«Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban y, como si de grillos se tratara, intentó ubicar a cada hombre dentro de los límites del olivar» (Jesús Carrasco, Intemperie)
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domingo, 24 de mayo de 2026

‘Dos mujeres desnudas’ del francés Luz

El historietista francés nos atrapa con una narración sin artificio. Valiente y honesta. Atrevida. Una obra maestra difícil de superar.

Pocas veces he tenido que tomar distancia y reprimir las ganas de escribir sobre un cómic tras su lectura. Esta es una de ellas. Leer ‘Dos mujeres desnudas’ del francés Luz, editado por Reservoir Books y traducido por Carlos Mayor Ortega, me supuso algo parecido a una bofetada. Una bofetada de belleza. Punto de vista y concepto. El tema escogido por el francés y, sobre todo, el modo en que lo narra, me dejó perplejo. Estupefacto. Maravillado. Precisaba de una pausa, una tregua, un periodo de calma para asimilar todo lo que terminaba de leer. Sentarse a escribir en ese momento hubiera servido de poco, apenas para amontonar un puñado de impresiones sin mucho concierto ni orden.

Las ocho o diez páginas iniciales ofrecen al lector una suerte de mancha, como si el papel sobre el que el dibujante trabaja se estuviera desgarrando o tiñendo. Poco a poco, estos desgarros, estos tintes, cobran forma y tenemos frente a nosotros, frente a los lectores, al pintor Otto Mueller, armado con su pincel que conforma el contorno y los detalles de un lienzo: el cuadro ‘Dos mujeres desnudas’ (1919), que dan título al álbum. Y a partir de ahí, todo cambia.