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Nº 667.- Junio. Trece y martes. Tiene el pelo blanco, la mirada
sincera y la barba sonriente. Julio Llamazares se acercó a València para
presentar su nueva novela, ‘Vagalume’, publicada por Alfaguara, en la que
César, el protagonista, regresa a la ciudad donde comenzó su carrera de periodista
y escritor para recuperar la memoria de su amigo Manolo Castro, recientemente
fallecido, que le inició en las artes del periodismo y la literatura. En
apariencia, Castro fue un hombre apacible, amante de su familia y su trabajo.
Sin embargo, como casi todo el mundo, prefirió callar antes que enfrentarse a
la verdad para evitar el dolor de los suyos, y mantener su tragedia siempre en
la penumbra. Inesperadamente, su muerte pone al descubierto siete manuscritos
sin publicar, cuya existencia era desconocida para su propia familia. A través
de sus páginas, César irá desvelando la cara oculta de su amigo y maestro en el
arte de las letras. La historia es sencilla, pero el escritor leonés dosifica con
mimo sus píldoras narrativas hasta convertir la búsqueda de Manolo Castro en un
misterio, que el lector desea desentrañar con avidez. Cada nuevo descubrimiento
conduce a una nueva bifurcación, que se recorre con gusto e innegable interés.
‘Vagalume’ es, además, una espléndida invitación a reflexionar sobre el pasado,
la literatura como forma de salvación y refugio, y la soledad. En el Hotel
Catalonia Excelsior, sentados alrededor de una mesa de la cafetería, Julio
Llamazares y quien suscribe desgranamos algunos de los detalles más relevantes
de la novela y de la trayectoria literaria del escritor leonés. En la frontera,
un café, unas aguas minerales y la grabadora, con el piloto rojo encendido. En
el exterior, las nubes, oscuras y grises, vertieron perezosos chaparrones sobre
las calles de la capital del Túria.
Julio, estos días
he releído una de tus novelas más señeras, 'La lluvia amarilla', que ha envejecido
divinamente. En ella hablas de aquellos viejos del Pirineo aragonés que
contaban historias alrededor del fuego, ¿tu pasión por narrar procede de ahí?
Alrededor del fuego
y en las noches de verano, la fuente original de la literatura es la narración
oral. Como seguramente todos los niños del mundo, yo me crie escuchando las
historias que se contaban en aquellos
tiempos en los que la televisión casi no había llegado. Cuando me preguntan
sobre los escritores qué más me han influido, genéricamente siempre aludo a los
viejos de mi pueblo, porque ellos conseguían lo que pretendemos todos los
escritores con nuestro trabajo: que se pare el tiempo cuando empezamos a
hablar. Mi paisano Luis Mateo Díez dice que narrar consiste en «contar y
encantar contando» y ellos incorporaban un tono de voz y una magia en su
lenguaje que es la esencia misma de la narración.
¿Cómo escritor, ‘La
lluvia amarilla’ significó un antes y un después en tu carrera literaria?
Sí, pero yo tomé
conciencia de ese detalle mucho tiempo después. ‘La lluvia amarilla’ la escribí
como cualquier otra novela. Es más, pensaba que iba a ser la más minoritaria de
todas las mías, porque objetivamente no es más que el monólogo de un hombre mientras
se muere en un pueblo en ruinas. A priori, no parece un tema muy comercial,
pero con el tiempo se ha ido imponiendo. De hecho, acudo a las ferias de libros
y mucha gente me dice que les ha marcado la vida. Y a mí también. Su imagen se
ha ido agrandando con el transcurso de los años. Cuando se publicó, tal vez tocó
la fibra sensible de la España vacía, de la que ahora todo el mundo habla. Pero
en 1988 no era así. Nadie quería hablar de los pueblos que desaparecían, porque
se consideraba de mal gusto y España quería ser muy moderna entonces.
¿Para ser escritor
hay que ser un buen mentiroso?
Sí, sin duda, es
más, creo que la esencia de la literatura, sobre todo de la novela, es la
mentira. Joan Barril decía que la verdad es el conocimiento, pero la mentira es
la herramienta que te permite llegar a conocer algo más. Cuando lo objetivo se
acaba, cuando la realidad termina, necesitas usar la imaginación, que es como
yo llamo a la mentira, para poder avanzar. La frontera entre el periodismo y la
literatura es esa.
Decían el otro día
en el programa de radio ‘A vivir que son dos días’, que no quedan escritores de
peso, que antes se les llamaba para preguntar su opinión sobre temas de
actualidad y ahora ya no sucede lo mismo. ¿Significa eso que se ha banalizado
la figura del escritor?
Ni la mayor parte de
gente que publica libros es escritora, ni los que cuelgan blogs en Internet son
todos periodistas. De la misma manera que el que va a correr cada mañana no es
un atleta. El otro día, en la Feria del Libro de Madrid, a mi alrededor tenía a
youtubers, tiktokers, Rodrigo Rato, Miguel Ángel Revilla y Ana Obregón.
Estas personas no tienen nada que ver con la literatura. Lo suyo es otra cosa.
Es como el fast food que no guarda ninguna relación con la alta
gastronomía. Ahora la profesión de escritor se ha banalizado de tal modo que resulta
menospreciada, porque si todo el mundo escribe parece que sea fácil. Y nada de
eso. Escribir bien es muy difícil.