«Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban y, como si de grillos se tratara, intentó ubicar a cada hombre dentro de los límites del olivar» (Jesús Carrasco, Intemperie)
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domingo, 24 de mayo de 2026

‘Dos mujeres desnudas’ del francés Luz

El historietista francés nos atrapa con una narración sin artificio. Valiente y honesta. Atrevida. Una obra maestra difícil de superar.

Pocas veces he tenido que tomar distancia y reprimir las ganas de escribir sobre un cómic tras su lectura. Esta es una de ellas. Leer ‘Dos mujeres desnudas’ del francés Luz, editado por Reservoir Books y traducido por Carlos Mayor Ortega, me supuso algo parecido a una bofetada. Una bofetada de belleza. Punto de vista y concepto. El tema escogido por el francés y, sobre todo, el modo en que lo narra, me dejó perplejo. Estupefacto. Maravillado. Precisaba de una pausa, una tregua, un periodo de calma para asimilar todo lo que terminaba de leer. Sentarse a escribir en ese momento hubiera servido de poco, apenas para amontonar un puñado de impresiones sin mucho concierto ni orden.

Las ocho o diez páginas iniciales ofrecen al lector una suerte de mancha, como si el papel sobre el que el dibujante trabaja se estuviera desgarrando o tiñendo. Poco a poco, estos desgarros, estos tintes, cobran forma y tenemos frente a nosotros, frente a los lectores, al pintor Otto Mueller, armado con su pincel que conforma el contorno y los detalles de un lienzo: el cuadro ‘Dos mujeres desnudas’ (1919), que dan título al álbum. Y a partir de ahí, todo cambia.

sábado, 8 de noviembre de 2025

‘Astérix en Lusitania’, la serie se conserva muchísimo más fresca que el pescado que vende Ordenalfabétix.

Fue mi amigo Rafa Valero el que a los once o doce años me mostró el primer álbum de Tintin
que leí, ‘El cangrejo de las pinzas de oro’. Un tiempo después fue otro amigo, Guillermo Camps, quien me hizo leer ‘Astérix legionario’, presentándome al pequeño héroe del bigote amarillo, siempre acompañado por su inseparable Obélix, junto con los demás locos de la aldea gala (nunca tuve claro del todo si los locos eran los romanos o los propios galos). Eran las dos series de moda en mi infancia y juventud, acompañados, claro está, por Mortadelo y Filemón. Esto de Astérix, más o menos, vino a coincidir con el tiempo en que estudiábamos el bachillerato, últimos años sesenta y primeros de los setenta. Por un lado, estaban los alumnos de ciencias, los de la física, la química y las matemáticas, y, por otro, los de letras, los del latín y el griego, que éramos nosotros, los «letreros», una especie ahora en riesgo de extinción. En un colegio religioso como el nuestro estaba mejor visto ser «letrero» que aprendiz de científico, químico o matemático. Si, además, te gustaba el básquet, miel sobre hojuelas. O eso me parecía a mí.

lunes, 19 de febrero de 2024

Paco Roca: «Los seres humanos necesitamos un entierro digno y un ritual que nos permita mostrar en público nuestro dolor»

Copyright@hermezo24
Nº 679.- La verdad es que acudo a la cita con Paco Roca con el propósito de hablar con él acerca de su nuevo cómic, ‘El abismo del olvido’ (Astiberri), publicado conjuntamente con Rodrigo Terrasa. Sin embargo, apenas ha transcurrido una semana desde que Radio Televisión Española le dedicase uno de los programas de la serie  ‘Imprescindibles’. Así que el dilema está servido. ¿De qué le pregunto? Pero la disyuntiva se disipa con rapidez. Lo mejor que se puede hacer con Paco Roca es hablar sobre Paco Roca, a quien conocí a comienzos del año 2008, cuando recién había publicado su ya eterno álbum ‘Arrugas’, con el que empezaba a derribar barreras y eliminar prejuicios sobre la capacidad del cómic como medio de expresión artística. Ya en aquella primera entrevista, el artista valenciano se mostraba absolutamente convencido de que todo, absolutamente todo, se puede contar mediante el lenguaje del cómic. Y a demostrarlo se ha dedicado a lo largo de sus sucesivas entregas. En ese sentido, Álvaro Pons, otro monstruo del mundo del cómic, hablaba en Babelia de «la magistral perfección a la que ha llegado Roca para crear imágenes que se clavan directamente en nuestras retinas y nos revuelven la conciencia». Paco ha conseguido convertir en realidad su ilusión de siempre: contarnos la vida, con sus memorias y desmemorias, en dibujos hablados. Con sus rotuladores y lápices es capaz de trasladar al papel cualquier cosa que se le venga a la cabeza. Y su trabajo ha elevado más aún, si cabe, la categoría del arte de la historieta. Galardonado con el Nacional de Cómic y el Premio Eisner, entre otros muchos reconocimientos, Paco Roca necesita poca presentación. Y desde hace un tiempo se ha salido de la viñeta de papel para extender su actividad a otros territorios, como los murales urbanos. Ha bajado el cómic a la calle, lo ha puesto en circulación, lo ha incorporado a nuestras vidas como una parte más de la existencia. De todo ello, por supuesto también de ‘El abismo del olvido’, cuya autoría comparte con Rodrigo Terrasa, y de otras muchas cosas hablamos el primer viernes de febrero en una cafetería del barrio de Patraix. Por la calle pasaba el frío, aunque no mucho. Este año el invierno nos lo ha dosificado a cuentagotas. Al fondo de nuestra conversación  soplidos cansados de la cafetera, tráfico de croissants y tostadas y el deambular de otras personas que, junto a nosotros, desayunaban o bebían café. Paco hablaba sobre detalles del mundo de la edición. Conecté la grabadora. Justo entonces. In medias res. Piloto rojo encendido. Y lo que sigue es lo que registró durante nuestra charla.

PR.- …Acabamos de vender los derechos de ‘La casa’ para Sudamérica. El sudamericano es un mercado complicado. Allí los cómics resultan muy caros, porque veinte euros, que aquí es un precio más o menos razonable, los convierten casi en un producto de lujo para países como Argentina o México. Además, hemos tenido también algunos problemas en la distribución. No sé lo que ocurre, pero siempre hay algo que hace que la cosa no termine de funcionar. Y es una verdadera pena, porque es un mercado con un potencial enorme.

HC.- Paco, me sabe mal que te hayas tenido que quitar el pijama para acudir a esta entrevista, aunque a estas horas tan tempranas no sé si quedaría demasiado bien venir vestido así…  

PR.- Cada vez lo llevo menos tiempo. Hoy tengo un día de locos: una firma, unas reuniones, una tertulia y la inauguración de la exposición de ‘Regreso al Edén’ en Riba-roja. Ya no me quedan días tranquilos. En el ‘Imprescindibles’ del otro día, Elvira Lindo decía que, cuando las cosas te van bien, se produce una especie de conspiración para que no sigas trabajando. Y es cierto. Durante este año he conseguido seguir produciendo al mismo nivel, pero al precio de no disponer de tiempo para nada más. Y por ahora he de seguir así.

miércoles, 20 de febrero de 2019

Recuperando El Kiosco de Dolan: «La familia Cebolleta y la familia Ulises: una comparación irremediable»

Este artículo fue publicado en el Diario SIGLO XXI y en la extinta web El Kiosco de Dolan el 9 de abril de 2009. 

La colección Clásicos del Humor de RBA sigue su particular (y exitosa) singladura entre los amantes del Cómic. Ahora le ha tocado el turno a todo un clásico - perdonen la redundancia porque todos los de la colección lo son, de ahí su nombre -, con solera contrastada: ‘La familia Cebolleta’, una creación del fallecido dibujante Manuel Vázquez (Madrid, 1930-1995) para la revista ‘DDT’. En sus páginas se concitan los seis miembros de este clan peculiar: Rosendo, el protagonista; Leonor, su esposa; la hija, Pocholita, que desapareció pronto del núcleo familiar; Diógenes, el hijo; el abuelo, sin nombre propio, popularmente conocido como "el abuelo Cebolleta", y el loro Jeremías con ciertos efluvios a profeta bíblico.



Portada del cómic.

A lo largo del tiempo, los roles de los personajes van definiéndose poco a poco hasta quedar nítidamente fijados hacia 1967, uno de los momentos más brillantes de la serie. Rosendo, el padre, oficinista de profesión, sólo vive preocupado por huir del tráfago familiar, leer el periódico, especialmente la sección de deportes, y pagar las facturas domésticas; Leonor, teóricamente, conduce el hogar, pero su verdadera vocación es gastarse los duros que ingresa en casa el cabeza de familia; la hija, Pocholita, es mujer de curvas imponentes y modelitos de diseño, cuyo objetivo principal es maridar con alguien; Diógenes, el hijo, alterna blancos y negros en sus historietas: buenas notas y fracasos escolares, travesuras y bondades; el abuelo Cebolleta, con su sempiterna pierna vendada a causa de una pertinaz gota, vive instalado en el pasado y en perpetua lucha para encontrar algún incauto a quien contar sus batallitas, "y yo con mis cipayos del 7º de Borneo". En realidad, hace lo mismo que centenares de ancianos: buscar comprensión y oídos pacientes; por último, Jeremías, el loro verde (¿borde?) de la familia, además de hablar, piensa, razona, apostilla y fuma puros. Todo un prodigio entre las aves prensoras.