De pequeño tuve sobre la mesilla
de noche una suerte de capilla de plástico, con puertas abatibles y color
malva, en cuyo interior figuraba la imagen de S.S. Pío XII para que velase mis
sueños. La había comprado mi padre en su viaje a Roma, donde actuó con la
Orquesta de Cámara Ferroviaria de València ante el propio papa en su residencia
de Castengandolfo. Su aspecto, verdaderamente serio, de alguna manera me
intimidaba así que, la mayoría del tiempo, lo cerraba para no ver su rostro. En
mi cabeza de entonces bullía la contradicción del porqué un hombre santo tenía
aquel rictus tan ¿tétrico? Quizá fue en aquellos años cuando me prometí a mi
mismo que algún día averiguaría cosas sobre él.
Durante mucho tiempo esta promesa
vivió en el olvido, hasta que me lo tropecé en la película ‘Amén’, del director
franco-griego Constantinos Costa-Gavras, donde su nombre no se cita
textualmente pero, por la imaginería con la que el cineasta reviste su figura y
la severidad de sus gestos, además de por la época en que se encuadra el film,
la II Guerra Mundial, sabemos que se trata de él. En movimiento, en la ficción
política del cineasta franco-griego observé el mismo tono sombrío que desprendía
la fotografía de mi capilla de niño.