sitio de Gibraltar, la entrevista de Franco con Hitler, el racionamiento, la vida artística, el gasógeno, la muerte de Manolete, el ¡goooooooooooooool! de Zarra, la censura, el papel de la Iglesia, las relaciones entre el Dictador y don Juan, la autarquía, la II Guerra Mundial o las relaciones internacionales), profusamente documentados y ratificados por textos y notas al pie de página, con la presencia de varios personajes ficticios pero reales (Chato Puertas, don Próculo, Diego Medina, Teófilo González, Salvadora Corral, entre otros), que representan prototipos de los españoles del momento y cuya evolución personal resulta indispensable para comprender aquellos polvos que trajeron estos lodos. No contento con esto, Juan Eslava adereza cada capítulo con anuncios de prensa, algunos, como el que sigue, verdaderamente curiosos y contundentes: "ARACELI. Hortaleza, 68. FAJAS-SOSTENES. Saluda entusiásticamente al Ejercito Nacionalista. ¡VIVA FRANCO! ¡Arriba España!
¿El título de la obra también es de Pérez-Reverte?
No, no, esta vez el título se me ha ocurrido a mí.
¿A quién va dirigido “Los años del miedo”?
He pretendido escribir un libro para las generaciones que vivieron aquellos años y para sus descendientes. Hasta ahora, los lectores que me han dado su opinión destacan que es un libro divertido que deja un regusto amargo. A los jóvenes les parece increíble lo que cuento, tanto que algunos de ellos han preguntado a sus mayores para comprobar la veracidad del libro. Otros muchos no comprenden cómo sus padres o abuelos pudieron vivir y aguantar aquella situación.
Hay quien piensa que estamos repitiendo errores del pasado y que volvemos a los años de la Guerra Civil, ¿cree usted posible una segunda contienda bélica?
Rotundamente no. Todo hay que verlo en el contexto que vivimos. Es cierto que tenemos una promoción de políticos descerebrados, como se demostró en el último debate televisado, donde dos incompetentes se peleaban como dos párvulos en el patio del colegio. El pueblo español, claramente, se merece otro tipo de políticos, como los que tuvimos al principio de la Democracia, tanto de un bando como del otro. Pero tenemos lo que tenemos y con esos caballos hay que cabalgar. Estoy totalmente en desacuerdo con la instrumentación que han hecho de la Guerra, un conflicto que ya quedó más cerca del siglo XIX que del XXI. Las condiciones objetivas que se dieron entonces, afortunadamente, no se dan ahora. España en los últimos setenta años ha dado un salto adelante, el salto más grande de sus últimos mil años de historia. Por lo tanto, carece de sentido lanzarse los muertos a la cabeza, porque los muertos no los hicieron los políticos de hoy, sino sus abuelos, y eso sólo sirve para enturbiar las aguas que bebe hoy el pueblo español, aguas demócratas de normalidad y convivencia. Sin embargo, soy partidario de no olvidar el pasado, sino de estudiarlo. Y si a alguien le mataron a su abuelo en la guerra y lo enterraron en cualquier cuneta abandonada, me parece muy bien que sus descendientes se preocupen de que lo desentierren y de llevarlo a un cementerio donde puedan honrarlo y visitarlo cuando les apetezca.
¿”Los años del miedo” es un libro aséptico?
Intento no hacer un juicio sobre nada y presentar del modo más objetivo posible los hechos. Y para refrendar lo que digo, al pie de página señalo de dónde obtengo la información que suministro, para que el lector extraiga sus propias conclusiones y juzgue. Me sitúo en una posición distante, como si ya hubiesen transcurrido doscientos años y yo no tuviese ninguna implicación personal. Los lectores lo agradecen porque están hastiados de libelos que, bajo apariencia de libros históricos, en realidad son panfletos políticos arrimados a un lado u otro.
¿Qué queda de la Posguerra en la España de hoy?
Las ancianitas que vivieron aquello, por miedo a una involución, todavía pueden decirle al nieto "hijo no te signifiques". Ellas están aisladas por la edad y no se dan cuenta de que no puede darse el caso, porque aquello ha quedado definitivamente enterrado.
Toda la obra, además de verdad, rebosa ironía. La ironía es una buena herramienta para tomar distancia y analizar?
La ironía es como un escalpelo que penetra hasta donde uno quiere llegar. Un comentario irónico siempre es más efectivo que dos o tres páginas académicas y sesudas. Como los directores de cine, utilizo escenas que contrasten y las junto para que el lector deduzca cómo fue aquello.
En sus páginas se aprecia un juego continuo entre los grandes acontecimientos y su repercusión en cada clase social de la España de los años 40 y 50.
Yo quería hacer precisamente eso, que se vieran todos los estratos sociales. Espero haberlo conseguido. Las figuras de entonces, el estraperlista por ejemplo, sería como el constructor de ahora. Los libros que estudian la época se preocupan de los grandes hechos, mientras que yo quería hablar de quienes sufrían sus consecuencias.
Tras leer “Los años del miedo” resulta prácticamente imposible no descender al detalle concreto, a los pormenores, al anecdotario. Y no me resisto a ello. Los curas de parroquia ¿tenían tanto poder entre la gente de a pie?
Sí, claro que sí. Como el gobierno todavía estaba poco asentado, no tenía otro remedio que fiarse del juicio de la guardia civil o del párroco, que debía avalar a la persona en cuestión. Si alguien quería meter a un niño en la escuela del barrio o mitigar la condena de un preso, necesitaba un aval. Si los curas de hoy presentan una imagen bondadosa, cargada de caridad cristiana, los de entonces carecían de ella. Hubo mucha gente fusilada por denuncias de sacerdotes. Y en eso, eran "plenamente cristianos", porque el Evangelio dice que la mala hierba hay que quemarla.
Pero también hubo eclesiásticos como el cardenal Segura que eran contestatarios de Franco.
Franco tenía una cárcel para curas en Carmona, sobre todo para curas vascos que habían pertenecido al otro bando durante la contienda. Este es un dato poco conocido. El cardenal de Sevilla, Segura, era rígidamente monárquico, fiel a Alfonso XIII, un auténtico kamikaze que durante la República cargaba con sus homilías contra el gobierno legalmente constituido. Y hubo que exiliarlo, lo que provocó un incidente diplomático con el Vaticano. Con la victoria de Franco regresó a España, pero cuando hubo que colocar la lista de muertos en la fachada de la catedral, dijo que allí no se ponía ninguna lista y la tuvieron que colocar en los Reales Alcázares en donde ha permanecido hasta hace poco. Segura era un hombre atípico y como Franco sabía que fusilar a un cardenal no era estaba muy bien visto, se lo tomó con resignación pensando que era una penitencia, "un castigo que me ha impuesto Dios y que llevo con resignación".
Parafraseando a los Monty Python, Franco ¿se aproximaba más a “Pijus magnificus” o a “Impotentia summa”?
Tiraba a “Impotentia summa” aunque le gustaba lo mismo que a todos los españoles: las películas de Sofía Loren y las folklóricas metidas en carnes. Tenía gustos muy sencillos: comía mallorquina, dormía en una cama cuartelera y en el plano sexual hay que tener en cuenta que doña Carmen le ataba corto y procuraba tener amigas más feas que ella. Franco estuvo muy supeditado a su mujer.
¿Hubo intentos de atentar contra la vida del Dictador?
Sí, sí, ocho que yo sepa, pero con tal torpeza que ninguno llegó a buen término. La seguridad que rodeaba al Caudillo era muy rígida.
Con la Guerra recién terminada y el ejército hecho unos zorros, ¿cómo se le ocurrió al Caudillo recuperar Gibraltar?
A pesar de la moral católica tan rígida que imperaba, la prostitución desempeñó un papel importante en la vida cotidiana.
Muy importante. La Posguerra fue una época de doble moral, un tiempo radicalmente hipócrita. Había una rigidez religiosa al tiempo que una enorme permisividad. El régimen tiranizaba y obligaba a ir a misa, pero si había dinero la gente disfrutaba de lo prohibido: cabarets, comidas de lujo, putas... También hay que tener en cuenta que para sacar a sus familias adelante, muchas madres de familia tuvieron que tirar por el camino de en medio y prostituirse porque no tenían posibilidades de trabajar en otra cosa.
Con tanta hambre, ranas, gatos y perros debían vivir permanentemente acojonados ¿no?
Acojonados, no, simplemente desaparecían. Yo vivía en el campo y un día unos molineros me invitaron a comer. Yo sabía que lo que comía era gato que ellos hacían pasar por cordero. Después ya me di cuenta de que el gato no se comía, aunque los molineros sí lo comiesen.
La Posguerra fue una época proclive a la picaresca.
La figura del pícaro surge en el siglo XVI en las cocinas. En su origen, es el pinche que trabaja sin sueldo, a cambio de una berza, de los restos de caldo, de poder rebañar una olla. En “Los años del miedo” explico casos ciertos de gente que se ganaba la vida como podía: desde el estafador que rifaba un jamón en el tren, que siempre le tocaba a su compinche, hasta el tipo que presentaba un infumable espectáculo de feria a los espectadores, a los que timaba dos pesetas por sesión, pero que cuando salían no decían nada para no pasar por tontos.
Otra perla de la época: “España, una unidad de destino en lo universal”. ¿Se puede medir el destino?
Esto se le ocurrió a José Antonio, un hombre que tenía ciertas apetencias poéticas. José Antonio, lector de Ortega y Gasset, era un hombre poliédrico: tenía faceta fascista, directamente financiado por Mussolini, pero también se codeaba con los intelectuales de la época: poetas modernistas o de la Generación del 27, y eso influyó en su estilo poético. Por eso el “Cara al sol”, independientemente de los valores políticos que tenga, es una canción bella que, a mi juicio, contiene valores literarios. Claro, cuando uno ve para lo que sirvió, entonces la cosa se rebaja. Todo hay que contemplarlo en su contexto.
Franco pasó su vida persiguiendo masones, ¿qué tenía contra la Masonería?
Se dice que no le permitieron entrar en la Masonería pero sólo eso: se dice. Desde el siglo XIX existía una tradición masónica muy fuerte entre los militares españoles que, en contra de lo que podamos pensar ahora, eran gente muy liberal y que querían era el bien de la patria. Después surgió la rama algo podrida, que fueron los africanistas, los trepas del ejército, que marcharon a la Guerra de Marruecos para ganar medallas y ascender. Franco entre ellos. Estos militares constituyeron el núcleo de los que hicieron la Guerra civil. Muchos militares liberales fueron fusilados porque se mantuvieron fieles a la República. Y lo que quedó fue ese tronco de militar carca, reaccionario y católico, que eran Franco y sus adláteres. El Caudillo odiaba a la Masonería porque tenía concomitancias con sus compañeros del ejército que le hacían oposición. También la odiaba porque no sabía exactamente lo que era y necesitaba un chivo expiatorio para los males de la patria, unos males que él mismo provocaba por la autarquía y sus peregrinas ideas políticas.
También publicó algunos artículos con el sobrenombre de Jakim Boor, los nombres de las columnas de un templo masónico.
Franco se había informado sobre la masonería y escribió algunos artículos en el diario “Arriba”, uno de los cuales se lo devolvió la censura sin saber que era suyo, porque iba firmado con seudónimo. Y él se dejó hacer sin protestar. Hasta a la censura le parecía que Franco era demasiado izquierdista – risas -. De esa colección de artículos, salió luego un libro titulado “Masonería”, firmado con ese seudónimo.
Sí, yo quiero seguir en el mismo tono hasta llegar al año 2000. No sé si serán un libro o dos, porque quiero tener un poco de perspectiva. Los personajes evolucionarán, el Chato Puertas, el estraperlista, llegará a constructor, que es lo que toca, y cosas así. Tendré que afinar más, como es lógico, pero no creo que sea especialmente difícil. Tenemos ya suficiente distancia para contrastar los hechos con los recuerdos, obviando la basura propagandística.
Y al inglés, a Nicholas Wilcox ¿cuándo piensa recuperarlo?
Dejé una novela suya inconclusa hace tres años y tal vez dentro de un tiempo la retome y la termine. Cuando se divulgó que Nicholas y yo éramos la misma persona, digamos que se me rebajaron los ánimos de seguir con la historia aunque, como digo, la tengo medio escrita.
Y termino esta entrevista con las últimas líneas de “Los años del miedo”: "Franco apaga la lucecita de El Pardo y se va a dormir satisfecho, con la conciencia tranquila. En España empieza a amanecer". Esperamos con impaciencia la siguiente entrega de Juan Eslava Galán. Que no se demore mucho. Amén.
domingo, 27 de septiembre de 2009
Federico Fernández Giordano, escritor: "Los escritores exorcizamos nuestros fantasmas en los personajes"
Herme Cerezo/SIGLO XXI, 21/03/2008
Por un instante imaginen, mis improbables lectores, que ustedes son escritores. Un día alguien llama a su puerta para contratar sus servicios y escribir su biografía. Además, ese alguien les entrega un libro que se actualiza continuamente, que se reescribe "ad infinitum". Sugerente, ¿no? Pues de eso va ‘El Libro de Nobac’, la novela con la que Federico Fernández Giordano (Uruguay, 1977) ha ganado el Premio Minotauro de literatura fantástica 2008. Este joven autor, de formación completamente autodidacta, se maneja por varios territorios: la música, el cine y la literatura. Y es, además, un lector empedernido: novela, ensayo, pensamiento, arte, prensa ... Lo suyo es asimilar el máximo conocimiento posible. No es este el primer premio que consigue, pero sí es el primero con el que hace promoción, algo que no todos los escritores llevan bien.
Cuando gané el Premio de novela ‘El Andén Exprés’ no hice promoción y esta primera experiencia está resultando positiva. He pasado ya por Madrid y Barcelona. Me queda Sevilla y Bilbao y hoy estoy aquí en Valencia. Todavía no he perdido el norte, pero no necesito mucho para perderlo — risas.
Fernández Giordano escribe desde los ocho años y a los diez ya había acabado su primera novela. Desde entonces no ha parado de darle a la tecla.
Supongo que escribo por algún tipo de necesidad o de pulsión muy primaria, relacionada con el hecho de comenzar a pensar, a leer. Es algo que me viene desde la infancia.
Y no sólo novelas, también trabaja otros géneros literarios.
Escribo ensayos, artículos, guiones de cine y relatos cortos. El relato corto es un género importante. Ambroise Bierce o Borges lo cultivaron y el escritor argentino nunca escribió novelas, sólo cuentos.
Corto o largo, mayoritariamente se ha movido dentro del relato fantástico, aunque ‘El Libro de Nobac’ algunos lo adscriben a la ciencia ficción.
Siempre he escrito género fantástico y el ‘Libro de Nobac’ es literatura fantástica, no es ciencia ficción. Está más cerca de Borges, Lovecraft o Poe que de Tolkien o de las ucronías de Orwell y este tipo de cosas.
En lugar de rodar su novela por diversas editoriales, Federico Fernández Giordano optó por presentar su novela al premio literario Minotauro. Y la cosa no le ha ido nada mal.
La presenté pensando en un concurso apropiado para ella, que se encuadrara dentro del género fantástico. Y la envié al Premio Minotauro para ver qué ocurría.
Valdemar: en la séptima línea de la primera página de ‘El Libro de Nobac’ surge este nombre mítico de la literatura fantástica o de misterio, el extraño personaje, sometido a prácticas de mesmerismo, creado por Edgar Allan Poe. Parece evidente que captar pronto al lector era tu objetivo ¿no?
Me interesa mucho, si es posible, atrapar al lector desde la primera frase, como ocurre en el famoso inicio de la metamorfosis de Kafka: "Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto". Ese efecto me parece maravilloso, perfecto para conseguir mi objetivo. Y claro Valdemar y el propio nombre del protagonista, Edgar Pym, son acrónimos extraídos de Poe. Lo que ocurre es que puse estos nombres por pura pereza, porque no se me ocurría como llamar a los personajes. Pero al final de la novela tiene un sentido, es una de las subtramas que existen.
También parece evidente que rindes un homenaje a Poe, ¿no?
El tema del homenaje a Poe se ha salido de madre. Al principio era un pequeño guiño sin mayor importancia, como te he dicho, pero desde el momento en que la novela presenta una estructura claramente policiaca, también es un homenaje a la literatura negra, a la de intriga, a la de misterio tradicional. Yo quería obtener provecho de todos estos recursos, reciclándolos.
En ‘El Libro de Arena’, Borges escribe: "Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin". El Libro de Nobac tiene principio ¿y fin?
Es una buena comparación la de ‘El Libro de Arena’ que también es un libro vivo. El espíritu de mi novela va por ahí, es una idea muy borgiana, aunque recuerdo que cuando leí el relato de Borges ya había comenzado a escribirla. Ambos textos comparten el sedimento del libro como un objeto vivo, pero en este caso el romanticismo que puede tener un libro activo, animado, se convierte en algo negativo, de fatalidad, un auténtico infierno para sus protagonistas.
El factor de la autoescritura es muy interesante para un escritor ¿no?
Sí, eso me proporcionaba un matiz entretenido e interesante, el juego de los espejos de la narración y de lo que se refleja en el libro. En realidad, me sorprende que mi libro haya subido tanto. Fui afinando el estilo, pero al principio mi novela no la entendía ni yo. Me pasaba un poco como a Dashiell Hammet cuando le preguntaron, a propósito de su novela ‘El halcón maltés’, ¿quién había matado al chófer? Y él respondió que ni él mismo lo sabía.
En toda novela, especialmente las ganadoras de un concurso literario, el título es importante. ¿De dónde proviene ‘El Libro de Nobac’?
En realidad, es un segundo título. Durante mucho tiempo se tituló ‘El anónimo’, porque ‘El Libro de Nobac’ es anónimo. Y me gustaba esa idea del libro que no ha escrito nadie, que no es de nadie, el concepto de la identidad. Pero claro ese título no me llevaba a ninguna parte y opté por otro mucho más convencional. En esto decidí atenerme al criterio de Humberto Eco cuando dijo que un título debe decir tanto como esconder.
Observo un contraste curioso entre el tema central del libro que se reescribe continuamente, una idea mágica, misteriosa, evidentemente romántica, y la época en la que se desarrolla, donde los protagonistas se manejan entre ordenadores de última tecnología, móviles, magnetofones...
Yo concebí mi novela como una historia actual. Me han dicho alguna vez que es una historia gótica contemporánea, que no digo que no sea verdad porque he utilizado recursos de novela gótica clásica. Pero lo que más me interesaba era centrarme en un retrato de nuestro tiempo, un marco que reflejase las inquietudes de la gente de hoy.
Más contrastes: Lisa Lynch y Edgar Pym no pueden ser más opuestos.
Ese contraste da un juego tremendo. Son el racionalismo y el escepticismo enfrentados. Lisa es racional y Edgar caótico, disperso. A partir de ahí, inevitablemente, surgen preguntas, conflictos, dudas ...
Todo autor deja su impronta en sus personajes. Es una verdad literaria indudable y contrastada. ¿Qué tiene Edgar Pym de Federico Fernández Giordano?
Me parece que tiene bastante. Los escritores exorcizamos nuestros fantasmas en los personajes, a los que hacemos padecer las truculencias más fuertes y colocamos en los infiernos más profundos, hasta la perdición. Es como una venganza sobre nuestras propias criaturas.
Antes hemos hablado de que tocas todos los palos literarios que se te ponen a tiro, pero además, también haces música y con otro nombre, Mad Wilson. ¿En qué faceta te sientes más a gusto y por qué ese cambio de nombre?
Lo de la música lo he llevado siempre parejo con la escritura. Mi interés es muy diverso, me interesan muchas cosas. A veces no sé si soy un músico que escribe o un escritor que toca música. Es difícil de saber. Es una ambivalencia y ambas facetas me resultan muy satisfactorias. El cambio de nombre no es nada serio. Fue algo que salió a partir de un chiste y que pensé que no trascendería, pero mira, al final ahí está presente.
Terminamos, ¿qué preparas ahora?
Tengo una tercera novela terminada, que no es de género fantástico, y además trabajo en otras dos que sí lo son. Ando también metido en un ensayo y en un montón de relatos cortos.
Y hasta aquí la entrevista con Federico Fernández Giordano, realizada una vez más en el Hotel Astoria de Valencia. No obstante, de vez en cuando, échenle un vistazo, mis improbables, así podrán comprobar si crece, se autoescribe o se actualiza al más puro estilo Nobac. Que nunca se sabe.
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Alejandro Palomas, escritor: "El silencio es una bendición, sin duda. Es lo máximo".
Herme Cerezo/SIGLO XXI, 10 de marzo de 2008.
Es alto y extremadamente delgado, enchaquetado y con aspecto venerable a pesar de que apenas roza los cuarenta. Habla pausadamente, como si quisiera aliarse con los silencios que enlazan las palabras. Alejandro Palomas (Barcelona, 1967) desterró la prisa de su vida hace tiempo. La sustituyó por la pausa y la soledad. Reflexiona y mide las respuestas. Usa vocablos precisos y matiza poco, sólo para ampliar conceptos, para aclarar dudas, para abrir la entana de la reflexión. Ha publicado recientemente ‘El cuaderno del mago’, subtitulado ‘Donde aguarda la felicidad’, un libro que muchos califican de autoayuda – término denostado donde los haya –, pero que esconde aspectos muy interesantes. Ésta es la conversación que mantuve con él en la cafetería del Hotel Astoria de Valencia, una de las entrevistas más peculiares que he realizado hasta ahora. Empecé a preguntar yo, pero la cosa derivó en intercambio de opiniones y percepciones y, por un momento, llegué a pensar que habíamos trocado los roles.
¿Qué es para ti un mago?
Un mago es el que tiene la capacidad o la libertad de escoger en todo momento quien quiere ser. Eso es ser un mago, algo difícil, muy difícil.
Una definición muy alejada de la imagen tradicional del mago que saca conejos de las chisteras.
laro porque eso, más que un mago, es un ilusionista. Lo del ilusionismo no acaba de convencerme – risas.
¿‘El cuaderno del mago’ es un libro de autoayuda?
Creo que es un libro de reflexión más que de autoayuda. Yo no soy lector de libros de autoayuda, ni de este tipo de literatura. Leo sobre todo ficción y poesía. Al escribirlo no pretendía dar una clase de nada. Prefería plantearme el libro como un acompañamiento para la reflexión.
Observo un cierto tono aleccionador en ‘El cuaderno del mago’.
¿Tú crees?
Sí, los cuentos que hay en su interior suenan a ficción, sin embargo, cuando narras experiencias personales tuyas es cuando se extrae mejor jugo al texto.
Bueno, soy un escritor de ficción, todo lo que he escrito anteriormente es novela o relato. Vengo de ahí y no lo puedo evitar. También es cierto que este es un libro en el que hablo yo directamente, en que me dirijo al lector sin ningún tipo de cortina por medio. Hay mucho de mí en él. Y era lo que buscaba, un ejercicio de sinceridad, porque había muchas cosas que quería comunicar directamente y no puedo mantener un tú a tú con cada lector. Al leerlo después de haberlo escrito, me di cuenta de que hay muchas cosas personales, contadas desde el yo, algo que no sé si quería hacer o no. Me he mostrado de una manera completa y no me arrepiento, pero esto que he hecho es muy arriesgado.
Y ¿por qué este cambio de género literario?
No es una consecuencia directa y lógica de lo que hago, porque tras ‘El cuaderno del mago’ he publicado otra novela de nuevo. Es otra cosa. Yo percibía una voz que me faltaba y que tenía que salir al exterior. Y es algo muy curioso que en unas librerías esté en la sección de literatura, como un libro de relatos, y en otras en la de filosofía.
Usas un lenguaje muy directo, ligeramente imperativo: "escucha, levántate, abre la puerta..." ¿Por qué?
Eso me encanta. Escribo siempre así, soy enemigo acérrimo de la pasamanería. En mis lecturas tampoco encontrarás nunca escritores que se vayan por las ramas. No pretendo dar órdenes, pretendo acompañamiento: venga, vamos, acompáñame... Busco complicidad: estamos en el mismo barco, vamos los dos... Hay cosas que no son fáciles porque hay mucho enfrentamiento, que yo he ido limando a medida que lo escribía.
¿De dónde surge la idea del tren?
Seré sincero: viene porque empecé a escribirlo en un tren. Me puse a pensar por qué uno se sube a un vagón y no a otro, qué hace que subamos al primer vagón y no el segundo y viceversa. Piensas que estará menos lleno o no, o que son dos trenes pegados y que si se estrellan a lo mejor no me toca a mí. Yo elijo y a ver qué pasa. Que la suerte nos acompañe. Vamos a jugar un poco. Por eso pensé estructurarlo como un tren, dividido en vagones, vagones independientes e interdependientes a la vez.
Tu obra desprende tranquilidad y alguien me explicó una vez que el vaivén del tren es algo muy parecido al acunamiento materno, un momento placentero y tranquilo. Pensé que la idea venía de ahí.
La verdad es que no lo había pensado, pero lo cierto es que en el subconsciente hay muchas cosas que no controlamos. Ahora que lo dices, yo duermo mucho en el tren. Subo a uno y me duermo con gran facilidad, tanta que han llegado a robarme mientras dormía.
‘El cuaderno del mago’ es un libro muy didáctico, repleto de cuadros recordatorios.
No fue que la editorial me lo sugiriera, pero yo pensé que había que facilitar las cosas al lector, porque hay unos lectores más perezosos que otros. Hay quien lee un capítulo y hasta dos días después no retoma el libro. Así que está bien que se encuentre con un recordatorio de lo que leyó dos días antes. Es una cuestión formal para propiciar la reflexión.
Y también pienso que es un libro de cabecera, para leerlo por tramos.
Me gusta su estructura porque puedes entrar en cualquier vagón y en cualquier momento. Y es posible que leas un capítulo y que hasta dentro de un tiempo no necesites volver al libro para leer otro. Y cuando regreses tal vez te preguntes ¿qué habrá en los capítulos que no leí? Busco dar libertad al lector, que llegue un momento que quiera regresar a su lectura para ver qué le dice hoy, para jugar con él. Y que, de repente, le aparezca una leyenda, por ejemplo, tempus fugit, y que el lector se cuestione: ¿por qué me sale esto a mí ahora?
Los ejemplos de ficción que cuentas, ¿están basados en la realidad?
Sí - su afirmación es muy firme -. Hay varios que la historia es completamente real y hay otros que, partiendo de un punto verdadero, yo los he ficcionado. Y hay algunos más completamente inventados.
Aparece mucho en ‘El cuaderno del mago’ el concepto de vacío. Por ejemplo: "el silencio es el vacío del sonido, el vacío es la plenitud de lo posible", pero el vacío ¿no da un poco de miedo?
El vacío es uno de los mayores focos de miedo que existe. Sin ir más lejos la soledad es un "vacío de", o el silencio es un "vacío de". Hay muchas cosas que "vistas desde" son "vacíos desde". Para mí el vacío es una oportunidad, de llenar, es una aventura. Es la magia del mago. El vacío: vamos a crear desde donde, aparentemente, no hay nada.
¿Y el silencio?
Para mí es una bendición, sin duda. Es lo máximo.
Escribo en silencio porque leo en voz alta lo que voy escribiendo, sobre todo si es ficción. Y hay un motivo: lo que yo escribo para mí posee una musicalidad y si lo leo y veo que no suena, es que algo falla. Mi escritura es auditiva. Para mí es muy importante encapsularme en un vacío de ruido para poder oírme, porque sino yo no me escucho.
¿El silencio es una oportunidad para conocernos a nosotros mismos, para escucharnos?
¿El silencio es una oportunidad para conocernos a nosotros mismos, para escucharnos?
El silencio es una oportunidad para enfrentarnos con nuestra voz más íntima, con nuestra verdad más verdad. El silencio es muy difícil
.
.
Todos los capítulos intentan hacernos pensar. El recurso del espejo me parece espléndido: ¿un espejo es una incitación a la reflexión personal?
Creo que el espejo es uno de los mayores riesgos – risas – que hay. Para mí el espejo es muy importante en todo lo que escribo, pienso y hago. Yo necesito verme porque sino creo que me estoy perdiendo, me da mucho miedo perderme, me da mucho miedo dejar de vivir conscientemente, necesito sentir que estoy vivo.
¿Vivir es decidir?
Sí y decidir es prescindir. Es responsabilizarnos de las consecuencias de las decisiones. Es una prueba de ser libres.
Volvamos a la soledad: mucha gente que recorre el Camino de Santiago sin compañía, regresa comentando que quiere repetir esta experiencia.
Ya. Para mí la soledad ha sido algo muy importante porque he aprendido a conocerme, a baremar la vida gracias a ella. No hay nada más bendito que eso. Es muy duro y atrevido pero creo que ése es el principio de la gran aventura. ¿Qué buscamos en la compañía del otro? Buscamos la atención, el vacío de soledad, llenar una carencia. Yo estoy continuamente preguntándome ¿qué es lo opuesto a la soledad? Y no me vale la compañía porque se queda un poco cojo.
La compañía es el reconocimiento de que existimos, de que le importamos algo a alguien.
¿Tú crees que el hecho de importarle algo a alguien es la prueba de que existimos?
No, pero sí es la prueba de que le importamos a alguien, de que alguien, además de nosotros mismos, nos quiere.
Es muy gratificante sentir que te quieren, pero el hecho de tener gente que me quiera no me proporciona más información sobre mí. Me da información complementaria pero no vital, podría vivir sin ella. Para saber quién soy necesito espejos. Es un proceso muy lento.
Concluimos, Alejandro, ¿qué es la felicidad para ti? ¿Conocerte a ti mismo a través de ti mismo?
Concluimos, Alejandro, ¿qué es la felicidad para ti? ¿Conocerte a ti mismo a través de ti mismo?
No. La felicidad es poder elegir todos los días y saber que puedo cambiar mi elección en cualquier momento. Si yo no fuera consciente de que puedo cambiar mi elección no sería feliz.
Y ahí lo dejamos. Si quieren saber más cosas, si tienen inquietud por profundizar en el pensamiento de Alejandro Palomas tendrán que recurrir a "El cuaderno del mago", editado por Martínez Roca a finales del pasado año. Échenle un tiento y a ver qué ocurre, mis improbables.
domingo, 6 de septiembre de 2009
Rafael Blanquer, director del València Terra i Mar: "El gran atleta se crece ante las adversidades"
Herme Cerezo / SIGLO XXI, 3 de marzo de 2008
Rafael Blanquer trabaja intensamente en la preparación del XII Mundial de Atletismo en pista cubierta que, del 7 al 9 de marzo próximos, se va a celebrar en el velódromo Luis Puig de nuestra ciudad. A pocas fechas del inicio de la competición, Blanquer multiplica su tiempo entre los entrenamientos y el despacho. En la sede de su València Terra i Mar conversamos con él sobre el Mundial y algunas otras cosas.
Rafael, acostumbrado al trabajo de pista, ¿cómo llevas esta otra faceta deportiva?
Hace muchos años, jamás hubiera pensado que estar en un despacho sirviera para algo útil, porque lo mío siempre fue la pista, el campo. Pero las circunstancias mandan y ahora paso muchas horas en mi despacho para programar entrenamientos y dirigir el club y nuestra escuela, que cuenta con más de 500 alumnos y 800 fichas federativas. Respecto al Mundial, nos encargamos directamente del área de promoción y ahí sí tengo que desdoblarme. Ya llevamos año y medio con ello, pero ahora estamos en la recta final y tenemos que hilar muy fino, ultimar detalles y continuar el trabajo con los atletas porque el entrenamiento no lo podemos dejar de lado.
El ciudadano valenciano ¿es consciente del acontecimiento tan importante que se le avecina?
Tiene que serlo porque hemos forrado la ciudad y el aeropuerto con atletismo: banderolas, muppis, vallas publicitarias, relojes, marquesinas, bocas de metro, tranvías, autobuses de EMT, instalaciones deportivas ... Toda Valencia habla de este Mundial que, junto a las Olimpiadas, constituyen las dos citas atléticas más importantes que tendrán lugar en 2008.
¿Cómo está funcionando la taquilla?
El apartado de las entradas va muy bien. Realmente han salido a la venta muy pocas localidades. Sólo con la gente del atletismo teníamos ya cubierto el noventa por ciento del aforo del Luis Puig. Es normal, hay mucha gente que practica el atletismo en Valencia aunque no pertenezca a ningún club.
¿Está ya todo ultimado?
Está todo listo, incluidas las reformas del velódromo. Es cierto que es el mayor evento que hemos organizado porque participan 140 países, pero anteriormente hemos preparado campeonatos españoles y europeos y tenemos ya cierta experiencia. Además recientemente hemos vivido la Copa de la Reina, que es la competición española de atletismo más importante, el Campeonato de España de Atletismo Absoluto y la Reunión Internacional que nos han ayudado a perfeccionar detalles y pulir defectos.
Como tú mismo has dicho, éste es el evento de mayor envergadura que se os ha presentado, ¿qué sentís vosotros, el València Terra i Mar, como club, al albergar en vuestra propia casa un Campeonato del Mundo?
Para el València Terra i Mar es muy importante traer un acontecimiento de este tipo a nuestra ciudad, porque hay gran cantidad de atletas que nunca van a un campeonato y ahora podrán asistir. Todo el mundo está entusiasmado porque tenemos el campeonato en casa y porque verlo en directo no es lo mismo que en televisión. Como club llevamos siete años siendo subcampeones de Europa y estamos habituados a participar en competiciones importantes, pero un evento de este calibre supera todo lo hecho hasta ahora. Además, para nuestro club supone un doble reto, ya que tenemos atletas que participan en la organización y otros que van a competir.
¿Disponéis de suficientes voluntarios?
Sí, sí, hay muchos. Como dato curioso te diré que en las ceremonias de entrega de las medallas intervendrán falleras de las comisiones de la zona del velódromo. Tenemos las Fallas encima y queremos integrar la fiesta con el atletismo y viceversa.
¿Se precisa "una villa olímpica" para alojar a los atletas?
No es necesaria porque esto no es una olimpiada que dura muchos días, donde participan muchos más países y hay más rondas eliminatorias. En la pista cubierta, algunas disciplinas como el lanzamiento de martillo o de jabalina no entran porque no caben en la instalación. Tampoco hay maratón y en lugar de cien metros lisos se corren sesenta. Aquí se inscriben dos atletas por prueba y país, mientras que en una olimpiada se permiten tres. Todo ello limita el número de participantes, que será de unos ochocientos en total. Valencia ha crecido muchísimo en los últimos años y tenemos suficiente con los hoteles que hay. Albergaremos con comodidad a todas las selecciones nacionales, a la prensa, a la familia IAAF y a los VIPS.
Rafa, tú que de esto sabes mucho, explícanos ¿cómo se fabrica un atleta campeón?
Es una pregunta muy compleja porque intervienen muchos factores. El atleta debe encontrarse a gusto donde entrena, tener buena temperatura, buenas instalaciones, un buen cuadro médico y técnico, que cuide todos los detalles: dietas, suplementos alimenticios, aportes vitamínicos, masajes preventivos y de alivio, correcta distribución de las cargas de trabajo, descanso suficiente. Los atletas son esclavos de esto, ser campeón del mundo es algo muy importante a lo que llega sólo una persona. Pero merece la pena el sacrificio para conseguirlo.
Sigamos con los atletas, ¿cuáles son las figuras más importantes que desfilarán por el Luis Puig?
Entre los más conocidos estarán Vlasic, Meseret Defar, Reese Hoffa, Bungei, Rybakov, Alleyne Francique, Yuliya Fomenko, Maria Mutola, Slesarenko, Lyudmila Blonska, Levina, Nazarova, Isinbayeba, Savigne, Vili ..., sin olvidar a nuestros representantes. Pero hay muchos más. La lista es larga y en total veremos competir en Valencia a 21 campeones del mundo actuales.
Durante los días del mundial, si los atletas quieren entrenar, ¿dónde lo harán?
En el mismo Luis Puig, en la pista del río o en la de la Universidad. Disponemos de varias pistas alternativas preparadas para entrenar.
¿Se tomarán fuertes medidas de seguridad?
Sí, claro, serán tremendas. Desde hace un año y medio las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado vienen trabajando en ello.
Rusia, EE.UU. y España serán las delegaciones más numerosas, ¿China no tiene suficiente nivel todavía?
Sí que lo tiene y más lo va a tener. Con su enorme población, en cuanto cacen la onda serán de los más fuertes. Ya comienzan a dominar algunas especialidades y en el futuro creo que marcarán una nueva época en el atletismo.
Participar en nuestro país, ¿es una ventaja o un hándicap para nuestros atletas?
Sin duda una ventaja. Los atletas que participan en un Mundial son gente experimentada, acostumbrada a los grandes retos. Y el gran atleta se crece ante las adversidades. Lo que a priori parecería una presión añadida, es todo lo contrario. El aliento del público es muy importante porque va a ayudarles a hacerlo mejor.
¿Qué posibilidades ves de conseguir medallas?
Del València Terra i Mar creo que por lo menos tocaremos metal en dos o tres especialidades.
¿Habrá un antes y un después del Mundial en el atletismo valenciano?
Yo espero que, finalizado el Mundial, además de aumentar el número de adeptos, el poso que quede sea un buen caldo de cultivo para que salgan más deportistas e incluso podamos mejorar nuestras instalaciones. Desde esa óptica, el campeonato es un bien social.
Para concluir, Rafa ¿cuál será tu siguiente meta?
Después del Mundial vendrá la Liga, que deberemos ganar para disputar la Copa de Europa de clubes, en la que llevamos siete subcampeonatos y en la que quisiéramos dar el salto de una vez y ganar a las rusas, toda una selección nacional. La Copa de Europa es lo que nos falta para completar nuestros anhelos. Nosotros no podemos flaquear nunca, tenemos que ir al máximo y esperar su fallo.
Rafael Blanquer trabaja intensamente en la preparación del XII Mundial de Atletismo en pista cubierta que, del 7 al 9 de marzo próximos, se va a celebrar en el velódromo Luis Puig de nuestra ciudad. A pocas fechas del inicio de la competición, Blanquer multiplica su tiempo entre los entrenamientos y el despacho. En la sede de su València Terra i Mar conversamos con él sobre el Mundial y algunas otras cosas.
Rafael, acostumbrado al trabajo de pista, ¿cómo llevas esta otra faceta deportiva?
Hace muchos años, jamás hubiera pensado que estar en un despacho sirviera para algo útil, porque lo mío siempre fue la pista, el campo. Pero las circunstancias mandan y ahora paso muchas horas en mi despacho para programar entrenamientos y dirigir el club y nuestra escuela, que cuenta con más de 500 alumnos y 800 fichas federativas. Respecto al Mundial, nos encargamos directamente del área de promoción y ahí sí tengo que desdoblarme. Ya llevamos año y medio con ello, pero ahora estamos en la recta final y tenemos que hilar muy fino, ultimar detalles y continuar el trabajo con los atletas porque el entrenamiento no lo podemos dejar de lado.
El ciudadano valenciano ¿es consciente del acontecimiento tan importante que se le avecina?
Tiene que serlo porque hemos forrado la ciudad y el aeropuerto con atletismo: banderolas, muppis, vallas publicitarias, relojes, marquesinas, bocas de metro, tranvías, autobuses de EMT, instalaciones deportivas ... Toda Valencia habla de este Mundial que, junto a las Olimpiadas, constituyen las dos citas atléticas más importantes que tendrán lugar en 2008.
¿Cómo está funcionando la taquilla?
El apartado de las entradas va muy bien. Realmente han salido a la venta muy pocas localidades. Sólo con la gente del atletismo teníamos ya cubierto el noventa por ciento del aforo del Luis Puig. Es normal, hay mucha gente que practica el atletismo en Valencia aunque no pertenezca a ningún club.
¿Está ya todo ultimado?
Está todo listo, incluidas las reformas del velódromo. Es cierto que es el mayor evento que hemos organizado porque participan 140 países, pero anteriormente hemos preparado campeonatos españoles y europeos y tenemos ya cierta experiencia. Además recientemente hemos vivido la Copa de la Reina, que es la competición española de atletismo más importante, el Campeonato de España de Atletismo Absoluto y la Reunión Internacional que nos han ayudado a perfeccionar detalles y pulir defectos.
Como tú mismo has dicho, éste es el evento de mayor envergadura que se os ha presentado, ¿qué sentís vosotros, el València Terra i Mar, como club, al albergar en vuestra propia casa un Campeonato del Mundo?
Para el València Terra i Mar es muy importante traer un acontecimiento de este tipo a nuestra ciudad, porque hay gran cantidad de atletas que nunca van a un campeonato y ahora podrán asistir. Todo el mundo está entusiasmado porque tenemos el campeonato en casa y porque verlo en directo no es lo mismo que en televisión. Como club llevamos siete años siendo subcampeones de Europa y estamos habituados a participar en competiciones importantes, pero un evento de este calibre supera todo lo hecho hasta ahora. Además, para nuestro club supone un doble reto, ya que tenemos atletas que participan en la organización y otros que van a competir.
¿Disponéis de suficientes voluntarios?
Sí, sí, hay muchos. Como dato curioso te diré que en las ceremonias de entrega de las medallas intervendrán falleras de las comisiones de la zona del velódromo. Tenemos las Fallas encima y queremos integrar la fiesta con el atletismo y viceversa.
¿Se precisa "una villa olímpica" para alojar a los atletas?
No es necesaria porque esto no es una olimpiada que dura muchos días, donde participan muchos más países y hay más rondas eliminatorias. En la pista cubierta, algunas disciplinas como el lanzamiento de martillo o de jabalina no entran porque no caben en la instalación. Tampoco hay maratón y en lugar de cien metros lisos se corren sesenta. Aquí se inscriben dos atletas por prueba y país, mientras que en una olimpiada se permiten tres. Todo ello limita el número de participantes, que será de unos ochocientos en total. Valencia ha crecido muchísimo en los últimos años y tenemos suficiente con los hoteles que hay. Albergaremos con comodidad a todas las selecciones nacionales, a la prensa, a la familia IAAF y a los VIPS.
Rafa, tú que de esto sabes mucho, explícanos ¿cómo se fabrica un atleta campeón?
Es una pregunta muy compleja porque intervienen muchos factores. El atleta debe encontrarse a gusto donde entrena, tener buena temperatura, buenas instalaciones, un buen cuadro médico y técnico, que cuide todos los detalles: dietas, suplementos alimenticios, aportes vitamínicos, masajes preventivos y de alivio, correcta distribución de las cargas de trabajo, descanso suficiente. Los atletas son esclavos de esto, ser campeón del mundo es algo muy importante a lo que llega sólo una persona. Pero merece la pena el sacrificio para conseguirlo.
Sigamos con los atletas, ¿cuáles son las figuras más importantes que desfilarán por el Luis Puig?
Entre los más conocidos estarán Vlasic, Meseret Defar, Reese Hoffa, Bungei, Rybakov, Alleyne Francique, Yuliya Fomenko, Maria Mutola, Slesarenko, Lyudmila Blonska, Levina, Nazarova, Isinbayeba, Savigne, Vili ..., sin olvidar a nuestros representantes. Pero hay muchos más. La lista es larga y en total veremos competir en Valencia a 21 campeones del mundo actuales.
Durante los días del mundial, si los atletas quieren entrenar, ¿dónde lo harán?
En el mismo Luis Puig, en la pista del río o en la de la Universidad. Disponemos de varias pistas alternativas preparadas para entrenar.
¿Se tomarán fuertes medidas de seguridad?
Sí, claro, serán tremendas. Desde hace un año y medio las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado vienen trabajando en ello.
Rusia, EE.UU. y España serán las delegaciones más numerosas, ¿China no tiene suficiente nivel todavía?
Sí que lo tiene y más lo va a tener. Con su enorme población, en cuanto cacen la onda serán de los más fuertes. Ya comienzan a dominar algunas especialidades y en el futuro creo que marcarán una nueva época en el atletismo.
Participar en nuestro país, ¿es una ventaja o un hándicap para nuestros atletas?
Sin duda una ventaja. Los atletas que participan en un Mundial son gente experimentada, acostumbrada a los grandes retos. Y el gran atleta se crece ante las adversidades. Lo que a priori parecería una presión añadida, es todo lo contrario. El aliento del público es muy importante porque va a ayudarles a hacerlo mejor.
¿Qué posibilidades ves de conseguir medallas?
Del València Terra i Mar creo que por lo menos tocaremos metal en dos o tres especialidades.
¿Habrá un antes y un después del Mundial en el atletismo valenciano?
Yo espero que, finalizado el Mundial, además de aumentar el número de adeptos, el poso que quede sea un buen caldo de cultivo para que salgan más deportistas e incluso podamos mejorar nuestras instalaciones. Desde esa óptica, el campeonato es un bien social.
Para concluir, Rafa ¿cuál será tu siguiente meta?
Después del Mundial vendrá la Liga, que deberemos ganar para disputar la Copa de Europa de clubes, en la que llevamos siete subcampeonatos y en la que quisiéramos dar el salto de una vez y ganar a las rusas, toda una selección nacional. La Copa de Europa es lo que nos falta para completar nuestros anhelos. Nosotros no podemos flaquear nunca, tenemos que ir al máximo y esperar su fallo.
sábado, 5 de septiembre de 2009
Carlos Giménez, autor de cómics: "Siempre he tomado partido pero no voy a cambiar la realidad de la Guerra, ni voy a mentir. Busco objetividad, no neutralidad"
Herme Cerezo/SIGLO XXI, 28 de febrero de 2008.
Hace muchos años, el que suscribe no podía imaginar que, una húmeda tarde de febrero de 2008, se encontraría leyendo tranquilamente un cómic (o tebeo) en el edificio estudiantil más emblemático de la capital del Turia: el de la Universidad de Valencia, ése que muchos conocemos simplemente como la Universidad de la calle de la Nave o la Universidad vieja. Esto, lo de la lectura comiquera, cuando yo estudiaba, hubiera sido considerado casi una irreverencia académica lindante con la herejía. ¡Un tebeo en un claustro universitario, qué horror! ¡A dónde vamos a parar! ¡Perdona a tu pueblo, Señor!, etcétera. Hoy, afortunadamente, leer tebeos es algo normal en cualquier parte aunque, por desgracia, todavía minoritario.
Y, a todo esto, ¿qué demonios hacía yo disfrutando con un cómic en el templo del saber? Pues sencillamente esperaba al autor de "36-39. Malos tiempos", el álbum que sostenían mis manos. A estas alturas resulta completamente superfluo presentar a Carlos Giménez, probablemente el dibujante español más importante de los últimos cincuenta años, sin menospreciar a la nómina de enormes profesionales que pueblan la historia del cómic hispano. El madrileño venía a nuestra ciudad para presentar su última obra, la que yo leía, dentro del Ciclo de Conferencias "València, Capital de la República 1936-39", organizado por el Fòrum de Debats del Vicerrectorado de Cultura de la universidad valenciana.
Giménez llegó puntual, acompañado por ese incansable crítico-ensayista-escritor y, sobre todo, lector de cómics que se llama Álvaro Pons. Los tres nos sentamos alrededor de una mesa cafetera, mientras Nacho Marín disparaba su cámara digital a diestro y siniestro y la grabadora oficiaba como testigo mudo (su turno de palabra llegaría más tarde). Y ya que la memoria nos había reunido allí, comenzamos a conjurarla para recordar cosas del pasado más lejano.
Carlos, ¿de dónde arranca tu pasión por dibujar tebeos?
En mi época, al igual que las demás profesiones, lo de dibujar tebeos era algo muy vocacional y comenzó muy pronto. Cuando a los cinco años entré en el colegio y a pesar de que mi casa era muy humilde, yo ya confeccionaba mis tebeos. Hacía los dibujos propios de un chaval de esa edad, camiones y cosas así. Y no creas que en los colegios había estatuas o cuadros que estimulasen la imaginación artística, como tampoco había juguetes. Nada de eso. Sin embargo y curiosamente sí entraban tebeos, que entonces eran algo muy popular y barato y, en consecuencia, algunas madres y padres se los llevaban a sus hijos. Yo los leía y eso constituía el caldo de cultivo más adecuado para mi vocación.
Pero para dibujar hacen falta unos materiales mínimos: papel, lápiz, goma ... en aquellos tiempos de escasez, ¿cómo los conseguías?
La procedencia era la misma que los tebeos: los padres y madres que llevaban cosas a sus hijos, que terminaban siempre en manos de quien más las deseaba. Yo las cambiaba por cromos o por cualquier otro objeto. A mí nunca me faltó papel ni tebeos, que guardaba en el interior de una carpeta.
Quédense con el detalle de la carpeta, mis improbables lectores. Volverá a salir más adelante. Giménez exprimía al máximo su ingenio para conseguir tebeos. No llegó a robarlos, los mendigaba, los pedía o los cambiaba por comida. Y construía sus propios formatos para dibujarlos.
¿Cómo los hacías?
Con cuartillas de papel. Las partía por la mitad, las doblaba después en dos y de ahí salía un cuadernito de cuatro hojas y ocho páginas – Giménez escenifica con sus dedos sobre la mesa, como si fuera entonces, el plegado de las hojas – . La primera era para la portada y en la última ponía siempre: "próximo número titulado equis. Compradlo, adquiridlo" – risas –.
Carlos conserva la misma sonrisa pilla que uno encuentra en las fotografías de su web o en las contraportadas de sus primeros álbumes. Sus ojos, ahora protegidos por el cristal de las gafas, se le iluminan vívidos y aunque sin duda conoció tiempos duros y difíciles, los recuerda con agrado.
Es evidente que tu formación fue completamente autodidacta.
Casi todos los dibujantes de entonces somos autodidactas. Muy pocos pasaron por academias. Te pones a dibujar y luego la misma profesión te va formando. Trabajar mucho es la mejor escuela. Empiezas copiando hasta que consigues soltarte y crear tus propios dibujos. Si además has tenido la suerte de trabajar como ayudante de alguien, como fue mi caso, aprendes otras cosas.
Pero los años del colegio pasan, se esfuman y vuelve la vida afuera, la posguerra de las calles de Madrid. Hay que trabajar para vivir, para ayudar en casa.
¿Cómo conseguiste tu primer empleo de dibujante?
Mi primer trabajo lo conseguí a través de un amigo del barrio, cuyo padre trabajaba en la Editorial Rollán, que además de novelas editaba los tebeos del "F.B.I." Este hombre llevó allí mis dibujos y les gustaron. Yo tendría entonces diecisiete o dieciocho años. Un día me entrevisté con Manuel Rollán, que era el dueño, y me presentó al dibujante López Blanco. López Blanco pensó que yo le podía servir de ayudante y me tomó a su cargo. Comencé dibujando pequeñas cosas: los arbolitos del fondo, las esquinas de las casas, los rellenos. Con este hombre yo aprendí mucho, no sólo del dibujo sino también de la vida, de las Humanidades. Él fue para mí un maestro en el sentido griego del término. Le recuerdo con mucho cariño. Era respetuoso y respetable y muy culto también.
Tú, desde hace años, trabajas solo pero durante un tiempo colaboraste con guionistas, ¿qué prefieres: hacer todo el trabajo por ti mismo o en comandita?
Prefiero trabajar solo y eso que he colaborado con guionistas de la talla de Ivá, Medina o Víctor Mora. Construir tus propios guiones tiene de complicado que haces las dos funciones, pero al firmar te responsabilizas de lo tuyo. Porque no siempre estás de acuerdo con lo que ha preparado el otro. Hasta que yo no hice mis propias historietas completas, no me sentí totalmente satisfecho con mi trabajo. Es mi estilo, mi sello. Cuento lo que quiero contar y como quiero contarlo.
Las etapas de Carlos Giménez como dibujante se consumen rápidamente: cómics de Guerra, de romance, "Buck Jones", "Tom Berry", "Kiko 2000", "Jerry Ley y su caballo Coronel", "Iris de Andrómeda", "Drake & Drake", "Ulysses", "Gringo", "Ray 25", "Delta 99", "Dani Futuro" y llega un día crucial: comienza a dibujar en "El Papus" que, al revés quiere decir "El Pupas", una revista satírica y neurasténica.
¿Cómo llegaste a "El Papus"?
Había enviado dibujos para "Muchas gracias" y entonces me encargaron una historieta sobre el caso de la Lockheed. Querían algo gracioso sobre aquel escándalo de aviones, pero no se me ocurría nada. Después de pasar una semana sin resultados, llegó la fecha tope: al día siguiente tenía que entregar mi trabajo y la página seguía en blanco. Pasé toda la noche dibujando y así nació la primera historieta de "Paracuellos". La llevé y se quedaron desconcertados porque en lugar de algo cómico encontraron unas páginas trágicas, llenas de niños tristes. Pero la revista entraba ya en máquinas y las incluyeron. Ni corto ni perezoso, a la semana siguiente repetí, pero a la tercera entrega me dijeron que no dibujase más para ellos. Como yo tenía un amigo que trabajaba en "El Papus", acudí a la redacción con la idea de publicar "Paracuellos". No les interesó, pero pasé a formar parte de la revista y comencé a trabajar sobre temas de actualidad.
Es posible que entonces no se valorase la situación con exactitud. La inmediatez del momento nunca permite analizar las cosas con claridad. Pero ahora, con la perspectiva de la memoria, con el tiempo pasado a cuestas, las historietas de Carlos Giménez publicadas en "El Papus", esas citas semanales de dos páginas en blanco y negro, reunidas posteriormente en los álbumes "España, Una", "España, Grande" y "España, Libre", le asignan un papel muy especial en los albores democráticos de nuestro país, un papel relevante por el modelo narrativo que utilizó para mostrarnos aquella época: el tebeo.
Tus historietas de "El Papus" te convirtieron en el cronista gráfico de la Transición.
Bueno, yo colaboraba en una revista política, que comentaba las cosas que iban ocurriendo. Inevitablemente cuando transcurre un año y pico dibujando historietas durante una época concreta que, además, es la Transición, al echar la vista atrás es cuando te das cuenta de que te has convertido en el reportero de aquella etapa histórica.
¿No sufriste amenazas por tu trabajo en "El Papus"?
Los Guerrilleros de Cristo Rey personalmente no me atacaron, pero no hay que olvidar que dinamitaron El Papus. Y a mí no me ocurrió nada porque no me pilló dentro.
Y en plena vorágine publicas "Paracuellos", el niño de la trompeta, los hogares del Auxilio Social, los instructores de dudosa pedagogía, peor reputación e indudable ideología, los zapatillas, la leche en polvo, los mendrugos de pan, el yugo y las flechas... "Paracuellos" un álbum distinto, retrospectivo e introspectivo.
¿Carlos, este álbum marcó un hito en tu carrera?
Cuando empecé a dibujar "Paracuellos" no lo quiso nadie: ni "Muchas Gracias", ni "El Papus", como ya te he dicho, ni el editor Toutain que, sin mirarlo siquiera me preguntó si no traía nada más. Por fin, Amaika editó el primer álbum pero sin demasiado interés y un ejemplar cayó en manos del editor de Fluid Glacial que estaba en España. Lo leyó y me localizó para decirme que quería publicarlo. Al editarse en Francia aquí alcanzó cierta repercusión y, enseguida, ya querían comprarlo todas las editoriales españolas.
Cuando allá por el pasado mes de abril reseñé para SIGLO XXI "Todo Paracuellos", el recopilatorio de Random House Mondadori, donde se recogen los seis álbumes de la serie en un solo tomo (colección "DeBolsillo"), hubo algo que se me pegó a mi conciencia: los ojos tristes de los chavales de los hogares.
Carlos, ¿existen realmente niños con esas miradas?
No lo sé. Imagino que no hay niños así porque de existir serían monstruos de feria, ¿no? Pero lo que se llama el expresionismo, la forma de caricaturizar aquellas miradas me sirvió para subrayar y expresar algo que, de otro modo más realista, no hubiera podido llevar a cabo.
Después de "Paracuellos" llegó "Barrio", el punto y seguido de "Paracuellos", la España de la posguerra, tiempo de hambre y escasez, del aprendizaje de la calle, del estraperlo, de las chabolas, de los pistoleros, de las prostitutas, de la OJE, de Francisco Franco Pérez y de don Herminio, de Poli, La Pepi, Bernardo y tantos otros.
"Barrio", como "Paracuellos", es autobiográfico, tú has sido un pionero en esto de utilizar el cómic como un medio para la autobiografía, algo que está muy de moda ahora.
Yo he hecho la Memoria Histórica antes de que nadie pensase que se iba a llamar de ese modo. Utilicé la mía para recordar las cosas recientes de la historia de España. Así nacieron estos dos álbumes. Y allí ya no sólo aparecía Carlos Giménez y su calle, sino otras personas que también vivieron aquello. Y aparecen porque yo he mendigado historias, le he pedido a mucha gente que me contara su vida de entonces. Es mi forma de trabajo. Cuando tengo un tema busco información directa. Con "Los profesionales" me ocurrió igual. Junté a cuatro amigos en una mesa, alrededor de una botella de whisky y unas almendras, y empecé a preguntarles, a tirarles de la lengua para que hablasen.
Y lo consigues, porque tu información es de primera mano, testimonial, "in situ".
Me gusta mucho cuando alguien me pregunta si lo que cuento es verdad. Les respondo que no, que me lo he inventado. Pero ellos no me creen. Y eso es porque lo que yo digo rezuma autenticidad por todas partes. Siempre he huido de las historietas con las que yo me crié y que me gustaron mucho cuando era niño, como por ejemplo las de la Policía Montada del Canadá. Pero son tebeos que no leería de adulto porque cuentan situaciones inverosímiles, como por ejemplo, el cuchillo que el héroe lleva en el pecho mientras un oso le abraza o el palo que coloca el explorador en la boca de un cocodrilo cuando le va a devorar. Narro las cosas tal y como me han sucedido a mí o como me las han contado. Mis historietas tienen que ser ciertas. Ahí está la diferencia. También me gustaría hacer una historia divertida, del tipo del camionero que llega a casa y encuentra a la mujer con su primo en la cama. Pero eso no le interesa a nadie. Sin embargo, si eso te lo cuenta alguien que lo ha vivido, la cosa cambia. Si lo hago yo es inventado, pero si escribo lo que me dicen es verosímil porque yo me lo creo también y lo dibujo. Así resulta convincente.
Y ahora, en un salto atrás en el tiempo, pero que a la vez es hacia delante, te descuelgas nada menos que con una tetralogía, cuatro álbumes sobre la Guerra Civil Española.
¿Cuál ha sido la génesis de "36-39. Malos tiempos"?
Tengo repartida mi vida y voy guardando las cosas que me han sucedido en carpetillas – ya les advertí que volverían a salir –. De este modo manejo pequeños dossieres que pueden convertirse en alguna serie. El tema de la Guerra Civil quería haberlo hecho al cumplirse los cuarenta años. Incluso empecé a dibujar una historieta, pero claro yo no viví la Guerra, no la conozco y carecía de material propio. Necesitaba que alguien me la contase, pero que me la contase bien, con suficiencia, para que sonase a verdad. Y hablando con un amigo hace poco, me di cuenta él sí la había vivido. Y empezó a contármela desde el punto de vista del niño que él era entonces. A partir de ahí, junto con otras historias colaterales que me llegaron y con libros que consulté, vi que ya disponía de suficiente material para trabajar.
Pero ¿por qué precisamente cerrar el círculo abierto con "Paracuellos" y "Barrio" con la Guerra Civil y no con algún acontecimiento histórico posterior?
Mi interés por ir hacia atrás es muy sencillo: si yo he retratado la posguerrra con esas dos obras, que son resultado o producto del Franquismo, por qué no hablar del origen de todo ello que era la Guerra. Porque no podemos olvidar que venimos de ahí y que el Franquismo se inventó durante la contienda. Por eso decidí añadir una pieza más al puzzle, conectándolo con algún personaje que aparece en "Barrio", haciéndome un autoguiño.
Has preferido contar la historia de los de a pie, de los de la calle, de la gente gris, sin un protagonista fijo, con pinceladas sueltas.
Lo bueno que tiene el relato corto, en contra del relato río, es que cuentas una cosa y ya está, o sea, picas y te vas. La novela río te obliga a incluir muchos espacios de situación: el verano, el invierno, etcétera. Narro las anécdotas por separado tal y como me las contaron, porque a mí la información me llegó también cronológicamente desordenada. No buscaba la Guerra de fechas, de batallas, de personajes, de políticos, me interesaba explicar cómo duele la bomba cuando te cae en la cabeza, cómo te sientes cuando tu hijo se está muriendo de hambre, cómo pican los sabañones, todas esas cosas sencillas pero reales y ciertas.
Cada español tiene su Guerra Civil particular, "36-30. Malos tiempos" es tu visión de la Guerra o es algo más?
Nunca he sido neutral. Siempre he tomado partido pero no voy a cambiar la realidad de la Guerra, ni voy a mentir. Busco objetividad, no neutralidad. Soy quien soy y cuento lo que sé. Me interesa la Guerra desde el punto de vista de la puta Guerra, de la mierda de la Guerra, de lo injusta que fue. Y fue injusta porque los que tenían las pistolas para defender a la población la usaron contra los que no tenían armas. ¡Qué fácil fue ese golpe de estado! Y además utilizaron pistolas pagadas por el pueblo. Dieron el golpe porque no les interesaba que las cosas cambiasen. Si te fijas en los carteles de la República, muchos fueron hechos para invitar a que la gente aprendiese a leer. Ellos no querían que la gente supiera leer porque una persona que lee piensa, analiza y toma decisiones. Pretendían que todo continuase igual. Un obrero que no sabe leer es mucho más fácil de manejar. Por eso quemaban bibliotecas y mataban maestros.
Pero la Guerra, no sólo la española, es una situación propicia para la barbarie, también hablas de eso en tu obra.
Indudablemente, en la Guerra se levanta la veda y cuando eso ocurre, aflora el criminal que todos llevamos dentro. Individualmente somos buenos, pero en manada, terribles. Y eso ocurrió, con matices, en ambos lados de las trincheras.
Hablemos de anécdotas, ¿has escuchado alguna que te haya llamado la atención particularmente?
Una cuñada mía me dijo que había visto a un tipo correr sin cabeza durante un bombardeo de los nacionales. Sobre esto mismo, otra persona me contó que, mientras las bombas volaban muy rasantes sobre la glorieta de Atocha y la gente corría, al entrar en el metro un obús le arrancó la cabeza a un hombre. Después explotó en el subterráneo, mientras el cuerpo decapitado terminaba de bajar los escalones.
El segundo álbum de la tetralogía mantendrá el título del primero incorporando el siguiente ordinal romano (II) y se publicará pronto. Probablemente en el próximo mes de marzo.
Y ¿qué vendrá después, Carlos?
Pues, mira, ahora tengo un problema. Una vez finalizado todo lo de la Guerra, cualquier tema que me planteo me suena baladí. Así que, de momento, no sé qué vendrá después.
Todavía intercambiamos algunas frases más of the record sobre cómics y otras cosas. Me dedicó los álbumes que le había llevado, "dame, dame, que llevo un lápiz muy bueno para estas cosas", y, acompañado por el Carcelero de Papel, se dirigió al aula donde un montón de incondicionales suyos, de la cultura y de la Guerra Civil, le aguardaban impacientes por escucharle. Cuando salió de la cafetería y mientras plegaba bártulos, dos palabras acudieron a mi mente: profesionalidad y sinceridad. Gracias, Carlos, y hasta la otra.
Hace muchos años, el que suscribe no podía imaginar que, una húmeda tarde de febrero de 2008, se encontraría leyendo tranquilamente un cómic (o tebeo) en el edificio estudiantil más emblemático de la capital del Turia: el de la Universidad de Valencia, ése que muchos conocemos simplemente como la Universidad de la calle de la Nave o la Universidad vieja. Esto, lo de la lectura comiquera, cuando yo estudiaba, hubiera sido considerado casi una irreverencia académica lindante con la herejía. ¡Un tebeo en un claustro universitario, qué horror! ¡A dónde vamos a parar! ¡Perdona a tu pueblo, Señor!, etcétera. Hoy, afortunadamente, leer tebeos es algo normal en cualquier parte aunque, por desgracia, todavía minoritario.
Y, a todo esto, ¿qué demonios hacía yo disfrutando con un cómic en el templo del saber? Pues sencillamente esperaba al autor de "36-39. Malos tiempos", el álbum que sostenían mis manos. A estas alturas resulta completamente superfluo presentar a Carlos Giménez, probablemente el dibujante español más importante de los últimos cincuenta años, sin menospreciar a la nómina de enormes profesionales que pueblan la historia del cómic hispano. El madrileño venía a nuestra ciudad para presentar su última obra, la que yo leía, dentro del Ciclo de Conferencias "València, Capital de la República 1936-39", organizado por el Fòrum de Debats del Vicerrectorado de Cultura de la universidad valenciana.
Giménez llegó puntual, acompañado por ese incansable crítico-ensayista-escritor y, sobre todo, lector de cómics que se llama Álvaro Pons. Los tres nos sentamos alrededor de una mesa cafetera, mientras Nacho Marín disparaba su cámara digital a diestro y siniestro y la grabadora oficiaba como testigo mudo (su turno de palabra llegaría más tarde). Y ya que la memoria nos había reunido allí, comenzamos a conjurarla para recordar cosas del pasado más lejano.
Carlos, ¿de dónde arranca tu pasión por dibujar tebeos?
En mi época, al igual que las demás profesiones, lo de dibujar tebeos era algo muy vocacional y comenzó muy pronto. Cuando a los cinco años entré en el colegio y a pesar de que mi casa era muy humilde, yo ya confeccionaba mis tebeos. Hacía los dibujos propios de un chaval de esa edad, camiones y cosas así. Y no creas que en los colegios había estatuas o cuadros que estimulasen la imaginación artística, como tampoco había juguetes. Nada de eso. Sin embargo y curiosamente sí entraban tebeos, que entonces eran algo muy popular y barato y, en consecuencia, algunas madres y padres se los llevaban a sus hijos. Yo los leía y eso constituía el caldo de cultivo más adecuado para mi vocación.
Pero para dibujar hacen falta unos materiales mínimos: papel, lápiz, goma ... en aquellos tiempos de escasez, ¿cómo los conseguías?
La procedencia era la misma que los tebeos: los padres y madres que llevaban cosas a sus hijos, que terminaban siempre en manos de quien más las deseaba. Yo las cambiaba por cromos o por cualquier otro objeto. A mí nunca me faltó papel ni tebeos, que guardaba en el interior de una carpeta.
Quédense con el detalle de la carpeta, mis improbables lectores. Volverá a salir más adelante. Giménez exprimía al máximo su ingenio para conseguir tebeos. No llegó a robarlos, los mendigaba, los pedía o los cambiaba por comida. Y construía sus propios formatos para dibujarlos.
¿Cómo los hacías?
Con cuartillas de papel. Las partía por la mitad, las doblaba después en dos y de ahí salía un cuadernito de cuatro hojas y ocho páginas – Giménez escenifica con sus dedos sobre la mesa, como si fuera entonces, el plegado de las hojas – . La primera era para la portada y en la última ponía siempre: "próximo número titulado equis. Compradlo, adquiridlo" – risas –.
Carlos conserva la misma sonrisa pilla que uno encuentra en las fotografías de su web o en las contraportadas de sus primeros álbumes. Sus ojos, ahora protegidos por el cristal de las gafas, se le iluminan vívidos y aunque sin duda conoció tiempos duros y difíciles, los recuerda con agrado.
Es evidente que tu formación fue completamente autodidacta.
Casi todos los dibujantes de entonces somos autodidactas. Muy pocos pasaron por academias. Te pones a dibujar y luego la misma profesión te va formando. Trabajar mucho es la mejor escuela. Empiezas copiando hasta que consigues soltarte y crear tus propios dibujos. Si además has tenido la suerte de trabajar como ayudante de alguien, como fue mi caso, aprendes otras cosas.
Pero los años del colegio pasan, se esfuman y vuelve la vida afuera, la posguerra de las calles de Madrid. Hay que trabajar para vivir, para ayudar en casa.
¿Cómo conseguiste tu primer empleo de dibujante?
Mi primer trabajo lo conseguí a través de un amigo del barrio, cuyo padre trabajaba en la Editorial Rollán, que además de novelas editaba los tebeos del "F.B.I." Este hombre llevó allí mis dibujos y les gustaron. Yo tendría entonces diecisiete o dieciocho años. Un día me entrevisté con Manuel Rollán, que era el dueño, y me presentó al dibujante López Blanco. López Blanco pensó que yo le podía servir de ayudante y me tomó a su cargo. Comencé dibujando pequeñas cosas: los arbolitos del fondo, las esquinas de las casas, los rellenos. Con este hombre yo aprendí mucho, no sólo del dibujo sino también de la vida, de las Humanidades. Él fue para mí un maestro en el sentido griego del término. Le recuerdo con mucho cariño. Era respetuoso y respetable y muy culto también.
Tú, desde hace años, trabajas solo pero durante un tiempo colaboraste con guionistas, ¿qué prefieres: hacer todo el trabajo por ti mismo o en comandita?
Prefiero trabajar solo y eso que he colaborado con guionistas de la talla de Ivá, Medina o Víctor Mora. Construir tus propios guiones tiene de complicado que haces las dos funciones, pero al firmar te responsabilizas de lo tuyo. Porque no siempre estás de acuerdo con lo que ha preparado el otro. Hasta que yo no hice mis propias historietas completas, no me sentí totalmente satisfecho con mi trabajo. Es mi estilo, mi sello. Cuento lo que quiero contar y como quiero contarlo.
Las etapas de Carlos Giménez como dibujante se consumen rápidamente: cómics de Guerra, de romance, "Buck Jones", "Tom Berry", "Kiko 2000", "Jerry Ley y su caballo Coronel", "Iris de Andrómeda", "Drake & Drake", "Ulysses", "Gringo", "Ray 25", "Delta 99", "Dani Futuro" y llega un día crucial: comienza a dibujar en "El Papus" que, al revés quiere decir "El Pupas", una revista satírica y neurasténica.
¿Cómo llegaste a "El Papus"?
Había enviado dibujos para "Muchas gracias" y entonces me encargaron una historieta sobre el caso de la Lockheed. Querían algo gracioso sobre aquel escándalo de aviones, pero no se me ocurría nada. Después de pasar una semana sin resultados, llegó la fecha tope: al día siguiente tenía que entregar mi trabajo y la página seguía en blanco. Pasé toda la noche dibujando y así nació la primera historieta de "Paracuellos". La llevé y se quedaron desconcertados porque en lugar de algo cómico encontraron unas páginas trágicas, llenas de niños tristes. Pero la revista entraba ya en máquinas y las incluyeron. Ni corto ni perezoso, a la semana siguiente repetí, pero a la tercera entrega me dijeron que no dibujase más para ellos. Como yo tenía un amigo que trabajaba en "El Papus", acudí a la redacción con la idea de publicar "Paracuellos". No les interesó, pero pasé a formar parte de la revista y comencé a trabajar sobre temas de actualidad.
Es posible que entonces no se valorase la situación con exactitud. La inmediatez del momento nunca permite analizar las cosas con claridad. Pero ahora, con la perspectiva de la memoria, con el tiempo pasado a cuestas, las historietas de Carlos Giménez publicadas en "El Papus", esas citas semanales de dos páginas en blanco y negro, reunidas posteriormente en los álbumes "España, Una", "España, Grande" y "España, Libre", le asignan un papel muy especial en los albores democráticos de nuestro país, un papel relevante por el modelo narrativo que utilizó para mostrarnos aquella época: el tebeo.
Tus historietas de "El Papus" te convirtieron en el cronista gráfico de la Transición.
Bueno, yo colaboraba en una revista política, que comentaba las cosas que iban ocurriendo. Inevitablemente cuando transcurre un año y pico dibujando historietas durante una época concreta que, además, es la Transición, al echar la vista atrás es cuando te das cuenta de que te has convertido en el reportero de aquella etapa histórica.
¿No sufriste amenazas por tu trabajo en "El Papus"?
Los Guerrilleros de Cristo Rey personalmente no me atacaron, pero no hay que olvidar que dinamitaron El Papus. Y a mí no me ocurrió nada porque no me pilló dentro.
Y en plena vorágine publicas "Paracuellos", el niño de la trompeta, los hogares del Auxilio Social, los instructores de dudosa pedagogía, peor reputación e indudable ideología, los zapatillas, la leche en polvo, los mendrugos de pan, el yugo y las flechas... "Paracuellos" un álbum distinto, retrospectivo e introspectivo.
¿Carlos, este álbum marcó un hito en tu carrera?
Cuando empecé a dibujar "Paracuellos" no lo quiso nadie: ni "Muchas Gracias", ni "El Papus", como ya te he dicho, ni el editor Toutain que, sin mirarlo siquiera me preguntó si no traía nada más. Por fin, Amaika editó el primer álbum pero sin demasiado interés y un ejemplar cayó en manos del editor de Fluid Glacial que estaba en España. Lo leyó y me localizó para decirme que quería publicarlo. Al editarse en Francia aquí alcanzó cierta repercusión y, enseguida, ya querían comprarlo todas las editoriales españolas.
Cuando allá por el pasado mes de abril reseñé para SIGLO XXI "Todo Paracuellos", el recopilatorio de Random House Mondadori, donde se recogen los seis álbumes de la serie en un solo tomo (colección "DeBolsillo"), hubo algo que se me pegó a mi conciencia: los ojos tristes de los chavales de los hogares.
Carlos, ¿existen realmente niños con esas miradas?
No lo sé. Imagino que no hay niños así porque de existir serían monstruos de feria, ¿no? Pero lo que se llama el expresionismo, la forma de caricaturizar aquellas miradas me sirvió para subrayar y expresar algo que, de otro modo más realista, no hubiera podido llevar a cabo.
Después de "Paracuellos" llegó "Barrio", el punto y seguido de "Paracuellos", la España de la posguerra, tiempo de hambre y escasez, del aprendizaje de la calle, del estraperlo, de las chabolas, de los pistoleros, de las prostitutas, de la OJE, de Francisco Franco Pérez y de don Herminio, de Poli, La Pepi, Bernardo y tantos otros.
"Barrio", como "Paracuellos", es autobiográfico, tú has sido un pionero en esto de utilizar el cómic como un medio para la autobiografía, algo que está muy de moda ahora.
Yo he hecho la Memoria Histórica antes de que nadie pensase que se iba a llamar de ese modo. Utilicé la mía para recordar las cosas recientes de la historia de España. Así nacieron estos dos álbumes. Y allí ya no sólo aparecía Carlos Giménez y su calle, sino otras personas que también vivieron aquello. Y aparecen porque yo he mendigado historias, le he pedido a mucha gente que me contara su vida de entonces. Es mi forma de trabajo. Cuando tengo un tema busco información directa. Con "Los profesionales" me ocurrió igual. Junté a cuatro amigos en una mesa, alrededor de una botella de whisky y unas almendras, y empecé a preguntarles, a tirarles de la lengua para que hablasen.
Y lo consigues, porque tu información es de primera mano, testimonial, "in situ".
Me gusta mucho cuando alguien me pregunta si lo que cuento es verdad. Les respondo que no, que me lo he inventado. Pero ellos no me creen. Y eso es porque lo que yo digo rezuma autenticidad por todas partes. Siempre he huido de las historietas con las que yo me crié y que me gustaron mucho cuando era niño, como por ejemplo las de la Policía Montada del Canadá. Pero son tebeos que no leería de adulto porque cuentan situaciones inverosímiles, como por ejemplo, el cuchillo que el héroe lleva en el pecho mientras un oso le abraza o el palo que coloca el explorador en la boca de un cocodrilo cuando le va a devorar. Narro las cosas tal y como me han sucedido a mí o como me las han contado. Mis historietas tienen que ser ciertas. Ahí está la diferencia. También me gustaría hacer una historia divertida, del tipo del camionero que llega a casa y encuentra a la mujer con su primo en la cama. Pero eso no le interesa a nadie. Sin embargo, si eso te lo cuenta alguien que lo ha vivido, la cosa cambia. Si lo hago yo es inventado, pero si escribo lo que me dicen es verosímil porque yo me lo creo también y lo dibujo. Así resulta convincente.
Y ahora, en un salto atrás en el tiempo, pero que a la vez es hacia delante, te descuelgas nada menos que con una tetralogía, cuatro álbumes sobre la Guerra Civil Española.
¿Cuál ha sido la génesis de "36-39. Malos tiempos"?
Tengo repartida mi vida y voy guardando las cosas que me han sucedido en carpetillas – ya les advertí que volverían a salir –. De este modo manejo pequeños dossieres que pueden convertirse en alguna serie. El tema de la Guerra Civil quería haberlo hecho al cumplirse los cuarenta años. Incluso empecé a dibujar una historieta, pero claro yo no viví la Guerra, no la conozco y carecía de material propio. Necesitaba que alguien me la contase, pero que me la contase bien, con suficiencia, para que sonase a verdad. Y hablando con un amigo hace poco, me di cuenta él sí la había vivido. Y empezó a contármela desde el punto de vista del niño que él era entonces. A partir de ahí, junto con otras historias colaterales que me llegaron y con libros que consulté, vi que ya disponía de suficiente material para trabajar.
Pero ¿por qué precisamente cerrar el círculo abierto con "Paracuellos" y "Barrio" con la Guerra Civil y no con algún acontecimiento histórico posterior?
Mi interés por ir hacia atrás es muy sencillo: si yo he retratado la posguerrra con esas dos obras, que son resultado o producto del Franquismo, por qué no hablar del origen de todo ello que era la Guerra. Porque no podemos olvidar que venimos de ahí y que el Franquismo se inventó durante la contienda. Por eso decidí añadir una pieza más al puzzle, conectándolo con algún personaje que aparece en "Barrio", haciéndome un autoguiño.
Has preferido contar la historia de los de a pie, de los de la calle, de la gente gris, sin un protagonista fijo, con pinceladas sueltas.
Lo bueno que tiene el relato corto, en contra del relato río, es que cuentas una cosa y ya está, o sea, picas y te vas. La novela río te obliga a incluir muchos espacios de situación: el verano, el invierno, etcétera. Narro las anécdotas por separado tal y como me las contaron, porque a mí la información me llegó también cronológicamente desordenada. No buscaba la Guerra de fechas, de batallas, de personajes, de políticos, me interesaba explicar cómo duele la bomba cuando te cae en la cabeza, cómo te sientes cuando tu hijo se está muriendo de hambre, cómo pican los sabañones, todas esas cosas sencillas pero reales y ciertas.
Cada español tiene su Guerra Civil particular, "36-30. Malos tiempos" es tu visión de la Guerra o es algo más?
Nunca he sido neutral. Siempre he tomado partido pero no voy a cambiar la realidad de la Guerra, ni voy a mentir. Busco objetividad, no neutralidad. Soy quien soy y cuento lo que sé. Me interesa la Guerra desde el punto de vista de la puta Guerra, de la mierda de la Guerra, de lo injusta que fue. Y fue injusta porque los que tenían las pistolas para defender a la población la usaron contra los que no tenían armas. ¡Qué fácil fue ese golpe de estado! Y además utilizaron pistolas pagadas por el pueblo. Dieron el golpe porque no les interesaba que las cosas cambiasen. Si te fijas en los carteles de la República, muchos fueron hechos para invitar a que la gente aprendiese a leer. Ellos no querían que la gente supiera leer porque una persona que lee piensa, analiza y toma decisiones. Pretendían que todo continuase igual. Un obrero que no sabe leer es mucho más fácil de manejar. Por eso quemaban bibliotecas y mataban maestros.
Pero la Guerra, no sólo la española, es una situación propicia para la barbarie, también hablas de eso en tu obra.
Indudablemente, en la Guerra se levanta la veda y cuando eso ocurre, aflora el criminal que todos llevamos dentro. Individualmente somos buenos, pero en manada, terribles. Y eso ocurrió, con matices, en ambos lados de las trincheras.
Hablemos de anécdotas, ¿has escuchado alguna que te haya llamado la atención particularmente?
Una cuñada mía me dijo que había visto a un tipo correr sin cabeza durante un bombardeo de los nacionales. Sobre esto mismo, otra persona me contó que, mientras las bombas volaban muy rasantes sobre la glorieta de Atocha y la gente corría, al entrar en el metro un obús le arrancó la cabeza a un hombre. Después explotó en el subterráneo, mientras el cuerpo decapitado terminaba de bajar los escalones.
El segundo álbum de la tetralogía mantendrá el título del primero incorporando el siguiente ordinal romano (II) y se publicará pronto. Probablemente en el próximo mes de marzo.
Y ¿qué vendrá después, Carlos?
Pues, mira, ahora tengo un problema. Una vez finalizado todo lo de la Guerra, cualquier tema que me planteo me suena baladí. Así que, de momento, no sé qué vendrá después.
Todavía intercambiamos algunas frases más of the record sobre cómics y otras cosas. Me dedicó los álbumes que le había llevado, "dame, dame, que llevo un lápiz muy bueno para estas cosas", y, acompañado por el Carcelero de Papel, se dirigió al aula donde un montón de incondicionales suyos, de la cultura y de la Guerra Civil, le aguardaban impacientes por escucharle. Cuando salió de la cafetería y mientras plegaba bártulos, dos palabras acudieron a mi mente: profesionalidad y sinceridad. Gracias, Carlos, y hasta la otra.
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