
¿Nunca se han preguntado qué ocurre en otra parte mientras un
país asiste, gozoso, a un evento de calibre universal? ¿Cuál es el reverso de
la moneda cuando sólo nos muestran el anverso? ¿Qué se esconde detrás del
telón? Pues parece que el escritor peruano Santiago Roncagliolo (Lima, 1975) sí
lo ha hecho. Lo de preguntarse, digo. De ahí la publicación de su última
novela, ‘La pena máxima’, editada por Alfaguara, una historia de cloacas cuya
superficie brilla, con esplendor propio y cegador, gracias a un Mundial de
Fútbol: el de Argentina 1978.
En ‘La pena máxima’, Roncagliolo regresa a su Perú natal,
tras haber situado sus últimas aventuras literarias
en ciudades tan alejadas
del cono sur como Tokio o París. Y lo hace de la mano de un antiguo conocido, Félix
Chacaltana Saldívar, el fiscal distrital adjunto de ‘Abril rojo’, ahora en los
inicios de su carrera, más joven por tanto, cuando no era más que un asistente de
archivo del Poder Judicial. Chacaltana se presenta en ‘La pena máxima’ como un funcionario
demasiado eficiente, archivero ejemplar, con la vida reglamentada y la mente
copada por instrucciones, secciones y ordenanzas, severo cumplidor de las leyes
del estado. Su actitud contrasta con la de su superior, el director del
archivo, un funcionario cuya máxima aspiración a lo largo de su vida ha sido pasar
desapercibido, ni molestar ni que le molesten, una mera táctica de
supervivencia bajo la dictadura que gobierna el Perú. La acción atraviesa los
momentos en que el país andino transita hacia la democracia, a través de un
camino vigilado por los militares, instalados en abierta y perpetua lucha
contra la insumisión y el comunismo, internacional y local.

