«Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban y, como si de grillos se tratara, intentó ubicar a cada hombre dentro de los límites del olivar» (Jesús Carrasco, Intemperie)
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domingo, 6 de marzo de 2016

Javier Puebla: «Me he llevado muy bien con José de Salamanca»

Javier Puebla llevaba seis años sin pasar por Valencia. La última vez lo hizo en septiembre de 2009. Después de tanto tiempo, sin avisar, con premeditación y sin anestesia, se descuelga con una visita para presentar su nueva novela, que lleva por título ‘El hombre que inventó Madrid’, publicada por Algaida, la historia de José de Salamanca (1811-1883), un noble, truhán, generoso, trapacero, caprichoso y ecuánime sujeto, capaz de arruinarse y hacerse inmensamente rico en varias ocasiones. Salamanca participó de grandes negocios, como la bolsa o el ferrocarril, fue un mecenas de las artes, capaz de intuir el futuro desarrollo urbano de Madrid, uno de cuyos barrios más famosos fue obra suya y por ello lleva su nombre.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Javier Puebla, escritor: “Todos hemos sido alguna vez cucarachas”

Herme Cerezo / SIGLO XXI, 25/09/09


Javier Puebla (Madrid, 1958), diplomático, funcionario y escritor, se ha convertido, letra a letra, coma a coma, libro a libro, en un autor prolífico. Prolífico en la publicación porque en la escritura ya lo era hace tiempo. Y su trabajo empieza a verse recompensado porque su última obra, ‘La inutilidad de un beso’, editada por Algaida, acaba de ganar el XVIII Premio Luis Berenguer de novela (no, no me olvido de que ya fue finalista del Nadal en el año 2004 con ‘Sonríe Delgado’). En su nueva entrega, el escritor madrileño juega con Kafka y su ‘Metamorfosis’ para darle la vuelta y mestizarlo con el cuento del príncipe encantado. Un príncipe, por cierto, poco agraciado que aquí adopta la figura de un triste empleado ministerial de "risa tonta y fácil". En total son media docena de personajes, tal vez alguno más, que desgranan sus vidas de arcilla en un libro de doscientas y pico páginas, que se leen con premura, abrasados por las persuasivas e irremplazables voces narrativas, segunda y tercera personas, de Puebla. Pero `La inutilidad de un beso´ no acaba aquí. Hay muchas más cosas: un palpable, e innegable, homenaje al mágico realismo de García Márquez (en los nombres y en algunos fragmentos), sin olvidar alguna otra añoranza, probablemente involuntaria, sobre el cómic de los años cincuenta o el cine (‘Mad Max’). ‘La inutilidad de un beso’ ofrece la oportunidad de imbuirse en un territorio que recorre cincuenta años, "diez lustros más tarde", para pasar del mundo soterrado de los funcionarios caposos de los años sesenta al de los albores del siglo XXI, un magma de contrastes que demuestra que la vida, con ordenadores o sin ellos, se repite y se reemplaza a sí misma sin solución de continuidad. Los anhelos, las ambiciones, los desaires, los amores y los celos siempre serán los mismos... Al menos mientras los bípedos continuemos caminando sobre la Tierra.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Javier Puebla, escritor: “Al escribir siempre intento decir mi verdad”

Herme Cerezo / SIGLO XXI, 07/01/09

Javier Puebla (Madrid, 1958) se asoma a la solapa de su última novela publicada, ‘Tigre Manjatan’ (Manjatan con jota, que no es una pifia dactilográfica, no), con cierto aire de gnomo travieso o de personaje londinense de ‘Miss Endicott’, un cómic del que les hablé no hace mucho. Sin embargo, en vivo y en directo, Puebla rompe ese esquema y se presenta con un vago talante ficticio, el de un tipo que no anda lejos de Marlowe o Spade pero tampoco cerca. Igualmente próximos y lejanos le quedan el Olrik de Edgar P. Jacobs y algún personaje del Tintin de Hergé, a quien el escritor madrileño reverencia. Yo sabía, para eso están las webs, que Javier tenía un antónimo, Federico Traum, y un heterónimo. Así que sentía cierta inquietud por conocer cuál de los tres sería el que respondería a mis preguntas. Pronto salí de dudas, espero que ustedes también lo consigan, mis improbables, al terminar esta entrevista. Traum, presente in situ, asistió al inicio de nuestro encuentro como mero espectador, sentado sobre un sillón estampado en tonos rosas, al otro lado de la salita del Hotel Astoria de Valencia donde charlamos. En seguida lo vi impacientarse. A Traum, digo.