

‘Hotel Transición’, la obra de Jesús Ruiz
Mantilla galardonada por el jurado del Premio Unicaja de Novela Fernando
Quiñones, editada por Alianza, es una novela con claros tintes autobiográficos
que combina la inocencia con la mordacidad y la nostalgia con la crítica
social. Un cruce de caminos entre el presente y el pasado, tejido con lucidez
narrativa y la perspectiva que otorga el paso del tiempo. Protagonizado por
Chucho, un niño locuaz, inquieto y curioso, que vive en un hotel que dirige
Rocío, su madre, el libro nos ofrece un fresco reflexivo de los acontecimientos
que marcaron aquellos años que van desde el atentado de Carrero Blanco, la
muerte de Franco y el 23-F a la catarsis actual en su transformación de ciclo.
Algunos autores
dicen que ganar un premio les otorga visibilidad, les permite comprar tiempo o gozar
del reconocimiento de otros colegas que integran el jurado, ¿qué significa para
Jesús Ruiz Mantilla ser galardonado con el Premio Unicaja de Novela Fernando
Quiñones?
Es una especie de conglomerado de todo eso
que dices y lo cierto es que, muchas veces, no sabes con qué alegría quedarte.
Sobre todo es importante la seguridad que te proporciona el jurado que está
detrás del premio, que ha leído la novela y ha considerado que has hecho un
buen trabajo. El temor de un escritor es soltar la criatura para que se maneje
por sí sola en la vida y, si la criatura gana un premio, pues significa que no
se defiende nada mal.
¿Ganar un premio
incrementa las posibilidades de publicar en España a fecha de hoy?
No lo sé, espero que sí, pero creo que las
novelas hoy en día se venden puerta a puerta. En la época de las redes
sociales, que nos vienen de maravilla y nos permiten estar tanto de todo lo que
sucede, hemos vuelto al pie de librería, participando en actos y trabando
contacto directo con los lectores.
¿Cómo surge la
idea de ponerle este título a la novela?
Al principio el título era otro. Es mi forma
de trabajar. Muchas veces elijo una palabra para cada libro y luego me pongo a
escribir. En este caso escogí la palabra hotel, porque mi madre tenía uno en
Santander y yo me crié allí. En el Cantábrico los inviernos son muy duros,
porque la humedad te come los huesos, y, como en mi casa no había calefacción
central, nos trasladábamos a vivir al hotel, que sí tenía y, además, era
estupenda. Aquello era una especie de feria, un vecindario que cambiaba todos
los días e incrementaba mi curiosidad por conocer el género humano, aunque entonces no era consciente de
ello.