«Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban y, como si de grillos se tratara, intentó ubicar a cada hombre dentro de los límites del olivar» (Jesús Carrasco, Intemperie)
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miércoles, 10 de diciembre de 2025

Julio Llamazares: «Las guerras solo las ganan los que las provocan, los que las dirigen y los que se benefician de ellas»

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Nº 709. Fue un viernes novembrino. Temprano. Frío por las calles. Algo casi insólito por estas 
latitudes, tan azotadas por el cambio climático. Estaba citado con Julio Llamazares para entrevistarle. Para hablar de su nuevo libro, ‘El viaje de mi padre’, editado por Alfaguara. Para que me contara algunas cosas de ese viaje y de los motivos que le llevaron a escribirlo. Era esta una de esas ocasiones en las que nuestros progenitores se borran de la vida sin haber contado nada, o muy poco, de sus pasos por la tierra? Qué pensaron, qué hicieron, cómo vivieron, qué sintieron…? Al padre de Llamazares, y a su amigo Saturnino, la guerra civil los movilizó a los dieciocho años. Aunque los sorprendió a los dieciséis. Se enrolaron voluntarios para elegir destino en el bando nacional y ambos viajaron, ora en tren, ora en convoy militar,
 desde La Mata de Bérbula (León) hasta la Sierra de Espadán (Castellón), armados con un aparato de radio de telegrafista y una antena. Su misión, en consecuencia, fue la de transmitir las órdenes o los relatos que sus superiores les encomendaban. Llamazares ha traducido a la literatura el viaje diagonal de ambos amigos, para más inri maestros ambos, que discurrió rodeado de peligros hasta llegar al frente de Teruel, donde, por primera vez en su vida, se asomaron a la guerra de verdad, no a la de la trastienda sino a la de la primera línea de combate, la del frente donde la vida valía poco. Justo lo que una bala. En el hall del Vincci Mercat Hotel de València, sentados frente a frente, con la grabadora lista, piloto rojo encendido, comenzamos a conversar.

miércoles, 21 de junio de 2023

Julio Llamazares: «El escritor es alguien que tiene un pie dentro y otro fuera de la realidad»

copywright:© hermezo23
Nº 667.- Junio. Trece y martes. Tiene el pelo blanco, la mirada sincera y la barba sonriente. Julio Llamazares se acercó a València para presentar su nueva novela, ‘Vagalume’, publicada por Alfaguara, en la que César, el protagonista, regresa a la ciudad donde comenzó su carrera de periodista y escritor para recuperar la memoria de su amigo Manolo Castro, recientemente fallecido, que le inició en las artes del periodismo y la literatura. En apariencia, Castro fue un hombre apacible, amante de su familia y su trabajo. Sin embargo, como casi todo el mundo, prefirió callar antes que enfrentarse a la verdad para evitar el dolor de los suyos, y mantener su tragedia siempre en la penumbra. Inesperadamente, su muerte pone al descubierto siete manuscritos sin publicar, cuya existencia era desconocida para su propia familia. A través de sus páginas, César irá desvelando la cara oculta de su amigo y maestro en el arte de las letras. La historia es sencilla, pero el escritor leonés dosifica con mimo sus píldoras narrativas hasta convertir la búsqueda de Manolo Castro en un misterio, que el lector desea desentrañar con avidez. Cada nuevo descubrimiento conduce a una nueva bifurcación, que se recorre con gusto e innegable interés. ‘Vagalume’ es, además, una espléndida invitación a reflexionar sobre el pasado, la literatura como forma de salvación y refugio, y la soledad. En el Hotel Catalonia Excelsior, sentados alrededor de una mesa de la cafetería, Julio Llamazares y quien suscribe desgranamos algunos de los detalles más relevantes de la novela y de la trayectoria literaria del escritor leonés. En la frontera, un café, unas aguas minerales y la grabadora, con el piloto rojo encendido. En el exterior, las nubes, oscuras y grises, vertieron perezosos chaparrones sobre las calles de la capital del Túria.

Julio, estos días he releído una de tus novelas más señeras,  'La lluvia amarilla', que ha envejecido divinamente. En ella hablas de aquellos viejos del Pirineo aragonés que contaban historias alrededor del fuego, ¿tu pasión por narrar procede de ahí?

Alrededor del fuego y en las noches de verano, la fuente original de la literatura es la narración oral. Como seguramente todos los niños del mundo, yo me crie escuchando las historias que  se contaban en aquellos tiempos en los que la televisión casi no había llegado. Cuando me preguntan sobre los escritores qué más me han influido, genéricamente siempre aludo a los viejos de mi pueblo, porque ellos conseguían lo que pretendemos todos los escritores con nuestro trabajo: que se pare el tiempo cuando empezamos a hablar. Mi paisano Luis Mateo Díez dice que narrar consiste en «contar y encantar contando» y ellos incorporaban un tono de voz y una magia en su lenguaje que es la esencia misma de la narración.

¿Cómo escritor, ‘La lluvia amarilla’ significó un antes y un después en tu carrera literaria?

Sí, pero yo tomé conciencia de ese detalle mucho tiempo después. ‘La lluvia amarilla’ la escribí como cualquier otra novela. Es más, pensaba que iba a ser la más minoritaria de todas las mías, porque objetivamente no es más que el monólogo de un hombre mientras se muere en un pueblo en ruinas. A priori, no parece un tema muy comercial, pero con el tiempo se ha ido imponiendo. De hecho, acudo a las ferias de libros y mucha gente me dice que les ha marcado la vida. Y a mí también. Su imagen se ha ido agrandando con el transcurso de los años. Cuando se publicó, tal vez tocó la fibra sensible de la España vacía, de la que ahora todo el mundo habla. Pero en 1988 no era así. Nadie quería hablar de los pueblos que desaparecían, porque se consideraba de mal gusto y España quería ser muy moderna entonces.

¿Para ser escritor hay que ser un buen mentiroso?

Sí, sin duda, es más, creo que la esencia de la literatura, sobre todo de la novela, es la mentira. Joan Barril decía que la verdad es el conocimiento, pero la mentira es la herramienta que te permite llegar a conocer algo más. Cuando lo objetivo se acaba, cuando la realidad termina, necesitas usar la imaginación, que es como yo llamo a la mentira, para poder avanzar. La frontera entre el periodismo y la literatura es esa.  

Decían el otro día en el programa de radio ‘A vivir que son dos días’, que no quedan escritores de peso, que antes se les llamaba para preguntar su opinión sobre temas de actualidad y ahora ya no sucede lo mismo. ¿Significa eso que se ha banalizado la figura del escritor?

Ni la mayor parte de gente que publica libros es escritora, ni los que cuelgan blogs en Internet son todos periodistas. De la misma manera que el que va a correr cada mañana no es un atleta. El otro día, en la Feria del Libro de Madrid, a mi alrededor tenía a youtubers, tiktokers, Rodrigo Rato, Miguel Ángel Revilla y Ana Obregón. Estas personas no tienen nada que ver con la literatura. Lo suyo es otra cosa. Es como el fast food que no guarda ninguna relación con la alta gastronomía. Ahora la profesión de escritor se ha banalizado de tal modo que resulta menospreciada, porque si todo el mundo escribe parece que sea fácil. Y nada de eso. Escribir bien es muy difícil.