Edmundo Díaz Conde ha
conquistado el Premio de Novela Ateneo de Sevilla 2015 con su obra ‘El hombre
que amó a Eve Paradise’, un relato de besos y tiros en el Chicago de la Ley Seca.
Se trata de una novela negra que, sin embargo, revela aspectos inéditos sobre John
Frank Hickey, primer asesino en serie conocido, anterior a Jack el Destripador,
y la casi desconocida emigración española a Estados Unidos a comienzos del
siglo XX. Su protagonista, Eve Paradise, es una diva del cine mudo que crea
escuela. Rubia, atractiva, carismática y con un encanto inexplicable, es una
mujer valiente, pero sensible, que se ve afectada por los crímenes de sus
amantes y la investigación que se lleva a cabo para esclarecerlos.Blog de literatura, entrevistas, libros, cómics, balonmano, recuerdos y otras cosas.
«Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban y, como si de grillos se tratara, intentó ubicar a cada hombre dentro de los límites del olivar» (Jesús Carrasco, Intemperie)
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lunes, 7 de diciembre de 2015
Edmundo Díaz Conde, Premio de Novela Ateneo de Sevilla 2015: «Mi novela es una historia de tiros y besos, de amor y violencia»
Edmundo Díaz Conde ha
conquistado el Premio de Novela Ateneo de Sevilla 2015 con su obra ‘El hombre
que amó a Eve Paradise’, un relato de besos y tiros en el Chicago de la Ley Seca.
Se trata de una novela negra que, sin embargo, revela aspectos inéditos sobre John
Frank Hickey, primer asesino en serie conocido, anterior a Jack el Destripador,
y la casi desconocida emigración española a Estados Unidos a comienzos del
siglo XX. Su protagonista, Eve Paradise, es una diva del cine mudo que crea
escuela. Rubia, atractiva, carismática y con un encanto inexplicable, es una
mujer valiente, pero sensible, que se ve afectada por los crímenes de sus
amantes y la investigación que se lleva a cabo para esclarecerlos.viernes, 25 de octubre de 2013
Edmundo Díaz Conde, escritor: "En la novela he pretendido emocionar al lector a través del artificio literario".
Hubo un tiempo en que corsarios británicos, bucaneros franceses y filibusteros holandeses eran los amos del Caribe. Pero poco se ha contado de piratas españoles como Íñigo Santa Cruz, forzado a convertirse en caballero de fortuna por una patria que desampara a sus propios hijos y los obliga a vagar por el mundo. En aquella misma época también había tesoros fantásticos como el de la Dama del mar, por el que Henry Morgan organizará la mayor flota de filibusteros jamás conocida, ciudades como Panamá, que se dicen inexpugnables y encienden la codicia de los hombres, y mujeres como Elena, capaces de provocar la pasión y la ternura del corsario más insensible. Con todo este ambiente, Edmundo Díaz Conde acaba de presentar su nueva novela, ‘El Príncipe de los piratas’, editada por Algaida, sobre la que anduvimos de charla durante unos minutos en el Lounge Bar del Hotel Astoria de Valencia. En primer plano, como es fácil adivinar, mis improbables, los piratas de ayer, hoy y siempre.
He pretendido aprovechar la iconografía del pirata clásico, me apetecía hacerlo así. Quería recuperar la pata de palo, la mujer pirata, el ojo tuerto, el loro y amasar todos esos elementos para construir la historia. Sin olvidar que, además, el pirata de la factoría Disney está muy edulcorado. Como mis protagonistas beben de ese halo romántico que les envuelve, he de calificar mi novela como de muy romántica, porque mis piratas no son tan sanguinarios como en realidad lo eran los que vivieron en el siglo XVII. Para ello me he valido del encanto de la literatura porque sin él era difícil alcanzar mis propósitos.
Los piratas fueron conocidos en todas partes, menos en nuestro país, ¿no hubo piratas en España?
Sí que los hubo, precisamente el primer pirata que se conoce que actuó en el Caribe fue el español Bernardino de Talavera. Precisamente por ese olvido al que se les somete aquí me apetecía que el protagonista fuera español. Acostumbrados como estamos a los piratas anglosajones, era un gran desafío. Además yo quería que reflejase nuestras pasiones y nuestras debilidades, que demostrase un amor profundo por su hija de nueve años, que plantase cara a los ingleses y les diese caña.
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